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Marcelo G. Marichal: El sueño de un escritor en una isla proscrita

Con nueve libros concluidos y solo uno publicado, este productor artístico y traductor descubrió a tiempo que escribir sería su segunda naturaleza, una puerta de emergencia para escapar de cualquier encerrona existencial.

por
  • Ángel Marqués Dolz
    Ángel Marqués Dolz
septiembre 15, 2026
en Literatura
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Marcelo Gorajuría Marichal, la palabra como destino. Foto: AMD.

Marcelo Gorajuría Marichal, la palabra como destino. Foto: AMD.

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Mientras una luz hemisférica parte su rostro en dos —como lo haría El Greco—, Marcelo Gorajuría Marichal (La Yuca, 1950) intenta recordar cuándo percibió que la soledad lo estaría esperando en la recta final de su vida.

Desde fines de los 80, olfateó la ola de cambios. En los 90, mientras pudo, surfeó sobre ellos. “Están pasando cosas y te pueden pasar cosas, Marcelo”, recuerda uno de sus diálogos consigo mismo que suelen asaltarlo en medio de un oasis mental. Ya al filo de la segunda década de este siglo comenzó “a presentir que la familia se me iba a desmembrar, aunque no quería creerlo en lo más mínimo”, dice con una mezcla de intuición y resistencia emocional como lo haría cualquier otra víctima circunstancial en un país —joya de imperios— empobrecido y bajo acoso, por décadas demográficamente desangrado y moralmente malherido.

Tan solo en 2025 Cuba pasó un lápiz rojo sobre 245 264 habitantes por migración, según la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI). Dependiendo de quién haga las cuentas, desde 2017 la isla ha perdido entre 16% y 24% de su población. Marcelo es una partícula sintiente de ese drama colectivo.

“Hay cubanos en 82 países”, contabiliza y relata: “Mi hermana encontró en Jordania a un dueño de camellos con turbante y todo que en medio del desierto del Wadi Rum maldecía la madre de los pobres animales y cuando escuchó aquello le preguntó de dónde era en inglés. ¡El hombre era cubano!”

Marcelo termina la anécdota eufórico, pero ahora mira hacia los árboles del parque a través de un mediopunto de madera dura diseñado por su intuición de interiorista y añade melancólico: “Me empecé a quedar solo… Se fueron mis hijos y me dije: Marcelo, para escribir tienes que buscar tranquilidad y la capacidad de indagar sobre los temas que te han interesado o te interesan todavía”.

¿Nunca perdiste la curiosidad?

No. Soy muy, muy curioso y leo de todo. Desde el Corán, la Torá, la Biblia, el Monte, hasta…

Perdona la indiscreción: ¿eres religioso?

Lo era… Te decía que soy un consumidor omnívoro… Hasta recetas de cocina y prensa en italiano. Lo que sea me interesa.

Y para respaldar la voracidad ecuménica de la que afirma, suelta sobre la mesa una muestra de la simultaneidad de sus lecturas de hoy: La biografía del hercúleo Mijaín López; un texto sobre la música en el cine de animación; Y si muero mañana, la novela del malogrado Wichy Nogueras que hizo suspirar a toda una generación en los 80; y la poesía de Enrique Loynaz (pedía a Dios en sus versos “ser algo inmaterial”), entre otros libros. De todos, el más atendido con avidez es Morir en la orilla, de Padura. “Nos retrata”, fulmina. “Y es amargo”. Testa.

Marcelo confiesa que nunca se planteó vivir fuera de la isla. Aquí frente a uno de los mediopuntos que dan al parque Mariana Grajales, en el Vedado. Foto: AMD.

El origen

Marcelo nació en uno de los páramos más olvidados de Cuba: la Ciénaga de Zapata. Es el más extenso humedal del Caribe insular con más de 5 mil metros cuadrados, y dentro de esa geografía masticada entonces por la miseria estaba La Yuca, un extremo donde los endémicos “mosquitos y cocodrilos no llegaban”, dice a modo de chiste ilustrativo.

Cuando una de sus hermanas regresó a la isla desde Miami luego de más de veinte años de ausencia, Marcelo quiso llevarla de vuelta al origen, pero el chofer del taxi donde viajaron hasta Matanzas tuvo que cancelar la visita. Era imposible. No había caminos medianamente transitables. Entonces hubo que resetear las épocas y alquilar un carretón tirado por un caballo para acceder a La Yuca.

