|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Puede sonar a frase manida, a lugar común, pero el heroísmo cotidiano de las mujeres y, en particular, de las madres cubanas, no admite debates semánticos. Es tan incuestionable como la durísima realidad que lo motiva, como la apabullante crisis que sacude la isla.
2026 va siendo aún peor que los ya muy difíciles años anteriores. Las sanciones y el cerco petrolero de EEUU han oscurecido todavía más —literal y metafóricamente— la vida en Cuba. Apagones, carencias redobladas, precios indetenibles, transporte en mínimos, colas por doquier, dibujan una cotidianidad feroz, despiadada. A todo ello, y más, deben enfrentarse las madres.


Ante un panorama de crisis y desesperanza, las mujeres ponen, como siempre, rodilla en tierra. Se engrandecen, se multiplican. Cargan sobre sus hombros, una vez más, el peso del hogar.
Salen a la calle a trabajar, a “luchar”, a “resolver”. No es solo su comida, su supervivencia, la que está en juego, sino la de sus hijos, la de sus mayores, la de toda la familia. Por eso, aún con mil problemas y angustias, no se detienen. Hacen lo que tengan que hacer, lo que sea necesario.


Tampoco en la casa las madres de Cuba están de brazos cruzados. Por el contrario, sus viviendas son su templo, su fortaleza. No hay un minuto de descanso cuando otros dependen de ellas, cuando sus hijos necesitan su atención y cuidado, su entrega y dedicación.
Ni siquiera en las noches y madrugadas tienen respiro. Si a esas horas llega la electricidad, o el agua, o ambas cosas —con mucha suerte—, entonces ese es el momento en que se lava, se cocina, se limpia, se plancha. Y ellas suelen ser las protagonistas de tanto esfuerzo.


Este domingo Cuba, al igual que otros países, celebra el Día de las Madres. Es una fecha, apenas una sola, para reconocer el empeño constante de quienes nos dieron la vida. De esas mujeres que, sin reclamar nada a cambio, siguen poniendo el pecho frente a la crisis para bien de los suyos.
Las madres, las mujeres cubanas, son heroínas silenciosas, extraordinarias. Dueñas de una fortaleza, un amor y una fe inquebrantables. Pueden flaquear —quién no, ante une escenario tan duro y descorazonador—, pero de alguna forma logran recomponerse, levantarse, y mantener viva la esperanza.
A ellas, a todas, nuestra mayor reverencia y agradecimiento, siempre.


























