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Estaba por La Habana Vieja. Tenía que atravesar toda la ciudad para llegar hasta la casa de mi madre. Una amiga, con su transporte eléctrico, se ofreció a darme botella y dejarme en la misma puerta. En los tiempos que vive Cuba —con un transporte público prácticamente inexistente y un servicio privado que te cobra un pulmón—, eso alcanza para recordar aquello de que “quien tiene un amigo tiene un central”.
Cuando enfilamos por la avenida Malecón, a la altura del Paseo del Prado, el contraluz del ocaso me obligó a decirle: “Déjame aquí”. Me miró como si estuviera loco. “¿Pero estás seguro? No hay transporte ninguno”, insistió. Y tenía razón. Sin embargo, esa luz —la que baña los atardeceres del Malecón— bien vale la pena. Es de lo poco que va quedando intacto. Aunque después toque caminar kilómetros en medio de un apagón generalizado.
Hay una tentación —casi un reflejo— de explicar ese paisaje con metáforas. Pero ocurre algo incómodo para el lenguaje: la metáfora pierde su condición de recurso y se vuelve descripción.

Porque cuando uno atraviesa el Malecón de La Habana —ese tramo que va desde La Punta hasta el Parque Maceo, bordeando Centro Habana— entiende que no está “como si” nada: está siendo. No es un escenario que parece una ruina; es la ruina conviviendo con la vida en tiempo real. No es un cielo que “arde como” algo: arde. No es una ciudad que “resiste como puede”: subsiste, simplemente.
En ese trayecto —apenas unos kilómetros— se condensa una intensidad difícil de procesar sin recurrir a imágenes que, en cualquier otro lugar, serían literarias. El muro ya no está lleno como antes: se parece más a aquellos años noventa del Período Especial, cuando la gente iba a matar el tiempo durante los apagones.
Algunos pescan; otros miran el mar como quien mira un límite; otros, simplemente, se dejan estar allí. A unos metros, un grupo de amigos baila y una pareja se besa desenfrenadamente, con una urgencia que no admite análisis. Más allá, un parlante improvisado escupe música y arma una pista invisible donde alguien decide moverse, aunque no haya nada que celebrar.




Enfrente, como un espejo inevitable, la ciudad se abre: edificios que ya no disimulan su agotamiento, balcones vencidos, escaleras que parecen sostenerse más por memoria que por estructura. Cada cuadra de ese tramo del Malecón trae su propio derrumbe, su propio montón de escombros, su propio basural —que ya no es excepción, sino paisaje. La crisis —económica, material, cotidiana— no se insinúa: se impone. Está ahí, expuesta, en la piel de las cosas.
No son dos mundos. Es el mismo. Lo desconcertante es que nada de eso cancela lo otro.




Mientras la ciudad se cae, alguien ríe. Mientras falta todo, alguien ama. Mientras el cansancio se acumula en los cuerpos que se sientan en el muro, mirando un horizonte que no promete, también hay quienes se aferran a ese mismo borde como si fuera un punto de partida.
Ahí es donde deja de ser una metáfora y se vuelve una realidad cruda en tensión permanente.

Pero hay que decirlo sin rodeos: no hay nada romántico en la escasez. No hay épica en la carencia sostenida, ni belleza suficiente que justifique la precariedad. El riesgo de mirar ese paisaje —desde afuera o incluso desde adentro, con la costumbre como anestesia— es caer en una estética de la ruina que termina maquillando lo que duele. Y no: no alcanza con la luz del atardecer ni con la música que brota para convertir la falta en poesía.
Porque detrás de cada edificio que se desmorona hay vidas condicionadas. Detrás de cada basural, una ausencia de soluciones. Detrás de cada gesto de resistencia, un desgaste acumulado. Y detrás de ese gesto —casi caprichoso— de bajarme en el Malecón para quedarme con la belleza, también estaba la certeza de que esa belleza no resuelve nada.
No hay metáfora que valga cuando la realidad aprieta.

Y, sin embargo, tampoco hay cinismo posible frente a esa obstinación vital que sigue apareciendo. Porque no es una pose ni un recurso narrativo: es un pulso real, terco, que insiste incluso cuando todo alrededor empuja en sentido contrario.
La clave —si es que hay una— no está en romantizar ni en negar, sino en sostener ambas cosas sin que una tape a la otra: la belleza que irrumpe y la dureza que la rodea. Mirar de frente, sin filtros, sin concesiones, pero también sin perder la capacidad de registrar ese gesto simple —una risa, un baile, un beso— que se abre paso en medio del desgaste.
Quizás de eso se trate: de no elegir una sola versión de la escena. De no quedarse únicamente con la postal luminosa ni con el diagnóstico oscuro. De aceptar que en ese mismo tramo de Malecón conviven, al mismo tiempo, el derrumbe y la celebración, la falta y el deseo, el cansancio y la insistencia.
Porque si algo enseña ese borde entre la ciudad y el mar es que la vida, incluso en su forma más golpeada, no se retira del todo. Se reconfigura, se adapta, encuentra grietas por donde seguir.
Y ahí, en esa tensión —incómoda, a veces contradictoria— es donde la mirada tiene que quedarse. Sin metáforas que suavicen ni discursos que simplifiquen.
Solo así, tal vez, se puede contar lo que realmente está pasando.
















