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Rodrigo Abd: el ojo que pregunta

Más allá de su currículo impecable, el fotoperiodista es la mirada con la que sostuvo cada imagen, la humanidad con la que habitó cada historia cuando nadie más miraba.

por
  • Kaloian Santos
    Kaloian Santos
junio 16, 2025
en Mundo
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Rodrigo Abd (Buenos Aires, 1976). Foto: Kaloian.

Rodrigo Abd (Buenos Aires, 1976). Foto: Kaloian.

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Presentar al fotoperiodista argentino Rodrigo Abd (Buenos Aires, 1976) podría resolverse, si uno quisiera ser rápido y eficaz, con un currículum que da vértigo. Comenzó en 1999 en el diario La Razón, pasó por La Nación y, desde 2003, es parte de la agencia internacional Associated Press (AP), con la que ha recorrido mundo y medio cubriendo conflictos armados, crisis humanitarias y luchas sociales en lugares tan diversos como Guatemala, Afganistán, Siria y Ucrania. Su obra ha sido distinguida con premios de peso: World Press Photo, el Maria Moors Cabot de la Universidad de Columbia, el de la Fundación Gabo, y dos veces el Pulitzer.

Pero todo eso —los premios, los viajes, los años de oficio— no alcanza para contar quién es Rodrigo. Porque Abd es ese nieto de inmigrantes sirios que creció en Buenos Aires con olor a café con cardamomo, cenas largas y relatos lejanos que parecían irreales.

Es el mismo el que un día pisó Siria, la tierra de sus ancestros, no como turista ni como pariente perdido, sino como fotoperiodista en medio de una guerra.

También fue quien llegó a Kabul para cubrir la guerra de Afganistán y, entre tanto horror, conoció a los fotógrafos que aún trabajaban con la cámara minutera, una cámara de cajón que permite revelar imágenes en blanco y negro, como en los inicios del oficio hace más de un siglo. 

En los escasos ratos libres que tenía, Rodrigo se sentaba a escucharlos, a observarlos. Así comenzó a hacer retratos con el artefacto y esa antigua técnica. Y ahí anda, por todos lados, con su cámara afgana.

Rodrigo es, además, todo lo que no se ve, lo que no cabe en el marco ni se lista en un currículum; es la mirada con la que sostuvo cada imagen, la humanidad con la que habitó cada historia cuando nadie más miraba.

Un obrero intenta reparar una tubería de agua en la calle. Caracas, Venezuela. Foto: Rodrigo Abd.
Abd posando junto a su fotografía. Foto: Kaloian.

Quienes lo hemos visto trabajar —en la calle, en el fragor, entre gritos, gas lacrimógeno, sudor y urgencia— sabemos que lo suyo no es solo oficio: es presencia, es cuidado del otro, es saber cuándo hacer la foto… y cuándo dejar la oportunidad, por asistir a un colega. 

Así fue el 12 de marzo de 2025, en la violenta represión a una marcha de jubilados en el centro porteño. Mientras llovían balas de goma y gases lacrimógenos —y el fotógrafo Pablo Grillo caía herido por disparo directo de un gendarme—, Abd me encontró entre la confusión y, sin dudar, me tomó del brazo: “¿Estás bien? Vení conmigo. No andes solo”. Se me puso delante, como un escudo humano, abrió camino entre la multitud mientras obturaba su cámara.

Hace unos días nos encontramos de otro modo: sin correr, sin cámaras, sin apuro. Fue en un café porteño, con la calma necesaria para conversar. El motivo era una entrevista, pero en realidad era una excusa para compartir y escuchar al ser humano que está siempre detrás del lente. 

El disparador fue Desvío, una muestra suya en la que una treintena de fotografías cuelgan desde el techo a la altura de la mirada, en una sala gigante del importante centro de arte Arthaus, en Buenos Aires. Una puesta que busca, también, descolocar al espectador.

Sobre la exposoción, la curadora Jazmín Tesone escribe en el catálogo, no desde las respuestas sino desde las preguntas. Y, al hacerlo, traza una radiografía de la mirada de Abd: ¿Por qué fotografiamos? ¿Qué pasa cuando decidimos levantar la cámara y disparar? ¿Las fotos tienen que ayudarnos a reflexionar? ¿El mensaje tiene que ser claro?

Son las preguntas que, a medio siglo de vida y después de 25 años en el oficio, el propio Rodrigo no para de hacerse. Pero no desde la duda paralizante: se lo pregunta desde la conciencia de que el fotoperiodismo —más allá de la urgencia de informar— es una práctica ética, una forma de estar en el mundo, una búsqueda que no se agota.

