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Ana es abogada, promotora cultural, editora, bibliotecaria y… narradora de ficción, aunque no en ese orden. Vive en Quebec, el lado francófono de Canadá. Según sus propias palabras, su obra “publicada en francés y en español, explora la identidad y la vida cotidiana a través del cuento y la novela.” Es fundadora, además, de Cristálida, casa editorial que tiene en su haber 100 títulos de autores mayormente cubanos; una aventura tan excitante como arriesgada.
Para cerrar esta presentación de líneas apretadas, agregaremos un dato no menor: nació en la barriada habanera de Santos Suárez en 1971.
Aquí les va nuestro intercambio.
Estudiaste Derecho en la Universidad de La Habana. ¿Ejerciste la abogacía? ¿Crees que te dotó de herramientas para tu ocupación profesional actual?
Estudié derecho y ejercí. Primero como fiscal municipal y después como fiscal provincial. Después trabajé como asesora legal del Consejo Nacional de Artes Plásticas. Y mi último empleo en Cuba fue en el departamento de creación literaria del Centro Dulce María Loynaz.

¿Crees que esa carrera te dotó de herramientas para tu ocupación profesional actual?
Definitivamente. Estudiar derecho da una capacidad de análisis útil para ejercer cualquier profesión, incluso para conducirse en la propia vida.
¿Por qué escogiste esa carrera?
Porque amo las letras, leer, escribir, y mi padre decía que, si lo que me gustaba era eso, lo mejor que podía estudiar era derecho. Porque, si no, con la literatura me iba a morir de hambre o terminar como profesora.

¿Desde cuándo escribes con conciencia de estar haciendo literatura? ¿Cuándo te asumiste como escritora?
Me hace gracia esta pregunta porque la verdad es que no me asumo como escritora, ni siquiera en estos momentos. No tengo ninguna conciencia de estar haciendo literatura. Escribo porque lo necesito, no sé, quizás para expresarme y conocerme. Me sigue pareciendo raro cuando veo mi nombre asociado a la palabra “escritora”.
¿Cómo definir tus motivaciones creativas?
Lo que más me motiva es entender la naturaleza humana, y escribir me ayuda a eso. Encontrar el porqué de los comportamientos, sean cuales sean; si además se trata de mujeres, me interesa muchísimo.
¿Escritores de los que crees haber recibido influencias?
Desde joven me encantaba leer a Balzac y Maupassant, luego Hemingway, Saramago, Benedetti. Supongo que me han influenciado.
Pasaste por el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en 2002. Veinticuatro años después, ¿cómo valoras esa experiencia?
El centro Onelio Jorge Cardoso fue una de las experiencias más bonitas y enriquecedoras que he tenido respecto a la literatura. No solo por lo que aprendimos, sino por la gente que encontré allí. Conocer a Eduardo Heras, a Sasha, a Ivon Galeano, Amir Valle, Ángel Santiesteban, fue de lo mejor que me sucedió. Me parece mentira que algunos de ellos ya no estén con nosotros.

¿Cómo llegas a Canadá?
Viajo a Canadá por un programa de inmigración independiente, al que llego con una categoría de trabajadora en las ramas de derecho. Es decir, que podía trabajar como técnico jurídico.
¿Cómo fueron los primeros tiempos de emigrada?
Difíciles, pero igual fueron años que disfruté muchísimo. Era un mundo nuevo para explorar. Es un país que ofrece muchísimas posibilidades. Y yo decidí integrarme en él. Me pregunté qué podía estudiar aquí que me diera un buen empleo rápido. Agarré administración, imagínate. Nada más lejos de mis preferencias. Pero la verdad es que eso me permitió encontrar trabajo como directora en muy poco tiempo, primero de un museo y luego de círculos infantiles. Más tarde fue que decidí hacer la maestría para convertirme en bibliotecaria.

