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He terminado subrayando casi cada página de mi lectura del domingo: El cuerpo al revés (Editorial Loynaz, Pinar del Río, 185 pp.), novela de Arturo Arango. Y no porque la obra esté repleta de frases y oraciones célebres, de esas que a uno le gustaría recordar para citar en el momento oportuno, sino porque más bien se trata de una constatación.
El relato coincide con los años de mi juventud. Y el personaje protagónico, camuflado bajo otro nombre y otra profesión, también. Arango ha desempolvado recuerdos tanto dolorosos como queridos y ha logrado una trama que, para mí, tiene un inmenso valor antropológico. Es testimonio de cómo fuimos, qué nos exaltaba, dónde colocamos los sueños, cuáles resultaron, a la larga, las frustraciones de nuestra generación, desperdigada por el mundo, envejecida.
Se trata de una novela estupendamente escrita, donde se entremezclan planos temporales y locaciones en un mismo diálogo, llena de modismos de la época y de todo el idealismo que fuimos capaces de asumir. El conocimiento o no de la época y de los personajes reales es, para el lector, asunto secundario. Ya sabemos que la ficción es un mundo en sí, con sus propias leyes, y que el mayor o menor apego a la historia ni quita ni adiciona verdad artística. Nos convencen —como en los tiempos primitivos— los narradores que nos encantan, esos que hacen que la desmesura o los misterios más inextricables o, incluso, las fábulas más sencillas, nos parezcan mágicas por posibles.

Al grano
El cuerpo al revés cuenta la historia de un grupo de estudiantes de arquitectura en los años 70 que convergen en una universidad habanera. Es la época de los Planes de Preparación para el Ingreso (PPI) de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), de las purgas cíclicas por faltas a la moralidad (léase “homosexualismo”), problemas ideológicos (creencias religiosas de cualquier tipo), etc.
Recuerdo, al margen de estas motas, que una acusación severa era “docentismo”: un estudiante que se ponía por delante de todo el estudio y, por ende, se alzaba con las mejores calificaciones, pero no quería ingresar en el equipo de pelota o en el de danza de la escuela… Uno de estos, en la novela, se salvó por un hilo, porque una profesora alzó su voz para sumarla a las de los alumnos que se oponían a la injusticia.
Pero aunque la novela es casi coral, la trama se concentra en Gustavo, Rubén y Sonia. El primero, que en el momento en que se inicia la historia es un alumno de grado superior, dirigente de la FEU, asume al segundo como tutorado. Se empeña en mostrarle la ciudad, lo pone en contacto con la cultura efervescente de esos años, le abre la mirada para que pueda apreciar con justeza la historia del país. En fin, que se convierten en inseparables. Un dato de interés es que Gustavo no es militante de la Juventud porque sus compañeros no encuentran muy definida su sexualidad, aunque no tengan pruebas de sus “desviaciones”. Por su parte, está Rubén, que ha sido advertido por el dúo de crecimiento de que se aleje de Gustavo, pues está poniendo en entredicho su reputación, sin importar por ello que se haya “echado novia” (Sonia). Rubén decide no entrar en la organización política porque no quiere someterse a normas que no entiende; en cierta medida, esboza ideas que podían ser calificadas de anárquicas para su época.
El cuerpo al revés puede ser leída en clave de novela de aprendizaje, pero no sólo. En el relato abundan las discusiones de entonces entre los jóvenes universitarios cubanos, una generación que, aunque se empeñara, no cabía en el molde ideal del hombre nuevo, que exigía su derecho a equivocarse con honestidad y a seguir adelante en la construcción de aquello que aprendía a fundar.
Y no continúo por este trillo porque voy a contarles la trama.
Me gustaría citar uno de los tantos diálogos que extraigo del libro, a manera de motivación:
“Cuando los alcoholes se ponían filosóficos, hablaban sobre la libertad, sobre la diferencia entre el ciudadano y el individuo. Para Rubén, la base de la libertad estaba en la posibilidad de elegir. ‘Si no puedes elegir no eres libre’. (…) Para Gustavo, la concepción de su amigo era una quimera solo alcanzable en otro estadío social. La palabra ‘derechos’ solía ser de las discusiones más enconadas. ‘El ser humano existe porque vive en comunión con sus semejantes, y no hay derechos sin deberes. (…) ‘Ser libre, aquí y ahora, es reconocer, comprender y enfrentar o asumir nuestras necesidades’. (Gustavo).
“(…) ‘Admitir la necesidad, ¿no es resignarse, conformarse, dejar de soñar, de luchar? ¿No es mucho más conservador, incluso reaccionario, ponerse límites? La inconformidad era la base de la rebeldía y, por consiguiente, de las revoluciones. (…) Yo no me considero libre. ¿Tú sí?” (Rubén).
Nuestros años universitarios fueron, también, alegres e incitantes. De eso, además, hay en El cuerpo…, un barrido complejo, apasionado y lúcido, por las tres últimas décadas del siglo XX.
No por patético, no por vejado socialmente, Gustavo deja de ser un personaje entrañable, proactivo y útil, que el lector va a agradecer.
A él, como a todos, nos pudo la época, cualquier cosa que ello represente para cada cual.












