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Lionel Andrés Messi Cuccittini acaba de cumplir 39 años y, desafiando las leyes de la biología y del deporte de alto rendimiento, inició su sexta participación en una Copa del Mundo como si el tiempo hubiera decidido hacer una excepción con él. El rosarino ya convirtió cinco goles en apenas dos partidos y un nuevo récord: máximo goleador de la historia de los Mundiales. A esta altura, incluso quienes nunca fueron devotos de su fútbol se ven obligados a detenerse, mirar, ponerse de pie y aplaudir.
La leyenda de Messi ya es un hecho. Pero antes de alcanzar ese Olimpo donde es el pueblo —y no los dioses— quien corona a sus ídolos, el camino estuvo lejos de ser lineal. Mientras la gloria parecía una consecuencia natural en el Barcelona, con la selección argentina se le escapaba una y otra vez. Las finales perdidas, las críticas feroces y hasta su renuncia transitoria al seleccionado parecían poner en duda un legado que hoy resulta indiscutible. Sin embargo, volvió. Dicen que fue el amor por la camiseta celeste y blanca el que lo convenció de retomar el camino. Regresó para conquistar lo único que le faltaba: la Copa del Mundo.

Años antes, quien mejor intuyó ese desenlace fue Diego Armando Maradona, el D10S de barro con quien todavía insisten en compararlo. En pleno vendaval de cuestionamientos, el mismo hombre que le entregó la cinta de capitán en el Mundial de Sudáfrica 2010 le dijo: “Pibe, mirá hacia adelante y no bajes los brazos. Vos vas a ser el mejor de todos los tiempos”.

Durante años se le exigió todo. Ganar un Mundial, representar una idea de país, hablar más, enojarse más, demostrar más. Y, como suele ocurrir con los grandes ídolos populares, las demandas terminaron desbordando el fútbol. Hubo quienes le reclamaron posicionamientos políticos, quienes lo juzgaron por una sonrisa o una fotografía con Donald Trump y quienes pretendieron encontrar en él un modelo moral o ideológico. Pero Messi nunca eligió ocupar ese lugar. Su universo está detrás de una pelota. Allí construyó su lenguaje, desplegó su sensibilidad y decidió responderle al mundo. Exigirle que encarne todas las virtudes fuera de la cancha es pedirle algo distinto de aquello que lo convirtió en un fenómeno irrepetible.

Y no se trata de separar al artista de la obra, un debate tan frecuente en estos tiempos. Se trata, justamente, de disfrutar la obra por lo que es. Eso no implica renunciar a una mirada crítica sobre determinadas actitudes o decisiones, como tampoco dejamos de cuestionar a Maradona por conductas aborrecibles, entre ellas muchas de sus expresiones y comportamientos machistas. Los ídolos no son santos; son, en todo caso, dioses de barro.

Messi pertenece a otro plano. Su legado está en la manera en que interpreta el juego, en la emoción que despierta y en la belleza que produce cada vez que la pelota pasa por sus pies. Allí reside su dimensión extraordinaria. Allí, y no en otra parte, construyó una obra que ya forma parte del patrimonio emocional de millones.
Su vigencia conmueve porque el fútbol suele ser implacable con el paso del tiempo. Las piernas pierden velocidad, el cuerpo reclama pausas y el calendario no perdona. Messi, en cambio, parece haber encontrado otra manera de permanecer. Corre menos, pero piensa antes. Aparece donde el partido apenas deja una rendija. Ya no necesita dominar a partir de la aceleración; le basta con leer el juego una fracción de segundo antes que todos.

A los 39 años, su fútbol tiene algo de despedida y de celebración al mismo tiempo. Cada gambeta, cada pase filtrado y cada definición parecen cargados de una conciencia nueva: la de estar asistiendo a los últimos capítulos de una carrera irrepetible. Por eso cada partido adquiere una intensidad distinta, porque somos testigos de una época que todavía se resiste a terminar.
El fútbol, la más importante de las cosas menos importantes, ya absolvió a Messi de las demandas ajenas. Ya no importa si esta vez volverá a levantar la Copa del Mundo. Si lo consigue —y ojalá suceda—, no hará más que agigantar una leyenda que hace tiempo dejó de depender de un resultado. Ahora solo queda disfrutarlo mientras todavía sea posible. Porque algunas leyendas se cuentan cuando terminan. La de Messi, por fortuna, todavía se escribe delante de nuestros ojos.





















