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“¡Fuegooo!”… Estalló una voz en el instante en que menos se pudiera pensar en peligro. Cerca de 1500 personas de alta sociedad se hallaban entretenidas en el Gran Bazar de la Caridad, una feria con propósitos benéficos que desde 1885 organizaban anualmente las damas aristocráticas de París. Ese año tenía lugar en la calle de Jean Goujon, cerca de los Campos Elíseos, en un pabellón que ocupaba 70 metros de largo por 20 de ancho y construido todo de madera en forma de galerías que imitaban la antigua ciudad medieval.
Como máxima novedad, se decidió incorporar el invento maravilloso de los hermanos Lumière. Nadie podía adivinar que tras la magia de imágenes en la pantalla se escondía aquella maldición de luz. La explosión del cinematógrafo acababa de prender el toldo, que ardió instantáneamente y empezó a llover en trozos derretidos sobre las cabezas. Como un animal suelto, el fuego saltaba y corría con inconcebible rapidez por el tablado resinoso, el decorado, los lienzos y los vestidos.

Eran las cuatro de la tarde del 4 de mayo de 1897. La música se apagó al calor de los gritos y las estridencias de las sillas tiradas de golpe. Espantada por las llamas que fulguraban como relámpagos cautivos dentro del pabellón, la masa se apresuró a buscar la salvación. Todos a una, se formó un tapón. La candela venía detrás. El olor a quemado los dejaba sin aire. El pánico bufaba. Su mismo desconcierto y el humo que les borraba las puertas cerraron a muchos la salida. Algunos murieron pisoteados o asfixiados en el atropello. Cuando el techo se vino abajo y sepultó a cientos, el Bazar de la Caridad dejó de ser una fiesta.
Diez minutos —después de oído el grito de alarma— bastaron para reducir a escombros y restos calcinados a todo un deslumbrante recinto y un público selecto. Más de 200 salieron con heridas y quemaduras. Otros quedaron dentro, atrapados por las telas, los bastidores retorcidos y el miedo. Como el incendio se había propagado tan rápido, para cuando llegaron las bombas de vapor no quedaba mucho por extinguir, así que los bomberos se concentraron en extraer a los muertos. La operación ofrecía un cuadro espeluznante. Los cadáveres estaban carbonizados en tal grado que se desprendían los miembros de solo tocarlos. Hubo que cargarlos en sábanas.
Bajo el cielo de fuego encontraron la muerte 126 personas, en su mayoría mujeres. Figuraban en la lista negra nombres de la más distinguida alcurnia: condesas, duquesas, marquesas, baronesas, señoras de generales, hijas de doctores, la esposa del cónsul de España, un veterano de la Batalla de Sedán, un párroco y un niño. El incidente no solo cobró vidas, también sacudió las bases del orden social y los apellidos nobles tuvieron la brutal certeza de que eran tan vulnerables como un ciudadano común. Una consternación inflamable cundía en París.
Debido al estado de desfiguración de los fallecidos, resultaba imposible su reconocimiento mediante las técnicas conocidas en la época. Entonces Alberto Hans, cónsul de Paraguay, sugirió llamar a los odontólogos que habían prestado servicio a las víctimas no identificadas, procurando que a través del registro dental pudiera extraerse información útil para confrontarla con los restos hallados. No pudo tener una idea mejor. Ahí entró en juego un cubano con una instrucción que marcaría un hito en la ciencia forense.

Más de dos cosas
Nacido en noviembre de 1863, Oscar Amoedo Valdés se inició en la odontología bajo la tutela del doctor Ricardo Gordon en Matanzas, su ciudad natal. Luego estudió en la Academia Dental de La Habana dirigida por Florencio Cancio y de allí salió armado de una certificación de estudios “con bastante aprovechamiento”, para presentarse ante los tribunales docentes de la Universidad de La Habana, donde venció los exámenes teóricos y prácticos que le valieron en junio de 1885 el diploma de Cirugía Dental con calificación sobresaliente.
Tenía 21 años. Ávido de comerse el mundo, marchó a la Universidad de Nueva York. Revalidó título y abultó erudiciones. Regresó a Cuba en 1889, ejerció de paso por Caibarién, Remedios, Placetas y Sancti Spíritus. Ese mismo año asistió al Congreso Dental Internacional de París enviado por la Sociedad Odontológica de La Habana, a la cual pertenecía desde 1885. En la cita presentó su memoria “Tratamiento de los dientes muertos y relleno inmediato de sus raíces”, en la cual exponía un procedimiento creado por él.
Animado a radicarse en París, tomó una pequeña habitación en un hotel del Quartier Latin. En ese cuartico tuvo entre sus primeros clientes al profesor Poirier, de la Facultad de Medicina, quien quedó tan admirado y complacido con el servicio que salió prometiéndole enviar nuevos pacientes. Al segundo mes, el joven doctor se veía obligado a rentar un piso en la calle Laborde para poder atender a una acentuada clientela. La voz siguió corriendo y la afluencia, creciendo. El espacio volvió a parecer pequeño, y ya en el verano de 1890 decidió mudar su consulta a un hermoso y desahogado apartamento en la Avenida de la Ópera.

