|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
La esquina de Consulado y Virtudes no es una cualquiera. En Centro Habana, esa intersección ha funcionado durante más de un siglo como una especie de termómetro, y lo que allí ocurre suele decir más de La Habana que muchos discursos oficiales.
El 13 de septiembre de 1890 abrió sus puertas el Teatro Alhambra. En ese escenario —vivo, irreverente, popular— el teatro bufo cubano encontró uno de sus templos y el país, todavía en formación, una manera de mirarse y reírse de sí mismo. Durante décadas, el Alhambra fue más que un edificio, fue un pulso colectivo. Hasta que en 1935 se derrumbó y con él una parte de aquella escena.
La historia, sin embargo, insistió en quedarse. El lugar fue reparado y reabierto como cine bajo el nombre de Teatro Alkázar. Tras 1959 volvió a mutar, y en 1962 abrió como Teatro Musical de La Habana, una nueva etapa que prolongó la vida cultural del sitio hasta los años noventa. Luego llegó el Período Especial y, con él, el cierre. El silencio.
Desde entonces el edificio quedó abandonado. Y el vacío empezó a llenarse, pero no de público ni de aplausos. Las puertas en ochava —esa entrada reconocible para cualquiera que haya pasado por allí— comenzaron a acumular bolsas, restos, escombros. Al principio un basurero discreto, casi tolerado por la costumbre. Hoy, un vertedero a cielo abierto.

El deterioro es radical. La basura ya no cabe en la esquina, bordea el antiguo teatro y se extiende por Virtudes hasta Industria. Donde antes hubo marquesinas y carteles luminosos ahora hay capas superpuestas de desechos. El umbral de uno de los grandes teatros de Cuba es hoy la boca de un basurero.
Se percibe desde antes de llegar. A varias cuadras, el aire cambia. El humo sube en columnas torcidas porque, ante la ausencia de recolección, los vecinos le prenden fuego a la basura. Es una salida desesperada que añade otra capa de toxicidad a la escena. Caminar esa cuadra es atravesar un paisaje hostil, moscas en enjambre, un olor espeso que se pega a la ropa, personas hurgando entre los desperdicios en busca de algo que sirva. Hay algo muy doloroso en ese gesto de “bucear” en lo que otros descartan para sobrevivir.


Pasa, a baja velocidad, zigzagueando entre las islas de residuos, un almendrón. Va escuchando música. ¡No puede ser! Esto parece el guión de una película costumbrista, o quizás los fantasmas vernáculos del viejo Teatro Alhambra merodean todavía por aquí, porque suena un tema de Los Van Van. ¡Y qué tema! Es “La Habana sí”, la canción que da título al décimo álbum del “Tren de la música cubana”, publicado en 1985 y que, por el quinto centenario de la ciudad, en 2019, la orquesta grabó de nuevo con videoclip incluido. La letra arranca así:
La Habana tiene ganas / ganas de que la cuiden, que se esfuercen para ella / La Habana entera quiere ser la capital más bella / de América Latina, de América Latina.

Paréntesis y chisme aparte, en la nueva versión cambiaron un verso de la original. Ese que decía “La Habana socialista” quedó como “La Habana siempre lista”.
La música pasa de largo y se pierde entre el basurero. Y uno se queda pensando si la ciudad todavía tiene ganas de algo, o si solo hay cansancio.
El ajetreo, en cambio, no para. El movimiento es constante pero la sorpresa está ausente. Nadie se detiene. El basurero fue naturalizado. Una rata cruza la calle con una seguridad insolente, tan grande que por un segundo la confundí con un perro chino que husmeaba entre la basura. Nadie se inmuta. Tampoco, al parecer, quienes deberían ocuparse de que esa escena no exista.
Este basurero no es una excepción. La Habana está atravesada por escenas similares, más grandes o más pequeñas, más visibles o más ocultas. Elijo detenerme en este punto por lo desmesurado de su escala, por lo difícil que resulta creerlo hasta verlo: una cuadra completa tomada por la basura en pleno centro de la ciudad, a apenas una cuadra del Paseo del Prado. Es un síntoma y es, también, la evidencia de una normalización peligrosa: cuando lo extraordinario se vuelve paisaje, la degradación deja de escandalizar y empieza a aceptarse como parte de la vida cotidiana.



La recolección de residuos no es tratada como prioridad en una crisis tan severa como la que atraviesa Cuba. Y no estamos hablando solo de un problema estético, sino de salud pública, de dignidad, de supervivencia.
Hace no tanto, el relato era otro. Precisamente en medio de los festejos por el 500 aniversario de la fundación de La Habana, se anunció con bombos y platillos una donación japonesa de diez millones de dólares para mejorar el sistema de recolección de basura, canalizada a través del Programa de Desarrollo Económico y Social de la Asistencia Financiera No Reembolsable del Gobierno de Japón.
Llegaron camiones, equipos de limpieza y un bulto de promesas. Algunos periodistas de la órbita del sistema informativo llegaron a deslizar en televisión que aquel parque automotor nipón sería la solución a los vertederos capitalinos. La narrativa oficial —desde los funcionarios del barrio hasta los de la nación, pasando por los del municipio y la provincia— dibujaba un antes y un después: ahora sí, La Habana tendría lo que Los Van Van cantaban cuarenta años atrás.
El después no llegó. O llegó y se diluyó. O no alcanzó. O quedó atrapado en la misma trama de ineficiencia, falta de mantenimiento y decisiones erráticas que atraviesa tantos otros sectores.



Más cerca en el tiempo, la crisis volvió a hacerse inocultable. Las redes sociales se llenaron de imágenes de montañas de basura en distintos puntos de la ciudad y empezaron a reportarse brotes epidemiológicos. La reacción no se hizo esperar. El Gobierno convocó a una movilización, cientos de brigadas salieron a las calles —una buena parte integradas por soldados y oficiales de las FAR— destinados a la recolección. Se prometió, otra vez, un antes y un después.
Pero la excepcionalidad no logró convertirse en constancia. Pasado el momento crítico, la rutina regresó y, con ella, la acumulación. La esquina de Consulado y Virtudes sigue ahí, recordándolo.
El problema de la basura forma parte de una crisis más amplia, con apagones diarios que superan las diez horas, inflación desbordada, escasez crónica de alimentos, medicamentos y combustible, una economía sin divisas y una emigración sostenida que vacía al país de fuerza de trabajo. En ese contexto, se nombran otras causas mientras se dejan en segundo plano problemas internos como la burocracia, las fallas de gestión, la falta de mantenimiento y las decisiones postergadas durante demasiado tiempo.

La descomposición de residuos expuestos al sol tropical genera gases que deterioran la calidad del aire. Los montículos se convierten en caldo de cultivo para vectores de enfermedades, mosquitos que propagan dengue, roedores asociados a la leptospirosis, insectos que multiplican el riesgo sanitario. Hay una dimensión menos cuantificable y no por eso menos grave: la erosión cotidiana. Vivir entre basura no solo enferma el cuerpo, también desgasta la percepción de la realidad. Normaliza lo que no debería serlo.
En Consulado y Virtudes esa erosión convive con la memoria.
Bajo las capas de desechos sigue latiendo la historia de un teatro que fue central para la cultura cubana. Ese contraste entre lo que fue y lo que es vuelve la escena más elocuente que cualquier estadística.
La esquina de Consulado y Virtudes sigue siendo un termómetro de la nación.


















