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Las frutas típicas de Cuba no son tan nativas como se pintan. La mayoría, dice su pedigrí, fueron importadas y aplatanadas: el plátano banano (del sudeste asiático), mango y tamarindo (India), níspero (China), naranja y limón (Asia subtropical), piña y marañón (Brasil), aguacate, zapote, papaya y canistel (México, Centroamérica), chirimoya (Perú), toronja (Barbados); la lista es larga. Oriundas como los aborígenes, si acaso, la guayaba, el anón, la guanábana.
Amén de la cuna donde las meció natura, frutas de remotos lugares entraron sin visa en esta isla agraciada por el buen clima y la tierra fértil, donde toda semilla forastera encontró una atmósfera propicia para nutrirse de auténtico sabor. Dispendiosas en aroma, colorido y gusto, más que un antojo al natural o en jugos, batidos y dulces caseros, se volvieron parte de la identidad local; entonces Cuba se naturalizó, a su vez, como paraíso tropical de las frutas.
Saboreando la cultura nacional afloran menciones a la riqueza del frutero, desde las hipérboles líricas de Zequeira, Rubalcava, Plácido y El Cucalambé; el ensayo lezamiano “Corona de las frutas”; la colección cromática de Amelia Peláez hasta el son “Frutas del Caney”, escrito por Félix B. Caignet y popularizado como pregón musical por el Trío Matamoros.
Cuba ya no sabe a fruta fresca. Hace algún tiempo la producción frutícola no pasa por su momento más fructífero y existe una marcada tendencia a la disminución de esos sembradíos —véase informes de la ONEI—, prácticamente limitados a frutabomba, mango y guayaba.
No es tema aquí hablar de las causas, bien sabidas. La cuestión es que cuando apetece y se busca en la calle consumir los 400 gramos diarios de frutas y verduras —ricas en vitaminas y minerales— que se recomiendan para tener una vida saludable, entre los precios privativos y la plaga de escasez, la alegada “fruta prohibida” deja de ser metáfora para volverse una amarga realidad.
Si se quiere, hoy parecen exóticas o casi en peligro de extinción frutas que antaño sobraron, como el níspero, el anón, la guanábana, la chirimoya, el marañón, el caimito, la naranja, la mandarina… Pero con esas variedades —digamos— tradicionales no cerró el catálogo guajiro, sino que, en reto a las leyes de la ciencia y en manifestación de la audacia humana, desde épocas lejanas en Cuba se han adaptado a las condiciones climáticas y cosechado fresas, peras, melocotones, manzanas, higos, nueces y otros frutos propios de latitudes templadas.

Cosechas “de altura”
El veleidoso clima de la Sierra de la Gran Piedra, coronada por la mole pétrea de talla universal, regaló a los franceses corridos por la revolución haitiana un polo ideal para su asentamiento y prosperidad. Desde finales del siglo XVIII, en aquella naturaleza libre y exuberante donde se contaban por millones los cafetos y crecían silvestres los árboles de maderas preciosas, los colonos fomentaron plantaciones de las llamadas “frutas europeas” o “de países fríos”.
Cobijados por una manta neblinosa y una temperatura media anual que oscilaba entre 12 y 14 grados celsius, aquellos hacendados autócratas y de ambiciones sin cortapisa empezaron a recrear los vergeles alpinos donde habían visto laborar a sus mayores. Así, en las estribaciones a vista de la tórrida Santiago, los osados franceses propiciaron la adaptación de melocotoneros, manzanos, perales, cerezos, ciruelos, albaricoqueros y madroños.

En la primavera de 1859 el cubano-francés Hippolyte Piron llegó a la ciudad en un reencuentro con sus raíces que inspiró el libro La isla de Cuba. Espoleado por la curiosidad de ver con ojos propios todo aquello sobre la Gran Piedra que había llenado sus oídos, realizó una excursión al partido en el que su propia familia tuvo una hacienda cafetalera. Del abrupto ascenso a caballo anotó: “abundan el guayabo y el elegante tamarindo”. Un creole refinado y a todas luces admirador del discípulo de Sócrates le dio albergue en su cafetal Platón, donde “el clima es tan fresco que por la noche nos vemos obligados a cubrirnos con frazadas”.
A la mañana siguiente, Piron salió de recorrido por los alrededores: “La ruta trazada en la pendiente describía numerosas sinuosidades y estaba bordeada a ambos lados por matas de plátano cargadas de sabrosos frutos […] Los naranjos son enormes y dan unas frutas exquisitas de un tamaño sorprendente. Se halla el durazno junto a la chirimoya, la pera cerca de la guayaba, la uva a algunos pasos del mango, las fresas por encima del anón y del zapotillo. Esta mezcolanza deliciosa nos encanta y nos prueba que nos encontramos en la tierra prometida. […] Un jardín cercano a la casa reúne un gran número de flores europeas”.

