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Cuando Magda González Grau habló por primera vez sobre Las reglas de Rodo, lo hizo convencida de que la televisión cubana necesitaba acercarse al Trastorno del Espectro Autista (TEA) desde una mirada sensible, humana y profundamente contemporánea. Aquella primera temporada, escrita por Amílcar Salatti, no solo abrió un espacio poco transitado dentro de la ficción nacional, sino que logró conectar con el público a través de un equilibrio singular entre comedia, emoción y fantasía.
El universo de Rodo, interpretado por Ignacio Hernández, consiguió instalar conversaciones sobre la neurodivergencia en redes sociales, medios y audiencias diversas, mientras la serie se consolidaba como una de las propuestas más comentadas de la televisión reciente.
Ahora, con una segunda temporada en marcha y una tercera ya proyectada, Magda González Grau retoma la historia desde un escenario más ambicioso, donde los personajes se complejizan y la narrativa amplía su mirada hacia otras experiencias dentro de la diversidad intelectual y emocional.
En medio de un contexto productivo especialmente desafiante, la directora vuelve a apostar por una ficción que no renuncia al humor ni a la ternura para hablar de inclusión, afectos y crecimiento personal. Sobre los retos creativos y humanos de esta nueva entrega, conversó nuevamente con OnCuba.
Tras la excelente acogida de la primera temporada, ¿con qué expectativas personales y creativas asume la realización de la segunda entrega de Las reglas de Rodo?
Asumo la segunda temporada con la misma entrega personal y creativa que la primera. Ya tengo la experiencia de tres temporadas de Calendario y estoy convencida de que hay que romper con aquello de que “segundas partes nunca fueron buenas”. En Calendario se logró, aunque a mucha gente siempre le gusta más la primera temporada; sin embargo, la segunda no estuvo por debajo, ni tampoco la tercera.
En esta segunda temporada, desde el mismo objetivo de Amílcar Salatti, siento que todo se complejiza más, los personajes se desarrollan mejor y las situaciones con los nuevos personajes aportan mucho a la trama. La idea es que el público se acerque también al tema de la neurodivergencia y, al mismo tiempo, disfrute de todas las peripecias que atraviesan estos personajes, tanto los ya conocidos como los que están por conocer.

Usted ha hablado de la serie como una dramedia, un terreno que inicialmente le resultaba poco familiar. ¿Cómo evoluciona ese equilibrio entre comedia y drama en los nuevos capítulos?
En realidad, yo no conocía ese término. Para mí es una comedia, pero una comedia que siempre debe mantener un equilibrio con un tema interesante e importante, que incluso puede abordarse desde tonos más dramáticos, como es el caso de Rodo.
La serie mantiene ese balance entre comedia y drama. En la temporada hay momentos en los que uno se ríe mucho, otros en los que está a punto de llorar, e incluso escenas en las que ambas emociones se mezclan. Ese mismo tono se conserva también en la segunda temporada.
La primera temporada logró visibilizar el Trastorno del Espectro Autista desde una mirada sensible y humanista. ¿Qué nuevos matices o conflictos alrededor de Rodo se exploran ahora sin traicionar ese espíritu inicial?
Rodo (Ignacio Hernández) es un muchacho que evidentemente en la primera temporada tuvo un desarrollo desde el punto de vista sexual, en esta nueva entrega se mantiene en evolución. Aquí vamos a incorporar a otro personaje que también es neurodivergente, aunque no es precisamente autista.
Además, tendremos escenas vinculadas a un proyecto en la Quinta de los Molinos, donde ellos desarrollan una labor muy hermosa, casi como un “sanatorio del alma”. Allí trabajan con muchachos con diversas discapacidades intelectuales, vinculados a la institución a través de talleres de psicoballet, artes plásticas e incluso actividades deportivas.
Creo que seguimos siendo totalmente fieles a los objetivos iniciales de la serie.
En redes sociales surgieron debates sobre la representación del TEA, en particular por centrarse en el Asperger. ¿Esas reacciones influyeron de algún modo en el enfoque de la segunda temporada?
No nos quedamos solo en el Asperger. Tenemos un personaje que es neurodivergente, pero que no es autista, sino que presenta una discapacidad intelectual. También incorporamos personas con síndrome de Down.
Hay un momento en la finca, en la Quinta de los Molinos, donde, no como personajes propiamente dichos, sino como parte del proyecto en figuración, se refleja esta realidad. Queríamos abrirnos a más manifestaciones de este tipo.
Y bueno, habrá una tercera temporada; ya veremos qué sucede en esa nueva etapa.

