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Es invierno en Buenos Aires. El termómetro marca seis grados y al día le quedan apenas unos minutos de luz. No hay tiempo para conversaciones largas. Apenas nos saludamos y le pido que cruce la calle hacia una esquina donde el sol todavía consigue colarse entre los edificios de Palermo. Disparo unas fotos. Después otras, esta vez frente a una pared cubierta de grafitis, mientras la ciudad sigue con su rutina indiferente a nuestro alrededor.
Todo ocurre al revés. Los manuales indican que, para retratar a una persona, primero hay que conocerla, dejar que la conversación afloje los gestos antes de levantar la cámara. Esta vez no hay margen para ese ritual: la luz natural se extingue demasiado rápido.
Sin embargo, mientras ajusto el encuadre, tengo la sensación de que ya conozco a Camila Guevara Milanés. No porque nos hayamos visto antes, sino porque llevo varios días inmerso en sus canciones, y ahí, en ellas, aparece una joven que escribe sobre sus historias personales, sus incertidumbres, deseos y preocupaciones, con una honestidad poco frecuente.
La sesión dura apenas unos minutos. La cubana, de 26 años, no parece posar; simplemente habita el espacio como si fuera suyo desde siempre, aunque lo cierto es que hace apenas seis meses que merodea por Buenos Aires. En ese tiempo ya se mudó cuatro veces, como si todavía estuviera buscando el lugar exacto desde donde empezar de nuevo. Este país, sin embargo, no le resulta del todo ajeno: aquí están parte de sus raíces, por el lado de los Guevara, por su abuelo, el Che [Ernesto Guevara], y por la música que su padre, Camilo, le hacía escuchar desde niña y que quedó como parte de su banda sonora. En “D’Siertos”, uno de sus boleros, canta: “Nuestra alegría eran Charly y Gustavo”, en alusión a dos íconos del rock nacional: Charly García y Gustavo Cerati. Ahora, debajo de la campera de cuero, lleva puesto un pulóver de Pescado Rabioso, la banda de otra figura mítica del rock: Luis Alberto Spinetta. Su educación sentimental, evidentemente, encontró continuidad de este lado del Río de la Plata.

Los inicios
Camila cantaba desde muy pequeña. En su celular guarda un video casero, grabado en una reunión familiar y de amigos en la casa de su abuelo, Pablo Milanés, en el que ella, con siete años, canta uno de los temas menos conocidos de Pablo: “Diario de Mauricio”. Detrás se ve al autor de Yolanda, sonriente, con expresión enternecida.
Grabó su primer demo a los dieciocho años, codirigió la banda Flor de Loto, formó parte del disco Fascinantemente mundo (2022), un homenaje a Santiago Feliú donde hace una interpretación fabulosa del tema “Otra canción”, colaboró con artistas como Cimafunk y, en 2024, firmó con Sony Music. Un año más tarde publicó Dame flores, un disco que la confirmó como una de las voces más singulares de la nueva canción cubana y le valió una nominación al Grammy Latino como Mejor Nuevo Artista. Hace apenas unas semanas presentó Vivo en Baires, un EP concebido en Argentina que anticipa una nueva etapa creativa.
Ninguno de esos hitos, sin embargo, explica del todo quién es. La respuesta aparece recién cuando habla de la música.
“A veces la música me explica cosas” —dice, y hace una pausa—. “Me explica cosas que van más allá de la sangre”.
Habla con la naturalidad de quien ha comprobado varias veces que las canciones llegan antes que las certezas. Una prueba de eso quizá sea “Vida”, la pieza que cierra Dame flores: dura poco más de un minuto, apenas un destello, y sin embargo es muy contundente.
Pasa de presente a no estar vivo / viceversa, pasa igual / vida, vida / solo quiero andar, voy a caminar.
La escribió de un tirón a finales de 2022, poco después de la muerte de su abuelo, Pablo Milanés. Era el último golpe de una cadena de pérdidas que había comenzado en enero de ese año con el fallecimiento repentino de su madre, Suylén Milanés, y que siguió en agosto con la de su padre: “Enero fue crudo, agosto un invierno, tragué un cielo oscuro…”, canta en su tema “Alguna nostalgia”, una pista de ese recorrido doloroso e íntimo. Pero en “Vida” se deshoja y hasta desafía al propio dolor.


