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En el Museo de la Pintura Mural, en La Habana Vieja, una experiencia poco común intenta abrir nuevos caminos para la gestión del patrimonio. A través de un convenio con la Oficina del Historiador de la Ciudad, el artista, restaurador y profesor Pavel Valdés Ruiz asumió junto a su equipo parte de las labores de conservación, restauración, programación cultural y sostenibilidad económica de la institución.
Biólogo de formación, entomólogo, escultor, dibujante y especialista en fundición artística, Valdés Ruiz ha desarrollado durante años proyectos de restauración patrimonial en espacios como el Capitolio, el Gran Teatro de La Habana y el Museo de la Música. Esa trayectoria terminó conduciéndolo a un desafío diferente: integrar una iniciativa de gestión no estatal dentro de un museo público.
“A raíz de la intención que tiene la Oficina del Historiador de dinamizar más el proceso de gestión del patrimonio, se han hecho numerosos convenios con empresarios relacionados con el mundo patrimonial para darle un carácter sostenible y dinamizar más la gestión de ciertos museos”, explica.

“En este sentido, me hicieron la propuesta de hacer uso de espacios del museo y, al mismo tiempo, asumir ciertos renglones que tenían que ver con el mantenimiento, la conservación y la restauración del patrimonio que aquí se exhibe, además de darle una nueva vida desde el punto de vista sociocultural”.
“Decidimos aceptar lo que yo digo que es casi un reto, porque es algo nuevo. Hicimos un convenio con la Oficina del Historiador y con la Dirección de Patrimonio para desarrollar una tienda, un taller de restauración dentro del museo, trabajar la galería y utilizar espacios del museo en función de lograr que tuviera una nueva vida, más afluencia de visitantes y más interés por las colecciones que se exponen”.
Un museo que busca sostenerse a sí mismo
La propuesta combina conservación patrimonial y generación de ingresos.
“La tienda se dedica a la venta fundamentalmente de artesanía o arte que tiene que ver de manera directa con el período colonial en Cuba. Al mismo tiempo vendemos artesanías de un nivel más sofisticado, pero contribuimos también a la divulgación de la historia”, explica.
Según comenta, el objetivo es que cada pieza tenga un valor patrimonial añadido.
“Si hacemos una reproducción de un segmento de pintura mural, esa reproducción va acompañada de un texto, con una información de dónde salió esa pieza, en qué casa se expone, alguna reseña histórica. Queremos que el comprador lleve un valor agregado. No solo un souvenir, sino también un pedazo de historia”.
Entre las propuestas figuran reproducciones patrimoniales, modelos navales, figuras históricas y piezas artesanales vinculadas al universo colonial cubano.
“Todo lo que se venda debe tener una misión divulgativa. Todas las piezas que se hacen tienen un basamento científico. Ahí prácticamente no se inventa nada”, afirma.
Restaurar desde dentro
Una de las principales transformaciones ha sido la instalación de un taller integral de restauración dentro del propio museo.
“Lo que hemos hecho es sencillamente trasladar nuestros talleres aquí. Menos la fundición, prácticamente hacemos todos los trabajos de restauración que veníamos haciendo desde hace años”.
El espacio, detalla el gestor no estatal, atiende restauraciones de metales, piedra, madera, herrajes y otros bienes patrimoniales, además de servir como lugar de prácticas para estudiantes universitarios.
“Aquí hacemos contratos con otras entidades relacionadas con patrimonio y continuamos el trabajo que siempre hemos hecho, pero ya desde dentro del museo”.
Para Valdés Ruiz, la principal ventaja es la autonomía.
“Ya este museo posee su propio taller de restauración integral. No necesita acudir a otra fuente para resolver sus problemas desde el punto de vista patrimonial”.
“Hay una identificación total con las piezas que se restauran. Todo parte de estudios de conservación preventiva y de planes de trabajo que se discuten con la administración y con la Oficina del Historiador”.

