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Héctor Medina, actor: “Soy cubano, empedernido y romántico, a pesar de todo”

Actor, productor, guionista y director, Medina ha construido una trayectoria que se mueve con naturalidad entre el cine independiente, el teatro y las plataformas internacionales.

por
  • Félix A. Correa Álvarez
julio 8, 2026
en Cultura, Gente
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El actor Héctor Medina. Fotos: Alex G Harper.

El actor Héctor Medina. Fotos: Alex G Harper.

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Antes de los festivales internacionales, las alfombras rojas y los créditos compartidos con producciones de alcance global, Héctor Medina fue un niño que corría descalzo entre sembrados de tabaco y se escapaba de casa para recorrer las calles de Sandino como si ya fuera un hombrecito. Quizá por eso, cuando habla de sus inicios, lo hace evocando aquel título de Stanislavski, Mi vida en el arte, para regresar, inevitablemente, a la vida antes del arte. “Yo soy un niño de Sandino, un pueblo pequeño”, cuenta el actor, aunque enseguida matiza la idea del pueblo convencional y recuerda aquel asentamiento levantado entre edificios, casas humildes y familias trasladadas del “Escambray” hasta el extremo occidental de Cuba.

La memoria de Medina está hecha de caminos rurales, ríos y patios compartidos en la Cuba de los años 90, la del “Periodo Especial”. “Recuerdo mucho andar descalzo por el campo”, dice, mientras enumera imágenes que parecen sacadas de una película costumbrista: los abuelos inculcando primero el trabajo y después el juego, los baños en el río, las carreras entre arboledas y las aventuras infantiles de montar caballos ajenos con más entusiasmo que destreza. También permanece intacto el recuerdo de la pomarrosa, “una fruta que casi nadie conoce ya”, cuyo olor y sabor sigue asociando a las orillas del río y a la infancia pinareña.

Aquellos años también estuvieron marcados por las ausencias y los cambios. Hijo de padres divorciados, vivió junto a su madre y su hermana un largo peregrinaje hasta encontrar refugio en la casa de la abuela, aquella “casa de los muchos” donde convivían hijos, nietos y primos en un pequeño apartamento de microbrigada. Sin embargo, el actor no habla desde la nostalgia amarga. “Vivíamos más afuera que dentro de la casa”, recuerda sobre aquellos barrios cubanos donde la calle funcionaba como sala común y donde las diferencias desaparecían entre “blanquitos, negritos, mulaticos, indiecitos, de todo”.

Quizá de esa mezcla de precariedad y felicidad nació parte de la sensibilidad que más tarde encontraría refugio en los escenarios y frente a las cámaras. “Hay muchos recuerdos y también algunas tristezas de las que durante mucho tiempo me quejé y que ahora agradezco”, confiesa. Para Medina, aquellas vivencias terminaron convirtiéndose en herramientas de trabajo: “De cierto modo, me ayudan a la sensibilidad a la hora de interpretar un personaje, hacer una obra o simplemente leerla”.

Esa sensibilidad encontró pronto su lugar en la actuación. Egresado de la Escuela Nacional de Arte en 2008, debutó en el cine con Boleto al paraíso, interpretación que le valió el Premio Adolfo Llauradó como mejor actor revelación. Más tarde llegarían títulos fundamentales dentro y fuera de Cuba como El rey de La Habana, Viva y la serie Cuatro estaciones en La Habana, además de una intensa carrera teatral en Miami y su participación en producciones recientes como Los frikis, Pedro Pan y Killing Castro. Actor, productor, guionista y director, Medina ha construido una trayectoria que se mueve con naturalidad entre el cine independiente, el teatro y las plataformas internacionales.

Te formaste en la ENA y muy pronto integraste Teatro El Público. ¿Qué herramientas esenciales de esa etapa siguen marcando tu manera de asumir un personaje hoy?

