Poco duraron las esperanzas del doctor Antonio Aja. Deseaba que Bad Bunny pudiera convertirse, con el paso de algunos años y los pertinentes destilados, en un excelente músico. “No estoy tan cerrado” a esa posibilidad, aseguró. Unos minutos después el director del Programa de Estudios sobre latinos en los Estados Unidos de Casa de las Américas, enfrentó el criterio de la musicóloga Leannelis Cárdenas que hizo trizas sus expectativas.
“Bad Bunny no es el gran músico. Ni lo es ni lo será. Lo valioso es todo lo que se genera a partir de ese discurso musical que él es capaz de construir valiéndose de otros recursos”, dijo Cárdenas, validando una importancia que reside en la capacidad de articular performance, narrativas visuales y discursos identitarios que trascienden lo estrictamente sonoro.
La pequeña anécdota sirve para ilustrar el apasionante debate alrededor de un ídolo del moemnto —surgió de un barrio puertorriqueño, Almirante Sur, en Vega Baja— durante el panel Bad Bunny entre el Caribe y la diáspora: cultura, economía, política e identidad, que tuvo lugar este miércoles en una atestada sala Manuel Galich, de Casa de las Américas.

El Benito Bowl como gesto político. Notas sobre el perreo
La ensayista Ana Niria Albo entregó una lectura incisiva de la actuación de Bad Bunny —Benito Antonio Martínez Ocasio, Bayamón, 10 de marzo de 1994— en el Super Bowl. Para esta socióloga y especialista del Programa de Estudios sobre Latinos en Estados Unidos y coordinadora del proyecto Casa Tomada, ambos de la Casa de las Américas, aquel espectáculo fue un acto de soberanía cultural.
“El artista expresó una generosidad pocas veces vista en un momento tan destacado de su carrera, donde la tendencia es decir, ‘Mírenme a mí.’ Él dijo, ‘Mírennos a nosotros.’” Para Albo el balón con la frase “Together we are America” no debía traducirse como “Juntos somos Estados Unidos”, sino como “Juntos todos somos América”, un gesto panamericano que cuestiona los rancios marcos coloniales ahora desempolvados por el líder republicano en la Casa Blanca que los hace renombrar como la Doctrina Donroe —oficialmente denominada Corolario de Trump a la Doctrina Monroe, de 1823.
El análisis de Albo conectó el espectáculo, visto por alrededor de 135,4 millones de personas, con el álbum Debí tirar más fotos (2025), al que definió como “un archivo vivo de una comunidad en la diáspora”. Para Albo, Bad Bunny construye “un artefacto de la memoria social” y una “literatura de la nostalgia” que enlaza la memoria caribeña con la experiencia migrante en ciudades como Nueva York.
Además, subraya que el cuerpo y el baile son símbolos políticos. Para la especialista, “perrear es político” porque desafía una normatividad colonial que reprimió expresiones afrocaribeñas. A su vez, la presencia de cañaverales, macheteros y trabajadores invisibilizados en el show fue, según Albo, un gesto de resistencia: “Bad Bunny visibiliza a los invisibles en su Superbowl.” Así, el espectáculo se transformó en una denuncia contra las jerarquías raciales y económicas del capitalismo estadounidense.

