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Pocas personas entienden mejor que Claudia Acevedo el reto que supone editar, hoy, un libro en Cuba. La joven es, desde hace varios años, la directora editorial de Aurelia Ediciones, un sello fundado hace 30 años por el artista visual Carlos Torres Cairo, enfocado en la literatura cubana, con un equipo de trabajo en la isla, pero cuya sede jurídica se encuentra entre Panamá y España.
Acevedo integra la exitosa apuesta de Cairo desde hace 15 años y lleva poco más de tres lustros arando en el sector literario en Cuba. Aquella joven nacida en La Lisa en 1988, cuyos padres procuraban facilitarle el acceso a literatura infantil, recuerda sus primeras lecturas, entre las que estaba Corazón, de Edmundo de Amicis. Luego accedería a un universo literario plural, durante sus años de estudio de Filología en la Universidad de La Habana y recuerda cómo su cerebro se fue modificando con cada lectura, al punto de que, entre placer y trabajo, ya le resulta difícil leer a rienda suelta, sin andar pendiente de alguna errata.
Esa actitud distingue a una profesional que ve su profesión más allá del acto de corregir un texto y convierte cada proyecto en un acontecimiento singular, gestionado con un enfoque estratégico de punta a cabo del proceso editorial.
No es de extrañar que un escritor de calibre como Leonardo Padura mantenga su confianza en un sello como Aurelia Ediciones, para publicar las novelas más recientes del escritor cubano vivo con mayor proyección internacional.
O quizás por ello sea posible encontrar entre el catálogo de la editorial los últimos relatos escritos por Daniel Chavarría. Entre el universo afrocubano de la Colección Iroko o la confluencia fotografía-literatura, entre Carlos Torres Cairo y Leonardo Padura, en La Habana nuestra de cada día, también hay mucho de la meticulosidad con la que Claudia Acevedo lleva tantos años trabajando en Aurelia.
También está presente la constancia en sus más recientes proyectos, desde Palio: Pasión, Arte y Tradición, donde consolidó La Errata, una apuesta personal por la combinación de servicios editoriales y de comunicación, o el programa de talleres “Un libro es un show” para ayudar a jóvenes escritores a auto publicarse, o todo lo que resta por lograr con un espacio cultural como “Ven-tú”, que tiene muchas posibilidades para enlazar proyectos creativos vinculados a las artes visuales y la literatura.
En medio de circunstancias apremiantes, también para lo que conocemos como “industria del libro cubano”, profesionales como Acevedo apuestan por un enfoque 360 de trabajo que permita el acceso a la lectura más allá del libro físico, para generar espacios, experiencias, oportunidades de discusión e intercambio. En definitiva, para dotar —o devolverle— a la lectura el carácter de acontecimiento social.

Palio y la edición como un ejercicio curatorial
Para Claudia el proyecto Palio: Pasión, Arte y Tradición tiene como denominador común la amistad. Pero es, además, un catalizador esencial para que ella pueda unir sus dos líneas de trabajo, que actualmente se funden en una misma práctica: la edición de textos y la comunicación. Hojear las páginas del catálogo perteneciente a esta exposición se siente como el descubrimiento de una tradición.
Lo que en principio sería una exposición fotográfica, un mano a mano entres los artistas Carlos Torres Cairo y Marco Delogu, se convirtió en un proyecto de comunicación más ambicioso, que sobrevive al marco temporal de una exhibición puntual y perdura en el tiempo, gracias al libro editado por Claudia Acevedo, quien además asumió la curaduría de la muestra.
Palio nos traslada, como un ejercicio documental y poético, a una de las celebraciones más arraigadas en el acervo popular italiano: el Palio de Siena, una festividad alrededor de una competición de carácter histórico medieval, en forma de carreras de caballos, que ocurre dos veces al año (el 2 de julio y el 16 de agosto) en la Piazza del Campo de la ciudad toscana de Siena.
Carlos Torres Cairo, fundador de Aurelia Ediciones, vivió varios años en Italia y allí trabajó como fotorreportero para algunos periódicos. Así se acercó al Palio desde la fotografía, aventura de la que tenía acumulado un montón de negativos de esas imágenes. Coincidentemente, Marco Delogu había hecho retratos hacía 20 años allí. Ambos creadores fueron conectados con el pretexto de una de las estimulantes Semanas de la Cultura de Italia en La Habana.
Al calor de ese trabajo mancomunado, recuerda Claudia Acevedo, “decidimos mezclar dos miradas de diferentes fotógrafos que, sin saberlo, en una misma época, estaban fotografiando el Palio desde miradas distintas, por razones diferentes. Entonces llegamos a este proyecto, en principio como una exposición, como casi siempre ocurre con las artes visuales. Felizmente, sobre todo para mí, pudimos lograr que se incluyera un catálogo, que casi siempre es de lo que se suele prescindir, sobre todo por presupuesto, por tiempo, por logística, en un proyecto curatorial. Así llegamos a tener una exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes y, recientemente, presentamos el libro”, cuenta.

