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El sábado 18 de abril fue un día de trabajo, como cada fin de semana, para Luis Mijares. Temprano en la mañana cargó su mochila con pinceles y pintura corporal (body painting), y salió de su casa en Espada y Concordia, Centro Habana, hacia la avenida Carlos III, en busca de un vehículo de alquiler que lo acercara a su destino: el Zoológico de La Habana. Estuvo un rato deteniendo taxis de ruta cuyos precios, abusivos y constantemente cambiantes, le parecieron intolerables. Al fin “pactó” con un motor eléctrico de los que “tiran” pasaje en bancos apretados en la pequeña cama adosada detrás, donde las rodillas de los usuarios, sentados frente a frente, se van friccionando.
En el Zoológico, justo ante el parque de diversiones, Luis tiene un puesto de pintacaritas. Los niños escogen de un extenso muestrario el diseño que quieren, y nuestro entrevistado lo plasma en sus rostros risueños. Quienes no rien mucho son los padres, porque a pesar de que los precios de él, de acuerdo con la complejidad del dibujo, no son altos, la suma de los gastos en golosinas, entrada al parque, tickets para los aparatos y algún que otro juguete de los que allí se ofertan, les exprimen el bolsillo, en un momento en que, como nunca antes en Cuba, los salarios se van han devaluando en picada, algo impensable cuatro o cinco años atrás.
Cuando no tiene clientes, Mijares toma rápidos apuntes de personas que pasan frente a él, y que le despiertan la curiosidad, ya sea por las expresiones de sus caras, por el aspecto físico o por sus atuendos. Esos trazos nerviosos colman ya varios cuadernos. Algunos, luego de un tiempo que no se puede calcular, pasan a convertirse en obras sobre papel o lienzo.

Y es que este joven sonriente hace arte, destino que viene labrando desde los siete años, con dificultades e interrupciones, pero siempre con la vista puesta en lo que él cree signará su paso por este segmento de tiempo que le ha tocado ¿en suerte?
Luis trabaja en el Zoológico para mantener su desenfrenada vocación. Pinta y dibuja obsesivamente de lunes a viernes. Es su propio becario. Lo obtenido por las caritas decoradas de los niños cubre, no muy holgadamente, sus necesidades primarias, y le permite, al menos, ir tirando líneas y pigmentos sobre soportes disímiles sin ánimos de lucro. No pinta porque quiere o porque tiene esa habilidad o don, sino porque no puede dejar de hacerlo. No reproduce los seres y las cosas como son, ni como deberían ser, sino como él las ve, pues a través de su obra trata de explicarse el complejo entramado de las relaciones interpersonales y de los humanos con su entorno físico y también inmaterial, pues en su mundo de representaciones hay una zona imprecisa entre la vigilia y el sueño.


Escoger el lápiz equivocado
Refiere Luis Dayán Mijares (La Habana, 1999) que siempre se recuerda dibujando. Uno de sus tíos, Alexis Mijares, observó un retrato que había hecho del abuelo, con solo siete años, y decidió apoyarlo para que pudiera desarrollar su vocación: le compró acuarelas y papel, sus primeras herramientas, y aún hoy, cuando el sobrino se encuentra en el bloque de arrancada de lo que parece una carrera promisoria, celebra sus éxitos como propios.
Por aquellos tiempos iniciales dibujaba pájaros y personas. Entre los primeros, siente una verdadera predilección por los azulejos y los tocororos. Esta última ave, piensa, tiene mucho que ver con él. Si alguna vez se hiciera una autorretrato, dice, en él incluiría un ejemplar de esa especie.
Le pregunto si es porque el tocororo es el ave nacional. No lo sabe. Hay algo recóndito que los une. Varias veces en nuestra plática, Luis me ha dicho que, entre otras cosas, pinta para no tener que hablar. Esto, que parecería una declaración hostil para el entrevistador, da pie a un diálogo fluido, donde muchas anécdotas y sucesos quedan, por su propia voluntad, off the record.



