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Decir Sanguily es evocar uno de los nombres propios del pasado cubano. Cualquiera recordará sin demasiado esfuerzo el rescate de Sanguily, proeza militar de Agramonte en 1871. Años después, ya convertido en mayor general, Julio Sanguily se trocaría en una de las figuras más oscuras y polémicas de su generación. Manuel, el hermano menor, alcanzó el grado de coronel y en la peliaguda república sobresalió por su verbo fogoso en defensa de la soberanía nacional.
Sin embargo, hubo un Sanguily que no participó en la contienda independentista contra España ni se distinguió como tribuno febril; sino que vivió lejos de Cuba, distanciado de sus hermanos, y que habría tenido la gloria de ser alcalde de Sidney, en Australia. Salvo contadas referencias, Guillermo Sanguily Garrite sigue siendo un perfecto desconocido que tuvo una vida accidentada, rocambolesca e intrigante, al mejor —o peor— estilo de Robinson Crusoe.
¿Secreto de familia?
La mayoría de los pocos artículos y referencias bibliográficas relatan que nació en La Habana el 7 de enero de 1844, siendo el primer hijo de Julio Sanguily, cubano de ascendencia francesa, y de Mary Garrite (algunas fuentes sostienen que era irlandesa, otras que nació en Manchester). El abuelo paterno, Jean Francois Saint-Guily, era natural de Pau, bonita ciudad de Gascuña a vista de los Pirineos y cuna de Los tres mosqueteros; castellanizó su apellido a Sanguily al entrar en Cuba como parte del flujo migratorio derivado de la revolución haitiana.
Hasta ahí lo que se ha divulgado como una leyenda urbana, sin presentar demasiadas pruebas documentales. En buena medida, ese vacío ha sido enmendado por el libro William Sanguily, primer cubano en Australia. Historia de un naufragio, de Taimí Antigua Lorenzo. De lo más interesante resulta la copia del acta bautismal, la cual amerita reproducción:
“Martes doce de marzo del año mil ochocientos cuarenta y cuatro. Yo, don José Blanes, Sacristán Mayor por Su Merced con Cura de Almas del Sagrario de la Santa Iglesia Católica con residencia en esta de Nuestra Sra. del Monserrate. Bauticé y puse los Santos Óleos a un niño que nació hace cuatro meses, hijo de padre no conocido y de doña María Garritte; no manifestaron la naturalidad de la madre, de esta feligresía. Abuelos maternos, don Tomás y doña Catalina Rooney, en cuyo niño ejercí las Sacras Ceremonias y preces y puse por nombre Guillermo José; fue su padrino don Guillermo Murdoch, habiéndolo tenido en sus brazos y a su nombre el segundo don José A. de Perozo, a quien previene el parentesco espiritual y lo firmé. José Blanes”.

A pesar de ser una información absolutamente categórica y reveladora, el documento deja más preguntas que respuestas. ¿Por qué razón lo bautizaron como hijo natural de María y consta el padre como “desconocido”? ¿Será que no estaba casada legalmente con Julio Sanguily o para esa fecha aún no se conocían? ¿Cabe pensar que Julio la conoció ya encinta y asumió el “producto”? Si así fuera, ¿cuándo o cómo el niño adquirió el apellido Sanguily? ¿Quién era el tal Guillermo Murdoch, del que a todas luces heredó el nombre?
También de misterios está bautizada la Historia. Saque usted sus conclusiones. Llamativamente, el pliego no menciona la fecha del natalicio. Si en verdad Guillermo tenía cuatro meses, como reza el acta —a no ser por error en la anotación—, cae por descontado que nació en diciembre de 1843. En ese caso, para el momento de darle a luz, María tenía 18 años, a días de cumplir los 19, pues había nacido en noviembre de 1824. Según Family Search, la plataforma mundial de registros genealógicos, el matrimonio de Julio y María ocurrió en La Habana alrededor de 1843; si bien no aparece la escritura probatoria.
Ahí no para la trama. Fueron cuatro hermanos, sumando a Julio (1845), Manuel (1848) y una niña nacida incluso antes de Guillermo, en 1842, que murió pequeña. Se puede conjeturar que Julio Sanguily (padre) no entró en la ecuación sino hasta después del bautizo de Guillermo, y aún vendría a afianzar esa sospecha la secular costumbre de transferir el nombre paterno al hijo primogénito; cosa que en este seno familiar recayó en el segundo varón. ¿Con todos estos elementos sería descabellado suponer que Guillermo fue medio hermano de Julio y Manuel?

