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En 2023 entrevisté a Lianet Martínez. Entonces era una joven artista de grandes potencialidades. Ahora, tres años y algunas exposiciones después, puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que se ha convertido en una artista muy potente, de amplio repertorio expresivo, que lleva con paso seguro su carrera, tanto en el ámbito nacional como en el internacional.
En aquella ocasión le pregunté por qué, siendo una buena pintora y dibujante, acudía a otros medios y soportes para expresarse. ¿Es que acaso las llamadas artes tradicionales no le eran suficientes? Y esto me respondió:
“No, no lo son; los medios no son nunca suficientes. La creación no tiene límites y los medios y soportes que se utilizan para expresar una idea deben responder a esa libertad de manera coherente. La idea demanda el material, el soporte, el medio. Cuando trabajo, utilizo y ataco lo que sea necesario para llevar a cabo esa idea. Es ahí donde me gusta estar, en esa zona donde nunca te quedas estático, donde nunca te bastará una fórmula, sino más bien salirte de la zona de confort, en una búsqueda que te hace sentir inquieta y te obliga a dar un plus de ti mismo, de tu intelecto. Pienso que ahí se encuentran nuevos caminos, direcciones que le van dando forma a tu propósito en el arte y la vida en general. Estos son los retos que te hacen crecer.”

Esto, como propósito y poética, lo confirmo ante las instalaciones que, bajo el título de Transmutación, se exhiben por estos días en Factoría Habana, la institución que dirige Concha Frontela.
En las palabras que intentan fijar los propósitos de esta muestra se lee:
“Transmutación constituye una investigación en torno al cambio y la metamorfosis, exploración de ciclos en los que destrucción y reconstrucción se entrelazan como fases necesarias de un mismo proceso. A través de cinco grandes instalaciones de diversa naturaleza y materialidad, diseña un recorrido en el que surgen tensiones entre contención y desborde, memoria y herida, depuración y sacrificio, derrumbe y resurgimiento. Cada una de las piezas se inscribe dentro de una lógica de transformación que atraviesa la exposición y articula sus diferentes momentos.”

El recorrido comienza por la pieza de grandes dimensiones “Metamorfosis de una coraza”. Esta obra resume varios ejercicios anteriores, como “Alud”, de 2019, y los diversos momentos en que el escudo nacional es utilizado como elemento de protección del cuerpo, espacio de libertad y confrontación. Sólo que aquí el escudo, símbolo identitario, deviene atributo íntimo, moldeado de diferentes formas, como negación de lo estático, lo perseverante. La identidad, bien sabemos, es una construcción en constante devenir.

Pasamos a “Ablución”. El escudo ahora es una tina o bañera. Más que proteger, contiene; más que simbolizar protección, pasa a ser continente de un rito de purificación, una apropiación íntima. Dentro, lo que sugiere agua empozada, probablemente sean lastres que se han ido liberando según la experiencia de vida de la artista.


“Ensayo visual de una metamorfosis” es el registro de un proceso que tiene sus antecedentes en “Alud”. Recuerdo que esa obra, pensada para el espacio público, contenía textos de artistas, críticos, curadores que interrogaban a la realidad, transmitían inquietudes, compartían zozobras. “Metamorfosis…” es la respuesta íntima de la autora, la suma de sus “vivires”, los modos que, con paso vertiginoso, ha ido colocándose ante el arte, no ya como vehículo de expresión, sino como revelación de la esencia de su ser.
“Leña del árbol caído” puede leerse como una secuencia. Distintos momentos del paso de la materia, no camino a la destrucción, sino a la resurrección. Anda por ahí el fuego primigenio, que salva y mata, que destruye y fertiliza. Es una obra hermosa, construida con fósforos quemados, y que —al menos a mí— sugiere las distintas transformaciones de la energía. La frase común sobre caer y levantarse se expresa aquí con sugerente belleza.

“Demarcación del territorio” es una obra de 2023. Una inmensa copa invertida intenta atrapar la materia (tierra) que se escurre de sus bordes. Según la artista, su propósito es discursar sobre el poder y su perversa y fútil vocación de controlarlo (doblegarlo) todo. La copa, al volcarse, se ha vaciado, que es como decir que deja de ejercer lo que esencialmente la definía. Ha pasado de simbolizar el ambiguo binomio éxito-poder a testimoniar la derrota.

“Cartografía de un cuerpo” es, sin duda, la obra que más interés generó entre el público que asistió a la inauguración de Transmutación. Es un conjunto de 6 piezas que muestran la fragmentación del cuerpo.
Sobre este conjunto —que puede verse también como suma de obras individuales— la artista ha dejado escrito:
“‘Cartografía de un cuerpo’” es, en última instancia, un ejercicio de localización. ¿Dónde comienza el yo? ¿En qué parte del cuerpo se guarda la memoria de una decisión, de un dolor, de un deseo? ¿Puede un fragmento hablarnos del todo? Esta serie no busca respuestas, sino resonancias. Propone que en cada cuerpo hay un mapa —y que ese mapa, aunque único, puede ser leído por otros.”



En suma, Transmutación es la suma de obras polémicas, inquietantes, autorreferenciales en ocasiones, que develan, con la impudicia consustancial al arte, fragmentos del yo íntimo de la artista, el cruce de armas con su tiempo vital, sus dudas y sus certezas. Más de las primeras que de las segundas. Y de eso va el arte, de la incertidumbre, de la interpelación a todo y a todos, porque, como dicen los practicantes de la Regla de Osha, lo que se sabe no se pregunta.
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Qué: Transmutación, exposición de obras recientes de Lianet Martínez.
Dónde: Factoría Habana. O’Reilly 308, La Habana Vieja.
Cuándo: Hasta finales de julio. De lunes a sábado, entre 10:00 am y 5:00 pm.
Cuánto: Entrada libre.











