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Sin proponérmelo, las conversaciones que he sostenido con Andro Díaz durante los últimos años han terminado por contar la historia de un actor que ha sabido crecer sin perder la esencia. Lo conocí cuando apenas comenzaba a darse a conocer en la televisión cubana con el inolvidable Isaac, de LCB 2. Era un muchacho de poco más de veinte años, de hablar pausado y entregado al estudio, convencido de que ningún sueño era imposible cuando se trabaja con amor.
Años después volvimos a encontrarnos. Ya no era solo aquella joven promesa que había conmovido a la audiencia, sino el Bruno de Asuntos pendientes, un personaje que le exigía exponerse y asumir riesgos. En aquella conversación descubrí a un artista más maduro, consciente de sus herramientas y de la responsabilidad que implica contar historias capaces de remover al espectador.
Entre una entrevista y otra pasaron apenas dos años, pero en la carrera de un actor ese tiempo puede significar mucho. Cambiaron los personajes y llegaron nuevos proyectos, junto con un mayor reconocimiento del público. Lo que permaneció intacto fue esa necesidad de aprender y de investigar cada papel hasta el último detalle, sin conformarse con la primera respuesta.
Tal vez, esa sea una de las razones por las que Andro Díaz conecta con quienes lo siguen. Detrás del galán que muchos identifican en la pantalla existe un intérprete que rehúye las etiquetas y entiende la actuación como una búsqueda constante. En la vulnerabilidad de sus personajes encuentra la posibilidad de dialogar con la realidad. Cada papel ha sido, para él, un punto de partida, no una meta.
Al mirar hacia atrás, hacia aquel muchacho que soñaba con estudiar en la Escuela Nacional de Arte y recorría sus pasillos imaginando un futuro sobre los escenarios, Andro reconoce que su historia comenzó mucho antes de poder nombrar la actuación como un destino.
“Yo vengo de Cifuentes, un pequeño pueblo de Villa Clara, donde su gente trabajaba en los centrales azucareros, donde las familias vivían de la tierra y del esfuerzo más concreto y visible. La actuación no era un camino, no existía como camino. Creo que empezó antes de que pudiera nombrarlo”, recuerda.
Ese inicio estuvo en la mirada curiosa de un niño capaz de encontrar historias donde otros solo veían imágenes. “Empezó en esas horas frente al televisor, revisando videocasetes de películas del Oeste que mis padres ponían en casa, cerrando los ojos y colocándome en el lugar de esos personajes. Empezó en la observación, en esa manera que tenía de mirar a la gente desde niño, de quedarme con un gesto, con una forma de caminar, con algo que no sabía que estaba guardando, pero que después apareció”.
A ese niño de entonces, el actor le dejaría hoy un mensaje que resume buena parte de su filosofía de vida: “Que no espere que el camino esté hecho. Que si no existe, lo cree. Que la certeza de querer algo es más poderosa que cualquier mapa”.
Hoy, al volver a conversar con Andro, siento que el diálogo continúa exactamente donde lo dejamos…
He visto cambiar tus personajes, tus discursos, tus silencios… ¿Qué permanece intacto de ese Andro que conocí hace casi seis años en Santa Clara?
Lo que permanece intacto es el alma con la que me acerco al trabajo. Eso no ha cambiado y espero que nunca cambie. Creo que uno de los mayores peligros de este oficio, y de la vida en general, es traicionarse a uno mismo. La vida te pone pruebas constantemente, te tienta con la comodidad, con la banalidad, con aquello que las masas celebran. Hacer arte con honestidad es lo más importante, y eso solo es posible si te mantienes conectado con la realidad: con tu familia, con la gente, con la calle. Sin eso, el actor se vacía.
Lo que sí ha cambiado es mi relación con la impaciencia. Antes quería que todo ocurriera de inmediato. Hoy entiendo que los procesos lentos son los que dejan la huella más profunda. El cimiento tiene que ser sólido, y ese cimiento, antes de cualquier técnica, comienza por ser una buena persona.
¿Hay alguna parte de ti que extrañe el anonimato?
Sinceramente, no lo vivo de esa manera. A mí me gusta la conexión directa con el público. No lo siento como un peaje que debo pagar, sino como algo que genuinamente disfruto.
¿En qué momento sentiste por primera vez el peso de las expectativas ajenas?
Con Isaac. Fue la primera vez que entendí que el trabajo ya no me pertenecía solamente a mí. La historia de ese personaje era la historia de Cuba: familias divididas, convicciones enfrentadas a la sangre y a los afectos. El público lo sintió de una manera que me sorprendió mucho.
