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Alguna vez fueron construcciones hermosas, sólidas, resistentes: edificios acogedores, hogares orgullosos, lugares de bienestar y prosperidad familiar en La Habana. Hoy son apenas una sombra de lo que fueron; atisbos difusos, derruidos, llamados eufemísticamente “interiores”.
Resisten lo mejor que pueden, lo que el tiempo, el deterioro acumulado y el hacer —y deshacer— de los hombres les permite. Siguen en pie, que ya es bastante. Mientras otras edificaciones, no pocas, han ido abajo, estas perseveran, estoica y milagrosamente. Y con ellas, su gente.


Los interiores son colmenas humanas. Sumatoria de habitaciones y viviendas hechas a fuerza de divisiones y multiplicaciones, de ingenio y necesidad. Donde antes hubo una casa o apartamentos, ahora conviven muchas familias en sus propios espacios y cuartos, pared con pared, aire con aire.
En torno a un patio interior, otrora sitio de sosiego, se extienden pasillos y balcones comunes; suben escaleras antiguas o improvisadas; se agolpan tendederas, cables, antenas, tuberías; se acumulan tanques de agua, imprescindibles para capear las muchas necesidades compartidas.


En los interiores habaneros bulle la vida. Entran y salen personas, se vende lo que sea, corren los niños, se juega dominó, se escucha música a todo volumen, se mezclan los olores y sonidos. La convivencia impone sus reglas, forzada por el poco espacio, y atiza discrepancias y afinidades.
Son microcosmos de La Habana, de todo el país. Sobreviven con sus apagones y carencias, sus diferencias y dolores cotidianos, su deterioro y persistencia, incluso con su alegría contra todo pronóstico. Así nos lo muestra hoy el fotorreportero Otmaro Rodríguez en su habitual recorrido fotográfico de domingo.




