El cierre anterior dejó a Rodo ante una decepción amorosa y la decisión de buscar a su padre. ¿Qué puede adelantarnos del impacto emocional y narrativo de ese viaje en el desarrollo del personaje?
Esta segunda temporada comienza exactamente donde terminó la primera. Rodo conoce el nombre de su padre, acaba de sufrir su primera decepción amorosa, y esta entrega es la continuidad de todo eso.
Nos costó mucho trabajo porque ya había pasado un año desde la primera temporada y había que lograr un “macheo” preciso, una continuidad exacta. Pero creo que lo logramos.
La nueva temporada introduce personajes interpretados por Jorge Martínez, Renecito de la Cruz, Nolan Guerra y Carlos Solar. ¿Qué aportan estos roles al nudo dramático y a los equívocos que articulan la historia?
Jorge Martínez tiene una participación muy importante, ya que interpreta al padre de Rodo, un personaje clave en la historia que ya verán cómo evoluciona.
Renecito también tiene una aparición, especialmente en los últimos capítulos, y Nolan en los primeros, ya que interpreta al novio de Helen (Danay Cruz) que llega de España. Todo esto termina complementando muy bien la trama.
Además, Carlos Solar se incorpora al elenco en sustitución de Alberto Corona, quien interpretó al padre de Helen y no pudo estar en esta temporada. Carlos Solar interpreta al tío de Helen y ya verán todo lo que le sucede, especialmente en su relación con Magaly (Clarita García)
Más allá del guion de Amílcar Salatti, ¿qué decisiones de puesta en escena o dirección marcarán una diferencia visible respecto a la primera temporada?
No creo que haya muchas diferencias. Son las mismas locaciones y el mismo lenguaje. Quizás lo más novedoso es la incorporación de la Quinta de los Molinos, que le aporta una frescura tremenda a la serie.
Y, por supuesto, los nuevos personajes, que siempre marcan un cambio importante. En este caso específico, he trabajado con un equipo de arte con el que he sido muy feliz, liderado por Pepe Reyes, con quien ya había trabajado en la película Ricky-Ricardo, una experiencia excelente.
Ellos me ayudaron mucho en la caracterización de las locaciones, tanto las nuevas como las ya existentes, que también había que mantener en coherencia con lo que se hizo en la primera temporada.
El resto del equipo se mantiene. Solo se incorporan cambios en el equipo de arte y, por supuesto, los actores nuevos, que también traen consigo algunas locaciones que no habíamos visto en la primera temporada.

Las limitaciones económicas actuales han impuesto desafíos extraordinarios a la producción. ¿Cuál ha sido, como directora, el mayor reto logístico y humano al enfrentar este contexto?
El mayor reto ha sido, primero, lograr que la serie pudiera producirse. El problema del transporte y el combustible fue muy fuerte. Pero lo mejor de todo ha sido la actitud del equipo y de los actores. Estuvieron todo el tiempo dispuestos a montarse en triciclos eléctricos, a adaptarse y a comprender cada situación. Además, durante la grabación tuve tres caídas, lo que obligó a cambiar varias veces los planes de rodaje.
También nos pasó que, apenas tres días después de comenzar las grabaciones, uno de los actores contrajo varicela y hubo que reorganizar nuevamente todo el plan en función de las escenas donde él no aparecía, para darle tiempo a recuperarse. El equipo y los actores lo entendieron perfectamente. Tuvimos que regresar a las locaciones, grabar primero las escenas en las que él no estaba y luego volver para hacer las restantes.
La colaboración fue extraordinaria. Todo el equipo estuvo muy involucrado en el proyecto, muy comprometido, y eso me hizo muy feliz. Yo sentía que era un reto, casi una proeza, y todos lo asumieron con esa misma responsabilidad.
Además, todos estaban felices porque, dentro de todas las dificultades, al menos estaban haciendo lo que les gusta: arte. Eso fue muy lindo, muy valioso, y me dio una enorme satisfacción.
En un panorama televisivo que demanda historias novedosas, ¿qué cree que conecta emocionalmente a la audiencia con esta serie en particular?
Eso para mí fue un asombro, porque generalmente las audiencias no suelen conectar fácilmente con personajes que tengan neurodivergencias o que sean vistos por el resto de la sociedad como “raros”. Hay personas que incluso rechazan ese tipo de representación.
Sin embargo, creo que el tono de comedia ayudó mucho a que la gente asumiera la historia como nosotros queríamos: como algo que puede naturalizarse dentro de la sociedad, entendiendo que estos personajes son iguales a cualquiera de nosotros. En todos los sentidos: en derechos, deberes y sentimientos.
Sí, tienen comportamientos diferentes y una condición distinta, pero eso no les quita ni un ápice de humanidad. Creo que eso lo logramos en la primera temporada y fue precisamente lo que conectó con el público.
Ojalá en la segunda temporada ocurra lo mismo, y también en la tercera, donde ya cerraremos la historia.

Con Las reglas de Rodo, Magda González Grau vuelve a apostar por una televisión capaz de emocionar, hacer reír y, al mismo tiempo, abrir espacios de reflexión sobre temas todavía poco abordados en la ficción cubana. La segunda temporada no solo promete profundizar en los conflictos emocionales de sus personajes, sino también ampliar la mirada hacia otras manifestaciones de la neurodivergencia, siempre desde una perspectiva humanista y cercana.
En medio de un contexto productivo especialmente complejo, la directora insiste en defender el valor del trabajo colectivo y del arte como acto de resistencia. Las dificultades logísticas, los cambios de rodaje y las limitaciones materiales no parecen haber debilitado el espíritu de un equipo que asumió el proyecto como una verdadera proeza creativa. Quizás ahí radique una de las claves de la serie: en la autenticidad y el compromiso humano que atraviesan tanto la historia como el proceso de realización.
A la espera del estreno de esta nueva entrega y con una tercera temporada ya anunciada, Las reglas de Rodo confirma su intención de seguir dialogando con los públicos desde la sensibilidad, el humor y la empatía. Porque, como sugiere la propia Magda González Grau, el verdadero logro de la serie ha sido demostrar que las diferencias no disminuyen la humanidad de nadie, sino que forman parte natural de la diversidad de la vida.













