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Vivir sin agua

Los cubanos siguen forzados a convivir con la escasez de lo básico y someterse a un mercado ilegal que lucra con la necesidad de la mayoría.

por
  • Deborah Rodriguez Santos
julio 20, 2026
en Sociedad
1
Personas colectan agua en La Habana, ante la escasez provocada por la crisis. Foto: Otmaro Rodríguez.

Personas colectan agua en La Habana, ante la escasez provocada por la crisis. Foto: Otmaro Rodríguez.

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Es jueves. En verano las tardes suelen venir cargadas de nubarrones y aguaceros. Al menos es lo que espera Mailén, quien busca en el cielo aplomado una señal de que San Pedro será benevolente. Sacó cubos vacíos al portal de su casa en Buenavista, Playa, con la esperanza de que podrá llenarlos. “Llevo once días sin agua”, me cuenta vía WhatsApp en medio de su faena.

“A nosotros nos abastece Cosculluela, que dice que tiene agua, pero aquí no entra ni gota. Las pipas ‘por la izquierda’ cuestan 80 mil pesos. ¿Quién puede pagar eso?”, se lamenta mientras destapa todos sus tanques externos para almacenar la llovizna que, al final, duró pocos minutos. Esa agua la usará para limpiar y descargar los baños. “Para beber, lo que hago es que voy hasta casa de mi papá, que vive cerca de aquí, y cojo agua de la cisterna. Le echamos cloro y esa es la que estamos tomando”, aclara. 

Además de los apagones, la falta de agua se ha vuelto parte del día a día de los habaneros como Mailén. Fuera de la capital, donde los cortes eléctricos han llegado a rebasar un día entero y más, la situación no pinta mejor. 

Foto cedida por la entrevistada (Mailén) para este reportaje.

En el reparto Abel Santamaría de Santiago de Cuba, un médico padre de dos niños pequeños describe la dimensión de un problema de larga data. 

“El problema de Micro 3 es histórico, prácticamente desde la fundación del reparto. Siempre hemos tenido dificultades con las conductoras y, durante muchos años, los ciclos de abasto eran de entre 20 y 24 días. Era la misma historia de cargar cubos, comprar pipas y buscar cómo resolver. Después de la reparación del acueducto y de la promesa de Raúl Castro de que tendríamos agua todos los días, los ciclos llegaron a reducirse a entre tres y siete días, pero eso nunca se sostuvo. Desde que empezó a agravarse la COVID-19, volvieron a alargarse hasta tres semanas. Ahora, cuando llega la corriente, bombean. En fin, es un caos crónico que sigue sin resolverse.”

En otro barrio periférico de Santiago, cercano a la planta potabilizadora de Altos de Quintero, Yoel, de 43 años, corre mejor suerte. Reconoce que la localización de su casa lo coloca en una situación relativamente privilegiada en medio de la sequía, aunque sabe que no se debe confiar. 

“He escuchado que va a haber problemas con el agua por el tema del bombeo. Es lógico, y la gente ya sabes cómo está: una preocupación más. En mi casa no se nota tanto porque dependemos de los tanques de Quintero y el agua baja por gravedad. Pero donde no llega agua, la situación es muy complicada. Mientras aquí siga llegando, el golpe no se siente igual. Aun así, la situación está muy dura. No sé cómo la gente puede vivir así.”

La escasez de agua golpea a millones de cubanos, a cinco años de las protestas de julio de 2021. Foto: Otmaro Rodríguez.
La escasez de agua golpea a millones de cubanos. Foto: Otmaro Rodríguez.

Una raya más

Yolanda, de 64 años y vecina del municipio Diez de Octubre, vive sola en un edificio de dieciséis apartamentos. Cuando entra agua, lo primero es esperar a que tenga presión suficiente para llenar la cisterna colectiva. Si el encargado del edificio enciende el motor, veinte minutos suelen bastar para abastecer, al menos, los depósitos de algunos apartamentos.