Otro viajero ilustre que quedó impresionado ante ese microcosmos fue el pintor inglés Walter Goodman. En el libro Un artista en Cuba, que narra sus vivencias en la isla desde 1864 a 1869, describió su subida a la Gran Piedra en pleno verano: “La naturaleza es digna de admiración […] las naranjas están suspendidas invitadoras sobre nuestra boca, como diciendo: ‘¡Cómeme, extranjero!’. Algunas son pequeñas como grosellas; otras, grandes como nuestras cabezas […] En este menú de postres deliciosos que ofrece la naturaleza están también los mangos en forma de corazón, de piel suave, en sus árboles macizos y simétricos. Les sigue una larga procesión de árboles de lima, limones, nísperos, granadas, marañones, anones, zapotes, mamoncillos y un sinnúmero de frutas de extrañas formas e igualmente extraños nombres”.
Perales en Cuba
Extraño es esperar peras del olmo. Pero el colmo para algunos en el Santiago de 1904 fue creer que primero daría peras el dichoso olmo del refrán antes que verlas cultivadas bajo el sol ardiente, nada más y nada menos que en la barriada de San Pedrito. Quizá menos escándalo hubiera provocado de haber ocurrido en El Caney, el verdadero Edén tropical donde las frutas brotan a ritmo rumboso de carnaval. Vaya que tenían razón los que son de la loma: Caney de Oriente, tierra divina, donde la mano de Dios echó su bendición; tierra de amores, donde las frutas son como flores, saturadas de miel y aromas, deliciosas como labios de mujer.
La revista Cuba y América —edición del 7 de febrero de 1904— dedicó una página a semejante milagro del reino vegetal, con la fotografía de un peral “parido” en la finca del santiaguero Lino Ros, ubicada a medio kilómetro de la urbe. “Hay además otros perales, algunos de los cuales cuentan hasta seis peras. Fueron plantados en diciembre de 1901, de posturas de Argel traídas por Mr. Pellaree, florecieron en mayo del siguiente año y maduraron en octubre sus frutos, siendo estos de gusto y sabor excelentes y suaves”.

Aquel oasis encerraba otros misterios de fecundidad terrena con higos africanos, melocotones, albaricoques, ciruelas claudias y nogales en buen estado de desarrollo. “Merece aplausos y alientos el trabajo agrícola del señor Ros, pues con esto presta al país un servicio valiosísimo, probando que el suelo de Cuba es capaz de producir, previo esmerado e inteligente cultivo, frutos que se consideran propios exclusivamente de los climas templados”, concluía el reporte.
La finca San Pedrito no fue única en su especie. Hubo más perales florecientes en Cuba. En la colonia Ceballos, otro paraíso de las frutas, para marzo de 1906 existían “en cultivo unas tres caballerías de melocotones, peras e higos, cuyas matas tienen ya como un metro de alto”, informaba la Revista de Agricultura. También tenían sembradas 300 mil matas de naranja y pomelo (toronja), 250 mil de piña, plátano johnson, uva y ciruela.
Al año siguiente, en diciembre de 1907, El Eco de Trinidad divulgaba sobre las peras cosechadas por Serafín Martínez, dedicado al comercio y avecindado en Caracusey. Particularmente, no era la primera producción que conseguía. Dos años atrás había arraigado en sus feudos perales y melocotoneros de posturas compradas en La Habana.

