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El 2 de agosto de 2023, la Gaceta Oficial de la República de Cuba informaba a la población que ya era efectiva la Resolución 111/2023 del Banco Central, la cual disponía que “todos los pagos de servicios, productos y demás operaciones comerciales y financieras” se realizaran en lo adelante “mediante el uso de instrumentos de pago y canales electrónicos preferiblemente, en lugar de utilizar dinero en efectivo”.
Desconozco si una medida de tal envergadura se discutió en la Asamblea Nacional. Si no fue así, me parece el primero de una cadena de despropósitos. Y no es que le conceda a ese organismo una beligerancia ante los dislates gubernamentales que no tiene. Lo usual es que apruebe por mayoría —cuando no, por unanimidad— lo que ya a otras instancias está aprobado, pero una discusión colectiva hubiera podido, al menos, alertar sobre la hecatombe que ese gesto autoritario podría ocasionar.

Sobre un sistema bancario deficiente, desactualizado, con precario parque técnico y pésima conectividad, se estaba intentando erigir un modelo de probada eficiencia en la mayoría de los países donde está implantado. Era algo así como agregar nuevos pisos a un edificio que está en estática milagrosa, a punto de caer.
Unos días después, el 25 de agosto, el curador de arte Jorge de Mello publicaba en su página de Facebook:
“Ayer, temprano en la mañana, salí a buscar un cajero automático para sacar el dinero de mi magra pensión, porque en muchos comercios estatales y privados resulta imposible pagar mediante transferencia electrónica. Sencillamente, no tienen creadas las condiciones o no aceptan dinero ‘bancarizado’, aunque los informativos de la TV (…) se empeñen en decir lo contrario.

El Vedado en estos días. Foto: Alex Fleites.
“Obligado por las circunstancias, tuve que hacer un largo recorrido: Banco de 23 y 8, Vedado: tienen dos cajeros automáticos, solo uno funciona y la cola es alucinante; Banco de 23 y Montero Sánchez, Vedado: tienen 4 cajeros automáticos, solo funcionan dos, la cola rebasa las 100 personas paradas en la acera al sol; Banco de 16 entre 3.ª y 5.ª, Miramar: un solo cajero, y no tenía dinero a las 10 de la mañana; Banco del edificio Sierra Maestra, 1.ª y 4.ª, Miramar: un solo cajero que no funciona, la cola para ser atendido en las ventanillas del banco es enorme; Banco de calle 6 entre 1.ª y 3.ª, Miramar: dos cajeros, funciona uno solo. No puedo seguir andando (…), por lo que no me queda otra que incorporarme a la cola de aproximadamente 40 personas que esperan en la acera bajo el sol.
“Pasan 45 minutos y se acaba el dinero. Observo cómo reacciona la gente; la mayoría, hastiada, susurra una especie de lamento, pero no hacen nada. Entonces, alguien insinúa en voz baja: “Hay que preguntar en el banco si van a cargar el cajero otra vez”. Pero esa persona no se mueve del lugar. Nadie reacciona; pasan unos segundos. —Voy a averiguar. Entro al banco. Me dirijo a una custodio uniformada que está sentada en el salón con aire acondicionado, le doy los buenos días y me responde: ‘No puede pasar hasta que le toque su turno’. Le explico que se acabó el dinero en el cajero automático y queremos saber si lo van a cargar de nuevo. Responde: ‘La compañera encargada de orientarlo no está, hay que esperar a que regrese.
“Le dije que llevaba 45 minutos esperando en la calle, que no podía esperar más y que necesitaba que alguien allí respondiera mi pregunta, lo que dio lugar a un no-diálogo absurdo y largo imposible de reproducir en este espacio. Finalmente, ante mi insistencia, dijo de forma rotunda: ‘El cajero se carga una vez por la mañana y una por la tarde’.
