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¿Y qué va a ser de tus recuerdos cuando
no tengan ya dónde encontrar abrigo?
¿El aroma feliz de aquellas cajas
con guerreros minúsculos, herméticos,
y el eco de la voz que en la penumbra
te farfulla el secreto de las frondas?
¿Y qué va a ser de tus recuerdos, dime?
Eliseo Diego, Inventario de asombros
En 1975 yo estaba terminando la Licenciatura en Economía en la Universidad de La Habana. Había abandonado, empezando el tercer año —por un absurdo e imperdonable arrebato de romanticismo juvenil—, la Licenciatura en Lengua Inglesa y Literaturas Inglesa y Norteamericana en la Facultad de Letras.
Ese año se conmemoraba el 30 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial y yo había leído y visto muchos libros y películas sobre el tema. Me conmovían profundamente las historias sobre los horrores del nazismo y del fascismo. Pensaba que eran un buen asunto para los interminables y repetitivos círculos de estudio de la FEU (Federación Estudiantil Universitaria), donde por lo general se leían discursos que ya todos habíamos escuchado y leído. Me miraron como si yo fuera una extraterrestre cuando lo sugerí y, entre bostezos, leyeron el mismo discurso de siempre.
Por aquellos años, la Cinemateca de Cuba era un verdadero centro cultural donde no solo se veían buenas películas, sino que se aprendía mucho. Su sede estaba en el cine Chaplin y preparaban programas que te entregaban al entrar: ciclos de cine silente, clásicos de la cinematografía internacional, el cine inglés de los “Angry Young Men”, cine húngaro, polaco, francés, italiano, estadounidense, latinoamericano, cubano, sueco, japonés. O ciclos de autores, actores y temas. Cada programa tenía una ficha técnica muy completa y sinopsis de la película. También en el resto de los cines se estrenaban buenas películas. Estos espacios funcionaban todos los días y tenían varias “tandas”. Todo eso se terminó, a pesar de los esfuerzos de la Cinemateca.
Yo seguí con mis lecturas y películas. Pensaba que era la única forma de acompañar un poco a todos esos inocentes que murieron por la ambición enfermiza de un hombre que logró embrujar a un pueblo culto y llevarlo hacia esa barbarie. No fueron todos, pero sí los suficientes para desarrollar un ejército muy poderoso, con la intención de vengarse de la humillación del Tratado de Versalles y, por supuesto, de apropiarse de las riquezas de los países por donde iba arrasando. Ideó y creó, con su siniestro grupo de dirección, los guetos, los campos de concentración y exterminio, que no cesaban de emitir aquel humo que delataba su horrendo propósito de asesinar a judíos, discapacitados, ancianos, opositores, homosexuales —recomiendo el filme de Ettore Scola, Un día especial, con Sophia Loren y Marcello Mastroianni, que trata este tema— todos marcados como ganado.
¿Pero por qué menciono esta historia, conocida por todos? Porque a veces, con el paso del tiempo, se utilizan palabras sin pensar en la carga de sufrimiento que encierran: gueto, campos de exterminio, guerras brutales, aferramientos a poderes que solo traen miseria y dolor.
Muchos de los que eran niños cuando sucedió la Segunda Guerra Mundial, o escucharon las historias que narraban sus padres y abuelos, quedaron marcados por el resto de sus vidas. Recuerdo lo que me contó una vez un amigo vinculado al Ballet Nacional de Cuba sobre el gran bailarín, coreógrafo y profesor de ballet, el ruso Azary Plisetski (1937). A los jóvenes bailarines cubanos les daban de merienda, entre otras cosas, pan negro, como se le llama en nuestro país al pan de centeno. No había costumbre de comer ese tipo de pan y los jóvenes bailarines lo criticaban y se burlaban de su color y sabor. En una ocasión, Plisetsky los escuchó, dio un golpetazo en la mesa y, obviamente muy molesto, gritó: “Yo no permito que en mi presencia se burlen del pan negro. Ni del pan negro ni de las katiuskas!”. En un documental que vi hace muchos años, se mostraba en una vitrina una pequeña rodaja de pan negro, que era lo único que tenían para comer durante el asedio nazi a Rusia. Con razón Plisetski reaccionó de esa forma.
En las décadas de 1970 o 1980, se vendió, en lo que se conocía como Casa de la Cultura Checa, un libro cuyo título era Terezin, en alusión a la ciudad-fortaleza que se encuentra a unos 60 kilómetros de Praga. Terezín fue un campo de concentración y exterminio nazi. Al término de la guerra se encontraron muchos dibujos y poemas de niños que estuvieron en ese gueto; la mayoría murió en Terezín o en Auschwitz. En ese libro se recogieron poemas y dibujos que son, realmente, desgarradores. Son historias muy tristes y dolorosas que no deben olvidarse. En pleno siglo XXI siguen las guerras, las injusticias y los genocidios. Ojalá algún día los políticos dejen de pensar en sus beneficios y comiencen a pensar en sus pueblos.
Lamentablemente, perdí mi ejemplar, pero recuerdo el comienzo de uno de los poemas. Y encontré otros por internet:
Una vez fui un niño.
Hace tres años.
Un niño que ansiaba otros mundos.
Ya no soy un niño.
Porque he visto el dolor.
Ahora soy un adulto.
No he visto mariposas por aquí
La última, precisamente la última,
de un amarillo tan brillante…
quizás si las lágrimas del sol
tocaran la piedra blanca,
tan amarilla,
volara, se movería ligeramente
hacia lo alto.
Se fue. Seguramente quería dar al mundo
un beso de despedida.
Hace siete semanas que vivo aquí,
encerrado en este gueto,
pero he encontrado a mi gente aquí.
Me llaman las florecillas
y la blanca rama del castaño del patio.
No he visto más mariposas.
Aquella fue la última.
Las mariposas no viven aquí.
En el gueto.
Pavel Friedman
Deportado al gueto de Terezin el 28 de abril de 1942.
Deportado de Terezín a Auschwitz el 29 de septiembre de 1944.