Carlos T. Cairo, en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Claudia sabía bien de qué trataba el proyecto. Había estado en unas tres ocasiones participando de la festividad sienesa, en una ciudad detenida en una celebración popular, donde “las familias detienen su cotidianidad para priorizar la tradición” y cada barrio tiene su propia identidad, reflejada en los colores, las banderas, los escudos de cada uno: son 17, representados en la carrera de caballos. Por ello, la editora se embarcó en una experiencia de gestión total de este proyecto creativo. “Fue la primera vez que curaba una exposición”, asegura.
“Con la exposición quisimos ofrecer una reinterpretación de lo que ocurre”, precisa su curadora, para quien la edición tiene algunos puntos en común con el trabajo curatorial. “Cuando editas un libro estás haciendo un ejercicio de curaduría. Es un concepto que defiendo. En el proceso de trabajo que tenemos nosotros como equipo, en Aurelia Ediciones, en La Errata, defendemos ese proceso de curaduría, donde participan profesionales de distintos ámbitos”.
Frente a la necesidad de interdisciplinariedad que esta editora cubana aduce para su profesión, identifica una carencia, casi existencial, en el ejercicio de la edición en Cuba. “Se entiende edición solo por corrección de textos. Cuando hablas de edición o de editor, automáticamente te imaginas a una persona con un bolígrafo buscando errores ortográficos, hablando solo de lo que es la gramática, errores tipográficos. Y ya”.
“Cuando terminas ese texto —continúa—, lo entregas a un diseñador o maquetador; esa persona ya tiene el formato, las tipografías. Pero no tiene por qué ser así. Hay un proceso en que el editor puede intervenir mucho más y eso te obliga a aprender de otras etapas en la confección del libro. Como trabajamos con ese concepto curatorial siempre he pensado que, de alguna manera, podía extrapolarlo a una exposición. Ese fue el impulso intelectual que me permitió decir que curar una exposición era algo que podía enfrentar. Además, conocía muy bien las fotografías de Carlos: estaban todas las condiciones para que me atreviera y lo vi como una oportunidad para demostrarme a mí misma si esa idea que tenía hace tiempo era real o no. Sucedió exactamente como pensaba”.
Y el camino de Palio está lejos de llegar a su fin, pues con el catálogo ya publicado y la experiencia de la exposición en La Habana, sus protagonistas pretende llevar ambos testimonios creativos hasta la localidad de Siena. Pero más allá del viaje que está suponiendo Palio para Claudia y de la consumación de otro reto profesional para esta editora con más de 15 años de experiencia en el sector del libro en Cuba, este proyecto supone la consolidación de su apuesta comunicativa y de gestión curatorial, La Errata, que debe su nombre a “[…] la obsesión que tenemos los editores de encontrar erratas, que a veces son casi imperceptibles, como un doble espacio entre dos palabras. Encontrar eso en el libro ya impreso te puede deprimir y uno siempre encuentra. Creo que no hay libros sin errata”, comenta.
La idea de La Errata rondaba la cabeza de Acevedo desde 2018; pensaba en un servicio de gestión para abordar proyectos editoriales, de comunicación o artísticos. Con Palio se le presentó la oportunidad de ejecutar ese concepto que tenían como emprendimiento.
En dicho empeño, Claudia Acevedo se hace acompañar de profesionales con los que viene trabajando desde hace años, como el diseñador Yasser Fonseca y el editor y poeta Rolando Ávalos.