¿Cómo surgió Desvío?

Me invitaron a exponer y convoqué a Jazmín, la curadora, a pensarla juntos. Ella venía leyendo algunos textos míos, cosas que posteaba, y me dijo: “¿Por qué no hacemos una muestra que parta de esas preguntas?”. 

La idea era abrirnos a lo incierto. No sabíamos si iba a funcionar, pero no nos importaba tanto. Nos interesaba el proceso. También nos entusiasmaba sumar escritura, que la palabra potencie la imagen.

Tormenta de arena en el desierto, Kabul, Afganistán, 2006. Foto: Rodrigo Abd.

E hicieron un catálogo que funciona como complemento de las fotos, en el que cuentas qué hay detrás de cada imagen. 

Sí, fue una idea hermosa de Jazmín. Ella conoce bien el mundo de la impresión, forma parte del colectivo Crisis. Me propuso escribir un texto largo, algo que no cabe en una pared de una galería. Nos la jugamos. Buscamos calidad. Queríamos salir del rectángulo. Que la imagen y el escrito invitaran a imaginar más allá de lo que se ve.

En la muestra hablas de historias que te atravesaron mientras cubrías conflictos en diferentes partes del mundo. ¿Cómo fue ese proceso?

Muchas surgieron de charlas con Jazmín. Yo le contaba anécdotas, le mostraba fotos y ella me decía: “¿Y esto por qué no lo contás?”. Como la historia de los buzos misquitos en Honduras. 

Yo había ido a cubrir el asesinato de un agente de la DEA, y terminé encontrando otra historia: la de los buzos que bajan a buscar langostas, sin protección, que quedan inválidos, mientras esa langosta termina en un plato caro en Miami. Esa historia me atravesó. Eso es parte del trabajo: llegar con una idea, y descubrir que la verdadera historia está en otro lado.

Un buzo mosquito se prepara para capturar langostas. Mosquitos. Homduras, 2018. Foto: Rodrigo Abd.

Mirando Desvío y en general tus fotos notamos que el clic a menudo es el último paso de una fotografía que venía gestándose.

La foto es el resultado de un proceso. Produje casi todos los trabajos que están en la muestra: hablé con la gente, estuve ahí, me quedé en los lugares por horas, y a veces días. La cámara viene después. Primero necesitás saber qué querés contar, con quién, cómo. Tenés que abrir puertas, generar confianza para lograr una foto.

¿Cómo se sostiene la mirada personal dentro de una agencia de prensa internacional?

Tuve suerte. Trabajé más de veinte años en una agencia que me dio bastante libertad. Vivía en Guatemala, después en Perú, y recorría Centroamérica y el Caribe. Había historias que parecían no interesarle a nadie, pero que, bien contadas, con respeto y profundidad, encontraban su lugar.
Mi trabajo, aunque dentro de una estructura grande como es AP, fue bastante solitario. Hacía mi producción, generaba vínculos. Dentro del sistema encontré una puerta, y me metí.

Hay una tensión entre la urgencia de una agencia y el deseo de profundidad. Traté de encontrar márgenes para contar historias pequeñas, pero con intensidad. Y si lo hacés bien, esa historia, por ejemplo, sobre un barrio en Guatemala, puede llegar e interesar en Japón o Sudáfrica. Si contás con honestidad cómo un pibe de 13 años se convierte en asesino, eso puede abrir los ojos en cualquier parte del mundo.

Glendy Maldonado cose un cadaver en un taller mecánico convertido en funeraria, Ciudad de Guatemala, Guatemála, 2009. Foto: Rodrigo Abd.

A propósito de los desafíos que implica documentar un lugar al que muy pocos pueden acceder, me viene a la mente el trabajo que realizaste en la base naval de Guantánamo. ¿Cómo fue la experiencia?

Fue en 2009, en plena época de los campos de detención con presos del Medio Oriente. Me mandaron a cubrir los centros de detención como parte de un recorrido para periodistas. Todo estaba muy pautado: dos días de visita. Pero el vuelo desde EE. UU. salía una vez por semana, y como no puede cruzar el espacio aéreo cubano, el avión daba toda la vuelta. Ya desde ahí, todo era bizarro.

El reportero que iría conmigo no pudo viajar desde Puerto Rico, así que me dijeron: “Quedate vos”. 

Mientras el resto hacía su tour de dos días y se iba, yo me quedé solo en la base.

¿Y qué hiciste en esos días?

