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Bajo un titular grandilocuente, en junio de 1951, la revista Bohemia divulgó un texto y una decena de fotos de un hombre mayor que aparecía en todas fumando tabaco y tomando café. Aunque daba una filiación más cercana a Mamá Inés, diestra en pecho, juraba ser “el auténtico hijo” de Antonio Maceo, héroe de la historia cubana.
Gregorio Bustamante Maceo, que así se presentó el susodicho, había arribado a La Habana en mayo invitado por tres periodistas. Fue general en Honduras, pero llegó desde El Salvador, donde se había establecido años antes y servía como coronel del ejército. “Vine a cumplir con el más caro deseo de mi vida: visitar la tierra de mi padre, cuadrarme en silencio ante su tumba del Cacahual y donar su espada al Museo de Santiago de Cuba […] No quiero nada para mí. Si el gobierno me ofrece la pensión a que tengo derecho por mi personalidad bien probada, la repartiré entre mis parientes pobres, que suman muchos”, declaraba en exclusiva.

A los 79 años, el coronel Gregorio Bustamante no tenía un pelo de tonto; ni ninguno, era calvo. Con cara de “hijo digno y agradecido” explicaba que su madre, doña Pastora Bustamante, había conocido a Maceo “en 1870, cuando él fue a Honduras formando parte de una comisión reservada del Ejército Libertador”.
“Conocí a mi padre once años después, en 1882, cuando regresó a Honduras […] Mi padre, tan pronto llegó, quiso verme. Fue a entrevistarse con mi madre, pero ella no le recibió. No obstante, se comunicó conmigo, por mediación de un gran amigo suyo y de la familia Bustamante, el general Longino Sánchez, quien me llevó a su presencia. Aún recuerdo la escena… Estaba mi padre sentado frente a una mesa, escribiendo una carta al general Máximo Gómez, cuando, al verme entrar, vino hacia mí y me besó y abrazó, reconociéndome como su hijo”, relataba con el rostro enmascarado por una cortina de humo.
Cuando Antonio Maceo salió de Honduras, jamás volvió a verlo; pero todavía se vanagloriaba de que: “¡Mi padre jamás me olvidó! Siempre se preocupó por mí, aun contra la negativa de mi madre y mis abuelos. Mi pobre madre, aunque lo idolatraba, siempre se dejó guiar por los consejos de sus padres, españoles de rancio abolengo, que nunca le perdonaron el haber tenido un hijo con un negro”. Añadía que el 26 de noviembre de 1894 el Titán le envió un retrato autografiado y que se mantuvo girándole dinero “hasta un mes antes de la fecha de su muerte”.
Por si no bastaran las sensacionales confidencias, afirmaba poseer otras pruebas de parentesco. Además, lo acompañaba Marcos Romero Maceo, hijo de Dominga Maceo y quien le daba trato de primo. En La Habana, donde se hospedó en el hotel Siboney, Bustamante extendió la visita a diez días, mas no fue centro de atención social ni del reconocimiento oficial que perseguía. Desde la época del gobierno de Federico Laredo Brú (1936-1940), cuando se dio a conocer y se hicieron las primeras gestiones para que viajara a Cuba, el autodenominado hijo hondureño de Maceo había sido impugnado y tildado de farsante por un tal Antonio Maceo Marryat.
Hijo único
Tras finalizar la Guerra de los Diez Años, partió Maceo rumbo a la vecina Jamaica, donde se radicó con María Cabrales, su esposa desde hacía doce años. En Kingston, el estado de salud de María llegó a ser tan delicado entre marzo y abril de 1881 que requirió serias atenciones. En mayo se restablecía, y casualmente a finales de ese mes llegó al mundo y al ámbito familiar un bebé producto de una intimidad de Antonio con la jamaicana Amelia Marryat. La relación extraconyugal no gustó a la matrona Mariana, y menos a la Cabrales, que debió sentirlo como una espina clavada. A pesar de ello, siguió fiel al esposo hasta el final.