“Para los demás es muy difícil porque el agua no tiene fuerza. Además, con el tiempo han surgido irregularidades y la gente ha buscado soluciones por su cuenta: instalaciones que, en condiciones normales, no deberían hacerse. Pero, en medio de la crisis, todo el mundo trata de resolver. Al final ha habido una redistribución de la red hidráulica interna que beneficia a algunos apartamentos y perjudica a otros”, relata.

Yolanda y otra vecina, que mantienen las instalaciones originales del edificio, figuran entre las perjudicadas por ese nuevo reparto informal del agua en el que a todos no los tocan por igual. “Esos dos apartamentos son los únicos que conservan la instalación original del bajante. En condiciones normales, eso no suponía ningún problema: el agua subía bien, la gente consumía menos y no había tantos tanques adicionales en los apartamentos. Pero la crisis ha obligado a las personas a buscar soluciones de todo tipo. Y también está el factor humano. Imagínate: la indisciplina.”

Unos kilómetros más al este por la Vía Blanca, en Alamar, Rosa, de 61 años, vive junto a su esposo en una situación similar a la de Yolanda. “En nuestra zona estuvimos 19 días sin que entrara agua a la cisterna. Hace cinco días llegó un poco, pero no alcanzó para cubrir las necesidades del edificio. Cuando empezaron a bombear, se fue la corriente y no pudieron terminar. Al final quedó muy poca agua en la cisterna”, cuenta.

Ante esa escasez, los vecinos se agolpan frente a la cisterna para intentar salvarse cada uno como puede. “Desgraciadamente, no hay ningún control. Como todos necesitan agua, cada cual mete el cubo que tiene, y eso termina contaminando [el agua de la cisterna]. Yo veo pasar frente a mi casa cubos sucios de todo tipo, y esos mismos son los que meten allí. Si no queremos enfermarnos, hay que hervir el agua o filtrarla. Algunos lo harán y otros no”, explica.

Rosa ha contado al menos con la suerte de tener a su hermana viviendo en una zona del mismo municipio que normalmente está mejor abastecida de agua que la suya. “Cuando no queda más remedio, vamos a bañarnos a su casa. El que tiene familia hace eso. Pero mi hermana vive lejos y tenemos que ir caminando; llegamos empapados en sudor. Yo siempre le digo: ‘¿Y para qué me voy a bañar si cuando llegue a casa voy a estar sudando otra vez?’. Y ella me responde: ‘Bueno, aquí te quitas el sudor espeso y cuando llegues allá te echas un poquito de agua y te quitas el sudor líquido’. Nos reímos con eso, pero la verdad es que es muy difícil”, lamenta Rosa. 

Cuando no pueden dar el viaje, ella y su esposo suelen asearse dentro de una palangana en la que almacenan el agua con la que luego descargarán los baños. “Sin corriente uno más o menos inventa y hace malabares. Pero sin corriente y sin agua no se puede. El agua es indispensable para la higiene de la casa y de las personas”, concluye Rosa, quien ha tenido que improvisar soluciones, aunque muchas veces estas terminan generando nuevos inconvenientes.

“Otra alternativa que hemos tomado es fregar en una vasija y después echar esa agua al tanque del baño para poder descargar. El día que pusieron el agua no alcanzó para todos los apartamentos, así que mi esposo tuvo que subir una manguera y usar una bombita para llenar un poco el tanque. Después tuvimos que lavarlo porque la taza estaba engrasada con los residuos de los alimentos”, relata.

Apesadumbrada, también contó que en situaciones extremas ella y su esposo han tenido que hacer sus necesidades y descartarlas en herbazales o regiones de más vegetación cercanas a su casa. “Sabemos que es más insalubridad para la población. Pero son alternativas que hemos tenido que tomar para poder seguir pasando esta situación tan difícil”, añade.

Foto cedida por la entrevistada (Rosa) para este reportaje.

¿Quién tiene la llave?