Al Marcelo cumplir ocho meses, la familia de carboneros se mudó para Jagüey Grande, una localidad fundada en 1857. Eso hizo la diferencia. A los pies de la carretera, el pueblo resultaba una gran ciudad comparado con La Yuca y hasta exhibía una biblioteca municipal, respaldada por la revista Afanes, y un central azucarero, el Australia, principal motor económico de la zona antes de la expansión citrícola posterior a 1959.

En la biblioteca, Marcelo leyó sus primeros libros y en alguna bocacalle de la comarca debutó en el mundo laboral a los nueve años. Limpiabotas. Tuvo la suerte de que un familiar decorara el cajón con una zorra y un cuervo, porque tal vez tuviera noticias de Esopo o Jean de La Fontaine y sus fábulas.

“Mi hermana iba a la escuela por la mañana y yo iba por la tarde. Nos encontrábamos en el parque para intercambiar el lápiz y la goma. No teníamos para más”, repasa, sin tono lastimero, porque a diferencia del escritor escocés Douglas Stuart, no cree que la pobreza sea una marca candente que sigue doliendo mucho tiempo después de haberla superado.

El futuro emigrado pone los pies en el teatro

Con la Revolución recién triunfada, se convocó a formar un grupo artístico juvenil. Marcelo no titubeó en sumarse: “Te voy a decir que fueron instructores de primer nivel”. El grupo montó su primera obra, La farsa del pastel y la torta, en la tradición de la picaresca inglesa, en la que él interpretó el papel principal del granuja. La experiencia los llevó hasta el Teatro Sauto de Matanzas, donde presentaron la obra con orgullo. Paralelamente, también organizaron un grupo de danza y se lanzaron a bailar en escenarios provinciales.

En la secundaria, Marcelo tuvo suerte de contar con maestros excepcionales. Comparados con los de hoy, entonces casi todos eran excepcionales. Uno de ellos, su profesor de Literatura, lo alentaba con frases que aún recuerda: “Gorajuría, cuando pueda se va de este pueblo”. Fue profético. Sus apellidos —Gorajuría y Marichal—, poco comunes, se convirtieron en parte de su identidad. Desde entonces, soñaba con salir de su entorno y abrirse camino en la cultura.

El grupo artístico recorrió toda la provincia de Matanzas y llegó a participar en un festival en La Habana. Esa experiencia fue decisiva: le confirmó que su destino estaba ligado al arte y la palabra y a grandes expectativas insospechadas entonces. Poco después, también se adentró en el deporte, ampliando su horizonte personal.

El deporte, otra pasión, y un pasaporte para la gran ciudad

¿Cómo empezó tu relación con el deporte?

Formé el equipo de baloncesto de Matanzas para los Juegos Escolares de 1963. Yo era regular, junto a Oscar Varona, que luego integró el equipo nacional que en Múnich 72 conquistó el bronce.

¿Y después del baloncesto?

Me lancé al tenis de mesa. Tenía un rival del pueblo, Chávez; siempre me ganaba… pero seguimos siendo amigos del alma.

¿Qué pensabas cada vez que venías a La Habana?

“El primer chance que yo tenga, me quedo aquí.” No por despreciar el campo, sino porque la ciudad me atrapaba, me seducía tremendamente por sus muchas posibilidades.

¿Cómo fue tu llegada definitiva?

En 1965, con una beca para la Escuela Superior de Educación Física. Recuerdo la guagua Skoda bajando la Loma de los Zapotes, en San Miguel del Padrón… ¡33 minutos y aún seguía la ciudad! Me dije: “Esto es inmenso, aquí me quedo.”

¿Y cómo lograste quedarte?

Fui sincero con el director de Deportes de Matanzas. Le confesé que me había enamorado en La Habana. Él llamó a uno de sus colegas y le dijo: “Este muchacho se queda en la capital.” Ese gesto nunca lo olvidé.

¿Qué vino después?

Estudié idiomas: italiano, checo, francés. Entré en la universidad y avancé hasta tercer año de Lengua Francesa. La Habana me abrió horizontes que nunca imaginé.

Unas antiguas mamparas, de principio del siglo XX, restauradas por el escritor. Foto: AMD.

