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Me encanta la IA, a pesar de la incertidumbre que provoca saber que puede llegar a volverse autónoma, como ocurrió hace unos días, cuando un modelo de OpenAI asaltó una plataforma sin haber recibido la orden. La debilidad humana frente al poderío que anuncia su propio artilugio se está dejando ver. Y hay señales de que no estamos preparados para el caos que pueden provocar las inteligencias artificiales sin control. No obstante, a nivel más doméstico, mirando el asunto en pequeña escala, me entusiasman mucho sus promesas.
Por ejemplo, para no ir más lejos, me parece un gran logro que muchas más personas en el mundo, hablantes de todos los idiomas, puedan, interactuando con la IA, resolver el terror que provoca el papel en blanco en el momento de tratar de escribir “algo”, de elaborar mensajes escritos o visuales. Y que seamos capaces de hacerlo expresando ideas correctamente, con buena sintaxis y cierto nivel de complejidad, como celebra el escritor español Juan José Millás.
Que se democratice aún más la lectoescritura es ganancia: Gutenberg al infinito.
Personas que hasta que llegó la IA no se atrevían a dar en público sus opiniones, hoy redactan largas disquisiciones. Gente que no lograba matizar criterios, demostrar tesis, distinguir entre causas y consecuencias, gestionar con solvencia datos y referencias múltiples, ahora se lanza al ruedo y contribuye a las conversaciones, sobre todo las que tenemos en redes sociales. Provocan nuevos debates.
Felicito a los que han aprendido —o están aprendiendo, como yo— a entrenar a la IA y a autoeducarse en el inabarcable proceso de organizar y exponer ideas. Sin embargo, entre tanta algarabía, asoman también los desmadres cada vez más frecuentes, diversos y esparcidos. Y quisiera hacer un par de sencillas sugerencias antes de que todo esto se nos convierta en una gran estafa contra el prójimo.
La primera es que deberíamos aprender a interactuar en modo socrático con la IA: hacerle buenas preguntas sin cesar y no quedarnos con sus píldoras preelaboradas; contradecirla, obligarla a que ofrezca las referencias exactas y demuestre las fuentes de donde saca sus datos y afirmaciones. No tratarla, en ningún caso, como un ser superior, aunque lo parezca. Rechazar esa idea de que ahora sí podemos “hablar” con una especie de dios sabelotodo e inescrutable. Porque no lo es.
Al terminar de escribir nuestras producciones literarias de toda laya a golpe de prompts, y sobre todo antes de publicarlas, deberíamos asegurarnos de que la semilla y al menos el esqueleto del texto construido son nuestros; y que sin dudas nuestras (propias) ideas —si es que tal cosa existe— son las que conducen la exposición y no las de unas máquinas cuya “memoria”, “cultura” e “identidad” se construyen de forma sesgada.
No digo que sea fácil lograrlo, pero es imprescindible intentarlo: criticar a la IA, ser capaces de detectar sus errores —que comete muchísimos—, de virar al derecho y al revés sus proposiciones y de mejorar su lenguaje. Entienda que el “jefe” es usted y no se conforme con cualquier cosa.
Una segunda sugerencia sería que no le dejemos pasar, ni una sola vez más, a ninguna IA, la palabra “incómoda/o”… “Pregunta incómoda, realidad incómoda, verdad incómoda”… El repertorio de las marcas de estilo del lenguaje de la IA que la delatan es amplísimo y hay que aprender a reconocerlo. Pero esta es la que, personalmente y por el momento, más me in-co-mo-da.
Me sorprende que la gente no se dé cuenta de que esas greñas hay que podarlas. Al día leo dos o tres textos donde aparecen. A veces he estado consumiendo con cierto entusiasmo un largo y enjundioso post o un artículo ¡¡firmado!! en un medio de prensa y, de pronto, como el lobo horroroso del cuento, se me aparece la palabreja.
Saturada de in-co-mo-di-dad —llevo meses detectándola—, no puedo evitar poner en duda todo lo leído y al “escribiente”.
Y no se trata de disimular o tratar de negar que un texto ha sido escrito en colaboración o con el auxilio de la IA. Creo, sinceramente, que algunos de los pudores que esto provoca hoy se desvanecerán en el futuro muy próximo.
Dentro de pocos años, quizás meses, esto no constituirá un problema o una vergüenza para nadie. Supongo que ni para los escritores profesionales, de todos los géneros, medios y estilos. La IA será asumida como lo que es, una herramienta. Sin embargo, las facilidades, los horizontes que abre, exigen ser más estrictos y cuidadosos con lo que hacemos con ella, so pena de convertirnos en sus siervos. Acabaríamos disminuidos y despojados hasta el tuétano de lo único que nos distingue: nuestra inteligencia genuina y no su imitación.
Con la IA se multiplican las posibilidades de empobrecer el lenguaje si se usan siempre frases estandarizadas; y las ideas también se desnutren si ese tipo de frases son su soporte. La IA sabe escribir cascarones vacíos que no dicen nada, empaquetados en cuartillas y cuartillas. Y esto no es un problema menor, como diría la propia IA.
Varios medios de prensa o supuestos influencers sobre temas cubanos han hecho su agosto poniendo a las máquinas a escribir sin ningún decoro, repitiendo mentiras o medias verdades, prejuicios, odios y tonterías… En fin.
La culpa no es de la IA. No le tiro piedras a ella, sino a quien la educa y la hace acoplarse a las exigencias baratas de sus clientes/usuarios. Ese periodismo ajado que lleva años moliendo algoritmos —incluso antes de que la IA reinara—, difundiendo piltrafa y conformando un público que ya solo traga argumentos banales, usa esta herramienta indiscriminadamente, incómodamente.
Y yo solo pienso: vade retro, satanases. Librémonos de todo mal.