Esbozando un perfil de Maceo en su laberinto, el biógrafo José Luciano Franco describió —en Apuntes para una historia de su vida— que el año previo al nacimiento del hijo, el Titán pasó contrariedades internas. “Otras preocupaciones de índole sentimental, plenamente llenaban sus horas de incertidumbres dolorosas. Por un lado, su María, la compañera abnegada y valiente de los años más duros y crueles, estaba muy enferma. Las inquietantes emociones de los últimos meses habían minado fuertemente su fortaleza de acero. Por otro lado, Amelia Marryat, la madamita seductora de la calle Princesa, a quien visitaba diariamente en compañía de Justo Solórzano, amigo y confidente de aquellos amores, llevaba en las entrañas un hijo suyo”.

Apremiado de dinero, Maceo llegó a empeñar sus prendas para cubrir los gastos inesperados. En su encrucijada personal, Antonio no solo reconoció y dio su apellido en el bautizo al recién nacido, sino que siempre se preocupó y ocupó con desvelo por su crecimiento. Por consejos de Gómez, decidió Maceo probar suerte en Honduras. Antes de partir, al mes del alumbramiento, recomendó velar por el retoño a su amigo y confidente Eusebio Hernández. En carta del 16 de septiembre, este contestaba a su inquietud: “María y la familia bien, también lo está el amiguito”. Poco después, el 19 de octubre, el médico daba nuevo parte: “María bien, y bien el chiquitín amigo, que hace poco tuvo un catarrito”.
Aun desde la distancia, el progenitor mantuvo su asistencia económica al pequeño y la madre. Así lo evidencia la carta que el 31 de julio de 1882 le remitió Javier Calvar, comerciante establecido en Costa Rica y hermano del general Titá Calvar, explicándole: “La última remesa de dinero que le hice a Antoñito, fue por vía de N. York, porque no me fue posible conseguir aquí ninguna clase de oro conveniente para Jamaica”.
Dos meses más tarde, en octubre de 1882, Maceo se dirigía en tono penitente a José Francisco Pérez, miembro de la Junta Revolucionaria Cubana en Jamaica: “Por un giro que hace nuestro amigo Don Juan Palma, recibirá U. veinte libras esterlinas que me hará el favor de entregar a Miss Amalia Marryat, madre de un chico que tengo en Kingston, a quien escribo con esta fecha. Esto es un asunto no el más adecuado para U., pero como estoy seguro que U. mejor que otro podrá apreciar mi situación respecto de un hijo, no he dudado recomendar a U. el asunto que me ocupa, pues a la vez que forme un juicio desfavorable hará otro que disculpe en algo mi conducta”. Fue un hombre que supo encarar las consecuencias de sus actos.
En 1891 se pierde misteriosamente el rastro de Amelia Marryat. Existen sospechas de que falleció por esa fecha. Entonces el general Antonio, que había fundado colonia en Costa Rica, mandó llamar a Toño —así le decía— para internarlo en un colegio de Cartago. El 7 de noviembre de 1893 le citaba: “Querido hijo: Hace poco que llegué a esta y no he tenido el gusto de verte. Pide, pues, permiso al director para abrazarte y para que lleves la paga de las mensualidades pendientes de arreglo. Tu padre que desea verte”. Compartieron cercanías hasta 1895.
Al partir a la guerra, dejó instrucciones para que su hermano Marcos y su amigo Alejandro González (Gonzalito) se hicieran responsables del muchacho, retornado a Jamaica. El 23 de agosto, ya desde el campamento mambí La Mejorana, el lugarteniente escribía a Gonzalito: “Con Manuel Arango, de Santiago de Cuba, le remito 300 pesos, con los cuales de acuerdo con Marcos mi hermano, ayudarán U. y él a la educación de Antonio mi hijo, poniéndolo interno en un colegio o pagando personas que se encarguen de seguir su enseñanza”.