Recorrí. Fui al colegio de la base, a una fiesta escolar. Vi una cancha de golf, un McDonald’s. Entré y hablé con la cajera: una cubana que había salido en balsa y el viento la llevó hasta allí. Me contaba su historia desde el otro lado del mostrador, en un McDonald’s que está en Cuba pero no está en Cuba: eso no lo ves si solo seguís el plan oficial. Tenés que caminar, perder el tiempo, estar abierto.

Porque, ¿cómo contás que en el mismo lugar donde hay detenidos incomunicados y torturados, también hay karaoke, cine, cancha de golf? Que hay jamaiquinos y filipinos que hacen funcionar la base, viven dos años en bloques de cemento, festejan sus días nacionales, se emborrachan, lloran. ¿Cómo contás todo eso sin borrar la violencia?

¿Pudiste documentar la parte de los centros de detención y los detenidos?

Con las fotos del centro de detención fue durísimo. Un agente de inteligencia revisaba cada imagen. Te hacían borrar el 70 %. Literal. Firmabas un papel que decía que si publicabas algo no autorizado era delito federal. A veces era por una cámara de seguridad apenas visible. 

Pero algunas fotos pasaron. Una de un cartel que decía “No photograph”. Esa les pareció graciosa, y se publicó.

¿Qué más te marcó?
Ver ese mundo paralelo conviviendo con el horror. El colegio, el McDonald’s, el cementerio de haitianos que murieron intentando escapar, los conciertos para el personal, los tours al alambrado donde te sacás una foto “frente a Cuba”, mientras toca una banda en vivo. Esa superposición brutal.

Lo que más me interesó fue contar eso. No solo lo que denuncia, sino lo que complejiza. Preguntarse quién vive ahí, cómo, quién trabaja, quién sobrevive. Por eso digo que hay que estar abierto a la sorpresa. Esa semana fue perder para ganar. No contar lo que uno quería, pero sí algo más profundo. Si estás atento.

Rodrigo Abd. Foto: Kaloian.

Entre el público que asistió a la inauguración de Desvío había una mezcla de generaciones de fotoperiodistas: muchos jóvenes que recién comienzan y colegas con años de experiencia. ¿Qué sentiste al ver todo ese cariño intergeneracional?

Fue muy fuerte. Viví muchos años fuera de Argentina. Volver fue una decisión personal y familiar, pero emocionalmente compleja. Me preguntaba cómo me iba a sentir, cómo iba a reencontrarme con todo esto. Y ver esa mezcla en la muestra fue muy movilizante. También reafirma algo que siempre sentí: que tenemos que ayudarnos, que somos —de alguna manera— un gremio muy pequeño que necesita compartir, que necesita estar unido. Y estos son justamente espacios para eso: para compartir. Todos los lugares donde podamos encontrarnos, desarrollarnos, crecer juntos, nos van a ayudar a enfrentar esta crisis.

Han pasado 25 años desde que empezaste en el fotoperiodismo. ¿Frustraciones?

Muchas. Perdí cámaras, fotos, llegué tarde, me sentí desconectado, frustrado. Incluso con experiencia, eso pasa. Lo importante es seguir. Con honestidad, aunque te equivoques.

Almuerzo de un grupo de combatientes talibanes. Wardaq, Afganistán, 2003. Foto: Rodrigo Abd.

¿Qué transformaciones notas en el fotoperiodismo desde tus inicios hasta ahora?

La gran diferencia es que, cuando arranqué a fines de los 90, los medios tenían estructuras más robustas. Existían departamentos de fotografía sólidos, más fotógrafos en relación de dependencia, menos precariedad. Hoy, muchos chicos se lanzan como independientes, con una lógica propia, ayudados por las tecnologías: video, redes sociales, dispositivos. Eso abre nuevas posibilidades y ellos están muy metidos con eso, con la imagen, el contenido, el lenguaje. Me encanta ver eso y, sobre todo, compartirlo. Aprender de los que vienen con otra mirada, con otra fuerza.

¿Y cómo vives ese intercambio generacional?

Intento que no haya una relación jerárquica con quienes tenemos más experiencia. Para mí, somos un gremio horizontal donde se comparte, donde hay cosas en común. Más allá de los años, todos estamos habitando un mundo nuevo. Y lo lindo es que ellos sienten que querés incluirlos, que contás lo que viviste, pero también te abrís a aprender de sus herramientas, de su forma de ver.

¿Cómo ves a la nueva camada de fotoperiodistas?

Con mucha ansiedad. Por estar, por publicar, por ser vistos. Y no los culpo. Todo empuja hacia eso. Pero a veces no hay tiempo de equivocarse, de irse al carajo y volver. Todo tiene que ser ya, perfecto, con likes. Y eso puede ser una trampa. Te olvidás de por qué empezaste. Yo les digo: pregunten para qué hacen esto. Y cuídense. Que nadie los convenza de que hay que dejarse la vida para contar la vida de otros.