“Adieu” y “Benvenuto”. Los primeros viajes

Cuando se acercaban los 70, Marcelo decidió dejar la licenciatura en francés. “Quería hacer otras cosas y tener más tiempo libre”, recuerda, entre sus argumentos para el abandono académico. En ese trance, enfrenta su primer naufragio. Una crisis matrimonial que lo llevó al divorcio y a pernoctar en la calle, “literalmente”. La terminal de ómnibus y un portal frente al Ministerio de Relaciones Exteriores fueron algunas de sus “alcobas”, en tanto los baños del Habana Libre y otros de familias solidarias, sus oportunidades higiénicas.

Y de buenas a primeras, la suerte dijo presente. Obtuvo un empleo de traductor en Euromotor, una empresa ubicada en la avenida Galiano donde Alfa Romeo, una de las marcas más emblemáticas de la industria automotriz italiana, abrió una oficina (los carros para la caravana de seguridad presidencial no tardarían en llegar), y una amiga lo conectó con el casero de una vivienda en El Vedado para alquilar una habitación.

Estamos en 1970, el país se volcaba a una zafra descomunal y fallida a la postre y Marcelo conoció lo que era un sobrevuelo atlántico. Cuando despertó, estaba en el aeropuerto de Barajas, en el Madrid de un Franco frágil con tromboflebitis; el proceso de Burgos contra los etarras; los televisores Phillips en color en las vidrieras; las minifaldas y el te quiero, te quiero de Nino Bravo en cada esquina.

Luego vendrían más viajes, sobre todo a la Feria de Turismo de Madrid, y con ello el adiós a Alfa Romeo. En la última de sus estancias en la capital española, alguien influyente lo invitó a quedarse con un empleo en la industria turística, ya entonces una de las más pujantes de Europa. “Y yo dije que no, que ni loco”.

Un tipo conflictivo

Ser experto en italiano y manejar el francés con solvencia le entregó una llave de oro para acceder al sector turístico, entonces muy balbuceante y filtrado para personas confiables e integradas al sistema. “Trabajaba con turistas españoles, franceses, alemanes y soviéticos. Venían en pequeños grupos, nunca individualmente, y conversaba mucho con ellos, leía las revistas que traían y ese intercambio cotidiano excitó mis ganas de conocer el mundo, aunque siempre con la certeza de no querer vivir fuera de Cuba, cosa que mantengo pese a todo.”

Codearse fluidamente con cientos de turistas le trajo una recomendación para ascenderlo de guía a especialista, pero Marcelo es lo que se dice un bocón. No se calla ante los errores y los despropósitos, una actitud que al parecer admiraba Jorge Debasa Rodríguez, fundador del M-26-7 y luego al frente de Cubatur en 1980, “un hombre con una preparación increíble y una luz enorme”, según Marcelo.

Pero en los pasillos de la agencia era otra la percepción. Muchos le colgaron la etiqueta de “tipo conflictivo que decía cosas muy fuertes”, y bloquearon su ascenso, creando un clima de sospecha y desconfianza en la Cuba post-Mariel, de modo que parapetarse en el axioma martiano de “la palabra no es para encubrir la verdad, sino para decirla” le ocasionó a Marcelo un tropel de problemas que terminó por forzar su salida del turismo.

Un buen amigo, Manolo Rico, lo rescató del limbo y le ofreció empleo en una compañía asociada con italianos llamada Manotour. “Hicimos cosas inéditas, como el primer restaurante privado que hubo en Cuba” luego de las estatizaciones del 68: La casa del cazador, en el Palacio de las Convenciones.

Amaury

Marcelo recuerda cómo, a través de una amistad en el mundo del turismo, conoció al compositor, cantante y escritor Amaury Pérez. “Un día me dice una de mis colegas: ‘¿Sabes con quién estoy noviando?’… ‘Con Amaury Pérez’”. Con el tiempo, esa relación lo llevó a convertirse en representante del cantautor: “Me enseñó mucho… lo que es una luz en escena, lo que es un sonido, lo que es un escenario, el trato con el público”.

El productor, cuya meticulosidad lo obligaba a llevar una hoja de ruta para cada espectáculo que la contraparte debía firmar, aprecia la dimensión artística del autor de “Acuérdate de abril” con elocuencia: “Amaury es un genio musical… un gran conocedor de la música y del arte en general”. Bajo su guía, aprendió la magia del vínculo entre artista y público.

