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Detrás de la puerta del Edgar’s Bar, el pandemónium. Ruido de copas, licuadoras, parroquianos que se hablan a gritos, rivalizando con el karaoke, ese ingenio luciferino, dizque divertido, donde unos gozan (los que creen que cantan) y otros se burlan (aquellos a los que no les queda otro remedio que escuchar).
El lugar, sitio emblemático de Mazatlán desde 1949, está a tope, engalanado mucho más allá de su barroca decoración habitual de gallardetes y fotos. Se espera el partido crucial entre las selecciones nacionales de México e Inglaterra.
No es la final de la Copa del Mundo, ni siquiera la semifinal, pero esta noche podía romperse el maleficio del cuarto juego, incapacidad crónica de la escuadra azteca de pasar a cuartos de final, lo que ha ocurrido en siete mundiales anteriores, desde el de Estados Unidos, en 1994.

Un vecino de mesa me alcanza su celular para que mire la pantalla. Varias horas antes del partido, pospuesto por una tormenta eléctrica, los precios de los boletos alcanzaron cifras obscenas en sitios oficiales de reventas, como StubHub: “Las entradas más baratas oscilan entre 52 mil y 55 mil [pesos mexicanos], mientras que los boletos VIP o de mejor zona alcanzan cifras de 300 mil a más de 500 mil, e incluso superan los 2.4 millones en algunas plataformas”. Calculen que un dólar equivale a poco más de 16 pesos mexicanos…
En el ambiente, una frase, mezcla de incertidumbre y esperanza: “¿Y si sí?”, lo que traducido rápido y mal quiere decir “¿y si hoy es el día?”, “¿y si en verdad se puede aspirar a más?”… Es el lema de todo un país que ha aportado al más universal de los deportes figuras como Hugo Sánchez, Rafa Márquez, Jorge Campos, Cuauhtémoc Blanco, Chicharito Hernández y Antonio “La Tota” Carbajal.

Foto: Alex Fleites.
Una dama, raramente afinada, toma el micrófono del karaoke. La acompañan un bajista y un pianista. Arranca con “La gloria eres tú”, de José Antonio Méndez, sigue con “Veinte años”, de María Teresa Vera, y remata con “Cómo fue”, del habanero Ernesto Duarte Brito, bolero que inmortalizara Benny Moré.
Siento un orgullo sano por pertenecer a un pueblo capaz de componer canciones monumentales como estas, y al mismo tiempo me invade la amarga convicción de que lo que es nervio vivo en Colombia y México, la música cubana de décadas pasadas, es para nosotros, cuando menos, folclore archivado.
Al fin comienza el juego. Los cantantes espontáneos se suman al conglomerado. Nadie quiere perderse un pase, un tiro a puerta, un balón bajado con el pecho o escamoteado con arte al rival. Cuando se juega con clase, el fútbol asemeja una coreografía elaborada.

Los primeros minutos son electrizantes. El equipo local ha salido con una agresividad y una decisión que entusiasman a sus parciales. Intentan imponer un ritmo en el campo que puede acabar con las reservas de energías de los anglos, que deben jugar con una humedad relativa alta en un Estadio Azteca colmado (más de 80 mil espectadores, la mayoría parciales del equipo local) y a una altura de 2.240 metros sobre el nivel del mar, que no les favorece.
En el minuto 36 y luego en el 38, lo impensable. Jude Bellingham vulnera la portería de México. Ya a punto del descanso del primer tiempo, Julián Quiñones, el colombiano naturalizado, define un gol, lo que devuelve algo de fe a la afición local.

En el segundo tiempo hay expulsión y penales. Jarell Quansah perpetra una falta sobre Jesús Gallardo, lo que deja a los visitantes con un jugador menos. Harry Kane cobra con éxito penalti, y el marcador se va 3×1. Raúl Jiménez acorta la distancia, también en cobro de penal, y lleva la pizarra a un 3×2 alentador.

Foto: Alex Fleites.
Pero ya no hubo más. Los mexicanos lo intentaron una y otra vez, dejando el alma en el terreno, mientras que los ingleses tapiaron su puerta, hasta el silbatazo final.
Cae sobre el Edgar’s Bar un silencio grueso. Los parroquianos, el 90 % de ellos con más de tres rayas por debajo de la línea de flotación alcohólica, están demudados. Entonces era “¿Y si no?”. ¿Esperarán otros cuatro años para volver a acunar el sueño de avanzar más allá de la adversidad en la mayor competición futbolística del mundo?
Sucede lo de siempre en estos casos. Muchos dicen que no volverán a seguir al Tri en la vida. Pero ellos y yo sabemos que los anhelos de obtener una corona del orbe volverán a potenciarse cuando se acerque la fecha de celebración de la próxima Copa.

México llegó al quinto juego con un desempeño impecable: venció a cuatro equipos sin permitir anotaciones: Sudáfrica (2×0), Corea (1×0), República Checa (3×0) y Ecuador (2×0). Había motivos ciertos para aspirar a más.
Entre el monumento al Ángel de la Independencia y el Paseo de la Reforma, en Ciudad de México, se reunieron anoche 800 mil cuates dispuestos a celebrar hasta el delirio, mientras que al Fan Fest del Zócalo capitalino acudieron 55 mil esperanzados. Todos regresaron a sus casas con una sensación de duelo que solo las semanas y los meses irán disipando.
Mi mesa en el Edgar’s Bar tuve que separarla la tarde anterior, con un depósito de 20 dólares a consumir. Esta noche, camino a disfrutar o sufrir el partido, pasé por uno de los abarrotes de Playa Sur, donde estoy parando, a comprar un jugo. Le pregunto al tendero, con la familiaridad que me confiere ser un cliente habitual: “¿Qué tú crees, carnal? A lo que me responde, convencido: “Seguro que sí”.
Ya de vuelta al apartamento, lo hallo bajando las cortinas metálicas del negocio. Le pregunto: ¿Qué pasó, compadre? Escurre la mirada, avergonzado, y dice: “Pos no se pudo, güey”.

Me apuro a aclarar que güey, guey o wey es un apelativo no siempre ofensivo, como lo entiendo en este caso. Deriva del sustantivo “buey”, y con el uso llegó a la deformación fonética actual.
Deberé madrugar a escribir una nota sobre el juego del domingo 5 de julio. Al amanecer encontraré estas palabras de mi amigo, el escritor yucateco Jorge González Durán, que hago mías: “Hay derrotas que no tienen ese amargo sabor. Gracias por la invicta dignidad. Gracias por el coraje y la virtud.”