En este contexto de precariedad del trabajo fotoperiodístico, ¿cómo se sostiene una comunidad?

Con generosidad, con empatía. El conocimiento tiene que fluir. Hay que compartir. Nadie se salva solo. Lo pienso todo el tiempo. En la calle, en plena cobertura, cuando charlás con alguien joven o con un colega mayor. También con respeto hacia los viejos: los que fotografiaron la salida de la dictadura, los que marcaron un camino. Ellos merecen nuestro reconocimiento.

Una figura de cartón del papa Francisco en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 2015. Foto: Rodrigo Abd.

Podría parecer que eres el típico fotoperiodista corresponsal de guerra, pero te alejas constantemente de ese título.

Fue una de las cosas que siempre me preocuparon, y creo que por eso sentí en un momento que dedicarse todo el tiempo a cubrir conflictos no era para mí. 

No quise convertirme nunca en un corresponsal de guerra, aunque podía hacer presión para ir solo a esos lugares. Pero viví de cerca cómo muchos colegas terminaban muy mal de la cabeza: compañeros con estrés postraumático, otros que perdieron piernas, amigos míos, compañeras que fueron asesinadas… Siento que cuanto más te metés en ese mundo del conflicto, más te vas deshumanizando, como forma de protegerte.

Tener ese resguardo me permitió darme oxígeno para ver que la fotografía no era solo la muerte y el conflicto, que han sido gran parte de mi vida profesional. Pero busqué siempre hacer otras cosas. 

Por ejemplo, en Guatemala, me acuerdo ahora del concurso de reinas de la tercera edad: viejitas guatemaltecas desfilando por una pasarela, coquetas, vestidas impecable, en un país donde había un promedio de 17 homicidios diarios. 

Siempre me gustó ver esas realidades paralelas donde siempre hay una historia linda, si se quiere, tierna, dentro de todo eso. Haber podido hacer eso me ayudó a sobrellevarlo también.

¿Qué cambió respecto a tu profesión cuando nació tu hija Victoria, hace 11 años?

Victoria nació en Argentina, pero siendo muy pequeña nos fuimos a Perú, donde yo trabajaba. Cada vez que me tenía que ir, lloraba mucho. No porque entendiera a dónde iba, sino porque simplemente quería estar con su papá. Todavía no tenía dimensión de que yo me iba a una guerra. Para ella, su papá simplemente se iba. Y eso fue muy duro. Fueron años difíciles, en los que también me replanteé muchas cosas.

Tiene que ver con la humanidad del asunto. Me preguntaba hasta qué punto valía la pena estar lejos de una nena que me reclamaba, mientras yo me iba a contar las historias de otros. Y bueno… también había una responsabilidad, porque yo era su papá.

Fue complejo, hasta que Victoria empezó a crecer. Decidimos volver a vivir a la Argentina, cerca de la familia. Mis viejos ya están grandes, también los padres de Lorena, mi compañera. Y además, para que Victoria pudiera comprender mejor su historia, sus raíces, y el trabajo de su padre.

Cuando me tocó ir a Ucrania, ya con Victoria más grande y viviendo acá, sentí que algo había cambiado. Ella tenía otra comprensión del hecho. En el colegio decía: “Mi papá se fue a la guerra”. Ya entendía, al menos un poco más, lo que eso significaba.

Después de tantos años, ¿cómo vives hoy el compromiso?

El fuego sigue. Pero lo cuidás más. No lo malgastás. Antes era todo impulso. Hoy me pregunto: ¿esto suma? ¿esto construye? ¿para quién es esto? Ya no me mueve la adrenalina: me mueve el sentido. No haría ciertas coberturas sin saber bien con quién, para qué, con qué condiciones. 

Y también por los otros, los que fotografiás. Si estás quemado, agotado, frío… ¿qué empatía vas a tener? Si perdés eso, ya no tiene sentido.

 

Pueden verse las fotos de Rodrigo Abd en la Base Naval de Guantánamo en este enlace.

Etiquetas: fotografiaguerraPortada
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Kaloian Santos

Kaloian Santos

Holguín, 1981. Licenciado en Periodismo por la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Desde el año 2000 se dedica a la fotografía y desde 2003 ejerce el fotoperiodismo. Es autor de los ensayos fotográficos Con luz propia (Editora Abril, 2012) y Cuba viva (Ocean Sur, 2016). Colaborador de varios medios de comunicación. Docente. 

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