En los años 90, lo acompañó en una maratónica gira por México: “Prácticamente nos metimos dos años y nos presentamos en los mejores lugares de todo el país”. La salida de Cuba se logró gracias a la mediación del Ballet Nacional de Cuba y de Mayda Bustamante, entonces directora de relaciones internacionales de la compañía.

Uno de los recuerdos más intensos fue un concierto extenuante en Mérida: “Amaury no se sentía bien, pero no paró hasta el último número… El público pedía otra canción y él cantó dos más. Ya en el camerino, Amaury insistió en salir a saludar, cuando yo pretendía sacarlo por una puerta lateral. “Al público hay que respetarlo, darle todo aunque no nos sintamos bien”, recuerda sobre las convicciones del artista.

¿Hay testimonio gráfico de ambos en México?

Ninguno. No teníamos cámara, ni interés en la fotografía entonces.

Siempre le apasionó el rodeo, tal vez por su origen campesino. Foto: AMD

Una fotógrafa y el rodeo

“¿Por qué tú no escribes?”, preguntaban sus amigos u oyentes ocasionales luego de escucharle narrar sus historias, personales y no. Pero Marcelo solo tenía como antecedentes unos poemas de adolescencia y primera juventud, “todos horribles”, que en cualquier caso mal defendían sus eventuales dotes para la escritura.

Su primer esfuerzo literario de envergadura llegó de la mano de un gran amor. Ella se dedicaba a la fotografía de arte y ambos comenzaron a frecuentar sesiones de rodeo en las afueras de La Habana porque les gustaba el espectáculo. La experiencia terminó brindando un excelente material gráfico de peripecias, destrezas y peligros de sus protagonistas.

Con su sentido de la oportunidad, Marcelo investigó que el rodeo era un tema tan popular como virgen en los anales cubanos y decidió que era un atendible nicho editorial. “Y empecé a escribir, a escribir, a escribir. Nos metimos años ella y yo en este proyecto”, repasa.

El rodeo en Cuba. La gran fiesta es una obra testimonial e ilustrada con cientos de fotografías que indaga en la historia centenaria de esa práctica campesina en la isla, su evolución como espectáculo hacia las ciudades y pueblos, y la vida de los vaqueros y los entretelones de sus competencias, récords y animales escogidos para tales lides.

Fue laboriosa la reconstrucción del devenir del automóvil en Cuba. Foto: AMD

De La Macorina a la carrera de karting

¿Y ese primer proyecto corrió paralelo a la historia del automóvil en Cuba?

“Sí, otro tema que también padecía de vacío historiográfico en términos librescos. Eso sí, tenía buena prensa”.

Marcelo recuerda que la idea no vino por Alfa Romeo, como algunos suponían, sino por la experiencia en un club de autos llamado La Macorina, a donde fue llevado de la mano del tío de su hijo más pequeño. De allí surgió en 2003 en los jardines del Cabaret Tropicana el club A lo Cubano, hoy el más grande cartel de autos antiguos y clásicos en la isla. “Yo nunca tuve auto antiguo, pero fui fundador del club y me desempeñé en relaciones públicas. Entonces me dije: ‘De esta historia tampoco se habla, voy a recopilarla’.”

¿Qué fuentes consultaste?

“Entre otras fuentes, personas que habían sido pilotos como Jorge Araoz, que fue un gran corredor de Mercedes-Benz. También entrevisté a otros pilotos, busqué en bibliotecas y en la calle”.

El trabajo culminó en 2016, cuando Ediciones Cubanas Artex lanzó oficialmente el libro bajo los árboles del parque de Quinta y 2, a la salida del túnel del río Almendares.

Marcelo se sorprendió al descubrir que Cuba llegó a tener un parque automovilístico comparable con cualquier país de economía avanzada para la época. “Hacia los años 50 había más de 71 mil automóviles y camiones dando vueltas por todo el país.”

En cifras más precisas, entre 1930 y 1950 se inscribieron 144 147 vehículos de distintas categorías. Para un país de seis millones de habitantes y subdesarrollado, era un parque enorme. La Carretera Central, inaugurada en 1931, con más de 1200 km de extensión, fue clave para esa expansión.

¿Cuál fue el primer auto que llegó a Cuba?