Más que exhibir: involucrar al visitante
Uno de los principios que guía el proyecto es convertir al público en participante activo.
“Nos interesa mucho que las personas no solo consuman los productos que nosotros podamos hacer. También que consuman el poder ver cómo se hacen”, señala el creador, quien precisa que por eso buena parte de los procesos se realizan a la vista de quienes visitan la institución.
“Los diseños de los talleres están hechos para que la gente pueda mirar y observar cómo se trabaja. A veces seleccionamos algún proceso y lo hacemos en el patio interior para que se vea desde la calle”.
La experiencia ha generado resultados inesperados.
“Hay muchas personas que entran por curiosidad, se interesan y quieren aprender. Ya estamos documentando que viene público que no necesariamente estaba vinculado con estos temas”.
Según explica, uno de los problemas que intenta enfrentar el proyecto es el desconocimiento sobre la función del museo.
“Hay una gran pérdida de información. La gente no conoce ni la misión del museo ni lo que se hacía aquí. En ese sentido nosotros estamos trabajando”.
Aprender la historia con las manos
La apuesta por la interactividad atraviesa prácticamente todas las iniciativas que se desarrollan en el espacio.
“Nosotros consideramos que una de las mejores fuentes de aprendizaje es que las personas interactúen con ese patrimonio”, refiere Pavel.
Con ese propósito han recreado elementos de la vida cotidiana colonial, especialmente los relacionados con el uso del agua: “Hicimos la tapa de madera del aljibe, el sistema de polea con la soga y el cubo, utilizando los materiales y las técnicas correspondientes. Las personas pueden sacar agua ellas mismas”.
La reacción del público suele sorprenderlo.
“Es una cosa que parece simple, pero el efecto que crea es fantástico. Las personas descubren algo que siempre han oído o visto en películas o dibujos animados, pero nunca habían experimentado”.
Cuando eso ocurre, asegura, el aprendizaje adquiere otra dimensión.
“Están incorporando una información directa. Lo están haciendo. Y eso nunca se les va a olvidar”.
La misma lógica ha guiado la restauración de filtros históricos de agua, la exhibición de antiguas tuberías de cerámica y la construcción de maquetas que explican el funcionamiento de las viviendas coloniales.
“Queremos que las personas puedan tocar, manipular e interactuar con esas herramientas de interpretación”.
Encender fuego como en la colonia
Entre las actividades que más curiosidad despiertan figura la demostración de cómo se encendía fuego siglos atrás.
“A veces le preguntamos a las personas cómo creen que se prendía un fuego en la época colonial y la mayoría no lo sabe”.
Entonces aparecen el pedernal, el eslabón de acero y la yesca.
“Cuando la gente ve el proceso y lo hace por sí misma, se lleva una experiencia completamente diferente”.
La satisfacción, asegura, suele resumirse en una frase.
“Cuando salen de aquí pueden decir: yo encendí un fuego como se hacía en la colonia”.

Los niños en el centro
Otra de las líneas de trabajo se enfoca en niños y jóvenes.
Durante talleres y actividades especiales fabrican papel artesanal, realizan grabados, dibujan y participan en experiencias relacionadas con la historia y el patrimonio.
“Yo trato de no dirigirles el conocimiento. Eso hay que cuidarlo mucho”.
Su filosofía educativa es sencilla: “No puedes dirigirle a la gente el conocimiento porque tú quieres. Tienes que abrir ventanas para que ellos mismos escojan cuáles quieren explorar”.
Por eso, subraya, las actividades buscan despertar curiosidad antes que impartir lecciones.
“Lo importante es aprovechar esa pequeña chispa de interés y, a partir de ahí, hacer fluir la información”.
Una experiencia que mira al futuro
Después de varios meses de trabajo, Valdés Ruiz considera que la experiencia ha demostrado el potencial de este tipo de alianzas.
“Pienso que el paso dado por la Oficina del Historiador ha sido extremadamente positivo. Tuvieron una visión bastante buena en el sentido de lograr esa dinamización y ese trabajo de uso sostenible de los museos”.
A su juicio, la principal fortaleza del modelo radica en la combinación entre compromiso directo y conservación patrimonial.
“Lo más importante es que existe un alto grado de identificación con lo que se está haciendo”, apunta con sana satisfacción.
No obstante, cuando habla de los resultados obtenidos, suele volver a las experiencias más simples: un visitante sacando agua de un aljibe, un niño fabricando papel o alguien descubriendo cómo se encendía un fuego hace siglos.
“Las personas siempre han oído hablar de estas cosas o las han visto en películas. Pero cuando las hacen con sus propias manos, ya nunca las olvidan”.













