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Hace casi veinte años crucé la puerta de un estudio de Radio Progreso, “La Onda de la Alegría”, en La Habana. Fui a presenciar la grabación de una radionovela, un género en el que Cuba fue pionera en América Latina y que, desde que El derecho de nacer, de Félix B. Caignet, paralizó la isla a fines de los años cuarenta, aún se cuela en muchas casas cubanas.
Esperaba ver lo obvio: actrices y actores alrededor de un micrófono de pie, con un libreto en la mano, proyectando su voz en medio del estudio. Y así fue. Pero no me esperaba en aquel universo encontrar a un señor de barba y pelo largo, mago del sonido ambiente. Y como todo buen mago, trabajaba sin que el público lo viera.
Estaba en una esquina y se movía entre un amontonamiento de objetos que parecían rescatados de un basurero: cajones, láminas de metal, cáscaras de coco, papeles arrugados, la puerta de un almendrón, otra pequeña de madera con cerrojos y llaves que no conducía a ningún lado. Ninguno de esos trastos tenía sentido por sí mismo. Pero cada vez que el director levantaba la mano, aquel hombre tomaba uno y la escena cobraba cuerpo: una botella que se abría, un carruaje que se alejaba o la lluvia que empezaba a caer sobre una historia de amor imposible.



Luego supe su nombre: Orlando Hernández Rivero, efectista, imitador y ambientador de Radio Progreso. En la emisora todos lo conocían como Landy.
Para entender lo que hacía Landy, hay que volver a una época en la que no existían los bancos de sonidos digitales. En la edad de oro de la radio, el efectista era quien construía el decorado, el paisaje y la acción de cada escena. Sin él, las radionovelas habrían sido apenas lecturas dramatizadas.
El truco estaba en la astucia y en los objetos más comunes que usaba. Unos pasos se lograban caminando sobre cajones llenos de gravilla, hojas secas o tablas de madera, según el suelo que pisara el personaje. Un caballo al galope nacía de dos cáscaras de coco golpeadas contra una mesa o una almohadilla de cuero. El fuego era papel celofán arrugado cerca del micrófono, o ramitas que se partían. La lluvia, granos de arroz o legumbres secas cayendo sobre una superficie de metal. El trueno, una gran lámina flexible sacudida con fuerza: la llamada “plancha de truenos”.

Y estaba la puerta. Muchos efectistas tenían un marco en miniatura, con cerraduras, cerrojos y bisagras que chirriaban a voluntad. Por supuesto, Landy tenía la suya.


Con ingenio solo no alcanza. El efectista trabaja en el mismo estudio que los actores y el director, y tiene que seguir el guion al milímetro. Si un personaje grita “¡Cuidado con ese disparo!”, el sonido debe llegar en el instante justo, ni un segundo antes ni uno después, coordinado con el elenco y el operador técnico.
Landy domina ese juego como pocos. A su trabajo de efectista suma el de ambientador e imitador de voces, y con eso completa lo que hacen actores y directores. En Radio Progreso ha dado vida a programas dramáticos, históricos y de comedia. Con los años se volvió también maestro: muchos realizadores de sonido de las nuevas generaciones aprendieron con él el arte de la simulación acústica.
Hace poco, mirando un reportaje de televisión sobre la vigencia de las radionovelas en Cuba, lo reconocí al instante. Apareció apenas en un par de planos. Tenía ahora la barba y el pelo blancos; ya era un viejito. Pero estaba en su rincón, rodeado de objetos, produciendo los sonidos a mano, con el mismo ingenio de aquella tarde de hace casi veinte años.

Su oficio, el del efectista de estudio, quedó casi en desuso. Los archivos digitales y los sistemas computarizados que maneja el operador técnico lo reemplazaron en gran medida. Un clic sustituye al coco, al celofán y a la plancha de truenos. Es más rápido y más barato. Lo que no tiene es la pequeña imperfección del sonido hecho ahí mismo, al ritmo de los actores.
Lo sorprendente es que la radionovela cubana también resiste, como Landy.
Las condiciones de producción son difíciles. La crisis económica aprieta, y la energética trae apagones que dejan a oscuras barrios enteros. Muchos cubanos, además, ya pueden ver Netflix o YouTube. Aun así, el relato dramatizado, con casi ochenta años de trayectoria en la isla, conserva su lugar entre los que aún escuchan la radio.
Pienso en aquella esquina del estudio. Desde entonces cambiaron los equipos, el país y la manera de escuchar radio. Me alegra que Landy siga en su rincón, haciendo magia entre sus trastos.




