Susana vive en El Sevillano, en una zona en la que hasta hace poco tiempo no solía haber problemas con el bombeo. Hace tres meses, sin embargo, el agua, que debe entrar días alternados, a veces no lo hace. Una de las alternativas a las que han recurrido ella y otros vecinos de Diez de Octubre e incluso de otros municipios es acercarse a los canales de distribución desde los que se abren y cierran las llaves de paso que abastecen a la población.

“En esas casetas hay un custodio. Lo que hacen ellos es abrir y cerrar esas grandes llaves para ir abasteciendo los diferentes barrios del municipio. Es un lugar que, por supuesto, no brinda agua a la población porque está destinado al control de las tuberías principales, pero los custodios, tratando de buscar el dinero del día, venden el agua”, relata.

Por 500 pesos cubanos, Susana pudo llenar el tanque que llevó hace tan solo unos días hasta una de las casetas localizadas en la Calle Vento, pero ese fue apenas el primero de ocho viajes que tuvo que dar con el mismo envase para poder llenar su cisterna, que abastece un pasillo con siete apartamentos. “El tanque grande no sé realmente cuántos litros tiene, pero ya tengo la cuenta hecha: cuatro viajes son para llenar la cisterna y poner el motor para subir el agua a los tanques del techo, y otros cuatro viajes para volver a dejar la cisterna llena”.

La casa de Susana está ubicada en una zona elevada, lo cual por sí solo dificulta la llegada de agua, pero las instalaciones irregulares, llamadas “ladrones de agua”, hechas por vecinos más próximos a la tubería principal, han empeorado la repartición. “Cuando el agua llega a nuestra parte de la cuadra, prácticamente ya no llega nada porque todos tienen puestos esos motores”.

Los viajes hasta las casetas de Vento donde compran agua los hace en la camioneta de un amigo de La Palma, que le ha contado que en su zona, que lleva más de un año sin abastecimiento regular, gente que tiene transporte ha reformado carros para hacer minipipas con las que llenan al precio de 500 CUP por tanque y luego revenden esa agua por 2000 y hasta 3000 CUP. “Ya no son solamente los trabajadores de Aguas de La Habana los que están ahí abriendo las llaves, sino también los que han hecho un negocio de eso. La policía tiene que ver todo eso, pero si están de acuerdo con esa red o si reciben dinero, no lo sé, pero de que tienen que ver las colas en la calzada de Vento, las ven”, relata. 

Sin energía, sin agua

En una Mesa Redonda transmitida a finales de marzo, el presidente del INRH, Antonio Rodríguez, reconoció que el sistema depende casi por completo del suministro eléctrico. De las más de 3300 estaciones de bombeo existentes en el país, solo unas mil contaban con alguna alternativa de operación —por gravedad o mediante paneles solares—, lo que beneficiaba aproximadamente al 13 % de la población. El 87 % restante dependía directamente del Sistema Electroenergético Nacional.

Rodríguez explicó que, aunque se identificaron 480 estaciones de bombeo como prioritarias, garantizar su funcionamiento requeriría cerca de 591 MW, una demanda que el sistema no podía asumir en las condiciones del país. Como consecuencia, muchas estaciones que deberían operar las 24 horas funcionan apenas dos o tres horas al día, lo que reduce la frecuencia del suministro de agua y limita también la reparación de salideros y la distribución mediante carros cisterna, afectadas además por la escasez de combustible.

Reparaciones hidráulicas sin terminar en el Prado de La Habana. Foto: Otmaro Rodríguez.
Reparaciones hidráulicas sin terminar en el Prado de La Habana. Foto: Otmaro Rodríguez.

Entre las medidas adoptadas, las autoridades mencionaron la instalación de paneles solares en estaciones de bombeo, la incorporación gradual de vehículos eléctricos para labores hidráulicas y la continuidad de algunas inversiones en redes de abasto y plantas potabilizadoras, aunque reconocieron que muchas obras avanzan al ritmo que permite la disponibilidad de combustible. Sin embargo, mientras esas soluciones avanzan lentamente, muchos cubanos han tenido que desarrollar sus propias estrategias para garantizar el acceso al agua.