¿Te ha costado trabajo insertarte en la vida cultural de Quebec?
Ahora es que me estoy incorporando. Siempre he llevado dos vidas: una profesional, en francés, y otra de placer y literatura en español. Desde hace muy poco tiempo he decidido unir las dos. Creo que eso ha pasado por el hecho de, precisamente, empezar a creerme que soy escritora. Propongo actividades como mediadora cultural, participo en salones del libro de aquí y esas cosas.
¿Qué es Cristálida? ¿Toma el nombre de la canción de Spinetta o del molusco de tierra?
El nombre de Cristálida para la editorial fue una idea de Roberto Manzano. Cristálida aparece en el poema “El pasajero” de su libro El hombre cotidiano. Cristálida es un sitio en el que el tiempo, la naturaleza, el deseo, todo, pueden convivir en un estado ideal, de utopía. Cristálida es un lugar al que cada uno puede llegar, sin prisas, cuando esté listo.
¿Cómo fichan a los autores? ¿Publican libros físicos o solo electrónicos?
Funcionamos solamente por invitación. No aceptamos manuscritos no solicitados. Los libros los publicamos en los dos formatos, impresos en papel y de modo electrónico.
¿Cuáles son las mayores dificultades que enfrentas en la comercialización de los libros que produces como editora?
La comercialización de los libros es algo muy complicado. Los nuestros buscan, más que nada, ser una tarjeta de presentación de los escritores ante el mundo, darles una voz. Nunca nos ha preocupado si se venden o no; si nos preocupara, ya no estaríamos aquí. Nos mueve la convicción de saber que esos libros merecen ser leídos y la esperanza de llegar al lector ideal, aunque sea uno solo, escucharle decir a alguien algún día: “Ese libro, publicado por Cristálida, me cambió la vida”.
Cita diez de los títulos más importantes del catálogo de Cristálida.
Ay, qué difícil. 10 libros. Pues hay que empezar por los de Manzano: Synergos, El hombre cotidiano, La flecha y el infinito. La obra de Manzano es el pilar de la editorial. Los poemarios de Reyna Esperanza Cruz: Sentada sobre el miedo de correr y En plena oscilación de la balanza. El libro de Ronel González: Central Patria, que lo hemos publicado por aquí y lanzado al mundo antes de que él lo tuviera por allá por el premio Guillén. Canciones eslavas, de José Luis Lozada, me gustan mucho. También me ha dado gran placer publicar Contar los golpes, de Raúl Aguiar, que ha sido su primer libro de poesía y en el que retrata muy bien a nuestra generación.
Para Cristálida, como tal, yo diría que El árbol y la escarcha, antología de diez escritores cubano-canadienses, que hemos preparado Norge Céspedes y yo, ha sido uno de los libros más importantes. También, Cuentos para Bárbara, de Reyna Esperanza; es el primer libro bilingüe que publicamos para niños. Son títulos que marcan un antes y un después en la editorial.

Mujeres rotas, una de tus obras como autora, ¿es una colección de relatos?
Pudieran considerarse relatos, viñetas, incluso reflexiones. Las historias suceden en cualquier lugar y en cualquier tiempo, y creo que eso es lo mejor: que donde quiera que haya un ser humano pueda conectar con esas historias.

¿Cómo presentarías este volumen a un grupo de jóvenes lectores?
A los jóvenes lectores les diría, sobre todo: cuidado, cuidado con lo que piensas; puede llevarte a lugares desagradables.

Tus libros Adela y el poder y Crónicas domésticas (ambos de 2022) tienen sendas ediciones en francés. ¿Son tuyas las traducciones?
Sí, yo misma los traduje. Después se los di a revisar a una persona nativa de Quebec que trabaja en una editorial aquí. Mi imaginario sigue estando en español. Pero sí me sucede que a veces empiezo a escribir y las palabras, las frases, me salen en francés, y después los idiomas están mezclados.
¿Escribes también ficción en esa lengua?
Tengo en mente una novela y un cuento que sí empecé a escribir en francés. Creo que ahora, luego de casi 20 años de este lado, estoy en ese proceso de escribir en los dos idiomas.
Has ejercido como bibliotecaria en Canadá. ¿Es una profesión a la que te gustaría regresar?
De hecho, sigo trabajando como bibliotecaria, ahora en una ciudad que se llama Magog. Es una profesión que me encanta porque sé que puede influir en la vida de mucha gente. En Canadá y, sobre todo, en Quebec, las bibliotecas tienen gran importancia.

