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Ahora que estamos en pleno Mundial de fútbol, en Buenos Aires suelo ver los partidos de la selección argentina rodeado de cientos o miles de personas. A veces entro a un bar, otras a una pizzería o voy al Fan Fest, donde una pantalla gigante reúne a una multitud en un parque. Y cada vez que una jugada anuncia que puede terminar en gol, le doy la espalda a la pantalla. Mientras todos fijan la vista en la pelota, yo observo a los hinchas.
Exactamente: me pierdo, ex profeso, los goles en vivo y en directo. Puede sonar extraño, porque ese instante en que la pelota vence al guardameta, cruza la línea y termina en el fondo de la red es el momento más adrenalínico de este deporte. Pero no me importa.
Tal vez por eso elegí mirar esos segundos cuando un fanático observa con los ojos abiertos de par en par. El cuerpo inclinado hacia adelante, como si pudiera empujar la pelota. Los labios apretados. Alguien que ya empieza a levantarse de los nervios. Otro que junta las manos como si rezara. Ese silencio diminuto que antecede a las grandes explosiones.

Como fotógrafo aprendí hace tiempo que la historia rara vez sucede únicamente donde todos apuntan la cámara. Basta girarla unos pocos grados para descubrir otra escena, muchas veces más reveladora que el acontecimiento principal. Con el fútbol hago exactamente eso: la pelota entrando en el arco cuenta el resultado; los rostros que estallan alrededor cuentan el significado.
Y entonces sucede. Durante una fracción de segundo el tiempo parece detenerse. Después llega el rugido.

Difícilmente otro deporte conozca un desahogo comparable al del gol. Hay abrazos entre desconocidos, cerveza que vuela por el aire, chicos que saltan sobre los hombros de sus padres, amigos que se reencuentran sin haberse buscado y ancianos que festejan con el entusiasmo de un joven. Durante unos segundos desaparecen las edades, las diferencias, las discusiones y hasta los nombres propios. Solo queda una multitud latiendo al mismo ritmo.
Recién entonces vuelvo la vista hacia la pantalla.
El gol sigue ahí.



La televisión lo ofrece otra vez. Y otra. Y otra más. Desde detrás del arco, desde la tribuna, desde un dron, desde la cámara del árbitro, desde reconstrucciones digitales que permiten seguir el recorrido exacto de la pelota. Todo queda registrado. Todo puede repetirse.




El grito, en cambio, pertenece a otra materia. Porque incluso cuando ya conocemos de memoria la capacidad de la tecnología para reproducir cada jugada, las pantallas no logran capturarlo.
Mientras perfeccionan la manera de mostrar el gol, el fútbol sigue conservando un rincón donde ninguna innovación consigue imponerse: ese instante en que miles de personas gritan al unísono como si, durante unos segundos, toda la felicidad posible hubiera decidido concentrarse en una sola palabra.
Gooooollll!!!


