Entre otras cosas supe que, décadas atrás, una señora que lo observaba dibujar, en el reparto Altahabana, le propuso que, por Navidad, hiciera una postal de felicitación para cada casa de la cuadra. Obras originales, con pájaros. Su primer encargo, y su primera remuneración por hacer algo que disfruta tanto; los vecinos, agradecidos, además le compraron materiales para que pudiera seguir creando. Recuerda ese episodio y sonríe. Supongo que fue un suceso alegre de su infancia.
A tanta insistencia de su parte, cuando tuvo la edad y la escolaridad suficientes, la mamá lo llevó a hacer las pruebas para ingresar en la Academia de San Alejandro. Un fracaso estridente. Nada más tomar un lápiz para dibujar un objeto —una cafetera o algo así, no pude precisar— el profesor lo desaprobó con el argumento de que escogió un lápiz “grande”, cuando debió seleccionar uno pequeño, “que son los que se usan para dibujar…” Y ahí terminó todo. El maestro decidió que no tenía aptitud para cursar estudios de artes visuales.


Pero por esos eventos caprichosos que algunos llaman justicia poética, años después de este infausto suceso, el mismo profesor, que no recordaba aquello que Luis, por razones obvias, no ha logrado olvidar, se paró ante varias de sus obras y opinó, admirado, que eran muy buenas.

Proyecto Barcelona
Y nuestro entrevistado se hizo técnico medio en reparación y mantenimiento de vehículos automotores. En su primer trabajo contó con el apoyo de compañeros y jefes, que lo veían pintar en los momentos libres. Buscando fondo de tiempo intentó colocarse como CBP; fue fregador de autos, mecánico… No sabe cuántas obras habrá creado desde la infancia. ¿Cientos? ¿Miles? Algunas las conserva, otras las ha ido regalando, que es la mejor manera que tiene de ser agradecido con los que le han tendido una mano.
Hizo trabajos particulares de mecánica, por los que percibía una buena remuneración para los estándares cubanos, pero ante el peligro de golpearse las manos “de pintar”, optó por otras actividades, como hacer tatuajes y, desde hace un tiempo, decorar caras de niños.
En 2015 alguien le habló del Proyecto Barcelona, en Centro Habana, y ahí fue, con temor a ser rechazado nuevamente, pero con la certeza de que debía encauzar su formación como artista por encima de cualquier obstáculo.
El lugar, hoy llamado Proyecto Barcelona, en la intersección de la calle del mismo nombre y la calle Águila, es un recinto perteneciente a la Oficina del Historiador de la Ciudad. Ahí se enseña arte de forma libre, sin atenerse a programas académicos rígidos, atendiendo a las especificidades de los alumnos. Jóvenes, niños y adultos de los alrededores concurren al centro, donde son instruidos para que se pertreche de habilidades y conocimientos que contribuyan al desarrollo de sus potencialidades.

Hay quienes después de un tiempo abandonan el taller y hay quienes, como Luis, llegan a convertirse en instructores de las nuevas promociones y alcanzan, también como él mismo, a pasar las pruebas para el ingreso en la Universidad de las Artes. A partir de octubre de este año la especialidad de Restauración contará con un nuevo estudiante, voluntarioso, discutidor, interesado en el cómo y el porqué de las cosas, y también infatigable trabajador.
Barcelona es dirigido por el artista Roniel Llerena, que va afinando la percepción y la técnica de cada uno de los discípulos. Es una comunidad que tiene mucho de taller renacentista, donde todos hacen de todo, desde aplicarse ante un caballete hasta adecentar el local o repartir una colada de café.