¿A tu juicio, cuáles son las cualidades que deben distinguir a un buen bibliotecario?
Un buen bibliotecario tiene que velar, ante todo, por ofrecer a los lectores una colección variada y actual. Propiciar que la biblioteca sea un lugar donde crear su propio pensamiento.
En estos momentos, con las redes sociales, casi te dan las “verdades” masticadas. No hay nada como regresar a los libros, buscar tú mismo las respuestas y encontrar tu verdad. Yo sé que hay libros malos, pero le tengo mucha más confianza a un libro de una biblioteca que a un video de YouTube.



¿Tienes algún vínculo afectivo con La Habana?
Por supuesto, muchos. Allí están Manzano, Reyna, Yanelys Encinosa, amigos. La verdad es que quedan pocos. Sufro mucho por lo que está pasando en estos momentos allá. Recuerdo que, cuando mi madre vivía y yo llegaba a La Habana, le decía que para mí era como si amaneciera. Así de fuerte es mi relación con mi ciudad natal.

¿Quisieras compartir con nuestros lectores dos narraciones breves?
Por supuesto. Aquí van.
Tío Lachi
Cuando lo escuchaba llegar, salía corriendo hacia la puerta: “¡Tío Lachi, tío Lachi!”. Él, sonriendo, me cargaba. Me encantaba estar en sus brazos. Era muy alto y con él podía recorrer todas las lámparas de la casa; las tocaba una a una, empezábamos por la sala, el comedor, la cocina, los baños, los cuartos, hasta una muy arriba que había en el patio. Podía hacer todo lo que quisiera: halarle el pelo, tirar del bigote… A cambio, lo dejaba jugar con mi lengua; yo solo tenía que sacarla bien. No era algo que me gustara, pero él lo disfrutaba mucho.
Tío Lachi se quedaba con nosotras varias noches por semana. Mi madre se veía feliz. A veces, sin embargo, se ponía muy seria, como si le molestara que mi tío jugara conmigo a su manera.
Era dueño de una panadería y, en cada visita, nos sorprendía con panes distintos. Me gustaba ver tantas formas, mundos enteros de harina y aceite. Siempre me traía uno blandito y espolvoreado con azúcar porque sabía que era mi preferido.
Tenerlo cerca me hacía olvidar que no conocía a mi padre, ni falta que me hacía.
Mi madre era costurera, y cuando salía a entregar los encargos, siempre me dejaba al cuidado de mi tío. Esos momentos eran una fiesta para mí.
Yo sacaba mi jueguito de café y preparaba la mesa. Colocaba los platicos y tazas con mucho esmero. Mi tío les echaba café y en los platicos servía algún dulce.
Otras veces jugábamos a la costurera y el cliente. Yo acomodaba mi máquina de coser y él traía ropa del armario. Se la probaba y fingía que tenía algún defecto. Disimuladamente estiraba los pantalones hacia los lados hasta que los bajos quedaban a la altura de los tobillos, y entonces caminaba graciosamente, exclamando: “¡Mira qué cortico me queda!”. Nos reíamos tanto que hasta nos faltaba el aire.
De vez en cuando, si mi madre demoraba porque tenía que tomarles medidas a las clientas y escoger los patrones, tío Lachi me bañaba. Lo hacía con tal cuidado que parecía tener miedo de romperme.
Echaba agua caliente o fría, según el caso, hasta que yo le decía: “Así está bien”. Sus manos temblaban mientras enjabonaba la toallita con que me restregaba muy suavemente.
Cuando mi madre me bañaba, tiraba de mi brazo o me movía de un lado a otro. Tío Lachi, al contrario, imploraba juguetón: “A ver, su majestad, levante los brazos”, o: “Ahora, su majestad, póngase de espaldas”.
Recuerdo, sin embargo, que había días en que, al enjuagarme, su cara se ponía seria, sus movimientos se volvían rígidos y se echaba a llorar a la hora de secarme. Nunca había visto a alguien llorar tan desconsoladamente: enterraba la cabeza en la toalla y me repetía: “Lo siento, lo siento mucho”. Me asustaba verlo así. Siempre pensaba que era yo quien lo ponía en tal estado y le pedía perdón. Esto empeoraba las cosas. El llanto de tío Lachi se intensificaba y terminaba queriendo que lo dejara solo en el baño. Yo salía asustada, sintiéndome la niña más horrible del mundo. Me quedaba callada, sin moverme, acurrucada en la cama, hasta que él venía a buscarme.