Cuando entré a la ENA, aquello fue el final de un largo camino. Hice las pruebas por primera vez y desaprobé, aunque estuve muy cerca de entrar. En aquel entonces se hacían talleres provinciales y nacionales: primero pasabas el provincial y, si aprobabas, ibas al nacional.

La primera vez llegué hasta la última prueba del taller provincial, una de las tantas que se hacían, y desaprobé. Yo no sabía qué iba a hacer con mi vida hasta que descubrí que existía la ENA. Era eso o ser instructor de arte, algo que tampoco sabía que existía.

Como estuve tan cerca de entrar, pasé un año muy triste. Me tuve que ir para el preuniversitario Briones Montoto, en Pinar del Río. Yo me preguntaba: “Dios mío, ¿qué hago aquí?” —aquel preuniversitario no era muy diferente al de Camionero, mi primer cortometraje—. Ese año me dije que no podía pasar tres años allí y me dediqué a leer. Iba a la biblioteca y hasta me robaba libros. Leía todo lo que encontraba: teatro escandinavo, García Lorca, cualquier texto de teatro que cayera en mis manos.

Finalmente, después de prepararme y lograr aprobar ambos talleres, logré entrar a la ENA. Fue como un sueño para mí. Aprendí muchísimo, sobre todo durante el primer año. Fue un grupo muy bonito y, por primera vez, sentí que pertenecía a un lugar, porque hasta ese momento no había encontrado mi sitio.

Ya en el último año empecé a presentarme a muchos castings y me desaprobaron en todos. Pero la desaprobación también te da fuerza.

Hasta que llegó el casting de mi primera película, Boleto al paraíso. El director de casting era Carlos Díaz. Yo había visto prácticamente todas sus obras desde que llegué a La Habana, todo lo que hacía Teatro El Público me impresionaba muchísimo.

Entonces me dije: “Si no apruebo la película, al menos tengo que llamar la atención de Carlos Díaz para que me invite a su teatro”.

Tuve la suerte de hacer la película y, tiempo después, Carlos me llamó a El Público para aprenderme rápidamente un monólogo porque iba a interpretar uno de los personajes de Cabaret alemán. Me senté en una esquinita a estudiar el texto porque entraba a escena ese mismo día. Era una locura.

Recuerdo que se me acercó Alexis Díaz de Villegas, gran maestro y gran amigo, y lo primero que me preguntó fue:

—¿Ya te sabes el texto?

—Sí, más o menos —le respondí.

Entonces me dijo:

—¿No ves a todo el mundo aquí disfrutando? Disfruta, porque si tú no lo disfrutas, allá abajo el público tampoco lo va a disfrutar.

Esa fue una de las primeras grandes lecciones que me llevé de Teatro El Público.

Hasta ese momento yo solo había conocido las clases de la ENA, donde todo giraba alrededor de una nota: noventa, ochenta, setenta… y siempre existía el miedo a que te expulsaran de la escuela si obtenías malos resultados o te portabas mal. Más de un profesor me amenazó con mandarme de vuelta para Pinar del Río.

En El Público aprendí a disfrutar el teatro, pero también a trabajarlo, a investigarlo y a respetarlo profundamente. El teatro siempre ha sido sacrificio y, en Cuba, quizás un poco más: montarse en una guagua para llegar al ensayo, pasar horas trabajando sin a veces tener nada que comer… requiere mucha disciplina y mucha entrega.

Hoy me llevo conmigo todos aquellos momentos. Pude escribir y dirigir mi primera obra junto a Robby Ramos: Muerto de risa: El último show de Álvarez Guedes; y, por ejemplo, mi escenario tiene una pasarela, algo que todo el que me conoce sabe que viene directamente de Carlos Díaz.

Aprendí a prestar atención al vestuario, a lo espectacular, a hacer teatro para todos y no únicamente para los intelectuales. Me quedé con esa idea de Carlos: hacer escándalo, arrastrar a la gente al teatro, renovarse constantemente, buscar novedades, detalles, lentejuelas, pelucas y todo ese desparpajo que caracteriza a Teatro El Público. Todo eso me acompaña hoy como actor y como director.