¿Difícil de lograr?
Con las décadas los frutos “de afuera” fueron sembrándose en el campo visual de los agricultores cubanos que buscaban experimentar o diversificar sus producciones. A raíz de la demanda se liberó el negocio preso en las entrañas de las no menos exóticas posturas; así lo ilustran varios anuncios publicados en el Diario de la Marina de diferentes épocas.
Por ejemplo, El Jardín, establecimiento de J. A. Armand sito en Domínguez esquina a Santa Catalina, Cerro, ofrecía en marzo de 1885 “toda clase de árboles frutales exóticos y aclimatados al país”. Hacia 1908, en la florería de Abundio García en Obispo 66 podían adquirirse plantones de melocotón, ciruela, higo, castaño, nogal, manzana y fresa. Una gama similar comercializaba S. H. Wilson en la Plaza del Vapor para agosto de 1924. Allí, por la entrada de Águila, vendía semillas en paquetes de diez centavos o por libras, y posturas traídas de España, injertadas, en su envase y con un metro de alto, a $2.50 el ejemplar.
También los hubo que prefirieron traerlas directamente de sus viajes por el extranjero. Ese fue el caso de Emilio Cabada, quien a inicios de julio de 1903 llevó como curiosidad a la redacción de El Comercio, en Cienfuegos, un rubicundo melocotón adherido aún al gajito verde que le dio savia y del cual colgaba como mejor exponente de tres melocotoneros traídos de la Florida tres años antes. Amante de la agricultura, Cabada reveló al periódico un entusiasta plan de traer cientos de posturas nuevas para establecer una siembra en su quinta de recreo.
Ciertamente, que frutos de azúcar cristalizada en invernadero se sometieran a madurar bajo el sol caribe no era un manjar como fruta en almíbar. Unos cuantos agrarios fracasaron en el intento o sus ideas emprendedoras gotearon en vacío al golpe del burócrata desmochador de proyectos; un ser despreciable y perjudicial en todas las estaciones como el gusano de la fruta.
Pues algo así ocurrió en diciembre de 1923 a Juan Gamboa, quien hallándose incómodo por tener en su huerta de Manzanillo unas parras que salían agrias, y “primero se pudren en la mata a que endulcen el fruto”, quiso desapolillar su inquietud con la sección “Consultas Agrícolas” del Diario de la Marina, indagando “si los frutales europeos injertados, como peras, manzanas y melocotones que anuncian algunos establecimientos, llegan a fructificar en este terreno”.
La contestación remedó la dureza de la raíz tentacular que rompe una acera. “Los perales y los manzanos no fructifican en Cuba. Hubo algún caso de fructificación del manzano, pero no tiene interés económico. Esas plantas desarrollan muy poco y de modo anormal en este clima de días cortos y calurosos. Los ciruelos, cerezos y membrillos prosperan poco. Los higos se dan muy mal. De los melocotones solo la variedad Red Caylon es la que da fruto, con riego y cuidado pueden obtenerse buenas producciones; hay que abonarla con ceniza y coco. Esta variedad no es de las mejores. Sin embargo, recuerda en Cuba al melocotón de los países templados”.
La fresa del pastel
De templadas regiones inmigró asimismo la fresa, de las frutas más populares del mundo. Se desconoce la fecha de entrada. Pero cuando el norteamericano Samuel Hazard pasó por Cuba en la década de 1860 le dijeron que aquí no se daban fresas ni moras porque el calor intenso las quemaba. Aunque el sol siguió mordiendo como perro, algo varió y las fresas hallaron en La Habana un mercado favorable. Para la Navidad de 1905 se vendían a 30 y 40 centavos el cuarto de libra.

Por esos días The Cuba Review, boletín que mostraba al público de Estados Unidos las riquezas de la isla, publicó el testimonio de un productor que apostó por la frutilla en una finca al oeste de la capital. “Hasta la fecha he obtenido una ganancia de $597. Esto parece ser una rentabilidad justa considerando la inversión de dinero y trabajo. Considero que mi cultivo tendrá mayor valor para la próxima temporada que en el pasado. Las plantas más viejas dan mejor fruto y he llegado a cosechar hasta veinticuatro bayas de una sola planta”, explicó el hombre satisfecho, que plantó en octubre y tuvo cosecha continua hasta final de primavera.

En el número correspondiente al mes de abril de 1906, la propia publicación daba a conocer la positiva experiencia de mister W. P. Ladd, quien en una parcela de tres cuartos de acre cercana a Santiago de las Vegas aplicaba la teoría de que “el cultivador de fresas, si sabe seleccionar el tipo de terreno que prefieren las fresas, tiene una magnífica oportunidad”. Durante seis meses hizo su zafra, “generando ganancias con las que un agricultor con una familia pequeña podría vivir con gran comodidad durante un año”.

En su mensaje al Congreso de la República a finales de 1922, el presidente Alfredo Zayas señaló que, como parte de ensayos en la Estación Agronómica, “se ha dado mucho impulso también al cultivo de la fresa y hortalizas finas, obteniéndose muy buenos resultados. La fresa se ha propagado por semilla, lográndose mucho más sana y vigorosa que la propagada por estolones”. Hasta en los jardines de La Tropical la baya con fragancia de Francia halló cantero.
Al calor de los tiempos, en Cuba germinaron distintos experimentos y programas de producción frutícola —como en los años sesenta el Plan Banao y el Cordón de La Habana, barridos por la historia—, que incluyeron cultivos de frutas exóticas aprovechando microclimas. Millones de toneladas de frutas frescas, en conservas y jugos marca registrada del patio salieron exportadas al campo socialista, y endulzar el frutero doméstico fue prioridad, un fiestón. Hasta que se enquistó la roya y se abonó un acopio de ruinas.
Para decorar el pastel no quedó fresa ni guinda.