“Salgo a la calle y le informo a los de la cola que habilitarán el cajero de nuevo por la tarde. Nadie dice nada; unos se van y otros se quedan impasibles o resignados. Son las 11.15 de la mañana; cansado y sin dinero, comienzo a alejarme del lugar. Miro hacia atrás y veo al grupo que se mantiene parado en la acera frente al banco; algunos necesitarán su dinero con urgencia y están obligados a esperar varias horas más. Otros deben ser de los que esperan fervorosamente que un milagro haga coincidir la realidad con el voluntarioso discurso oficial.”
Tres años después, la situación no ha hecho sino empeorar. En los umbrales de los bancos han aparecido personas que ejercen un oficio nuevo entre nosotros: cambian efectivo por transferencias, y ganan una comisión de un 10%, lo que equivale a decir: reciben la transferencia de 2 mil CUP de un anciano que lleva varios intentos tratando de “rescatar” su magra pensión, y les entregan en mano 1800 CUP.
Una amiga, airada, denuncia esta práctica en extensión. Le respondo que prefiero perder 200 CUP de mi pensión a dejar 4 o 5 días de mi vida en una cola, bajo el sol inclemente del verano, sin siquiera tener la certeza de que al final voy a “resolver”. Ella, que objeta mi actitud, me dice que eso no debería ocurrir. Le respondo que, como tantas otras cosas de nuestra ardua cotidianidad, que no debían ocurrir, ocurren.
En algunos restaurantes y centros de servicio aceptan pago por transferencias, pero solo el 50 %. La otra parte debe ser cancelada en efectivo. En un mercado de domingo en el Vedado, un comerciante hace pasar la multa a la transferencia como oferta: cierto producto cárnico cuesta 900 CUP en efectivo la libra y 1200 CUP por Transfermóvil.
He convocado a un grupo de colegas y amigos a intercambiar sobre la bancarización. No hubo preguntas. Cada cual describió su experiencia.
Me dice el académico Gustavo Arcos:
“Es bueno que el país mire al futuro, pero antes debe salir del pasado. La bancarización existe en el mundo desde hace muchos años y resulta útil, funcional, moderna… pero vivimos en un país que está cada día más alejado de las dinámicas que mueven el mundo. La idea es buena; su aplicación en el contexto cubano es tosca, improvisada, poco eficaz. Si ir al banco para realizar cualquier gestión significa perder muchas horas y tiempo, el sistema se vuelve disfuncional, pierde toda credibilidad. Luego, tienes que aceptar que tu dinero no puede ser extraído en la medida que necesitas. A la gran mayoría de la población trabajadora y también a los jubilados se les coloca en sus tarjetas el salario o subsidio correspondiente, pero más tarde resulta casi imposible sacarlo. Los cajeros no funcionan o solo te entregan una cantidad mínima. Es triste observar a tantas personas cazando un turno, recostadas o esperando en las aceras y muros su momento para extraer o depositar su dinero. En muchos casos son personas mayores, jubilados, hombres y mujeres que emplean días para estas cuestiones. Los bancos sufren la falta de energía eléctrica, carecen muchas veces de empleados o se les bloquea la conectividad que impide llevar a término cualquier gestión. Sin embargo, el Estado y las autoridades impulsan la idea de utilizar tarjetas personales para las transferencias, pero la práctica cotidiana indica que en la gran mayoría de las instalaciones, no importa si son privadas o estatales, esas operaciones de intercambio o pago digital no se aceptan. Cada parte esgrime sus razones y al final el ciudadano es el que termina irritado, frustrado.