William, el grumete
La fatalidad anidó como pájaro de mal agüero en el hogar de los Sanguily. En octubre de 1850, con 44 años de edad, falleció el padre en su casona del Cerro, y cuatro años más tarde la madre, de 31, en Neptuno esquina a Consulado. Debido a la temprana desaparición de los padres, la crianza de los tres huérfanos corrió por cuenta de sus respectivos padrinos.
Julio y Manuel —protegidos de Santiago Aguirre y Juan Pizarro— cursaron estudios en El Salvador, colegio de don José de la Luz y Caballero, que todavía funciona como escuela primaria en Calzada del Cerro; en tanto Guillermo fue enviado a Estados Unidos por William Murdoch, su padrino. ¿O acaso aquel padre “desconocido”?
Físicamente, Guillermo parecía un gringo: esbelto, de figura varonil, frente amplia, pelo rubio, ojos verdiazules y nariz de perfil romano. Un censo realizado en Boston muestra que para 1860 residía en el 4th Ward. Cursaba estudios de artes navales en la capital de Massachusetts y al parecer volvió a Cuba tras graduarse; aunque solo de tránsito, pues entre 1862 y 1863 retornaba a Estados Unidos.

En su segunda vida —quién sabe si por elección personal o del padrino, o cuestión legal— cambió el nombre de pila a William, incorporó el Murdoch para honra del padre adoptivo y prescindió del Garrite, siguiendo la costumbre anglosajona de omitir el apellido materno. En lo adelante sería William Murdoch Sanguily. Tenía un espíritu fuerte y peregrino. Bajo esa letra se enroló en la marinería del General Grant, un bergantín de tres mástiles perteneciente a la naviera Messrs Boyes, Richardson & Co.
Después de recorrer 13 mil millas náuticas, durante tres meses desde Estados Unidos, arribó a Australia en marzo de 1866. En la capitanía portuaria de Melbourne lo registraron como el más joven entre los 25 hombres de la dotación. Tenía 22 años. Además, llamó la atención por ser la primera persona nacida en Cuba que pisaba aquel remoto paraje. Estaba por comenzar la odisea que marcó para siempre su vida.
Naufragio del General Grant
El 4 de mayo del propio año, el General Grant inició su ruta de vuelta con destino a Londres por el Pacífico, vía Cabo de Hornos. Llevaba un buen cargamento de oro en barras y monedas, lana, plomo, zinc y 58 pasajeros, entre los que se contaban seis mujeres, veinte niños, así como varios mineros ingleses que habían trabajado en yacimientos australianos y regresaban a casa con sus bolsas de chelines. Para evitar los colmillos piratas, el capitán William H. Loughlin, lobo de mar, había declarado en el manifiesto de carga una cantidad de oro menor.
Aun así, el velero estaba predestinado al fracaso. A la semana de navegación, justo a las once de la noche del día 13, se les apareció delante la silueta macabra de las islas Auckland, archipiélago periférico de Nueva Zelanda. La tripulación no pudo cambiar el rumbo a tiempo y la embarcación terminó chocando con un acantilado. Por varias horas quedó a la deriva el navío, agitado por el mal humor del mar de Tasmania y el escándalo sobre cubierta. Las olas irritadas y los golpes constantes contra el techo de la cueva de rocas donde quedó atascado fueron desmantelando el velero de banda a banda e impidieron una evacuación en condiciones.
Con la luz del amanecer bajaron los tres botes salvavidas. Demasiado tarde, uno se inundó y muy poca gente alcanzó a montarse en los otros dos para escapar del peligro. Dada la escasa resistencia que ya podía ofrecer el General Grant, incapaz de mantenerse a flote con enormes grietas en su casco de madera, se hundió. El capitán no abandonó el barco y sucumbió junto a la mayoría del personal a bordo.
Solo se salvaron nueve tripulantes y seis pasajeros, incluida una mujer. Entre ellos estuvo William, quien, asido a una tabla y a nado, pudo ganar a través de las olas uno de los botes de popa. Remaron hacia la pequeña isla llamada Disappointment, cuya orilla besaron al atardecer. Pero a la mañana siguiente dejaron atrás ese lugar poco hospitalario y desencantado como su nombre, para dirigirse entre canales y ensenadas profundas a la isla principal Auckland y Port Ross. Llegaron tres días después; allí el grupo descubrió algunas cabañas deshabitadas —vestigio de un fallido asentamiento maorí— y se dividió para vigilar el tránsito de barcos.