“En 1898, procedía de Francia. La marca era La Parisienne. Tenía dos marchas hacia adelante y una atrás, dos caballos de fuerza y un cilindro. Diseñado para dos plazas, alcanzaba apenas 10 km/h, con faroles de queroseno y mecha”.

El libro detalla la primera carrera oficial en Cuba y la proliferación de competencias interciudades: La Habana-Cienfuegos, Sagua la Grande-La Habana, Pinar del Río-La Habana. También describe instalaciones como el Hipódromo de Oriente y el Autódromo Pepe Conde en Marianao.

La década dorada llegó con el Gran Premio de Cuba en 1958 y 1959. “Arribaron a La Habana representantes de las escuderías de Ferrari, Mercedes-Benz, Porsche, y pilotos de talla mundial como Stirling Moss, Carroll Shelby, Phil Hill, Maurice Trintignant y el playboy dominicano Porfirio Rubirosa, entre otros. Y, por supuesto, la gran estrella del momento, Juan Manuel Fangio, quien finalmente estuvo ausente. Cuba se catapultaba a nivel mundial: no era solo tabaco, ron y azúcar”.

El libro recoge la masacre provocada por un accidente en la carrera internacional de 1958, en el circuito del Malecón habanero. Foto: AMD

Marcelo entrevistó a uno de los protagonistas del secuestro por el Movimiento 26 de Julio del pentacampeón argentino en La Habana. Manuel Uziel fue quien encañonó al Chueco en el hall del Hotel Lincoln y lo condujo al cautiverio. “Me contó cómo fue la cosa y cómo lo llevaron incluso a la casa de sus padres antes de trasladarlo a un sitio seguro.” El episodio, recogido en numerosas crónicas y en el filme Operación Fangio (2000, Alberto Lecchi) con Darío Grandinetti en el papel del astro, marcó la historia del automovilismo cubano e internacional.

El libro también aborda el terrible accidente provocado en esa carrera de 1958 por el piloto cubano Armando García Cifuentes al volante de un Ferrari Testa Rossa n.º 54, que se saldó con seis muertos y una treintena de heridos entre los espectadores. Las versiones difieren: exceso de velocidad en la curva, cansancio por otras carreras, o un desfase en el cambio. “El accidente es el accidente… se ve un brazo, cuerpos, zapatos y gorras en el aire por el impacto” describe Marcelo sosteniendo su libro Historia y pasión del automóvil en Cuba.

Tras la suspensión de carreras en 1960, el automovilismo competitivo regresó tímidamente a la isla en 1997 con un torneo de karting en el Malecón. Participaron figuras como Rupert Regan, Clay Regazzoni; Henry Pescarolo; Philippe Gache, piloto francés con trayectoria en Fórmula Ford, Fórmula 3 y Fórmula 3000; Bruno Giacomelli y Emilio de Villota. “Fueron 30 pilotos que habían corrido en Fórmula 1 en circuitos importantes del mundo. Aquello fue inolvidable”, dice convencido.

Dos momentos en la vida de Marcelo Gorajuría. Aquí con Alicia Alonso durante una de las giras del BNC por México. Foto: AMD

Alicia y Pedro

Disipando ciertas brumas de la memoria, Marcelo recuerda que su vínculo con el Ballet Nacional de Cuba comenzó en sus caminatas juveniles por La Habana en los 60 y 70. “Yo me comí literalmente la ciudad. No había teatro ni cine que no visitara y sobre todo los segundos, que eran muchísimos. Y un día me topé con ese monstruo arquitectónico que es el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, antes Tacón, durante la metrópoli colonial, y después Palacio del Centro Gallego. Ahí empezó todo.”

Desde entonces se integró al grupo Amigos del Ballet, del cual aún conserva el carnet. No faltaba a ninguna presentación ni festival. Su relación se profundizó cuando, como productor vinculado a la compañía mexicana Caribe Cool, organizó giras internacionales para artistas cubanos.

“En 2004 contacté al Ballet Nacional de Cuba. Les organicé diez giras internacionales, ocho de ellas a México y una en España y otra en Brasil. Yo hacía prácticamente todo: tramitar visas, coordinar presentaciones, acompañar a la compañía en cada viaje, chequear la logística de las funciones.”

En esos recorridos, el trato con Alicia Alonso y su esposo Pedro Simón se volvió cotidiano. Marcelo fue anotando frases y anécdotas que luego darían forma a un libro. “Yo lo llamo conversaciones al vuelo. Las memorizaba y las apuntaba.”