“La escribí como un impulso. Quería seguir escribiendo, sacar muchas más cosas, pero no podía: era exactamente esa canción y no otra. Era como de ‘no puedo más, no entiendo qué me quiere decir la vida con esto’”, cuenta.
Nunca pensó que aquella brevedad del tema pudiera convertirse en una metáfora. Que la propia duración se asemejara con su joven paso por la vida y, a su vez, con lo corta que puede ser la vida misma. “Quería hacer la canción más larga en un punto, pero no me daba para más. Simplemente era todo lo que tenía para decir en ese momento”.
Camila habla sin dramatizar. Tampoco intenta construir una épica del sufrimiento. Más bien describe un mecanismo que todavía la desconcierta, porque hay canciones que parecen anticipar lo que vendrá. Recuerda, por ejemplo, un tema como “Lluvia”, también del disco Dame Flores: Resucitar con la muerte que venga/ Difuminar esa ira inmediata/ Componer canciones bien hondas/ Para aliviar la tristeza más ancha.
La escribió antes de que la muerte irrumpiera de manera tan brutal en su familia. “Después pasó todo lo que pasó y me impresionó volver a escucharla. Había escrito sobre resucitar, sobre la muerte… Sentí que la canción ya sabía algo que yo todavía no podía entender”.
No encuentra una explicación racional para ese fenómeno, y tampoco parece necesitarla. “Hay cosas que me pasan con la música que ni yo misma puedo explicar. Siento que vienen de un lugar espiritual, de vidas pasadas o de algo que desconozco”.
Comenzar a escribir canciones también irrumpió en ella de alguna manera inexplicable. No fue una compositora precoz. Tampoco fue, en su adolescencia, una lectora voraz, algo que la influyera a escribir. Confiesa que escuchaba música de todos los géneros, fascinada más por los sonidos que por las palabras. Hasta que un amigo, después de una conversación particularmente íntima, le hizo una pregunta sencilla: “¿Y por qué no escribes tus propias canciones?”.
Esa misma noche escribió una. Después otra, y otra más. Desde entonces, componer se convertiría en una forma de entender lo que le ocurría. La música, al parecer, suele comprenderla antes que ella misma.
“Y a partir de ahí todo fue muy introspectivo, o sea, las cosas que decía; era como muy existencial”.

En movimiento
Si el duelo terminó de transformar la composición en una necesidad, la búsqueda artística la empujó a otra batalla: aprender a no repetirse. Camila habla de la música con mucha naturalidad, pero cuando la conversación gira hacia el proceso creativo, aparece una palabra que vuelve una y otra vez: búsqueda.
“No me gusta acomodarme. Me aburro muy rápido”, dice.
La frase resume buena parte de su recorrido. Vivo en Baires, el EP que acaba de publicar, no es una continuación de Dame flores, sino casi una despedida: cinco canciones bastan para anunciar que el paisaje cambió y que la siguiente estación será otra. “Lo hicimos como una transición. Sentía que Dame flores ya tenía una identidad muy marcada, pero también había sonoridades que dialogaban con muchas cosas que hoy circulan en la industria. Yo necesitaba moverme hacia otro lugar”.
Ese movimiento puede escucharse desde la primera canción, pero alcanza su punto más audaz cuando decide apropiarse de “Lágrimas negras”, el clásico de Miguel Matamoros. Su versión no busca reproducir el original ni rendirle un homenaje solemne: lo desarma para volver a construirlo desde otro sitio.
Le comparto mi parecer sobre esa impronta rupturista. Ella sonríe, pero enseguida matiza la idea.
