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Sherritt International Corporation, el gigante minero que extrajo níquel en el oriente cubano durante 30 años, anunció su retiro de Cuba hace pocos días. La compañía canadiense explicó claramente que la causa de su decisión fue la más reciente orden ejecutiva de la Administración Trump que amplía el alcance de las sanciones económicas a personas y entidades con relaciones con la isla.
No es la primera vez que Sherritt tropezaba con el cerco estadounidense: en febrero comunicó la paralización de su planta de Moa por la interrupción en el suministro de combustibles, insumo básico para sus operaciones.
El caso de Sherritt, uno de los negocios con inversión extranjera más importantes de Cuba, ilustra la gravedad de cinco meses de una intensa guerra económica de Estados Unidos que deteriora la economía aceleradamente.
Desde diciembre de 2025, Estados Unidos ha impedido la entrada de combustible a Cuba. Primero, mediante el bloqueo naval a Venezuela y el secuestro de sus buques. Luego, con un bloqueo petrolero que amenaza con sancionar a cualquier país que suministre crudo a la isla. Hasta ahora, un solo barco (el ruso) ha llegado a las costas cubanas para entregar combustibles fósiles. El suministro apenas alcanzó para dos semanas.
Anatomía de una contracción acelerada
Si bien una parte significativa de la crisis de Cuba se debe al desgaste estructural del modelo económico, el bloqueo petrolero es la variable de corto plazo con mayor impacto. En octubre de 2025, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) estimó que la economía cubana decrecería un 1,5 % en 2026. En su actualización de abril, con el bloqueo energético activo, proyectó una caída mucho mayor: del 6,5 %. Otros cálculos individuales estiman una contracción peor aún.
Como la economía es un sistema interconectado, es muy difícil “separar” los efectos negativos provocados por el cerco energético de los que provienen de los errores internos. Sin embargo, la pérdida abrupta de todas las fuentes de petróleo ha deteriorado notablemente varios indicadores económicos que permiten dilucidar su impacto.
En primer lugar, se ha consumado el escenario cercano al “cero combustibles”. Las 100 mil toneladas de petróleo y derivados rusos representaron un alivio temporal, pero tan pronto se agotaron, han regresado las condiciones de escasez extrema. Para ponerlo en perspectiva, el Ministro de Energía y Minas dijo que Cuba necesita ocho barcos mensuales de combustibles fósiles para funcionar con normalidad.
Las leyes implacables de la economía dictan que, mientras más escaso es un producto, mayor precio tendrá en el mercado. Al momento de escribir este artículo, el litro de gasolina en el mercado negro ronda los 4 mil a 6 mil pesos cubanos (7,4 a 11,1 USD). Aunque desde hace algún tiempo Cuba experimenta escasez relativa de este bien, el bloqueo estadounidense nos ha convertido en uno de los países con el litro de gasolina más caro del mundo.
El precio de los combustibles es especialmente sensible porque a partir de él se forman muchos otros precios. Su encarecimiento desencadena presiones inflacionarias y golpea de inmediato al transporte, el primer eslabón afectado.
En marzo, la inflación interanual rompió su tendencia descendente y repuntó por primera vez en cuatro meses. Según la ONEI, los mayores aumentos se registraron precisamente en los servicios de transporte. El interurbano subió 32 %, el urbano 17 % y los taxis entre 12 % y 17 %, según la modalidad.
Pronto los altos precios se trasladarán al resto de las mercancías. Este efecto de segunda vuelta es el que golpea directamente el bolsillo del ciudadano común.
Por su parte, los indicadores del sector empresarial estatal muestran un deterioro palpable. Más allá de sus ineficiencias, de enero a febrero las empresas estatales recibieron un 26,2 % menos de combustibles para respaldar sus operaciones. Eso contribuyó a una caída del 15,4 % en sus ventas totales respecto al año anterior. Paradójicamente, el gasto salarial aumentó 9,3 %, un factor que añade presión sobre la inflación de los próximos meses.
Más de 900 empresas estatales usan paneles fotovoltaicos en sus operaciones, pero la mayoría aún depende del suministro eléctrico. No hay datos públicos de cuántas entidades del Estado son 100 % autosuficientes en generación eléctrica.
Por sectores, también hay síntomas atribuibles al cerco energético estadounidense. La salida de Sherritt pone pausa indefinida a la extracción minera y a los ingresos por exportaciones de ese rubro, una importante fuente de dólares.
La industria ligera estatal recibió solo el 6 % del combustible planificado para el primer trimestre del año, lo que ha recortado las capacidades productivas a la mitad, según directivos de su grupo empresarial.
El turismo, que arrastra años de pobre desempeño, enfrenta el desaliento de un ambiente marcado por los tambores de guerra del norte y los interminables apagones locales. Al menos diez aerolíneas han suspendido los vuelos a Cuba, varias de Canadá (el mayor emisor de turistas), Europa, América Latina y Rusia.