Perpetuar lo que existió, o el arte de la edición
No disimula su alegría mientras sostiene entre sus manos el catálogo de la exposición Palio: Pasión, Arte y Tradición. En definitiva, lo que sostiene es un reto profesional cumplido, otro en una carrera de más de 15 años de la que puede presumir. En un alto en el camino, la editora conversa con OnCuba sobre su trayectoria profesional en el sector del libro en la isla, aún con el retrogusto de hojear el catálogo de su más reciente proyecto.
Para Claudia, este tipo de materiales ofrecen la posibilidad de “perpetuar algo que existió, aunque tenga una curaduría diferente porque no se puede trasladar exactamente lo que está en la sala de un museo. A veces, sin catálogo, se podría decir que no existió exposición. La muestra es efímera; quizá el museo o galería se quedan con una o dos obras, pero como exposición, con esa curaduría que has hecho, se pierde, desaparece y es bueno que exista algo que lo recuerde: un tríptico, un catálogo, aunque sea digital. Lo ideal es que sea impreso, pero hay alternativas digitales. Fíjate cuánto ha cambiado el comportamiento de internet y el libro se mantiene”, señala.

¿Te conformas con lo digital en ese sentido?
Yo no leía mucho en formato digital y debo reconocer que —por influjo de Leonardo Padura— comencé a usar el Kindle. Es un soporte que permite almacenar un montón de libros; cuando viajas lo llevas a cuestas para poder leer: una cuestión de comodidad. Empezó como un ejercicio práctico de poder llevar la lectura conmigo, fuera de mis espacios habituales. Así llegué a esa otra forma de leer y es algo funcional. Pero el libro impreso no ha dejado de ser mi formato favorito. También es cierto que no siempre puedes acceder a ellos, viviendo en Cuba y si quieres leer, con cierta actualización, todo lo que están publicando las editoriales en el mundo. Es una forma de leer con un poco más de inmediatez.
¿Por qué la edición como profesión? ¿Cómo aparece ese interés por la concepción de un libro?
Heredé el hábito de lectura de mis padres y especialmente de mi hermana. Siempre tuve cerca una biblioteca donde había libros y, sobre todo, desde la primaria tenía mucho interés por las palabras, por saber de dónde venían; de ahí todo el interés filológico.
Con el tiempo descubrí que también la comunicación me suscita intereses y eso me conduce al libro como forma de comunicar, de crear un producto. Siento que la combinación de esas dos disciplinas hace que hoy mire el mundo editorial de esa manera, como un ejercicio curatorial.
¿Recuerdas el primer libro que editaste?
Sí. Y reconozco que no fue con ese concepto curatorial que defiendo ahora. Fue la corrección de textos de un libro que se llama El mundo de los Orishas, publicado hace 15 años. De ahí salió la Colección Iroko sobre cultura afrocubana, asesorada por el insustituible Tato Quiñones, perteneciente al catálogo de Aurelia.
En medio de la edición de ese catálogo me atreví a escribir un libro que se llama Orishas, el cuarto libro de la colección. Iroko reúne 14 títulos, cuatro de ellos traducidos al inglés. Teníamos una premisa, que no fuese una colección pensada únicamente para practicantes; eso fue un reto editorial. Pienso que es una de las colecciones más completas dentro del catálogo de Aurelia.