Fui creciendo y empecé a notar que nuestra relación no era normal. Ya no me bañaba; ahora todo sucedía de forma mucho más sutil. Algunas noches me despertaba al sentirlo en mi cama. Él me hacía: “Shhh, shhh”, para que no hiciera ningún ruido, y me decía al oído que solo verificaba mi temperatura corporal, no fuera a ser que tuviera fiebre.
—Sabes que no estoy enferma —le decía con firmeza, esperando que abandonara, pero en vez de eso me suplicaba al oído:
—Déjame, por favor, solo déjame.
Yo me volvía de trapo y lo dejaba hacer. Cuando me viraba bocabajo y sentía sus dedos entre mis nalgas, pensaba en el pan de azúcar y otros momentos agradables que había pasado junto a él cuando era pequeña, y con esa imagen lograba contener mis lágrimas.
Un día, mientras mi madre preparaba un chocolate caliente en la cocina, decidí preguntarle si lo creía capaz de hacernos daño.
—Por supuesto que no —respondió, y me miró como si la estuviera insultando—. A tu tío le debemos todo lo que tenemos. Nunca tendremos suficiente para recompensarlo.
No sé cómo había pensado que mi madre podría entenderme. Una vez más, me sentía culpable de todo lo que nos sucedía. Pero ya no quería volver a sentir esas manos dentro de mi pijama ni esa lengua en mi cuello.
Tenía que resolver la situación, y si mi tío era la única persona que me había brindado amor, solo él podía ayudarme. Confiaba en él.
Una noche, lo esperé despierta. Me hice la dormida y dejé que se acercara. Se acostó junto a mí. Sentí su respiración entrecortada y su mano deslizándose dentro de mi pantalón.
—¿Por qué, tío Lachi? ¿Por qué?
Sacó su mano de mi pijama, como si lo hubiera cogido la corriente. Se quedó mirando al techo unos segundos y me respondió:
—No lo sé. Nunca lo he sabido.
Pronunció esas palabras muy lentamente, como si le costara articular cada una de ellas. Luego se giró hacia mí, tomó mi mano entre las suyas y me preguntó, con los ojos más tristes que jamás he visto:
—¿Te hago daño?
Yo solo asentí con la cabeza y no pude evitar echarme a llorar. Llorábamos juntos y nos sujetábamos las manos. Él repetía como una letanía:
—Perdóname, por favor, prométeme que me vas a perdonar y nunca más volveré.
Salió del cuarto y yo seguí llorando. Sentí ganas de ir a buscarlo; oí la puerta de la casa cerrarse. Me asomé por la ventana. Lo vi alejarse, cabizbajo, con las manos en los bolsillos.
Esa misma noche se cayó por un barranco. Algunos vecinos dijeron que se había suicidado. Pudo haberse caído o lanzado; da igual. Los dos cumplimos nuestra promesa. Yo lo perdoné y él nunca más me incomodó.
Escúchame bien
Ser emigrante no es fácil, te lo digo yo que llevo cuarenta años aquí. Los primeros días son fabulosos, todo es limpio y nuevo, comes bien, pero muy pronto, más pronto de loesperas, preguntasuntas: “¿Y ahora qué? Una vez que tienes la barriga llena, ¿cómo llenas los otros espacios? ¿Quién puede reemplazar la presencia de tu madre, o de tus amigos? Ya has logrado un empleo, pero cada día te haces más preguntas, duras todas. Y entonces te dices que algún día vas a volver, en cuanto puedas, cuando acumules dinero, cuando tus padres se pongan viejos. Pero el tiempo sigue pasando, y no regresas, ¿para qué?, ya te has acostumbrado al confort, a la paga y, de todas formas, ya los amigos no están, ya los padres murieron. Entonces escoges quedarte, renuncias al regreso que ya no tiene sentido, te armas una vida chiquita y sencilla, y continúas tratando de acumular dinero para escapar al menos del invierno, de los días grises y oscuros, pasar unos meses, dejar atrás el frío de los huesos y del alma. Pero el tiempo pasa y ya no tienes salud para viajar y entonces decides quedarte, es tu elección, claro está, ya ni de visita quieres ir: ¿para qué, si los médicos a que tienes derecho están de este lado? Y entonces te quedas, sola, con los recuerdos de allá, de cuando eras joven, de cuando eras feliz y no lo sabías.