Nueve meses transcurrieron. Abrumados por la espera bajo aquel clima inhóspito como mundo de cráteres, seis hombres se precipitaron al océano borrascoso en uno de los botes de remo. Sin brújula ni recursos óptimos para semejante travesía, jamás volvió a saberse de ellos. Otro murió en tierra de disentería. Los diez supervivientes restantes, entre los que quedó Sanguily, cruzaron a la isla de Enderby, donde siguieron su subsistencia monótona y primitiva en un entorno escarpado y salvaje, casi sin agua para beber ni abrigo para el frío, alimentándose de focas y mejillones. Sufrieron enfermedades e inenarrables vicisitudes.
Quiso la providencia que el bergantín ballenero Amherst pasara frente a esas caletas desiertas y detectara los manoteos desesperados. Así, el 21 de noviembre de 1867, un año y medio después del accidente, el grupo harapiento y famélico fue rescatado y conducido a Nueva Zelanda; luego a Melbourne. La prensa disparaba su tirada con la increíble noticia. En el periódico Otago Witness del 25 de enero de 1868 apareció un dibujo de los sobrevivientes.
Como consecuencia de este incidente y dos anteriores, las autoridades organizaron una red de monitoreo náutico, depósitos de suministros y centros de acogida para socorrer a posibles víctimas de naufragios. Sobre la tragedia del General Grant se han escrito libros y artículos; y sus lingotes hundidos —valorados ahora en un millón de dólares— han sido imán para al menos treinta expediciones interesadas en hallar el pecio. No han podido dar con su paradero.
Pionero en Australia
Hacia 1872, William M. Sanguily se hallaba en San Francisco, California. En esa urbe se casó el 8 de julio con Sara Dawes Randall, descendiente de australianos. Poco después, la pareja pasó a establecerse en Woolloomooloo, actual Sidney. La unión se multiplicó con la llegada de seis hijos. Primero nació la niña Selina Gertrude (1876), seguida por Sarah Agnes (1878), Alice Margaret (1880) y las gemelas Maud y Mabel (1885, fallecidas a los pocos meses). Al fin, en 1887 llegó el varón Rollins Henry.

Se cuenta que una vez cazadores de tesoros acudieron a William, a fin de proponerle —igual hicieron en 1870 con David Ashworth, otro de los sobrevivientes del naufragio, que se ahogó en el lance— buscar el oro extraviado en las bodegas del General Grant, pues, perdida la mayoría de los testigos, nadie mejor que él podía hacer la cruz en el mapa. Quizás la experiencia traumática de Auckland, la edad o la chimenea del hogar, o un poco de todas, le hizo rechazar la oferta y alejarse de la marina.
Varios escritos aseveran que en su capítulo australiano Sanguily fue pionero del transporte urbano en Sidney y que inventó un prototipo de vehículo de vapor destinado al movimiento de mercancías y personas. Sus actividades comerciales, añaden los biógrafos, le garantizaron prestigio, ingresos y que la prensa le dedicara encomios por ser “hombre trabajador y probo”.
¿Y si no fue la “joyita” que pintan? “Me parece una historia mal contada y que algo turbio se esconde detrás de este Sanguily”, me comenta vía Messenger desde Tampa el colega Joseph Crespo, quien con olfato detectivesco ha hallado en repositorios hemerográficos de Australia interesantes apostillas. Entre esas notas de prensa sale una del 1 de septiembre de 1870, donde se informa que William M. Sanguily ha sido acusado en prisión preventiva por robar, junto a otro cochero, la cartera de un hombre durante una pelea motivada por apuestas en el café Continental. “El prisionero negó saber nada del robo. Fue enviado a juicio”, concluía el reporte.
Ciertamente, todo indica que incursionó en el ámbito de los hansom cab, es decir, los carruajes tirados por caballos y pensados para alquiler. Pero pudo ser un modesto cochero-taxista. No he podido localizar evidencia —más que el criterio mil veces repetido— de que haya fundado un próspero negocio transportista. De hecho, el 3 de agosto de 1885 la Corte Suprema de Nueva Gales del Sur lo declaró “en insolvencia” por deudas contraídas, y, según notificaba la gaceta oficial, faltaba por ver si le permitían conservar bienes, ropas y muebles. Cayó en bancarrota.