¿Cómo confluyen tu camino y el de Aurelia Ediciones?
Yo era estudiante universitaria y me enviaron a realizar unas prácticas laborales a la Feria del Libro de La Habana. Nos pedían desarrollar diferentes funciones, no necesariamente vinculadas a nuestro perfil académico: desde servir de guardabolsos, hasta trabajar directamente con los expositores para “asesorarlos”.
A algunos nos tocaba ir a los stands de expositores extranjeros, revisar si todos sus volúmenes tenían el ISBN —código internacional para libros—, en qué moneda vendían, apoyar para trasladar los materiales, etc. En ese momento las ferias contaban con muchos más expositores que ahora y a mí me tocó el stand de la embajada de La India. Cuando llego, estaba vacío el espacio; me acerco a la persona que nos atendía y me ubica en otro sitio, donde no querían apoyo, pero igual me iban a mandar.
Llegué a un stand repleto de gente, con un cartel encima donde se podía leer “Aurelia”. Así es como empiezo a trabajar con ellos. Estuve vendiendo libros en su stand en las dos ferias siguientes, hasta que comenzamos colaboraciones más directas relacionadas con trabajo editorial. De esa forma llego a El mundo de los Orishas y empieza todo un recorrido de trabajo muy puntual sobre la base de los catálogos que ya existían, de fotografía, de la épica revolucionaria, con las obras de Korda, Corrales, Salas, Liborio.
Aurelia solo tenía estos libros de fotografía y creo que, quizá impulsados por la propia edición de El mundo de los Orishas y al plantearnos con ello procesos de edición diferentes, empezamos a estrechar relaciones hasta que me convertí en directora editorial. Así empecé a llevar todos los procesos editoriales de Aurelia, desarrollamos planes de publicación, recepción de manuscritos y algo más que no fuese solo imprimir catálogos. Empecé a trabajar con Carlos Torres Cairo, quien fundó la editorial en 1996. Él es fotógrafo, también ingeniero graduado de la CUJAE, impresor, editor; es muchas cosas. Siempre le digo que es como un DaVinci. Juntos fuimos avanzando hasta tener casi 60 títulos publicados, de distintos géneros.
También llegamos a producir la revista A mano, sobre diseño, arte y oficios. Fue en un tiempo donde hubo un boom de revistas en Cuba; había muchas digitales y en algunos casos tenían un reflejo impreso, con 30 o 40 ejemplares. Se hacían presentaciones y eventos. Creo que ese fue un proyecto editorial importante para Aurelia.
Otro punto de inflexión relevante llegó cuando empezamos a trabajar con Leonardo Padura y Daniel Chavarría, en 2016. Fue una coincidencia que no se buscó y nos condujo a mirar hacia la narrativa. Hasta ese momento nos movíamos alrededor de los catálogos de arte, libros de fotografía, revistas, temas de cultura afrocubana, hasta que llegamos con dos autores a la narrativa en 2016.

Surgió de una propuesta para dos coediciones, en colaboración con Ediciones Cubanas (Artex): Un camino de medio siglo: Alejo Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso, en el caso de Padura; Príapos, en el caso de Chavarría.
En ese momento se hacían bastantes alianzas entre editoriales cubanas y extranjeras, con representación en Cuba, y funcionaban muy bien. A partir de ahí valoramos que podíamos seguir editando este tipo de literatura si era posible negociar los derechos de autor. Así logramos hacer ediciones de Aurelia con esos dos autores, como El hombre que amaba a los perros, Como polvo en el viento y Personas decentes, de Leonardo Padura; Desplumable, pero ojo con él y De vario tiempo y lugar, de Daniel Chavarría, sus últimos textos publicados. Hemos seguido trabajando con Padura hasta la fecha.

¿Con qué tipo de literatura te sientes más cómoda a la hora de afrontar un proceso editorial?
Te podría decir que los libros relacionados con las artes visuales, ilustrados o catálogos de arte. Creo que ahí me siento cómoda porque casi siempre son proyectos que continúan, que no se quedan solamente en la curaduría del libro. Suelen estar acompañados de una exposición, o de talleres.
Me siento cómoda también, por supuesto, trabajando las ediciones con Padura: es un autor con el que mantengo especial sintonía.

