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Gabriela López Gil (Santa Clara, 2002) es licenciada en Periodismo por la Universidad “Marta Abreu”, de Villa Clara (2024). Desde 2023, hasta el momento, ha participado en seis exposiciones colectivas en su provincia natal y en La Habana. Su primera muestra personal, Materia Frágil, es de 2026 y tuvo como escenario la Galería Pórtico, de la Asociación Hermanos Saíz en Santa Clara.
La obra de Gabriela, incipiente, parte de lo autorreferencial, en una intensa búsqueda por vulnerar “la pared de las palabras”, alcanzar los espacios de comunicación a donde el logos no llega. Sus exploraciones responden a hondas preocupaciones ontológicas. Una muchacha que interroga al universo a través de su prisma personal, con acento en los conflictos de género.

¿Podrías enunciar un statement de fotógrafa?
No solo siento. A veces también visualizo lo que siento, y quiero enseñar lo que vi. Ese es mi método para opinar y para conectar.
¿Cómo llegas a la fotografía?
Los primeros pasos fueron dos cursos básicos, uno por la Asociación de Comunicadores y otro por el fotógrafo santaclareño Carlos González.
Iniciaba la carrera de Periodismo en la Universidad Central “Marta Abreu”, de Las Villas, y aunque estaba ahorrando para comprar una cámara, veía la fotografía como algo lejano. Ni siquiera creí que pudiera dominar un programa de edición algún día.
Si pienso en retrospectiva, aquello fue otra vida para mí. De algún modo, buscaba acercarme al arte; leía lo que me recomendaba Carlos Loriga, mi primo pintor. Tenía 19 años cuando descubrí una forma de crear. Me costaba explicar lo que sentía, lo pensaba más en imágenes. Lo que sentía tomaba forma en mi cabeza, y necesitaba hacerlo visible sin recurrir a las palabras. Por eso me interesó lo autorreferencial: era una vía para conectar con sentimientos compartidos y para recrear lo que habitaba dentro de mí y pugnaba por salir.
¿Cómo caracterizar tu trabajo actual?
Mis obras, hasta el momento, giran en torno a la reflexión y la búsqueda de entendimiento de mi mundo interior y de la condición femenina. En este proceso, el cuerpo se convierte en mi principal recurso simbólico.
Empleo lo autorreferencial como un punto de partida hacia lo universal. En este intento, la preocupación por las temáticas de género y los conflictos en torno a la experiencia de ser mujer atraviesa mi trabajo.
A través de la fotografía logro llevar al exterior lo que nace en mí. Por eso trabajo con frecuencia el autorretrato: uso el cuerpo solo o acompañado de otros elementos, como metáfora para hablar de lo íntimo, de cómo asimilo lo que vivo, de la identidad y de las relaciones conmigo misma y con los demás.
Mi práctica es una forma de diálogo con ese interior, con lo que está ahí pero no siempre es evidente. Me interesa dar forma a la subjetividad porque sé que algunos pensamientos no pueden explicarse del todo. Por eso, más que definir con palabras exactas, intento mostrar. Confío en que, mediante la visualización de lo que se lleva dentro, surja un entendimiento profundo que trasciende lo individual.
¿Qué buscas con el ejercicio de este arte?
Me busco a mí. Si paso mucho tiempo sin pensar en una foto realmente mía, empiezo a tener crisis de identidad. La fotografía me ha salvado en situaciones de diversa índole, me ha ayudado a canalizar sentimientos y a desarrollar mis ideas. Creo que el ser humano se siente completo cuando tiene una pasión.
Las obras de la exposición Materia frágil resumen el sentido de mi trabajo hasta el momento. Puedo decir que constituye para mí un repaso, y el cierre de una etapa.
Tolerance

Esta obra fue admitida en el certamen Prisma 7 Lumen. Recuerdo con claridad el momento de mi vida en que la construí: surgió de una etapa en la que realmente necesitaba desahogarme. Fue, en cierto modo, un grito reparador.
Arrastraba sentimientos reprimidos, marcados por situaciones muy hostiles que vivía en ese entonces. Por eso utilizo el elemento del esnórquel. No hablo de la tolerancia como valor social, sino de algo más íntimo. Hablo de la rabia contenida, de resistir, de soportar más de lo que debería, en un entorno que exige una paciencia que termina desgastando.
La rebelión del Yo

Esta foto está influenciada por un texto de Boris Groys. Su lectura fue reveladora para mí, pues encontré en sus palabras la forma de nombrar ideas que llevaba tiempo construyendo de manera intuitiva.
Con esta imagen reflexiono sobre la diferencia de uno respecto a sí mismo. Hablo de la ruptura con los parámetros casuales que nos han sido otorgados y que terminan definiéndonos socialmente. Paradójicamente, es en esa ruptura donde comienza un proceso más honesto de identificación con una misma. Autoidentificación.
Abordo este conflicto desde una mirada femenina. A lo largo de la historia, las mujeres han tenido que ocultarse ―incluso bajo otros nombres― para poder expresarse. Hoy seguimos enfrentando formas más sutiles de presión mediante una mirada externa que nos reduce, nos evalúa constantemente y nos despoja de complejidad. Esta obra nace, en parte, como respuesta a esa tensión.
En la flor de la juventud


Existe una asociación casi automática entre juventud y belleza, así como entre vejez y pérdida de valor. La imagen de una mujer que no envejece es inalcanzable y, aún así, profundamente deseada.
Envejecer no debería ser un defecto, pero muchas veces se percibe como tal, y con más dureza cuando se trata de una mujer. Desde muy temprana edad, el cuerpo femenino es expuesto y sexualizado; más tarde, esa misma mujer es reducida a otros roles: madre, anciana, alguien que parece quedar fuera de la idea misma de “mujer”. Esa transición, casi invisible, pero constante, resulta profundamente perturbadora.
Esta inquietud surge desde lo cotidiano: de cómo se mide, se cuestiona y organiza la vida de las mujeres en función del tiempo. Esta constituye una obra importante para mí al estar construida desde el vínculo con mi madre, cuya experiencia transversaliza y da forma a esta reflexión.
El vacío de color