El crítico de cine y escritor Frank Padrón ha tenido experiencias agridulces:
“A mí me ha resultado satisfactorio el plan ‘Mi turno’. Mediante la plataforma Transfermóvil reservas, y cuando te indican día y horario, puedes retirar efectivo en la sucursal del Banco Metropolitano que te asignen. Realmente ha sido rápido y cómodo. Pero los problemas han surgido cuando he querido hacer una consulta o transferencia desde los cajeros (para eso han quedado, ni soñar con su función esencial que era, como se sabe, extraer efectivo). Trabas también he confrontado con sitios con los que colaboro y se han visto impedidos de enviar el pago a mis tarjetas por “problemas en el banco”, lo cual retrasa hasta meses dicha operación, sin contar las ocasiones en que no pueden pagar, pues no les localizan el dinero destinado a las colaboraciones. La mayor afectación que he sufrido está en la imposibilidad de cerrar y extraer lo que me queda de una vieja cuenta en dólares, sobre los 400 USD: hace año y medio hice la solicitud, la dirección del banco de Línea y Paseo ha enviado varios correos electrónicos al Banco Central, y hasta ahora la respuesta ha sido el silencio. Lo que me contestan en esa sucursal es que ello no ocurrirá ‘hasta que no haya disponibilidad de esa divisa’, pero he visto en las cajas muchos fajos con la misma moneda. Yo solo recuerdo cómo se criticó aquí hace décadas el ‘corralito bancario’ en Argentina, por una situación análoga.”

La Dra. Yurania Celeste, geriatra, piensa que “la bancarización es una muestra a pequeña escala de la incapacidad entronizada en la dirigencia del país para analizar cualquier cosa. No son capaces de ver más allá de 2 semanas…”
Y abunda: “Mira a los actores privados. No acatan la bancarización porque sean malos; es porque saben que si meten 100 mil pesos en el banco, cuando necesiten su dinero para comprar sus productos a un extranjero que no puede aceptar transferencia de ninguna tarjeta cubana, no van a poder sacarlo y comprar dólares, porque el banco no se los da y, encima, el Estado les quita un ojo en impuestos sobre ese dinero que ya ni se movió. El efectivo —o el MLC, o el dólar— se ha vuelto el único refugio contra la inflación. Ellos no le hacen caso a la bancarización porque es un sistema diseñado para que el banco gane y el de a pie pierda. No están huyendo de la ley, están huyendo de una trampa financiera. Esta política de bancarización suena a ‘inclusión digital’, pero es la exclusión más brutal que he visto. Deja a los viejos en la calle, a los privados contra la pared y al resto de nosotros bailando entre un apagón y una cola en un banco para que te den 2 mil pesos con los que no compras ni suficiente papel higiénico para un mes.
Supuestamente, la dirigencia quería modernizar el sistema financiero, pero lo que logró fue demostrar que no entienden su propio país. Pero hay algo más profundo que pocos dicen y que vivo a diario. La bancarización no es solo un problema técnico, es un problema psicológico. Tener miles de pesos en la tarjeta y ser pobre es una esquizofrenia. Ese dinero es invisible, es un número que mañana puede amanecer congelado o valiendo la mitad porque al gobierno le dio por devaluarlo sin aviso. Quisieron ponerle techo de cristal a una casa de barro y, como era de esperar, todo se vino abajo.”

Sobre su experiencia, la poeta Charo Guerra comenta:
“Si en un examen me pidieran definir el significado de la palabra bancarización, seguramente desapruebo. Desde mi experiencia, sigue siendo teoría, concepto, proyección y/o mala práctica… Ojalá pronto se reporten mejores ejemplos. Creo que la bancarización debe implicar también la libertad de elegir cómo quiere cada persona “bancarizar” su dinero (si en tarjeta o en efectivo). O seguiremos tropezando con la certeza de que existe un dinero que no es dinero hasta que alguien nos haga ‘el favor’ de aceptarlo (como transferencia). Esto incluso para solventar las más elementales necesidades domésticas diarias.”
El narrador y periodista Rafael Grillo, por su parte, recuerda que al principio intentó adaptarse a la rutina que imponía la escasez de efectivo: dedicar horas —a veces prácticamente un día entero— a la cola de un cajero o a la espera para entrar al banco.