¿Aurelia desea trabajar con otros autores en el futuro y ampliar su catálogo de alguna manera?
Ahí coinciden, desgraciadamente, la situación de Cuba y el contexto económico que impacta en la vida de la gente y en cualquier emprendimiento, y creo que el mundo editorial es uno de los más sensibles en nuestro país, porque no hay mercado del libro. Creo que falta comprender el libro como un producto con valor, inserto en un mercado y en una industria propia.
Puedes tener proyectos para que una parte de esos libros lleguen a quienes no puedan comprarlos: existen los clubes de lectura, los talleres, los préstamos en las bibliotecas; son opciones para favorecer el acceso a la lectura de otra manera, pero el libro debería entenderse como un producto. Por eso todavía hay libros que se venden a 20 pesos, 100 pesos. Esos no son precios de costo, aunque se trate de un libro impreso aquí en Cuba. Son productos subvencionados y, al estarlo, desaparecen o no siempre salen con buena calidad.
Se necesitan espacios para vender los libros y que haya un excedente donde puedas recuperar los costos. Eso no se resuelve solamente con hacer ediciones digitales, porque tampoco hay cultura del consumo digital.
Aquí se consume digital, pero la situación económica lo atraviesa todo; no es lo mismo que leas en un Kindle a que leas en el móvil, o en un ordenador. Al final los lectores buscaremos cualquier alternativa para leer. Yo he visto grupos de amigos que se reúnen para imprimir un libro digital y luego se lo van pasando.
Pero volvamos al inexistente mercado del libro. Eso hace que, aunque produzcamos pocos ejemplares, prácticamente sean ediciones simbólicas, un ejercicio para que no muera el texto impreso y tener al menos un libro impreso al año. Eso ha afectado que podamos, quizá, recibir más manuscritos o tener proyecciones a largo plazo como editorial.
Desde el año pasado estamos enfocándonos en impulsar la auto publicación, sobre todo, de los más jóvenes, para que encuentren una plataforma para publicarse. Ofrecemos talleres para enseñar cómo auto publicarse y cómo afrontar plataformas como Amazon. Puedes hacerlo desde Cuba o mediante un crowdfunding, imprimiendo incluso diez ejemplares, gracias a la impresión digital. Este proceso formativo lo realizamos a través del Programa de Talleres “Un libro es un show”, creado con Cairo y con Padura.

Tenemos la intención de detectar dónde están todos esos jóvenes que están escribiendo y quizá crear un catálogo, como un ejercicio para visibilizar lo que está ocurriendo en Cuba, porque sí hay jóvenes escribiendo en Cuba, y no solo poesía. Sí hay un periodismo que vale la pena compilar, pero faltan las plataformas y creo que ahí podemos poner un granito de arena desde todas estas estructuras que se mezclan, aunque sean aquellas que tienen participantes en común: Aurelia como sello editorial, La errata como servicios editoriales y de Comunicación y Carlos Torres Cairo como artista e impresor.
Esa es la intención que tenemos a mediano plazo, pero la realidad es que la ausencia de un mercado hace que prácticamente se cierren las puertas para que logremos objetivos mayores.
Aún sin mercado del libro, Aurelia Ediciones ha publicado para los lectores en Cuba las novelas más recientes del escritor cubano vivo más internacional. ¿Cómo ha sido el trabajo con Leonardo Padura?
Comenzamos con Padura en el 2016, publicando El hombre que amaba a los perros, Aquello estaba deseando ocurrir y Como polvo en el viento; varios libros que son ediciones de los títulos que siempre salen primero en España y aquí nosotros hacemos nuestra propia edición, con cambio de cubierta, de formato, cantidad de ejemplares, nuestra propia curaduría. Y vale agradecer a Tusquets Editores por la complicidad en la cesión de derechos de autor. Después, como editora, hay una relación más cercana con el escritor que me ha permitido estar entre las primeras personas que leen y comentan los manuscritos de sus novelas.
Participar en ese proceso de lo que él llama “lectores ideales” ha sido una experiencia nueva para mí. Por ejemplo, Morir en la arena (2025) no coincide exactamente con ninguna de las versiones que leí anteriormente. En ese proceso se aprende mucho, porque permite seguir de cerca la evolución del texto: desde ajustes en la estructura y el ritmo narrativo hasta cambios puntuales en la construcción y matices de los personajes.
Por supuesto, está la experiencia de Ir a La Habana (2024). En ese libro ya tenía una dimensión clara de lo que era trabajar con Padura y participaba en la edición del volumen que salía con Tusquets Editores. Este libro es una reinterpretación que hace Tusquets de uno que ya existía en el catálogo de Aurelia: La Habana nuestra de cada día, publicado en el año 2019.

