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En medio del feroz presente, la fisonomía de Cuba muta con una velocidad tan abrupta que a veces cuesta reconocerla. Pero vayamos a algo específico, casi doméstico: el sonido de las calles.
Si algo mínimamente positivo pudiera endilgársele a la devastadora crisis económica que vive la isla, es que buena parte de las calles cubanas ha dejado de ser ruidosa. La falta crónica de combustible sacó de circulación a una buena parte de aquellos almendrones remendados que durante décadas escupieron humo negro y rugieron con motores de más de medio siglo de explotación, sostenidos a fuerza de piezas improvisadas y del ingenio mecánico del cubano.
Tampoco abundan ya las motocicletas soviéticas que durante años fueron parte inseparable del paisaje sonoro de la isla. Las “Verjovinas” y sus hermanas Karpaty, fabricadas en los años setenta, llegaron a Cuba en tiempos en que la isla era hija obediente del campo socialista del Este. Eran máquinas rudimentarias, asmáticas, entrañables. Sonaban más de lo que avanzaban. A dos cuadras podía advertirse su presencia por el estruendo metálico y el humo azulado que dejaban detrás.
Hoy ese ruido parece pertenecer a otra época.

El silencio reina en muchas calles cubanas porque, a fuerza de necesidad, un parque automotor eléctrico comenzó a dominar el asfalto. La transformación ocurrió casi sin transición: primero aparecieron tímidamente las bicicletas eléctricas; después, las motorinas; más tarde, triciclos y cuatriciclos chinos comenzaron a multiplicarse por toda la isla. Hoy no resulta extraño cruzarse con autos eléctricos de aspecto futurista avanzando por avenidas donde todavía sobreviven edificios de los años cincuenta sostenidos con apuntalamientos.
Los vehículos eléctricos están revolucionando la movilidad cubana, aunque sería ingenuo leer ese cambio únicamente como un signo de modernización. En Cuba, casi nada responde a una lógica lineal de progreso. El auge eléctrico nace, sobre todo, de la desesperación. Ante el colapso del transporte público, la escasez de combustible y los precios prohibitivos de la gasolina, miles de cubanos encontraron en las baterías una forma posible de movimiento.
El cubano, curtido por décadas de crisis, volvió a hacer lo que mejor sabe: adaptarse, resolver, inventar.



Durante años, quien lograba comprarse una motorina eléctrica ascendía discretamente en la escala social cotidiana. No se trataba de lujo, sino de supervivencia. Poder moverse sin depender de una guagua o de colas eternas para conseguir combustible equivalía a recuperar horas de vida. Muchos las adquirieron gracias a remesas familiares; otros vendiendo pertenencias, endeudándose o improvisando pequeños negocios.
El resultado es una postal inédita: calles más silenciosas, menos contaminadas, atravesadas por un zumbido eléctrico tenue que reemplazó el viejo rugido de los motores soviéticos y norteamericanos reciclados de manera surrealista.



Pero incluso ese silencio deja al descubierto que no se trata de una planificación ecológica ni de una política pública sustentable. La “revolución” automotriz cubana es producto del agotamiento material de un país donde cada transformación parece precedida por una pérdida.
Cuba cambia de piel obligada por la escasez. Cambia el sonido, cambia la velocidad, cambia la manera de habitar las calles. Pero debajo de esa nueva superficie eléctrica persiste, intacta, la vieja sensación de precariedad, resistencia e incertidumbre.



