A fuerza de perseverancia y talento, en menos de cinco años su fama era tan soberbia como la Torre Eiffel. Así lo resaltaba el 4 de enero de 1892 el periódico Le Moniteur des consulats: “Por dos cosas se ha hecho notable el Dr. Amoedo en París: por la curación, en una sola sesión, de los dientes que tienen el nervio muerto, habiendo roto así con la rutina de los algodoncitos, y por sus famosas implantaciones dentarias, que consisten en la perforación de la mandíbula de donde largo tiempo antes se había extraído un diente y en la implantación segura, firme y perfecta de otro diente en la perforación”.
Fue en la Ciudad Luz donde desarrolló una sólida formación académica y el interés por la conexión entre la odontología y la identificación de individuos en contextos forenses. Integró las más prestigiosas corporaciones científicas del mundo, asistió a 93 congresos mundiales y lo eligieron miembro de las sociedades estomatológicas de Francia, España, Suecia, Canadá, Finlandia, Dinamarca, Colombia, Chile y una docena más. Por si fuera poco, ocupó un puesto de catedrático en la Escuela Dental de París, estatus que raramente se concedía a un extranjero. Su nombramiento fue entendido como “reconocimiento de una superioridad indiscutible”.
“Defensor de la independencia de Cuba, Amoedo fue miembro activo de la emigración patriótica en Francia. Ante la disyuntiva de ser profesor universitario o renunciar a la ciudadanía cubana, optó por renunciar a su cátedra universitaria. Sin embargo, en 1900 fue autorizado por el gobierno a continuar con su labor docente, sin poseer la ciudadanía francesa”, refiere el profesor Luis Ernesto Martínez González, articulista de ímproba labor y consagrado a la divulgación de las glorias científicas de su provincia, Matanzas.
El inglés, el francés, el portugués, el alemán y el italiano le eran tan familiares como el español. Esa condición de políglota también fue llave de éxito. Su vasto legado está contenido en decenas de libros, premios y condecoraciones de toda clase, y en 23 instrumentos quirúrgicos productos de su ingenio, tales como el odontoscopio, estereoscópico binocular, articulador dental, jeringa para esterilizar dientes muertos, aguja para el galvano y termocauterio. Largo sería enunciar sus logros. Quizás hubieran sido suficientes para justificar su prominencia, pero sin dudas fue el siniestro del Bazar de la Caridad la catapulta de su gloria.
La ficha del doctor
Las autoridades parisinas tenían un desafío mayúsculo: individualizar a las víctimas mortales y devolverlas a sus familias. En muchos casos estaban irreconocibles debido a las severas quemaduras. Rebuscando entre las sombras de la tragedia y los volcanes de ceniza, la policía reunió todo tipo de objetos y pertenencias personales, como zapatos, ropas y joyas, que sirvieron para confirmar la identidad de 96 fallecidos. Sin embargo, en una escena macabra, 30 cuerpos sin fisonomía quedaron expuestos en el Palacio de la Industria, convertido en morgue provisional, con la esperanza de que alguien señalara alguna marca distintiva o pista reveladora.
No quedaba más que encomendarse a los dentistas por cuyas manos habían pasado esas personas. La sustracción de una pieza, una obturación o un empaste, un diente de oro o de espiga, cualquier mínimo detalle grabado en el historial clínico podría marcar la diferencia. Los dientes son, en efecto, partes del cuerpo humano que se conservan mucho tiempo después de haber desaparecido otras señales y huellas externas.