Fue una idea de Aurelia que surgió a propósito de los 500 años de la ciudad: una compilación de textos periodísticos de Padura y una selección de fotografías de Carlos Torres Cairo. Tusquets nos cedió generosamente los textos para que el libro pudiera publicarse de manera exclusiva en Cuba. A partir de esa colaboración, y gracias a la relación entre los equipos editoriales, tras numerosas conversaciones llegamos a Ir a La Habana. En ese proyecto la experiencia fue distinta, porque ya existía una génesis del libro y me enfrentaba a una obra destinada, enfocada a un mercado editorial consolidado. Fue un aprendizaje enorme.
¿Cómo es editar a Padura?
No es un autor difícil. Es un creador que sabe escuchar y pienso que esa capacidad hace que Padura sea muy buen periodista, incluso creo que es, con todas estas novelas, un cronista excelente. Esa habilidad, esa capacidad, la tiene también para recibir y procesar todo lo que quieras comentar sobre el contenido de sus textos. Con él no solo hemos trabajo en procesos de edición de libros, sino también en el espacio cultural que fundamos durante el tiempo de la pandemia que se llama “Ven-Tú”, donde inventamos charlas sobre libros —no necesariamente sobre los suyos— así como otros eventos.
Cuando siempre hay bronca es en el momento de decidir las portadas (sonríe). Próximamente estaremos publicando nuestra edición conmemorativa por los 15 años de El hombre que amaba a los perros. Decidimos hacer algo relacionado con nuestra tendencia a las artes visuales: está ilustrado por dibujos inéditos de Roberto Fabelo.

Suena a una tentación irresistible para cualquier lector. Con tu experiencia acumulada como editora, en el sector del libro, ¿crees que el público cubano es un público lector?
Sí. Y lo he comprobado. Como hacemos tantos trabajos de talleres, presentaciones, he tenido muchas experiencias que me permiten confirmar que en Cuba se lee, desde una presentación con un grupo de jubilados a los que siempre le donamos los libros, hasta chicos de la universidad que compran un libro entre tres y luego se lo van pasando entre ellos. La gente busca la manera de leer.
De todas maneras, creo que sí hay deudas con la promoción de la lectura. Hay que apropiarse de todos estos lenguajes de redes sociales y plataformas digitales que es donde están los más jóvenes, y también donde está el primer contacto con el mercado del libro. Los editores y promotores tenemos la responsabilidad, y es uno de los retos que quiero solventar desde La errata: encontrar otras maneras de promover la lectura y la edición.
¿Ya has editado el libro de tu carrera, o aún está por llegar?
Cuando editamos La Habana nuestra de cada día (2019), sentí que ese era el libro. Estaba especialmente satisfecha con la calidad del papel —un papel italiano que ya no se fabrica—. Salvo una errata en la página 12 (sonríe), era el resultado que buscábamos: un volumen cuidado, con fotografías de Cairo, fruto de un proceso de curaduría que también dio lugar a una exposición. Creo que fue, además, el primer gran proyecto editorial de Aurelia con Padura. Seguimos profundamente enamorados de ese libro.
Ahora te puedo decir que el libro es Palio. Pero, ojo, un libro no sustituye a otro. Son experiencias distintas, pero referenciales. La satisfacción que me dan ambos proyectos es indescriptible.
Para el lector, por lo general, un libro es una historia. Pero para ti debe ser un equipo de trabajo, ante todo.
Exacto. Es una gestación que puede durar más de nueve meses. Es también la ilusión de que estás regalando algo. Estás creando un producto que, en principio, es un capricho, porque quieres una tipografía, una foto de determinada manera y es un atrevimiento porque lo haces para ti, pero es un regalo para alguien más. Creo que también le pasa a los escritores; de hecho, se pudiera entender al editor como una extensión del autor. El editor reinterpreta el manuscrito y lo devuelve con su criterio y su curaduría.
Llevas 15 años trabajando con Aurelia Ediciones. A la altura del camino recorrido, ¿te sientes realizada?
Sí. Me siento feliz. Aurelia y el trabajo con Cairo son una extensión de mi vida profesional Recientemente, además, lanzamos nuestra web de La errata en una primera fase. Esa es una de las satisfacciones más recientes, junto con el catálogo del Palio.
Además, 2025 fue un año lleno de muchos logros y resúmenes profesionales. Cuando emprendes y tienes preocupaciones —no solamente intelectuales sino domésticas, cotidianas— paralelamente tienes que emprender en otras áreas, no necesariamente en lo que más te guste. Cuando tienes todas esas preocupaciones se necesitan pausas y si es para celebrar resultados, mejor. Si haces una pausa y celebras es una justificación para tomar vino (sonríe).