Una de esas escenas ocurrió en Mérida, México, cuando se preparaba la presentación del ballet Don Quijote frente a la catedral. El tiempo amenazaba lluvia y Marcelo le comentó a Alicia: “Hay posibilidad de lluvia, pero no se preocupe, ya hablé con San Pedro y me dijo que no va a llover.” Ella respondió con ironía: “¿Y usted cree que San Pedro cumpla su palabra?”

Otra anécdota sucedió en Recife, Brasil. Alicia, ya completamente ciega, terminada la función de la compañía, bajaba en el elevador del teatro junto a Pedro Simón y nuestro entrevistado. “Marcelo, qué silencio hay”, dijo. Él le respondió que aún estaban dentro del elevador. Al salir, ella se detuvo: “Aquí hay más silencio todavía. Siento como un bosque.” Y efectivamente, el automóvil esperaba junto a un camino de tierra rodeado de árboles.

Marcelo también recuerda el gesto generoso de Alicia hacia jóvenes bailarines que hoy triunfan en Europa. “Si no hubiera sido por la mano de Alicia, que les firmó la autorización para salir, no serían lo que son. Fue por ella.”

El vínculo culminó en la escritura del libro Retrato de la maestra y la magia del Ballet de Cuba, con prólogo del crítico y esposo de la diva. Marcelo cuenta la anécdota con humor: “Yo le dije: ‘Este prólogo solo lo pueden escribir cinco personas: Pedro Simón, Pedro Simón, Pedro Simón, Pedro Simón y Pedro Simón’. Se echó a reír y me dijo: ‘Yo te lo hago’.”

La portada del libro muestra una foto tomada por Marcelo en Brasil, donde Alicia saluda al público guiada por un reflector a nivel del piso. “Me habían comentado que cuando bailaba ya casi ciega, se guiaba por luces de referencia. Esa foto me encantó y decidí que sería la portada.”

Incluso los detalles más íntimos quedaron registrados: el color azul, preferido de Alicia, presente en un lazo de flores que Marcelo le regaló en México. “Conservo una flor azul de aquel ramo. Ese era su color favorito.”

Con apenas campo de visión, la prima ballerina assoluta era guiada por cañones de luz de referencia en los escenarios, explica Marcelo. Foto: AMD

Gregorio, el amigo de un cubano sato

Marcelo evoca que iba con frecuencia a Cojímar, llevando turistas y amigos para conocer al legendario patrón del yate Pilar, Gregorio Fuentes, un recio canario que vivió 104 años. “Lo conocía, conversábamos, y un buen día me encontré también con gente vinculada al Museo Hemingway. Participé como observador en los torneos de pesca de la aguja y, pasado algún tiempo de toda esta experiencia, me dije: ‘Aquí hay una historia interesante de Gregorio’.”

Ese interés lo llevó a entrevistar al marino y también a figuras que lo conocieron de cerca, como su amigo, el periodista Fernando Campoamor, y el actor Salvador Wood, su vecino en Cojímar, y a colaborar en un libro junto al escritor Claudio Izquierdo, quien, como director de audiovisuales, había trabajado el tema. “No era solo sobre Gregorio, también hablaba de Hemingway, pero yo había acumulado materiales de entrevistas previas donde él me contó cosas muy específicas. Incluso me abrió su álbum familiar de fotografías.”

Conocer de cerca a Gregorio Fuentes ha sido una de las grandes gratificaciones de su labor investigativa. Foto: AMD

Lo que más le impresionó fue la fidelidad a la amistad. “Gregorio me dijo: ‘Yo era amigo de Hemingway en las buenas, en las malas, en las regulares. Hemingway era mi amigo. Para mí no está muerto, sigue yendo conmigo todos los días al mar. Yo salgo por aquí y me parece que él me espera en el muelle para zarpar’.”

Marcelo recuerda también un gesto íntimo: “Un día, al despedirme, me tomó la mano y me dijo: ‘Tú eres una persona que cree mucho en la amistad, y además eres de buenos sentimientos’.” Esa frase lo marcó profundamente.

En sus entrevistas, Gregorio relataba cómo conoció a Hemingway en los canalizos de Isla Tortuga, donde sus embarcaciones se habían refugiado por un mal tiempo… En ese momento, el estadounidense, que terminó autodefiniéndose como un cubano sato, “le dice a Gregorio que cuando fuese a Cuba lo buscaría, lo que ocurrió en 1938 en los muelles de Casablanca”.

