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Este jueves 18 de junio, el gobierno cubano anunció el mayor paquete de reformas económicas y sociales aprobado en décadas en la nación. Las medidas fueron presentadas por el primer ministro Manuel Marrero como resultado de una sesión extraordinaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba y marcan cambios importantes en el modelo económico cubano al transformar algunos de sus ejes esenciales, muchos de ellos intocables hasta ahora.
El contexto en el que llegan estas medidas es más que significativo. Cuba atraviesa la peor de sus crisis económicas y la escalada de las medidas de asfixia de Estados Unidos contra la isla desde enero hacen de la vida una carrera de desgaste para la población.
El Gobierno, al presentar las nuevas disposiciones, ha reconocido públicamente errores e insuficiencias propias, mientras niega que las reformas se deban a presiones externas.
“Justo en este momento, porque el país está abocado a necesidades perentorias. Justo en este momento, porque la asfixia del gobierno de los Estados Unidos ya es de sobremanera y porque estamos esperando que justamente la dirección del país, del gobierno, del Partido adoptara decisiones que vayan a favorecer a las mayorías, más allá de que estos cambios puedan también traer a colación diferencias sociales que ya están caminando junto a nosotros, pero es parte del mundo real”, opina Ignacio, residente en La Habana.
Algunos no celebran tanto el momento elegido para llegar a estos cambios; otros piensan que “estamos echándole agua después que el fuego quemó la casa” o que “ahora es un poco difícil porque muchas personas no confían en que se puedan materializar”.
La dura realidad cotidiana de los cubanos y el recuerdo de otros intentos fracasados o con una mediocre implementación de reformas económicas en el país hacen que una vez más este paquete de medidas sea recibido con escepticismo.
Por otra parte, el franco enfoque hacia el mercado y los claros visos capitalistas de estas reformas, ponen en alerta a muchos. La mayoría no se ve como posibles beneficiados directos de las nuevas puertas que se abren para la economía de la isla. Lejos de eso, temen mayores desigualdades y desventajas para las personas con menos recursos.
“Están aprobadas, pero todavía no hay nada materializado, habría que esperar, hacer evaluaciones sistemáticas, tal vez haya que corregir algunas. Espero que podamos mejorar”, nos dice un señor mientras espera a las afueras del agro de 19 y B en el Vedado capitalino.
Las últimas semanas han estado marcadas por un deterioro acelerado de la vida en el país, cuando los apagones han llegado a ser de hasta 40 horas en la capital cubana, zona que en otros momentos fuera la más favorecida.
Las protestas en la ciudad se producen casi a diario y de manera simultánea en varios lugares ante el reclamo de las más esenciales condiciones de vida: luz, agua y conservación de los alimentos. En este escenario nacen estas reformas, cuando incluso el acceso a la información es casi un lujo para los cubanos.
Al salir a buscar las opiniones de los habaneros, varios de los abordados admitieron no tener idea de lo que estaba sucediendo en el país, mientras denunciaban varios días sin corriente y, por tanto, sin posibilidades de ver la televisión u otros canales de difusión.
“Nadie escucha nada porque la situación del país cada día está peor, llevamos cuatro días sin agua, sin luz, la comida echándose a perder, es desesperante, ya no se puede vivir”, nos dice una habanera visiblemente molesta mientras intenta comprar algo de alimentos en alguna de las pequeñas tiendas de barrio que han nacido justo desde las aperturas de las últimas liberaciones comerciales a las mipymes.
Cuba abre todo un nuevo diapasón económico y social que ciertamente responde a reclamos que por años han realizado economistas, la población y la emigración.
Su implementación ciertamente podrá poner a la nación en una nueva condición económica y, por tanto, de más oportunidades para el pueblo, pero también del enfrentamiento a un tipo de realidad desconocida para casi toda la población cubana.
Su aprobación es ya un paso, pero los desafíos que supone su puesta en marcha todavía son considerables y en ellos van a estar todas las miradas desde ahora.