“Empecé intentando hacer la cola del cajero, como todos. Me tomaba un día entero sacar el dinero o entrar al banco, pero lo hacía, qué remedio. Pero los cajeros fueron desapareciendo, el dinero también, y solo quedaron las colas. Cada vez más interminables, cada vez más incontrolables. Terminé renunciando a trabajos o actividades que me pagaran en cheques o dinero en cuenta. O viendo cómo ese dinero en cuenta me servía para bien poco por la imposibilidad de hacer las transferencias. Terminé odiando los bancos, sufriendo hasta pasar por delante de ellos y ver el panorama de angustia y desesperanza. Terminé sacando mis ahorros en divisa y cambiándolos, gastándolos, pensando hasta cuándo me darán para vivir. De este tema ya no encuentro qué más decir. Entre tantos fracasos y medidas sin sentido, esta gana cualquier combate o competencia. Es una tragedia mayúscula, un desastre absoluto, una herida de las más hondas en el doloroso día a día de los cubanos.”
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Mis experiencias personales al respecto coinciden con las de los que aquí comparecen. No tengo un solo recuerdo bueno de la bancarización. Cuando más he necesitado utilizar mi tarjeta del Banco Metropolitano, esta me ha fallado. Lo mismo en un aeropuerto nacional que en una oficina pública donde debo comprar sellos de timbre; en un taxi de las nuevas plataformas, o en una farmacia que, ¡oh, milagro!, después de varios meses tiene el medicamento que debo tomar a diario…
La Dra. en Derecho y docente Danielis Zaldívar pensó, en un inicio, que la aparición de los cajeros automáticos podría ser una solución eficaz a la intransitable burocratización de parte de las gestiones bancarias en nuestro país. Lo comenta:
“Lo que se ha llamado bancarización no es más que el intento de utilizar las tecnologías actuales en función de los servicios bancarios, como es en el mundo entero y funciona a la perfección. Pero hacer eso en este país, donde no se garantiza ni siquiera medianamente el suministro de electricidad, es un completo fracaso, como la realidad está demostrando con creces. Debe tenerse en cuenta que desde hace aproximadamente 10 años se empezó a implementar en Cuba el pago por tarjeta electrónica, y con la proliferación de cajeros automáticos que comenzó, no había problemas para acceder al dinero. Con el pasar de los años fue siendo cada vez más difícil el acceso a los cajeros, por la falta de efectivo o por la falta de electricidad, asunto que se agudizó con la pandemia, hasta llegar al desastre que es en este momento. Es doloroso ver las infinitas colas de jubilados en los bancos para cobrar su exigua pensión. Ni hablar de hacer algún trámite bancario, lo cual es prácticamente imposible. A mi juicio, ha habido una gran falta de previsión y organización en ese asunto, porque no se han sabido implementar correctamente los pagos digitales; la situación ha convertido el efectivo en una mercancía, lo que no ocurría en Cuba desde tiempos inmemoriales. Y yo me pregunto: ¿es tan difícil organizar eso?, ¿es tan difícil que no falte el efectivo? Estamos ante un gobierno incompetente que no valora las consecuencias que tendrán sus decisiones. Consecuencias que, como siempre, paga el pueblo, no ellos, y que su función parece que fuera crear los problemas, observar y no hacer nada para resolverlos.”

Roberto Cobas, museógrafo y especialista en la obra de Wifredo Lam, me pasa esta nota amarga:
“La bancarización la creó una mente retorcida. Antes de este engendro, ir al banco era un placer. Ahora es una tortura. Y para los que estamos en la tercera edad, el impacto es doble. Esta catástrofe ocurre a los ojos de las autoridades, que no hacen nada para solucionarlo. Negligencia total.”