También narraba cómo patrullaban las aguas someras de Cuba para cazar submarinos nazis en el Caribe, y el reencuentro con su amigo tras participar el premio Nobel como corresponsal de guerra en el frente occidental entre 1944 y 1945. Fue una amistad sin rompimientos, leal y sincera, siempre con el mar de fondo, que duró hasta el final, cuando el autor de Adiós a las armas, hipertenso, diabético y paranoico, se marchó de La Habana por presiones del FBI en el verano de 1960.

“Ese día, me contó Gregorio, Hemingway entró en su casa en Cojímar, lo abrazó y le dijo: ‘Nos vemos’. Él respondió: ‘Sí, papa, nos vemos a tu retorno’. Pero ya no se verían más, porque Hemingway se voló la cabeza en su rancho de Idaho el 2 de julio del 61”.

Marcelo también entrevistó a familiares y amigos cercanos del navegante, incluso al nieto Rafael, quien le autorizó el uso de documentos y fotos. “El nieto me abrió el álbum familiar. Yo tengo una carta firmada por él que me autoriza. Eso me permitió reconstruir la vida de Gregorio al lado de Hemingway.”

El libro incluyó hasta detalles simbólicos: la tumba de Gregorio y las tumbas de los perros y gatos de Hemingway, reflejo de un universo íntimo que trascendía la pesca y la literatura.

La producción libresca de Marcelo se ha visto engavetada por las sanciones estadounidenses que indirectamente han cancelado oportunidades editoriales en Europa. Foto: AMD.

La isla proscrita: el punto de equilibrio

Además de los ya citados, El rodeo en Cuba. La gran fiesta; Historia y pasión del automóvil en Cuba (el único publicado hasta el presente); Alicia Alonso, retrato de La Maestra; y Gregorio Fuentes, capitán de Hemingway, Gorajuría Marichal tiene terminados Cuba, isla de sabores; La Colmenita, sueño real de una gira; Sinceramente, Raúl de la Rosa; (en torno al gran director artístico de espectáculos musicales), Alicia Alonso, ¿otra dimensión?; y el poemario Juego para adultos.

¿Por qué de todos ellos solamente tienes publicada la historia del automóvil?

“Porque vivía, vivo y voy a seguir viviendo toda mi vida en Cuba”, responde tajante Marcelo. “Con el primer libro sobre Alicia Alonso todo marchaba bien: gustó mucho y estaba listo para publicarse en una editorial importante. Sin embargo, al llegar el momento de la firma, surgió un obstáculo: como yo vivía en Cuba, no clasificaba para ese grupo editorial grande. No podían publicarme porque residía en la isla.”

Tiempo después, un grupo europeo de fuerte pegada editorial mostró interés. “Querían tomar toda mi obra, mi catálogo completo, y pactar una contratación. Yo estaba feliz, pensaba que por fin mis libros serían publicados.” Pero la respuesta final fue negativa: “Un gran amigo que trabaja para ese conglomerado me dijo: ‘Desgraciadamente, quienes deciden en nuestro grupo no pueden publicarte porque vives en Cuba’.”

Por su parte, las editoriales cubanas sí mostraron disposición, pero enfrentaban problemas materiales: “No hay tinta, no hay papel, no hay presupuesto.” La alternativa fue la tecnología: libros digitales y plataformas online. “Todo está en digital, todo está guardado así.”

¿Pese a ello, seguirás escribiendo?

Sí, es mi punto de equilibrio que me permite seguir viviendo. Ya no quiero trabajar en nada más.

Mantienes la lucidez, que, como decía García Márquez, es como “estar despierto dos veces”.

La mente tiene que seguir activa, alerta, curiosa. Quiero volver a ver a mis hijos y quiero ver nuevamente a otros seres queridos, a mi último amor, a familias, amigos, amigas. Y quiero ver una nueva Cuba, pero que nadie la traiga de fuera. Quiero ver la luz en este país que ilumine los 110 922 kilómetros cuadrados de la isla de Cuba. Sí. Yo lo sueño.

Revisitar el pasado es un ejercicio que va desde lo doloroso a lo iluminado por la fortuna. Foto: AMD.
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