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Me fui unos días de vacaciones con mi familia a Río de Janeiro. Veníamos tan desconectados que, cuando organizamos el viaje, no advertimos que nuestra estadía coincidiría con el inicio del Mundial de fútbol y, además, con el debut de Brasil frente a Marruecos. Pero, en realidad, tampoco hacía falta planificar nada: desde que uno pone un pie en tierras brasileñas resulta imposible no contagiarse de “fuchibol”, como llaman aquí, con esa musicalidad del portugués, al fútbol.

Tampoco se necesita estar en medio de una Copa del Mundo para cruzarse con camisetas de clubes y de la selección en cada esquina. La ciudad de Río vive “futbolizada”. En las playas, en el metro, en los bares abiertos de par en par, entre los vendedores ambulantes o en ese empleado que sale de trabajar todavía con la credencial del banco colgada al cuello y la casaca verdeamarela asomando por debajo de la camisa blanca. Las camisetas funcionan como una segunda piel.
Predominan las de los cuatro grandes del fútbol carioca: Flamengo, Fluminense, Vasco da Gama y Botafogo. Sin embargo, cuando juega la selección, la lógica cambia. La verdeamarela se impone sobre cualquier otro color.

Río parece una ciudad que jamás se detiene del todo. El trasiego carioca es constante. Y, en medio de ese movimiento inagotable, los dorsales en las camisetas de fútbol funcionan casi como un archivo afectivo. Basta caminar unas pocas cuadras para entender quiénes siguen siendo los verdaderos dueños de la memoria popular.
Curiosamente, salvo Neymar, casi no aparecen nombres demasiado actuales en las casacas. Los ídolos recientes todavía no alcanzan la eternidad. El que se repite una y otra vez es Pelé. Después aparecen fantasmas gloriosos de la generación pentacampeona: Romario, Ronaldo, Ronaldinho, Kaká.



Y entonces llega el día del partido.
Horas antes del comienzo, algo empieza a transformarse en la ciudad. Los bares disponen televisores y pantallas mirando hacia la calle. Las mesas se llenan temprano. La cerveza corre fría mientras los “mozos” [como se les dice a los camareros] avanzan a los codazos entre camisetas amarillas. Desde Copacabana hasta Ipanema y Leblon, Río adquiere una tensión extraña, una ansiedad compartida que no necesita explicación. Incluso las playas, siempre rebosantes de gente hasta la puesta del sol, comienzan a vaciarse mucho antes de lo habitual.
La arena queda casi desierta, como si el mar también entendiera que, cuando juega Brasil, toda la ciudad se repliega.

Y es ahí donde uno entiende que, para vivir un Mundial, no hace falta estar dentro de un estadio ni viajar a la sede del magno evento. Basta una esquina cualquiera de Río de Janeiro. Un bar abierto hacia la calle que trasmita el partido y un grupo de desconocidos y apasionados para que todo adquiera la dimensión de un acontecimiento colectivo.
Después, cuando la pelota finalmente empieza a rodar, sucede algo difícil de imaginar en una ciudad habitualmente atravesada por el ruido, el tránsito y el movimiento perpetuo: el vacío.
Las avenidas quedan desiertas. Las veredas se vacían. Los autos desaparecen como si alguien hubiese apretado un botón secreto capaz de pausar la ciudad más intensa de Sudamérica. Apenas sobreviven algunos repartidores en moto y el eco lejano de un relator que se escapa desde los televisores encendidos de los bares.


Todo el mundo parece haberse refugiado alrededor de una pantalla.

En un bar de Ipanema donde terminamos viendo el partido, el clima se parecía más al de una ceremonia colectiva que al de un simple evento deportivo. Cada ataque de Brasil levantaba a la gente de las sillas. Cada pelota perdida provocaba insultos y gestos de desesperación. Había familias enteras, turistas europeos atónitos, jubilados cariocas, adolescentes abrazados a una cerveza y vendedores ambulantes que se detenían apenas unos segundos para mirar una jugada antes de seguir caminando.




En Río el fútbol no funciona solamente como entretenimiento. Es otra cosa. Un idioma común. Un territorio compartido. Una especie de pacto emocional que, durante noventa minutos, suspende las diferencias sociales y reorganiza la vida alrededor de una pelota.
La pasión futbolera es algo muy serio en esta parte del mundo. Tanto, que una ciudad acostumbrada al vértigo puede detenerse por completo detrás de una camiseta verde y amarilla.






