La desnudez, junto a un amplio espacio de color, construye una imagen que para mí habla del contraste entre la soledad y la aparente calma de haber aprendido a convivir con ella. “La exposición de un cuerpo aislado y específicamente iluminado en un espacio escénico vacío es la expresión del sujeto fragilizado, propio de la contemporaneidad”, escribí para el catálogo de mi exposición Materia frágil.
En esta obra abordo aquello que he terminado por asumir como parte de mi naturaleza. Los vacíos y las zonas de confort pueden ser refugio, pero también una señal de alerta del cuerpo.
Anestesia general

Realizada en un período especialmente estresante y convulso, esta fotografía nace de la experiencia de atravesar un proceso intenso desde dentro. Habla de ese estado en el que la persona se encuentra tan inmersa en lo que vive que deja de percibir y expresar emociones, aparentemente.
Hay momentos que se perciben como una anestesia: algo se apaga, y por un tiempo se pierde la capacidad de sentir con claridad. Todo alrededor se vuelve distante, como si la realidad se vaciara o dejara de ser del todo tangible.
Al vacío




“Al vacío” es una serie que parte de la sensación de asfixia. El rostro cubierto por un nylon que lo deforma y lo borra parcialmente, permite que solo quede el gesto, la urgencia. La intención es respirar pero el aire no llega. La serie funciona como un grito interno. Nace de la necesidad de resistir una realidad que oprime, donde cada intento de salida conduce a otro límite, a otra forma de contención.
El recorrido comienza con el primer plano de unos labios pintados. La imagen sugiere ese instante inicial en el que habitamos lo hostil sin reconocerlo, cuando está disfrazado de normalidad. A partir de ahí, las imágenes se vuelven más tensas: el cuerpo se agita, insiste, busca aire. Pero la sensación persiste.
Autorretratos con alas



Tríptico que parte de movimientos del cuerpo: las manos se cruzan, se elevan, buscan abrir un espacio. En ese gesto aparece un paralelismo con las alas como metáfora del escape, la necesidad de salir, de impulsos calmados e inevitables.
Las fotografías recorren un proceso entre silencio, acción, pasividad y búsqueda. No hay una resolución clara. Los gestos no garantizan la salida. En ese intento ―persistente, incompleto― se construye el sentido de la serie.
Salida del azul

Surge desde una experiencia en la que un estado prolongado se interrumpe de forma repentina. La imagen habla de un instante suspendido en el que el cuerpo emerge sin transición clara desde un espacio que lo contenía por completo.
Es una de las obras que se relacionan estrechamente en estilo, forma y composición; ya que documentan un viaje emocional. En ésta, como en otras, el bloque de color funciona como atmósfera psicológica. El azul diluye los límites del cuerpo y deja un umbral ambiguo entre algo que intenta desprenderse o permanece contenido.
“Salida del azul” constituyó una pieza decisiva en la construcción de la idea curatorial final de mi exposición personal, pues la imagen misma marca un cierre de etapa. Es un proceso de ruptura convertido en una fotografía concebida desde la necesidad de materializar ese instante.
Nunca esperé ceremonias

La presencia de un vestido asociado a lo ceremonial y a la tradición se ve desplazada por un gesto mínimo pero disruptivo dentro de la imagen. Este contraste introduce una fisura en la lectura esperada, desactivando cualquier idealización y llevando la escena hacia un terreno más ambiguo.
La fotografía responde a una idea que ha tomado forma durante mucho tiempo; por ello, más que representar la situación específica, se sitúa en una forma de habitar una posible soledad, no como un acontecimiento extraordinario sino como una condición interiorizada.
La separación entre el sujeto y el fondo, construida a través de la iluminación, así como la manera en que el entorno funciona como extensión del estado del personaje, constituyen recursos no para narrar una historia cerrada, sino para sostener una contradicción: la convivencia entre lo que se espera y lo que ocurre, entre lo que debe proyectarse y aquello que nunca encuentra forma de hacerlo. En este caso, la incomodidad no se resuelve, sino que se vuelve parte del propio lenguaje.
Esta obra me hace pensar en una amiga con la que tengo una mirada afín. Siento que la imagen recoge una sensibilidad construida en compañía.
Despersonalización

La imagen se construye desde la fragmentación de la percepción, al generar una distancia entre el sujeto que observa y el mismo sujeto siendo observado. Esta superposición materializa un estado en el que la experiencia parece desdoblarse. El proceso de realización tuvo un carácter experimental, entendido como apertura a lo intuitivo, más que como la ejecución de una imagen previamente construida, pero sin desconocer la idea central de la fotografía.
El cuerpo deja de ser visto como unidad estable para ser convertido en presencia que se percibe desde fuera y de forma inconstante. La imagen, en lugar de afirmar identidad, la pone en suspensión, situándola en un espacio intermedio entre lo interno y lo externo. Más que representar una escena, la fotografía propone la experiencia de habitar un instante en el que la conciencia se separa levemente de sí misma.
Una vez terminado el proceso, noto que la luz, el color y todos los elementos que configuran la atmósfera me remiten a diversas producciones que conozco, algunas vinculadas a la pintura y otras a lo sonoro. No siempre somos conscientes ―en un primer momento― de las referencias que acumulamos a lo largo del tiempo y que, más que conducir a una lectura autobiográfica, funcionan como recursos para construir el mensaje.