“No es romper por romper” —dice, y hace otra pausa—. “Siento que, por un lado, soy bastante clásica, conecto con lo tradicional, me encanta. Cosa que no me sucedía antes, que no conectaba tanto, quizás, con las raíces, porque escuchaba más cosas al estilo Billboard, anglosajón. Pero cuando llegó el momento de ponerme a escribir mis propias canciones, ahí empecé a indagar en las canciones de autor, en las canciones protesta, con Violeta Parra, con Silvio, con la obra de mi abuelo. Fue, en principio, con un poco más de madurez, analizando las letras. De hecho, el primer EP que hice —y que nunca saqué; a lo mejor lo hago algún día— fue en 2021, y esas letras iban muy por ahí; no había tanta ruptura en el sentido de estar tan polarizado. No era tan urbano o tradicional, sino que había una mezcla de ritmos latinoamericanos, de trova, jazz, de todo”, relata.
La primera artista que admiró fue su madre. Suylén Milanés Benet transitó como compositora y cantante por el pop, el rock, la electrónica, la música afrocubana, y cambiaba de registro con una libertad que, de seguro, para Camila fue como una lección silenciosa.
“Yo era fan de mi mamá. Soy” —corrige, sonriendo—. “Ella estaba todo el tiempo experimentando, buscando, sin quedarse quieta en ningún lugar”.
Esa misma inquietud la asocia con Pablo. Mientras buena parte del público lo seguía identificando con la Nueva Trova, él continuó explorando otros lenguajes musicales hasta los últimos años de su vida.
“Mi abuelo no se conformaba con tener ya una obra consagrada, seguía explorando. Uno de sus últimos discos, en 2019, es Standards de Jazz, donde canta en inglés clásicos de ese género. Siempre estaba investigando”.
Precisamente sobre su abuelo y esa curiosidad por ir a las raíces, cuenta que le quedaron muchas conversaciones por tener, y que recién cuando ella empezó a escribir canciones sintió la necesidad de acercarse a él desde otro lugar, ya no como nieta, sino como compositora.
“En esas charlas le mostré algunas de mis canciones y le encantaron. A partir de entonces estaba muy atento a mis letras”.
Confiesa que esas pocas conversaciones con él se le fueron quedando, dando vueltas en la cabeza. Camila quería redescubrir a su abuelo y tenía muchas preguntas para hacerle. La joven de casi veinte años, la que comenzaba a borronear canciones impulsada por los primeros choques con el desamor, le preguntaba al Pablo hacedor de canciones, dueño de una gran vida, cómo era capaz de seguir escribiendo canciones cuando no lo removía un sentimiento de tal magnitud.
“Me hablaba del oficio y de la experiencia”, relata Camila.

Entre muchas otras cosas, le interesaba saber, también, qué poetas le gustaban al abuelo. “Me habló, entre otros, de Wichy Nogueras; desde entonces comencé a leerlo y me encanta”.
Y ya que se cuela la poesía, Camila hace un paréntesis y vuelve a Dame flores para señalar cómo la poetisa cubana Dulce María Loynaz la influenció, incluso en algunas canciones del disco.
“Recuerdo especialmente ‘Amor es…’, el poema de Dulce María que termina con un verso tan hermoso, sobre el amor como una forma de resucitar”.
Camila supo desde sus inicios que no quería ser una cantautora que simplemente sale al escenario con una guitarra. “Necesitaba movimiento, teatro, personajes. Jugar”, confiesa. Ahí aparece una referencia inesperada: David Bowie. El célebre cantante, letrista, actor, multiinstrumentista, productor y diseñador británico es citado tanto por su música como por su manera de entender el escenario y esa capacidad de construir personajes, habitarlos durante un tiempo y después abandonarlos para seguir cambiando.
“Me gusta esa idea de no quedarme quieta, de permitirme ser otra persona para explorar cosas que quizás no me animaría a decir siendo siempre la misma”.
La teatralidad, entonces, deja de ser un recurso estético para convertirse en una forma de conocimiento. Por eso concede tanta importancia también al universo visual que rodea sus canciones: la imagen, los videoclips, el vestuario y la puesta en escena nunca aparecen como accesorios pensados para acompañar una estrategia de marketing, sino como parte del mismo lenguaje.
“Siempre me interesó mucho lo visual. No porque esté de moda, sino porque siento que completa lo que quiero contar”, dice.
Esa necesidad de participar en todas las decisiones también transformó su relación con la industria. Cuando firmó con Sony Music, reconoce, era menos activa al exponer sus puntos de vista en cuanto a las estrategias para encarar esta nueva etapa, la producción, el sonido de sus canciones.