Meira Marrero, curadora de arte, tiene una visión cercana y comprometida de este asunto. Al final de su intervención se sabrá por qué:
“Según Google, ‘bancarización’ consiste en aprovechar los servicios financieros formales que ofrecen los bancos, como cuentas de ahorro o nómina, tarjetas de crédito o débito, transferencias y productos de crédito o inversión. Según las sugerencias del Banco Central de Cuba, las bondades de la bancarización permiten facilitar la vida. Y es ahí donde se me traba el paraguas. ¿De qué bondades podemos hablar en una realidad oscura literalmente, de horas de colas a oscuras en cada banco? Donde ya no funcionan los cajeros automáticos ni siquiera para hacer una simple transacción que alguien puede delegar en alguien más de su confianza. Muchas veces tienes dinero en tu tarjeta y no puedes pagar porque, siendo justos, las transferencias son un problema de altos quilates para ambos, comprador y vendedor: más conectividad, plataforma, electricidad, Android o iPhone. Hoy, o trabajas o cobras; o cobras o duermes en tu cama o en la cola del banco y, quizás con suerte, hoy lo logres tú o puedas ayudar a un anciano que ya trabajó y que necesita su pensión para salir a andar, buscar y hasta encontrar lo que pueda pagar. Me duelen los ancianos que, tras darlo todo, ahora no pueden con estos menesteres para los que no fueron entrenados y a los que nadie les preguntó si lo querían así. Me asiste el derecho de decirlo desde la rudeza veraz, pues vivo encima de un banco.”

Para rematar, Aníbal del Prado, arquitecto, observó:
“La bancarización ha venido a complicarnos la vida. En mi opinión y experiencia, se lanzaron a implantar una medida sin tomar en cuenta la ineficiencia de la infraestructura y, aunque se empeñen en hacernos creer que fue profunda y largamente estudiada, sigo pensando que esa decisión tuvo mucho de festinado. Porque en efecto, en un país donde todo se mueve mediante el pago de tarjetas electrónicas, ya sea de crédito o débito, eso funciona, pero en este, donde una parte de la cadena solo acepta el efectivo, ahí mismo se traba el paraguas. Y lo otro es la falta de efectivo en los bancos, la rotura casi al unísono de muchos cajeros automáticos, que motivan que las personas tengan que hacer largas colas por largo tiempo para poder obtener algo de su dinero en efectivo, dinero que se va como agua con la subida incesante de precios. Considero que es una medida fallida, aunque a algunos les moleste esa palabra.”
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Nada de lo hasta aquí expuesto es teoría. Son testimonios sinceros de personas útiles a la sociedad, ciudadanos cabales, respetuosos de las leyes, cercados, como todos, por acuciantes problemas materiales que les impiden contar con una alimentación balanceada y suficiente, desplazarse en transporte urbano por el país o la ciudad, contar con los medicamentos indicados para poner diques a padecimientos crónicos, y un largo etcétera.
Casi todos se han referido a los ancianos, uno de los sectores más vulnerables de la sociedad. Y es que nuestra población envejece a ojos vista. Las personas en edades laborables emigran en cuanto pueden, y cada año mueren más cubanos de los que nacen, algo impropio de los países subdesarrollados.
Encuentro en la cola del banco a una vieja amiga que, como yo, ha dejado tareas apremiantes para aventurarse a atravesar el laberinto opaco de la mediocridad administrativa, la ineficiencia y la ignorancia prepotente. En un momento me dice, desesperanzada: “La bancarización en Cuba no tiene razón de ser, porque no se creó la plataforma para que esta funcione; no es posible hacerla funcionar en medio de una economía apocalíptica. Lo triste es uno de los tantos experimentos de este laboratorio que se llama Cuba.”

Un señor que está atento a nuestro diálogo interviene para decir —respeto sus términos— que “los compañeros que están al frente del país trabajan muy duro para sacarlo adelante”. Le digo que no hay que matarse trabajando para cometer errores, que su deber es prever, interpretar la realidad de la manera más cruda posible, sin excusas ni consignas, para intentar revertirla; justo lo que hacen los verdaderos revolucionarios.
Y ahí nos pasamos nuestra buena media hora de charla en que la cola no se ha movido siquiera un centímetro. El nuestro es un diálogo nada apasionado, sin acusaciones mutuas ni insultos. Somos dos seres unidos por la circunstancia enajenante que nos desborda. Cada uno a su modo, y cualquier cosa que ello signifique, quiere que nuestro país se aleje del abismo al que, al parecer, está abocado sin remedio.