Recuerdo que, mientras la serie se transmitía, la gente me detenía en la calle para contarme lo que sentían por él. Eso es hermoso y aterrador al mismo tiempo. Hermoso porque significa que lograste llegarle a alguien; aterrador porque en ese momento entiendes la responsabilidad real que carga cada personaje que decides interpretar.
Ya no actúas solo para ti ni para el equipo de trabajo; actúas para personas que se sientan frente a una pantalla con sus propias historias, sus propias heridas, y que proyectan en ti algo de ellas mismas.
Siempre has hablado de estudiar obsesivamente a tus personajes. ¿Hay alguno del que hayas tardado demasiado tiempo en despedirte?
Isaac y Bruno, sin duda, pero por razones distintas.
Con Isaac llegó un punto en que la línea entre él y yo se volvió borrosa. Recuerdo madrugadas enteras estudiando, despertarme con ideas del personaje todavía en la cabeza: conversaciones pendientes que él tenía, diálogos que faltaban, situaciones sin resolver.
En la escuela te enseñan a construir un personaje, pero nadie te enseña cómo despedirte de él.

¿Qué parte del oficio sigue fascinándote y cuál te sigue aterrando?
Me sigue fascinando ese instante justo antes de que digan «Acción», cuando no sabes exactamente qué va a pasar y simplemente empiezas a seguir un instinto. Esa entrega total donde el pensamiento racional se apaga y algo más profundo toma el control. Eso nunca deja de maravillarme, sin importar cuántos proyectos lleve encima.
Lo que me aterra es la posibilidad de quedar encasillado en un tipo de personaje. Es una lucha constante por salir de mi zona de confort.
¿Qué tipo de historias sientes hoy la necesidad de contar?
Historias que incomoden, que sacudan. Creo en estremecer al espectador, no en complacerlo. Me interesan los personajes que cargan una contradicción real; aquellos que hacen el mal por razones que el público puede entender, los que tienen razón y están equivocados al mismo tiempo. Personajes que viven en esa frontera moral donde no existen respuestas fáciles.
También me interesa cada vez más la historia cubana como materia dramática. Tenemos un universo enorme de personajes, épocas y tensiones humanas que todavía esperan ser contados con la profundidad que merecen. La contemporaneidad de Cuba tiene una riqueza dramática enorme que apenas hemos comenzado a explorar.
¿Existe algún miedo que todavía te acompañe cada vez que empiezas un nuevo proyecto?
El miedo a repetirme, a que el público vea en el nuevo personaje a uno que ya conoce. He luchado desde el principio por esquivar las etiquetas, por no quedarme atrapado en una sola imagen. Ese miedo me mantiene alerta y selectivo.
Háblame de la música y de otros caminos creativos que has emprendido además de la actuación.
Esta es una pregunta que nunca había respondido públicamente. Creo que es el momento justo, y la confianza que tenemos hace que tenga sentido compartirlo aquí.
A raíz de la telenovela Asuntos pendientes surge la idea, por parte de algunos de los actores que estábamos inmersos en el proyecto, de realizar un musical con formato interactivo. Surgió la necesidad de darle música a ciertas escenas y crear canciones que funcionaran como transición entre los actos. Me encomendaron esa tarea y yo, que siempre he tenido inquietudes relacionadas con la escritura, me lancé.
Lo que comenzó como unos coros, unos tarareos y algunas ideas sueltas que tenía en la cabeza terminó convirtiéndose en ocho canciones. Ocho canciones para un musical que ensayamos, que tuvo meses de trabajo, pero que por razones que hasta el día de hoy desconocemos nunca llegó a estrenarse.
Lo que sí ocurrió, en el plano más personal, es que ese proceso me abrió una puerta. Grabé algunas canciones por mi cuenta, inquietudes que necesitaba expresar, cosas que no encontraban otro cauce. Si te soy honesto, fue un desahogo en un momento determinado.
No creo que las vaya a lanzar, al menos no ahora. Me gusta compartirlas con la gente cercana, con mis amigos, con mi familia. Quizás algún día te las enseñe y ya me dirás qué te parecen.
Entre los trabajos más recientes en pantalla está ¿Por qué no bailan?, una historia donde los silencios y las miradas tienen un peso fundamental. ¿Qué desafío representó para ti construir un personaje desde aquello que no se dice?
Fue uno de los rodajes más exigentes que he tenido, y también uno de los más hermosos en términos de proceso. La mayor parte del trabajo ocurrió de madrugada, esa hora en la que el cansancio baja las defensas y lo que queda es solamente lo esencial, aquello que uno realmente tiene dentro. Curiosamente, eso le daba a cada escena una textura que difícilmente se consigue de otra manera.