El mito del alcalde
De Guillermo se ha reiterado que fue alcalde de Sidney. Pura fabulación. Probablemente esa narrativa cobró vuelo en la década del 20, lanzada al viento por un escritor. La retomó el periodista y ensayista Antonio Iraizoz en su libro Lecturas cubanas, salido de imprenta en 1924. Al año siguiente, El Fígaro (8 de marzo de 1925) divulgaba precisamente el artículo de Iraizoz titulado “La vida aventurera de Guillermo Sanguily”, remachando dicha versión.
Investigaciones aterrizadas han despejado esa nube. Sanguily nunca ocupó un asiento en la alcaldía de Sidney ni de ningún lugar. Una revisión a los archivos del ayuntamiento local reveló que 43 nombres ocuparon el cargo desde su creación en 1842 hasta 1909 —año en que murió Guillermo—, y dentro del listado de alcaldes, tres coincidieron en nombre; fueron ellos William Edward (1851-1852), William Speer (1864) y William Patrick Manning (1891-1894). Como es de notar, en ningún caso corresponde al de origen cubano.
En cambio, quien sí apareció entre el bulto de expedientes consistoriales fue su hijo Rollins, pues estuvo vinculado a los estamentos políticos de Sidney y fue ascendiendo hasta servir como asistente a algunos mayores de la ciudad. Ahí debe radicar la inexacta asociación y, por tanto, el origen del mito.

“En un viaje que hizo Julio Sanguily antes de la Revolución del 68, por el año 1864, encontró a su hermano en Boston. Le dijo que estaba empleado en unos barcos que hacían la travesía de Boston a Australia, y le regaló un cuaderno de versos suyos en inglés. Nunca más volvió Guillermo Sanguily a ver a sus hermanos”, reseñaba el citado texto de El Fígaro.
Fuera de ese presunto encuentro, tampoco existen pruebas de que Guillermo haya mantenido relación con Julio y Manuel, aun cuando estos visitaron Estados Unidos en distintas ocasiones. Sería Rollins quien leyó en un periódico de Londres la noticia de la muerte de Manuel Sanguily, su tío, y entonces empezó a comunicarse con sus parientes del Caribe. En la carta aclaraba algunos puntos sobre la anónima existencia de su padre y adjuntaba uno de sus últimos retratos.
Un héroe distinto
William Murdoch Sanguily falleció a los 65 años de un ataque al corazón, el 6 de mayo de 1909 y fue enterrado en el sector anglicano del cementerio de Rookwood. Por gestiones de la Embajada de Cuba en Australia, en marzo de 2015 se localizó la tumba olvidada.
“Parece un personaje arrancado a la novela. Y, sin embargo, vivió en la realidad más dura y tormentosa. Como los aleyones de la leyenda, voló sobre los mares en borrasca y puso su nido, cuando pudo apaciguar las olas tormentosas, de su carácter aventurero y osado”, apreciaba Antonio Iraizoz. “La vida de Guillermo deja muchas interrogantes a las que quizás nunca se encuentre respuesta”, piensa el amigo Joseph. Una conclusión que suscribo.

Los misterios en torno a su nombre no han muerto. Guillermo o William, como quiera que sea, el primero y más ignorado de los Sanguily, tomó un rumbo diametralmente opuesto al de sus célebres hermanos independentistas. A la luz de hoy, está claro, fue su remake accidental de Robinson Crusoe lo que le otorgó fama indiscutible; pero vale recordarlo como todo cubano que ha dejado huellas en las arenas distantes de la emigración. No fue menos proverbial que Julio y Manuel; sencillamente fue, digámoslo así, un “héroe” distinto.