En nombre del padre
Muerto el padre en la tragedia de San Pedro, el delegado del Partido Revolucionario Cubano, Estrada Palma, asumió garantizar la continuidad de estudios del joven Maceo Marryat en el colegio de Kingston, ya que su tío Marcos carecía de recursos. Luego facilitó su traslado a Nueva York, en septiembre de 1899. En carta al general Lacret Morlot, el hoy malmirado Don Tomás comentó sobre la tutela del huérfano: “Yo he pensado como Ud., que la circunstancia de no ser Antonio hijo legítimo del General no es motivo de ningún modo, para que dejemos de prestarle toda la ayuda posible de igual manera que lo haría su padre, estando vivo”.
Así lo aquilataba Manuel Márquez Sterling en El Fígaro el 13 de abril de 1902: “Estrada Palma ha sido el educador del hijo de Antonio Maceo, un gallardo joven que parece llamado a perpetuar la fortaleza de su familia heroica”. Cuando Estrada Palma fue elegido presidente se había anunciado que lo traería consigo, “como quien trae una enseña revolucionaria”; no obstante, el chico quedó en Estados Unidos. “Pero él vendrá a Cuba, tarde o temprano, y visitará el campo en donde palpita la gloria de su padre”, subrayó el célebre periodista en palabras proféticas.
Una vez graduado en la Universidad de Cornell, el ingeniero Antoñito pasó a vivir en La Habana junto a su esposa Alicia Mackle. La prensa lo describió como alto, de simpática figura, rostro bondadoso e inteligente, que guardaba en sus ojos algo de la mirada de su antecesor. Cuando el veterano Miró Argenter lo tuvo delante exclamó: “¡Eres el vivo retrato de tu padre!”.
Sin embargo, con su estilo y acento de yanqui aclimatado, Maceo Marryat no la tuvo fácil para abrirse camino en Cuba. De poco le valió su apellido. Ejerció un puesto provisional en la Secretaría de Obras Públicas y casi por caridad el presidente Menocal le cedió en 1918 una casa en usufructo. Allí nació su hijo Antonio Jaime Maceo Mackle, que fue prestigioso cirujano y subsecretario de Salubridad en el gobierno de Prío. Su nieto Antonio Maceo Masqué —o sea, el bisnieto del Titán— integraría la Brigada 2506.
Antonio Maceo Marryat, quien trascendió como único hijo genuino del héroe de Baraguá, no heredó tales bríos y pasó con más penas que glorias. A la sombra del apellido formidable, vivió luchando contra los usurpadores de linaje y contra los que ponían su sangre en tela de juicio. Murió enfermo el 4 de diciembre de 1952 y fue inhumado en el Cementerio de Colón.

¿Otros Maceo?
Concluida la gesta independentista, apareció más de un pícaro haciéndose pasar por heredero postizo de Antonio Maceo para asegurarse una pensión vitalicia. El general Silverio Sánchez Figueras, de carácter arrojado y edecán de Maceo en la primera gesta libertaria, la emigración en Centroamérica, la goleta Honor, la invasión y la campaña de Pinar del Río, salía al paso en carta abierta al director de El Cubano Libre de Santiago de Cuba, el 20 de octubre de 1899:
“Para que el público sepa la verdad y no se explote su buena fe, me conceptúo obligado a hacer constar que: el Santiago Maceo —supuesto hijo del gran caudillo de la Revolución Cubana, Antonio Maceo— que anda dando conferencias por Minneapolis no es hijo del gran General, ni de ninguno de sus hermanos, ni es, mucho menos, el modestísimo joven nombrado Antonio Maceo […] sino un impostor como otro llamado Ramón Ahumada, que ha dado en la manía de explotar a los admiradores de los Maceo, unas veces dándose a conocer como hijo de Antonio y otras de José”.
El debate sobre los sucesores de esa estirpe ha sido una saga de especulaciones. Durante largo tiempo se habló de que Antonio Maceo y María Cabrales habían tenido dos hijos —a los que incluso la leyenda nombró María de la Caridad y José Antonio— que murieron muy pequeños, víctimas de los rigores y enfermedades de la manigua.