Lo que más me fascinó de esta historia fue su arquitectura interior: lo que se dice casi nunca es lo que se piensa. Los personajes ocultan constantemente sus deseos y existe un juego permanente entre ellos, un intercambio donde la palabra muchas veces está para desviar, protegerse o mentir con elegancia.
Es el cuerpo el que termina narrando la verdad. Un gesto, una mirada que dura un segundo más de lo necesario, una distancia que se mantiene cuando debería acortarse. Eso me impuso como actor un nivel de precisión microscópica que agradezco, porque me obligó a escuchar de una manera diferente: a escuchar lo que no se dice.
También está Amistad funesta… ¿Qué significó para ti formar parte de este proyecto y dialogar con conflictos humanos que siguen vigentes más de un siglo después?
Este proyecto parte de algo que ya lo hace irresistible: la única novela escrita por José Martí, Amistad funesta, también conocida como Lucía Jerez.
Lo que Elena Palacios construyó a partir de ahí va mucho más allá de una adaptación. El teleplay trabaja sobre la parábola: unos jóvenes de hoy montan esa obra de teatro y, durante el proceso, sus conflictos actuales —sus miedos, sus lealtades, sus traiciones— comienzan a reflejarse en los conflictos del siglo XIX.
Uno descubre entonces que el ser humano vuelve siempre al mismo sitio. Que los celos, la amistad que se corrompe y el amor que destruye aquello que toca son asuntos que no envejecen. Cambia el lenguaje, cambia el contexto, pero la herida sigue siendo la misma.
Cargar todo eso en el cuerpo, en el presente, con la mirada puesta en Martí, pero con los pies en la Cuba de hoy, es exactamente el tipo de desafío que uno espera de Elena Palacios.
Otros trabajos…
Recientemente estrenamos la segunda temporada de Happycondriacos, lo cual ha supuesto un reto desde el inicio, teniendo en cuenta que es mi primera experiencia en un género como la comedia. Ahí lo dejo…
Cuéntame del ISA, sé que era un sueño que tenías…
Era algo que me debía a mí mismo. Siempre me gusta tomarme períodos en los que busco retomar el estudio, encontrar nuevos caminos, nuevas enseñanzas; aportarme y desprenderme un poco del medio en el que estaba trabajando.
Lo disfruté muchísimo. Recién me gradué y lo agradezco profundamente.
En todas las conversaciones que hemos tenido, siempre encuentro a alguien que está buscando algo. ¿Qué está buscando Andro ahora?
Estoy buscando el personaje que me deje en un lugar distinto al que estaba cuando empecé. No hablo necesariamente de un papel grande, sino de una historia que me exija algo que todavía no sé que tengo. Esa es la búsqueda real.
Hay algo que nunca te he preguntado y quizás debí hacerlo antes: ¿eres feliz?
La felicidad no es un lugar al que llegas; es un camino que decides construir.
La mayor certeza que deja este reencuentro con Andro Díaz es precisamente esa: la de un actor que ha cambiado sin dejar de ser el mismo. El joven que años atrás hablaba de la actuación como una forma de estremecer al espectador continúa habitando cada personaje con la misma entrega, pero ahora desde una experiencia acumulada que le permite mirar más lejos. Isaac, Bruno, Virgilio, Alejandro… y cada uno de los rostros que ha construido forman parte de un camino en el que no busca respuestas definitivas, sino nuevas preguntas que lo obliguen a crecer.
Al final, la carrera de un actor no se mide solo por la cantidad de personajes interpretados ni por el reconocimiento que pueda alcanzar. Hay algo más difícil de sostener en el tiempo: la capacidad de asombro, esa disposición a enfrentarse a cada obra sin certezas, abierto a lo que pueda descubrir en el proceso. Ahí es donde realmente se pone a prueba la vocación.
Por eso, el mayor logro de Andro no se limita a los rostros que el público recuerda. Tiene que ver con la manera en que ha recorrido su trayectoria, con la coherencia entre lo que busca y lo que construye en escena. Cada proyecto ha sido una experiencia que suma, una instancia de aprendizaje que deja huella más allá del resultado final.
Mientras conserve esa inquietud, su camino seguirá en movimiento. Porque un actor que no deja de preguntarse está, en el fondo, escribiendo su propia continuidad. Y en ese tránsito, más que cerrar etapas, lo que hace es abrir nuevas posibilidades.