La personalidad más ilustre que no consiguió escapar de aquella ratonera y aún no había sido identificada era Sofía Carlota de Baviera, duquesa de Alenzón y hermana de Isabel, la emperatriz de Austria, mejor conocida como Sissi. La duquesa había sido atendida por Amoedo, quien guardaba su ficha dental como una memoria permanente. Lo llamaron a media mañana del día 5. El barón Tristan Lambert le preguntó si podía identificar el cuerpo de la duquesa: “Sí, si los dientes no están destruidos”, respondió sin titubeos el doctor.
Tenía por costumbre guardar en fichas las características de la boca y órganos dentales de cada paciente. Meticulosamente anotaba la pérdida o ausencia de dientes, el cambio de posición de los dientes afectados por dichas pérdidas, la presencia de raíces, abscesos, dientes muertos, coronas, puentes y prótesis. Marcaba las cavidades con lápiz y tinta, garabateaba números delante de las piezas; también copiaba los materiales utilizados y métodos de tratamiento.

En el caso de Sofía de Baviera, había llenado dos hojas sobre el estado de la dentadura y las operaciones efectuadas en diecisiete consultas durante dos años. La última cita correspondía al 15 de diciembre de 1896, seis meses antes del accidente. Con esa bitácora acudió al Palacio de la Industria y pudo impugnar de entrada la falsa identidad de un cuerpo erróneamente atribuido a la duquesa. Sobre su decisiva actuación testimoniaba Amoedo:
“Después de examinar treinta o cuarenta bocas, me encontré con una (casi la última) en la que reconocí, incluso con una luz muy mala, mi propio trabajo. Este cuerpo estaba carbonizado y cualquier […] reconocimiento ordinario era imposible; sin embargo, la cabeza y el cuerpo estaban intactos, aunque las piernas y el brazo derecho desaparecieron. A petición mía, el cuerpo fue llevado a la luz del día y, asistido por la presencia del Dr. Vibert (médico legista), pude verificar en todas sus particularidades los detalles de mi ficha. Mi informe verbal fue otra vez registrado, en el que repetí la primera descripción de los dientes de la duquesa. Señalé la coincidencia exacta de mis registros con las condiciones encontradas en la boca del último cuerpo examinado”.
Obra maestra
Lejos de lo que se ha pensado, el doctor Amoedo no dirigió el proceso forense ni reconoció al conjunto de víctimas. Por ejemplo, la condesa de Villeneuve y otros casos fueron resueltos por los doctores Duvenport, Burt, Ducourneau, Godon y Branlt. Pero el cubano sí fue precursor en apreciar y divulgar la eficacia de los esquemas dentales en la identificación de desconocidos. Por ello se dedicó a reunir alegatos de los expertos que intervinieron en la tarea de rescate.
Con esa información configuraría postulados fundacionales que ese mismo año presentó en el XII Congreso Internacional de Medicina celebrado en Moscú, como parte de su ensayo “El rol de los dentistas en la identificación de las víctimas de la catástrofe del Bazar de la Caridad”. El trabajo apareció en la revista The Dental Cosmos (vol. 39/1897) y dio cuerpo a la tesis L’art dentaire en médecine légale (El arte dentario en la Medicina Legal), que presentó el 7 de julio de 1898 para graduarse de doctor en la Facultad de Medicina de París.

En esta, su obra más celebrada por la crítica y considerada el primer libro de la disciplina, el dentista matancero establecía una numeración internacional y signos convencionales basados en las particularidades de las piezas dentarias, anomalías bucales y métodos clínicos. Ofrecía, asimismo, información completa sobre las medidas de la arcada, superficie bucal, formas y coloraciones de dientes, molares y encías; todo orientado a servir de herramienta para la investigación criminalística. Todavía en la década de 1940, la Policía Secreta Nacional empleaba el sistema que él fundara medio siglo atrás.
Oscar Amoedo falleció en 1945, pero su proeza lo trascendió. Sigue siendo una referencia universal y testimonio del poder del conocimiento para transformar retos en beneficios para la humanidad. Justo por las aportaciones que hizo a partir de aquel evento histórico, en que por primera vez se usaron los estudios dentales para reconocer víctimas de semejante catástrofe, la historia ha reverenciado como padre de la Odontología Forense a aquel eminente cubano que frente a los dientes de la muerte en París certificó: “Tu boca nos dirá quién eres”.













