|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
La noticia sobre la nominación de la escritora cubana María Elena Llana al Premio Cervantes es, en sentido general, estimulante para la literatura cubana, cuya crítica siempre suele mostrarse dividida, como debe ser (o más de lo que debe ser), y cuya infraestructura anda tambaleante como la caldera de la Guiteras.
Por esta carestía, probablemente, no pueda respaldar editorialmente con nuevas y bellas ediciones una nominación hecha, por cierto, desde México, país que parece haber tomado muy en serio la idea de empujar los emblemas de la isla, ya que la isla misma anda parapléjica desde hace tanto.
En cuanto a la nominación, leí que se debe a la doctora Alejandra Giovanna Amatto Cuña, quien, por lo que se lee en la web del Colegio de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde Amatto es profesora titular, tiene una amplia obra en busca de lo fantástico en la literatura, aspecto por el que se ha destacado la escritora cubana, que ya ganó el Premio Nacional de Literatura tres años atrás.
Sin más afán que el de recurrir a ciertos fragmentos de algunas conversaciones; sobre todo, una que tuvimos María Elena Llana y yo hace ya unos buenos 19 años, quiero recordar otros aspectos de la obra narrativa de esta mujer, nacida en Cienfuegos en 1936.
Además de su magnífico manejo de lo fantástico, la interpretación que Llana hace del mundo aflora con los fertilizantes de las artes plásticas y el periodismo, siempre matizado con la sátira y el humor. Al periodismo llegó muy joven: en la época de Carlos Franqui fue redactora del periódico Revolución, “una maquinaria que molía toda la noche, en medio de las tensiones del cierre y de una competencia feroz”, me dijo cuando conversamos en 2007 en su casa del Vedado.
Entonces yo buscaba información sobre el magazine Lunes de Revolución; trataba de reconstruir aquella época y Llana me comentó cómo, por entonces, se iniciaba como periodista y había llegado a ser “la única mujer del diario en la sesión de la noche, la más dura tratándose de un matutino”.
“Era también la más joven del staff y ya me habían situado en el grupo de los “imprescindibles”, esa falacia que tanto ilusiona. Pero no me había convencido a mí misma de mi capacidad de hacer literatura, aunque ya tenía cosas escritas”, dijo: “Cuando presenté un cuentecito en el semanario humorístico del diario, El Pitirre, fue muy bien acogido e incluso me mereció la felicitación del gran maestro Caín (Cabrera Infante) y otras que agradezco, entre ellas la del plástico Muñoz Bach, quien, sin que fuéramos amigos, vino a decirme que era lo mejor de aquel número”.
“De hecho, fue el primer material no periodístico, digamos literario, que apareció con mi firma. Por cierto, que mis escritos mentaban la soga en casa del ahorcado, pues uno de ellos trataba sobre una muchacha diletante, abrumada por las angustias existenciales y los muchos maridos, y otro eran las memorias de un joven homosexual incomprendido”.
“Después seguí colaborando con frecuencia y eso me abrió el camino para ser llamada a participar en la fundación de Palante, a cuyo primer director, el venezolano Bracho Montiel, también le agradezco palabras de esas que, cuando estás a punto de tirar la toalla, te vienen a la mente y te devuelven los bríos”.
Fue precisamente el humor lo que hizo que María Elena Llana dejara de trabajar en el periódico, pues una broma publicada sobre un tema entonces demasiado solemne le costó el puesto y su traslado a La Tarde, de donde pasó a Prensa Latina, que entonces congregaba a muchos escritores del continente.
En 1965, María Elena Llana publicó su primer libro, titulado La reja, nombre que debe a uno de sus relatos. Se trata de un pequeño cuaderno compuesto por quince muy cortas historias en las que ya se avizoraba su potencial para lograr escenas inquietantes, siempre matizadas por el humor, como sucedía con el relato “Nosotras”.
Es uno de los puntos de su estilo, y en ello insistía en la autopresentación para la solapa de aquel libro publicado por Serie del Dragón de Ediciones R. Escribe allí que prefería los cuentos como la astronomía, las ciencias sociales, los viajes por el mar y las panetelas borrachas. Cito: “Debido a eso estudié periodismo, profesión que ejerzo con el mismo entusiasmo con que Valentina sube al Vostok, pero eso sí, con menos resonancia”.
Dieciocho años después, uno de sus libros más celebrados llegó a las estanterías: Casas del Vedado. Había sido escrito en los años setenta, en el Quinquenio Gris, y confesó no haber tenido esperanzas de que interesara debido al contexto.
Sin embargo, la hizo merecedora del Premio de la Crítica en 1984, por la potencia y novedad de su voz, por el tema que trataba y cómo lo trata: el mundo real mezclándose con el fantasmagórico, la heroica resistencia de un pasado ante los desmanes del presente, donde la vertiginosidad y el espíritu entusiasta de una época iban devorando a lo que se le ponía delante, dando paso a los fantasmas y las ruinas humanas.
Una nota al pie, aunque no llega a serlo: la literatura cubana cuenta con tres escritores con el Premio Cervantes: Alejo Carpentier, que fue el segundo en obtener semejante galardón; Dulce María Loynaz, que lo ganó en 1992, y Guillermo Cabrera Infante, que lo obtuvo en 1997. Bajo las órdenes de Caín, por cierto, trabajó María Elena Llana en el periódico Revolución.
No tengo claro cuántos escritores cubanos han sido nominados a este premio, para el que han sonado nombres como los de Fina García Marruz y Leonardo Padura. Por cantidad de autores, la literatura cubana, bien haya sido escrita en la isla o en el exilio, ocupa un cuarto puesto en la lista del Cervantes. Solo se le adelantan España, que tiene 26 premios; México, con siete; y Argentina, que suma cuatro.