En época más reciente, los investigadores asumieron —algunos desdiciendo en segunda edición el mito publicado en la primera— que el matrimonio santiaguero no dejó descendencia. Llegaron a esa conclusión después de remover archivos sin que surgieran las partidas de bautismo ni el menor indicio fiable. También porque así lo apostilló la propia María en su testamento.
Francamente desmentido
Volviendo al principio, vale exponer que a raíz de las públicas manifestaciones del coronel Gregorio Bustamente, el doctor Benigno Souza, Académico de Número de la Academia de Historia de Cuba, exigió a la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales que se pronunciara sobre los lazos parentales afirmados por el viajero. La institución designó a su vicepresidente, José Luciano Franco, para que, atendiendo a todos los puntos de vista y antecedentes del caso, presentara un informe esclarecedor sobre la polémica. De ese empeño germinó La verdad histórica sobre la descendencia de Antonio Maceo (1951).

Pequeños grandes detalles delataban la fragilidad de la fantasía. El presunto descendiente indicaba haber nacido el 26 de noviembre de 1871, fruto de una aventura amorosa ocurrida “en 1870”. Si se hace un cálculo elemental de los meses que dura una gestación, el embarazo debió concebirse en febrero o marzo del mismo 1871. No cabría pensar que se produjo el año anterior. En ningún parte oficial, diario de campaña ni en su hoja de servicios, se ha hallado registro de que el entonces teniente coronel Antonio Maceo Grajales disfrutara de licencia o cumpliera diligencia en el exterior. Para la fecha señalada, el bravo guerrero batía el machete en la Campaña de Guantánamo. Solo salió al extranjero en mayo de 1878.
Además, Bustamante puso a Antonio como integrante de una supuesta comisión que viajó a entrevistarse con el presidente de Honduras, general José María Medina, “quien siempre estimó a mi padre”. Tampoco consta en documentación histórica que Maceo ni la República en Armas encabezada por Céspedes tuvieran relaciones formales con dicho caudillo.
Maceo llegó en julio de 1881 a suelo hondureño por el puerto de Amapala, costa del Pacífico. En septiembre lo nombraron general de división y, al siguiente año, comandante militar de Puerto Cortés y Omoa. En este último lugar conoció a varias personas, entre ellas un oficial de la guarnición apellidado Bustamante. En octubre de 1882 visitó la casa de este, y vio por vez primera a la señora Pastora Bustamante, madre de un niño de once años nombrado Gregorio. “Ella le retiene en Omoa más tiempo de lo que pensaba”, puntea José Luciano Franco.

Dado el idilio de su esposa con el mulato cubano, un celoso Bustamante empezó a calumniarlo a sus espaldas. De eso enteró a Maceo el coronel Manuel Romero en abril de 1884: “Entre otros particulares me recomendaba Ud. recuerdos para todos los oficiales, y entre ellos una demostración de deferencia para Bustamante; todo está cumplido, pero le advierto que este señor es algo engañoso y de procederes dañinos. Algo ha trascendido de él con respecto a Ud. que, si no le perjudica, tampoco le hace ningún favor”.
Basado en esos elementos, fue desmontada la falsedad de que Gregorio Bustamante pudiera ser hijo de Maceo. “Todo lo más, estirando un poco el concepto, hijastro, ya que es del dominio público en Honduras las relaciones íntimas de Pastora con Antonio”, acuñaba Franco.
Hasta el sol tiene manchas, sentenció Martí. Y lo que nadie puede tapar con un dedo es que, como opinó Benigno Souza: “Nuestros libertadores, quienes llevaron vida errante, a veces durante años, separados de su hogar, tuvieron a la fuerza que caer en deslices, con damas y mujeres, que fueron aves de paso en su vida”.
A veces, detrás de la coraza de un quimérico titán, sencillamente habita un hombre de carne y hueso, un padre de familia.