“Es mi casa”, me dice Luis cuando le pregunto qué representa Barcelona para él. “Entre un padre y un hermano mayor”; así caracteriza a Roniel. Ambos son los primeros en llegar y los últimos en marcharse, cuando la tarde va cediendo espacio a la noche.
De todo ello puedo dar fe. Junto con mi amigo y colega Jorge de Mello, desde hace dos años nos hemos convertido en mentores por cuenta propia de la tropa risueña que ahí concurre. Barcelona, lo hemos hablado, nos energiza. Alienta que estos jóvenes, en medio de dificultades ingentes, trabajen en su proyección futura nada menos que en un campo tan complejo y sacrificado como el arte, en ocasiones con la oposición manifiesta de sus familiares, que piensan que deberían emplear los días de su vida en “algo útil”: toman su responsable dedicación como una muchachada, una fiebre que pronto pasará, “cuando vuelvan a poner los pies en la tierra”.
En Barcelona asistimos a discusiones sobre cultura general, propiciamos la visita de connotadas figuras de las artes visuales del país, seguimos el desarrollo de los que exigen someter a crítica sus trabajos recientes, recomendamos lecturas, vamos con ellos a ver in situ cómo trabajan algunos maestros del arte contemporáneo cubano: los acompañamos, en la extensa acepción del término. Y ellos, a su vez, nos acompañan a nosotros, nos permiten entrar en sus mundos creativos, nos dan lecciones de abnegación entusiasta.



Parálisis del sueño
Es una condición que puede tener diversas causas; entre otras, el estrés. Consiste en la imposibilidad de realizar movimientos voluntarios al despertar o a punto de conciliar el sueño. Por lo regular, durante ese “trance”, que puede durar minutos o segundos, aparecen alucinaciones hipnagógicas, que ocurren al entrar el sujeto en un estado cercano al sueño REM, o hipnopómpicas, al despertar. En ambos casos, la persona “ve” sombras, figuras extrañas que se descomponen o fragmentan, rostros con expresiones inusuales, lo que para algunos puede llegar a ser aterrador.
Luis, que conoce de eso desde muy temprana edad, no lo asume como una enfermedad. Simplemente es algo que ha integrado a su vida, y que en es la fuente temática de su obra más reciente, algo de lo que aquí le compartimos.



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¿Pintas esos rostros como una práctica de exorcismo?, le pregunto. “No”, me dice calmo, “no son demonios, sino construcciones del inconsciente, un tema como cualquier otro”. Tengo para mí que mucho de perturbador, por decir lo menos, debe haber en todo esto, pero él, dice, no lo asume de ese modo. Es algo que lo acompaña, que ha incorporado con naturalidad a su vida.
Entre las modalidades de la parálisis del sueño está “la del intruso”, algo así como soñar con los ojos abiertos, y compromete a todos los sentidos: se ve, se oye, se siente la presencia de intrusos en la habitación, lo que puede llegar a producir un miedo irracional en quienes la padecen. Esa es la que ciertas noches experimenta Mijares.
Estas obras, complejas por su factura y por el entrecruzamiento de tendencias estéticas, tienen para mí una estrecha vinculación con la neofiguración, digamos, de una Antonia Eiriz, aunque no sólo. Luis es un estudioso del arte en general y del cubano en particular, y en ciertas ocasiones se le puede hallar, armado de lápiz y cuaderno, en el edificio del Museo Nacional de Bellas Artes, ante obras de Lam y de la misma Antonia. No intenta desentrañar los modos, sino las motivaciones profundas de estos artistas. Busca esencias. Y, a mi entender, las halla.

Rumbo a Francia
El próximo 2 de mayo Luis Mijares vuela con rumbo a Francia, para participar en un evento de jóvenes. Estará en una ciudad cercana a Albi, donde se encuentra el museo dedicado a Henri Marie Raymond de Toulouse- Lautrec Montfa, el post impresionista que hizo de la noche parisina el tema central de su vida y su obra. Es uno de los artistas totémicos de él, y sueña con vérselas cara a cara con sus pinturas, grabados y carteles. Ojalá lo logre.