En consecuencia, de enero a marzo de 2026 solo arribó el 52 % de los visitantes internacionales en igual periodo de 2025, ya de por sí un año macabro para el sector. Por sí solo, marzo de 2026 fue el peor mes para el turismo cubano desde la pandemia de covid-19: apenas entró el 17 % de los turistas respecto al año pasado.
El sector privado y cooperativo, pequeño por definición, está sufriendo embates con similar crudeza. En mayor o menor grado, todos acuden a estrategias de adaptación con costos económicos y sociales: mientras solo 2247 entidades privadas han podido adquirir paneles fotovoltaicos, otros compran plantas eléctricas u otras fuentes alternativas. La mayoría solo puede optar por reducir las horas productivas, reajustar sus bienes y servicios o despedir trabajadores. Los más golpeados han suspendido su actividad indefinidamente o cerrado.
La reciente autorización para importar combustible ha sido aprovechada rápidamente por los grupos más acaudalados del sector privado. “Isotanque” probablemente sea una de las palabras del año. Hasta marzo, Cuba importó gasolina y otros combustibles de Estados Unidos por un millón 55 mil dólares, según el sitio gubernamental US Census Bureau. Aunque cada litro de combustible es un alivio, los datos indican conclusiones claras: 1) pocas empresas privadas pueden financiar esas compras, y 2) la mayoría del sector privado carece de fuentes de energía propias.
El cerco petrolero de Estados Unidos no solo ataca la economía estatal. Bajo el absurdo supuesto de que puede estrangular al Estado cubano sin afectar al sector privado, la Administración Trump está acabando con el emprendimiento.
¿Y qué decir del cubano de a pie, el mayor afectado de esta historia? Mientras los apagones han desesperado a la gente desde hace años, el bloqueo energético los ha llevado al extremo. Las provincias pueden pasar más de un día y medio sin corriente. La Habana, históricamente protegida, puede recibir tres o cuatro horas diarias de electricidad. Desde finales del año pasado, el Gobierno prioriza la generación eléctrica en el sector productivo. Es una medida acertada, pero las acciones del vecino del norte han tensionado la efectividad de cualquier estrategia.
No solo son los apagones: los hospitales suspenden cirugías, los tratamientos se posponen, los pacientes empeoran. Los alimentos, difíciles de conseguir por una agricultura que no produce y el repliegue estatal en las ventas minoristas, no tienen una perspectiva mejor.
Lo peor: Díaz-Canel confirmó que Cuba no espera nuevos suministros de petróleo en el corto plazo.
Tras el bloqueo petrolero, una nueva puñalada
Cuando parecía que no había más cartas que jugar en la guerra económica contra Cuba, Donald Trump firmó el 1.º de mayo la orden ejecutiva que hizo a Sherritt abandonar los negocios con La Habana. Sin embargo, los efectos potenciales pueden no quedarse ahí.
Al ampliar la base de personas e instituciones “sancionables”, la Administración Trump abre la opción de castigar a otros inversionistas extranjeros. Aunque la medida es específica para aquellos con operaciones en defensa, energía, minerales o seguridad, la orden faculta al gobierno estadounidense a incluir “cualquier otro sector”.
A partir de ahora, incluso las mipymes privadas cubanas que tienen relaciones con empresas estatales pueden ser sujetos de sanción.
¿Peligra el intercambio comercial entre Estados Unidos y Cuba, que en 2025 superó los 800 millones de dólares? Este intercambio, basado fundamentalmente en compras de las mipymes cubanas en territorio norteamericano, abastece al mercado nacional de alimentos, bebidas, equipos eléctricos, vehículos, entre otras mercancías. La Administración Trump puede determinar que esta relación perjudica los intereses de su país, como justificación para atacar parte o la totalidad de ese intercambio.
En este punto, Estados Unidos dice querer, entre otras cosas, una reforma económica para Cuba como parte de una aparente “solución”. Dicha reforma no debiera ser parte de negociación con poder extranjero alguno. Por el contrario, su éxito dependía de una capacidad de transformación interna que llegó tarde, de forma fragmentada y que finalmente fue abandonada. Si el cambio estructural se hubiese consumado con la celeridad que demandaba el país, hoy Cuba estaría en una posición más favorable ante la hostilidad externa.
Sin embargo, la realidad presente es implacable: al bloquear el flujo vital de petróleo y expandir el espectro de actores sancionables, la Administración Trump no solo intenta forzar el colapso del Gobierno. Al asfixiar simultáneamente al Estado, al emergente sector privado y a la precaria infraestructura de servicios básicos, la política de Washington redobla sus esfuerzos por desaparecer a todo un país. La amenaza de guerra, llevada y traída con frecuencia en las últimas semanas, parece quedar como el plan B por si la presión económica fracasa.












