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Cae la tarde en La Habana y la ciudad se apaga de golpe. No hay transición entre el último resplandor y la oscuridad: la luz se va y queda algo espeso, casi táctil, pegado a las fachadas y a los cuerpos. El apagón dejó de ser un episodio hace ya un tiempo. Ahora es una condición. La gente no dice “se fue la corriente”, dice “estamos en apagón”, como quien habla del calor o de la lluvia, y sigue. El Período Especial —el de los noventa— aparece todavía en las conversaciones, pero como una versión menor de esto.
Camino en penumbras. La Habana suele ser ruidosa, pero ya hasta el murmullo es mudo. Las siluetas avanzan despacio; motos y carros, casi todos eléctricos, pasan sin hacer ruido. Hay algo raro en eso. La ciudad dio un salto a la movilidad eléctrica no porque le convenía, sino porque no le quedó otra. Si uno no supiera, podría parecer una urbe que se subió a tiempo a la ola ecológica. Pero es la escasez la que manda.
Me detengo en una parada. Espero algo que me acerque a casa, pero a esta hora el transporte público es casi una ficción. No pasa nada. Saco la cámara. Hay algo de absurdo en fotografiar un apagón, en buscar luz donde no hay. La cámara encuentra cosas que el ojo solo adivina.



Desisto de esperar algún transporte. Camino con la cámara en la mano en plena oscuridad y no me siento en peligro. La Habana —todavía— no tiene esa tensión que se respira en otras ciudades del continente. En otro lugar, esto sería impensable.
Sigo. En una esquina, un busto de José Martí aparece un segundo cuando lo roza la luz de un triciclo que pasa, y vuelve a desaparecer. El apóstol pintado de blanco en medio de lo negro. Me pregunto qué hubiera escrito Martí sobre los apagones si viviera en este tiempo. Lo fotografío. Más adelante hay gente sentada en los portales. También parecen bustos, tan quietos como él, solo que con la cara iluminada por el celular.

De vez en cuando, una franja de luz se escapa por alguna puerta o ventana abierta. Baterías, inventos caseros, lo que haya. Alcanza para un par de bombillos, un ventilador, quizás un televisor. Islas. La ciudad está a oscuras y cada casa resuelve como puede.
Una de esas luces me para en seco. En una casa tiene el televisor encendido muy cerca de la puerta que da a la calle. Son las ocho. Noticiero Nacional de Televisión. Me quedo en la acera mirando esa pantalla en la penumbra. La imagen llega descolorida, con interferencias.

Habla el presidente Miguel Díaz-Canel. El bloqueo, el imperialismo, la resistencia. El mismo discurso. Y sí, hay algo cierto ahí: las sanciones de Estados Unidos pesan, condicionan, asfixian. Pero hay otra parte que el noticiero no nombra, la de las decisiones propias, la de una crisis que lleva demasiado tiempo para seguir siendo solo culpa de los de “afuera”.
Después muestran una finca en Ciego de Ávila que sobrecumplió la entrega de leche. Vacas, ordeños, números. Una Cuba que produce y avanza. El televisor arma su propio país.
Me acuerdo del chiste de Pepito. El nene está sentado frente al televisor con una jaba entre las piernas, esperando que digan que sobrecumplieron la cosecha de papa para ver si cae alguna fuera de la TV. Miro a mi alrededor y el chiste deja de ser gracioso.

A unos metros, en el portal de la casa, hay un ruido seco, repetido. Un hombre muy viejo aplasta latas contra el suelo y las apila. Recolecta aluminio para vender. Golpe, lata, golpe, lata.
La televisión habla de producción y habla el presidente. El viejo aplasta las latas. Los dos existen al mismo tiempo y ninguno parece enterarse del otro.
Sigo caminando. Ya no me sorprende la oscuridad. Lo que no se va es la sensación de que algo no cierra. No es nuevo que el noticiero muestre un país distinto al de la calle. Lo que sí es nuevo, o lo que al menos parece nuevo, es que ya nadie se molesta en disimular la diferencia. Como si hubiera dos países funcionando en paralelo y todos lo supieran, pero nadie lo dice.
Duele la evidencia de esa otra oscuridad, más persistente: la distancia entre lo que se omite y lo que se vive.