Mailén es una de ellas. Paciente crónica y dependiente de un medicamento que debe mantener refrigerado, hace poco pidió un préstamo para completar el dinero para un generador eléctrico. Gracias a él puede mantener funcionando algunos electrodomésticos y, en situaciones como la que vivió recientemente, también asegurar el abastecimiento de agua.

Tras los once días que su zona estuvo sin servicio, la empresa reanudó el suministro, pero el flujo era demasiado débil para llenar la cisterna. Un motor improvisado al que conectaron una manguera directamente a las tuberías del agua de la calle la ayudó a bombear con más fuerza y llenar al menos medio depósito. “También estamos cogiendo agua porque tenemos puesta la planta, porque si no, no se podría. Por la tubería que llena la cisterna casi no cae agua. Si no hubiéramos puesto el motorcito, no la hubiéramos podido llenar”, cuenta.

Para Susana la solución también ha sido el generador: “Yo siempre trato de ahorrar la carga del EcoFlow por si en la noche se va la luz, para al menos poder poner un ventilador. Mi tío está semipostrado y necesita un mínimo de condiciones; aunque sea para ponerle un ventilador o que pueda ver un poco la televisión. Sin embargo, tuve que usar el EcoFlow para alimentar el motor y poder subir un poco de agua. Llevábamos una semana sin agua”. 

En la capital, donde vive, no solo la crisis energética, sino también factores como el deterioro de los equipos de bombeo, roturas y salideros figuran como las principales causas de que, en abril, las autoridades reconocieran que al menos 11 % de la población habanera sufría afectaciones en el servicio. Otros factores como los ambientales recrudecen la sequía en las casas cubanas, al punto de que en ese mismo mes embalses como los de Sancti Spíritus estuvieran a solo el 20 % de su capacidad, con la presa Zaza, la mayor del país, a apenas el 14 %. 

Ante ese complejo escenario que combina la crisis energética con el deterioro de la infraestructura del servicio, los cubanos siguen forzados a convivir con la escasez de lo básico y someterse a un mercado ilegal que lucra con la necesidad de la mayoría. Susana y sus vecinos de El Sevillano se han quejado con frecuencia en las oficinas de Aguas de La Habana, que envía algunas veces una pipa para abastecer un edificio en el que vive una anciana encamada. “Pero tampoco alcanza, porque la pipa viene cada quince días”, cuenta.

Las idas a las oficinas a quejarse también han sido infructuosas. “Apuntan todo, escriben, pero al final no hacen nada. La última vez que un vecino nuestro fue, mientras esperaba, escuchó a las trabajadoras comentando que estaban cansadas de que los vecinos de nuestra cuadra fueran siempre a quejarse. Cuando le tocó entrar y ellas se dieron cuenta de que él había escuchado la conversación, se quedaron apenadas. Él les dijo: ‘Sí, soy uno de esos vecinos de los que ustedes hablan. Vengo otra vez porque llevamos varios meses sin agua'”. 

La falta de agua afecta desde la higiene hasta la preparación de los alimentos en los hogares. Para muchos, su escasez es incluso peor que no tener electricidad. Lo resume con resignación Rosa, vecina de Alamar: “Si no tener corriente es malo, no tener agua es horrible”. 

Etiquetas: aguaapagonescrisis cubanacrisis energética en CubaPortada
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Deborah Rodriguez Santos

Deborah Rodriguez Santos

Dra. en Comunicación con especialidad en medios digitales y procesos migratorios.

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Comentarios 1

  1. Joel Mateo says:
    Hace 1 mes

    So of the 50,000 barrels per day that Mexico was sending to Cuba they couldn’t have bought 50, 000 solar panels instead per day??? The only reason the Cubans don’t have power is because of the Cuban government

    Responder

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