Una personalidad dispar
Por su parte, Cárdenas, directora del Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana (Cidmuc), distinguió entre ser un gran artista y ser un gran músico.
“No es un gran músico. No lo va a ser y le voy a explicar por qué”, afirmó, señalando que carece de los dominios técnicos de la música académica. Sin embargo, aclaró que “tampoco le hace falta. No, su escena no se lo exige, su medio no se lo exige, su producto cultural no se lo exige,” insistió.
La académica recorrió su discografía que suma 8 discos oficiales: 6 de estudio, 1 colaborativo y 1 recopilatorio, además de una extensa lista de sencillos que han marcado la música urbana global. Así, el recorrido arranca con el trap inicial de “Por siempre” hasta el giro social de “Un verano sin ti”. Destacó “El apagón”, donde Benito utilizó la plena puertorriqueña para denunciar problemas sociales: “Te voy a hablar de mi país… y lo voy a hacer sosteniéndome desde un género tradicional propio de mi país,” recreó la especialista.
En cuanto a la clasificación de su obra, Cárdenas explicó que la etiqueta “música urbana” es un término comercial que agrupa géneros digitales surgidos en los años 90, con letras explícitas y agresivas y que no debe confundirse con música hecha en ciudades ni definirse por criterios raciales, pues “es un producto mestizo de su origen.” Reconoce, sin embargo, que la industria tiende al blanqueamiento de las figuras, aunque lo considera un fenómeno transversal.
Al mismo tiempo, colocó una señal de stop ante la romantización de ciertos discursos urbanos, incluidas las frases soeces o escatológicas del propio Martínez Ocasio: “Hay textos en la música urbana que no están bien… porque defienden una serie de valores que no están bien sea cual sea el sector de la sociedad.”
Así, aunque defiende la legitimidad de la música urbana como expresión cultural de contextos marginales, insiste en que no todo puede justificarse por su origen social.

Cifras que estremecen y mercados que engordan
La economista Gretel Blanco aportó la dimensión económica del fenómeno recordando que durante la pandemia, “se convirtió en el artista más escuchado a nivel mundial según Spotify con más de 8300 millones de reproducciones.” Sus giras han generado cifras millonarias: 116,8 millones de dólares con El último tour del mundo y 107 millones con Debí tirar más fotos.
En Puerto Rico, la residencia No me quiero ir de aquí atrajo a 600 mil personas y creó unos 3300 empleos. Blanco advirtió que gran parte del valor se captura en plataformas digitales y transnacionales: “La cultura ocupa un papel importante en la forma de generar ingresos, pero a su vez muestra los límites estructurales impuestos por la colonialidad y la dependencia.”
Por su parte, el también economista Fabio Ernesto Chirolde confesó su sorpresa inicial: “Cuando me dijeron investigar acerca de Bad Bunny, la verdad que me quedé bastante impactado y dije, ‘En serio, Bad Bunny.’” Pero pronto descubrió que el artista es un nodo central de la economía cultural global. Para él, el artista boricua es simultáneamente producto de la industria transnacional y símbolo caribeño, capaz de reposicionar a Puerto Rico como “marca país desde abajo”.
Su actuación en el Super Bowl, cantando íntegramente en español, fue para Chirolde un desafío directo a la lógica anglófona del mercado estadounidense: “Cantó en español, todo lo cantó en español, todo lo hizo en español y desafió la lógica anglófona de un país.”
El experto recuerda que las economías creativas aportan entre el 0,5 % y el 7,3 % del PIB global y generan el 12,5% del empleo, cifras que muestran su creciente relevancia. En el caso de Puerto Rico, advierte que el auge cultural convive con austeridad, migración masiva y vulnerabilidad climática.
La música de Bad Bunny, surgida del reguetón marginal y racializado, se ha globalizado sin perder su estética caribeña. “Bad Bunny funciona como una plataforma, pues arrastra audiencias, crea tendencias, genera externalidades económicas, ya sea positivas o negativas.”

Voces jóvenes: marginalidad y memoria
La sala Manuel Galich tuvo un público mayoritariamente joven. Carla, una estudiante chilena de tercer año de Periodismo, puso el foco en la fuerza de las comunidades periféricas. “Gente que viene de poblaciones marginales, pero que la tiene muy clara, que quiere hablar de memoria, que quiere hablar de resistencia.” Para ella, Bad Bunny y artistas como Pablito Chili son portavoces auténticos de la resistencia, capaces de decir lo que la academia ha dejado de ver.
A su vez, Sara Paula, estudiante de lenguas extranjeras, expresó un temor generacional. “Sé que Bad Bunny desaparece, porque es algo que cada año temo. Y cada vez que sale un disco, me alegro de que haya sacado uno porque la industria es tan grande que puede desaparecer si no saca un disco anualmente.” Su voz reflejó la ansiedad de una juventud que ha crecido con Benito como referente.