“Sentía que recién estaba empezando, metiéndome en ese mundo, que apenas tenía herramientas”.
Hoy ocurre lo contrario: discute sobre los arreglos, propone ideas, defiende canciones. Fue ella, por ejemplo, quien propuso a los productores del disco incluir “Lágrimas negras” dentro del EP.
“Al principio no me convencía mucho. Pero sentía que esa versión tenía que existir”.
La escucharon. La terminó grabando, y es uno de los temas, a mi modo de ver, que definen ese EP.
La conversación deriva inevitablemente hacia la industria musical. A sus veintiséis años, Camila Guevara parece ocupar un lugar extraño dentro del circuito del pop latino: firmó con una multinacional, fue nominada al Latin Grammy y sus canciones cada vez más se posicionan en las plataformas digitales. Sin embargo, habla del éxito con una distancia que desentona en una época obsesionada con las cifras.
“Siento que soy una artista underground metida dentro de la industria” —dice, y se ríe al encontrar la definición. Confiesa que en Sony le han dado toda la libertad y se siente agradecida.
Su idea del oficio parece responder a una lógica distinta de la que hoy domina el mercado musical. Mientras la industria exige presencia permanente, canciones cada pocas semanas y una relación casi compulsiva con las redes sociales, ella reivindica el tiempo lento.
“Me di cuenta de que las cosas no tienen que hacerse de una sola manera. Me identifico mucho con la idea de volver a una época en la que los artistas vivían con calma el proceso creativo antes de sacar un disco. Recolectaban experiencias, tenían tiempo para equivocarse, para cambiar. Eso hacía que las obras permanecieran”.
Habla desde una necesidad personal, ajena a la nostalgia por un pasado idealizado. En tiempos en que la atención dura apenas unos segundos y los algoritmos premian la velocidad antes que la profundidad, Camila desconfía de la urgencia.
“No quiero hacer algo solo para que funcione en TikTok. Prefiero crecer despacio y construir una comunidad que realmente se identifique con lo que hago”.
Su postura pudiera parecer paradójica, pero es absolutamente coherente: forma parte de una generación que nació junto a internet y ella es, además, una activa participante en redes sociales; sin embargo, reivindica esa nostalgia por lo analógico. Mientras la inteligencia artificial promete producir canciones, imágenes y voces cada vez más perfectas, ella percibe un movimiento inverso.
“Creo que la gente está empezando a extrañar lo vivo, lo orgánico”.

La idea aparece también en sus canciones. En uno de sus versos escribe: No soy tan ágil, ¿y por qué debería? / El mundo va tan rápido que mi sopa ya se ha puesto fría. Más que una crítica al presente, es casi una declaración de principios. Camila quiere habitar el presente, no correr detrás de él.
Durante más de dos horas de conversación, casi no habla del éxito. Habla de libertad, una palabra que aparece una y otra vez, aunque con distintos significados: a veces se refiere a la libertad de experimentar con los géneros musicales, otras a escribir sin pensar en la reacción del público, y también a la posibilidad de hablar del deseo femenino sin pedir permiso ni disculpas a la sociedad.
Cuando compone, dice, “es el momento en que más libre me siento. A veces, al momento de lanzar el tema, me asusto y pienso: ‘Uf, lo que solté, me estoy mostrando muy vulnerable’. Porque comparto muchísimo de mí”.
Esa exposición, sin embargo, nunca parece responder a una estrategia. Es una consecuencia de escribir no para construir un personaje, sino para entenderse.
De nuestra charla me queda dando vueltas eso de que la música le explica cosas. No dice que la salva, ni que la cura, ni que la consuela. Dice algo mucho más complejo. Como si las canciones fueran llegando antes que las respuestas, como si escribir fuera una forma de descubrir aquello que todavía no sabe de sí misma. Quizá por eso sus canciones hablan tan poco de certezas y tanto de preguntas, como la filosofía, como la vida misma. Definitivamente, no hizo falta una charla previa para la sesión de fotos. Ya la conocía sin haberla visto antes.