“No me quiero ir de aquí”: Bad Bunny y el sueño de contarnos
Independencia, compromiso político y diversidad cultural
El historiador del arte Jorge Peré destacó la soberanía individual del artista, quien hizo historia en los Premios Grammy 2026 al convertirse en el primer artista latino en ganar el galardón de Álbum del Año con un disco completamente en español, Debí tirar más fotos, rompiendo con ello una barrera de 68 años en la categoría más importante de la música estadounidense.
“Toda la producción de Bad Bunny es producción independiente,” resaltó Peré. Para el también investigador, ese recorrido desde lo marginal hasta lo masivo refleja un crecimiento prodigioso y una apuesta consciente por hablar el lenguaje de su generación. Recordó además su compromiso político desde las protestas de 2019 contra Ricardo Rosselló y en temas como “El apagón”.
La filósofa Maydi Estrada Bayona, entretanto, recordó la enseñanza del historiador de la música cubana Helio Orovio en los años 90 cuando entonces ella peyorizaba las músicas emergidas de los sectores marginales. “Eso que usted ve como inapropiado es el lenguaje de los otros,” le hizo saber el autor del primer y polémico Diccionario de la Música Cubana (Letras Cubanas, 1981).
Para la académica, comprender el Caribe exige reconocer la diversidad cultural y aceptar que expresiones como el reguetón son lenguajes políticos y de resistencia. “El hombre y la mujer piensan según viven”, afirmó, insistiendo en que lo que puede parecer ofensivo desde la academia responde a realidades concretas de barrios y comunidades.

Un objeto en disputa
Por su parte, Roberto Zurbano insistió en la necesidad de observar los escenarios históricos: “Hay que darle contexto cuando se habla de un músico como Bad Bunny,” conectándolo con la tradición puertorriqueña de un Tego Calderón y Calle 13.
Este investigador de Casa de las Américas y activista contra el racismo y la discriminación en la isla, enfatizó que el devastador huracán María en 2017 radicalizó la posición de Benito Martínez Ocasio, convirtiéndolo en símbolo de nuevas formas de expresión cultural.
“Este es un hombre que se queda en Puerto Rico” y lanza un sencillo en homenaje a las víctimas del meteoro llamado “Una velita“, señaló, destacando que su permanencia en la isla lo vincula directamente con las luchas sociales y con la academia puertorriqueña que defiende la independencia desde sus propios íconos.
En su visión, el artista boricua, diestro en lucha libre y que hizo las veces de empaquetador y cajero en su supermercado en su mocedad, es un objeto de disputa cultural y política que refleja debates de larga data sobre colonialidad, identidad y mercado, y que ahora encuentra un ícono traducible para públicos diversos.

Sueño en el aire: BB en La Habana
El académico alemán Rainer Schultz, director del Consorcio de Estudios Avanzados en La Habana (CASA), para el intercambio académico entre Cuba y Estados Unidos electrizó a la sala con una propuesta que nadie esperaba: “Tengo el sueño de traer a Bad Bunny a Cuba. Yo sé que se van a reír, pero se han hecho cosas imposibles en Cuba antes.”
“Ya se logró un concierto de Rolling Stones en La Habana hace una década”, y aseguró que ha conversado con personas cercanas al artista y con empresas estadounidenses. Para Schultz, un concierto de Bad Bunny en la capital sería un acontecimiento de enorme impacto económico y mediático, especialmente en el contexto del bloqueo de Washington, transformando el Malecón en un escenario global donde se converjan música, identidad y emancipación.
Post Scriptum
Hijo de un camionero y de una profesora de inglés, Bad Bunny nunca acudió realmente a un logopeda; todo fue una parodia humorística. La idea de verlo “aprendiendo a vocalizar” apareció en un sketch del especial de Nochevieja de José Mota en RTVE, donde se representaba a un Benito con un lápiz entre los dientes preocupado porque la gente mayor no entendiera sus letras. El vocalista ha defendido su estilo como auténtico y representativo de su identidad puertorriqueña, y esa singularidad es precisamente lo que lo distingue en la música global. De acuerdo a la clasificación de voces, la de Benito Martínez es de barítono, caracterizada por su timbre grave y áspero, que se ha convertido en su sello distintivo dentro del reguetón y el trap latino. En dos palabras: “Una marca-país” al decir del economista Chirolde.