También aprendí muchísimo viendo ensayos. Me fascinaba observar trabajar a Carlos Díaz y a actores como Osvaldo Doimeadiós. Ver aquellos procesos era mejor que cualquier clase. Aprendí cómo se mueve un actor en el escenario y cómo se construye una puesta en escena.

Pero, sobre todo, me llevo a la gente. 

Hoy muchas personas escogen profesiones pensando únicamente en el dinero: ser médico para ganar más o piloto para viajar y ganar mejor salario. Yo creo que no podemos perder esa dimensión filantrópica de hacer las cosas por los demás, de sacrificarse por las personas y de trabajar para la gente.

El dinero es importante, por supuesto. Eso también lo he aprendido viviendo en Estados Unidos. Pero nunca puede convertirse en el factor más importante para quienes trabajamos para el público. Porque el factor más importante sigue siendo, precisamente, el público.

Héctor Medina en el Feratum film festival junto a la actriz estadounidense Meryl Streep y
al cubano Luis Alberto García / Foto: Cortesía del entrevistado.

¿Crees que el teatro cubano es osado? 

Yo creo que el teatro cubano es muy, pero muy osado.

Tengo muchos recuerdos de obras en Teatro El Público, en Argos Teatro, en Teatro de la Luna, de Raúl Martín y, sobre todo, de El Ciervo Encantado. Presencié muchas funciones en las que el público entendía perfectamente lo que se estaba diciendo, aunque el teatro en Cuba casi nunca dice las cosas de manera directa. Hay que ser muy inteligente para leer entre líneas.

Era como cuando se hablaba de que “ha muerto el rey” o “el rey debe morir”, y el público enseguida comprendía el verdadero significado de aquellas palabras. Recuerdo aplausos y ovaciones que, por momentos, parecían rozar el límite de convertirse en una protesta o en algo parecido a una huelga, y yo pensaba: “Dios mío, aquí va a entrar la policía”.

Y, sin embargo, eso ocurría en un país como Cuba, con todas las limitaciones y tensiones que históricamente han existido.

Hace poco, durante el montaje de Muerto de risa…, hay un momento en el que interpreto a una monja inspirada en uno de los personajes del humorista. Debajo del hábito lleva un enorme pene postizo y el personaje se acerca al público diciendo: “¡Surprise!”, antes de mostrarlo.

Algunas personas se escandalizan, otras se ríen. Han sido más las risas que el escándalo, aunque varias personas se acercaron para preguntarme si realmente era necesario hacerlo y para sugerirme que elimináramos la escena.

Mi respuesta siempre fue la misma: “Yo vengo de un país donde existía mucha censura y, aun así, en el teatro donde trabajaba, la gente salía desnuda al escenario y pronunciaba monólogos y consignas hermosas, profundamente arriesgadas. Si eso lo hacíamos en Cuba, ¿por qué no voy a hacer esto aquí, en Estados Unidos?”.

Es entonces cuando me detengo a pensar y digo: caramba, en Cuba éramos muy osados, muy lanzados.

Además, se hacía teatro de todo tipo. Ahora mismo sé que se sigue haciendo teatro, pero recuerdo especialmente la época en que estudiaba en la ENA y los años inmediatamente posteriores a mi graduación, cuando había funciones prácticamente de lunes a domingo y el país vivía una verdadera fiesta teatral.

Recuerdo el Mayo Teatral, el Festival Internacional de Teatro y la posibilidad de ver propuestas extraordinarias. Muchas veces comparábamos lo que hacíamos nosotros con las obras que llegaban desde otros países y descubríamos que estábamos muy bien. Y todavía lo estamos.

Sin embargo, creo que nos hace falta abrirnos más al mundo, renovarnos y, sobre todo, recuperar a muchos de nuestros artistas y creadores que se han ido.

Pero sí, si tuviera que definirlo en pocas palabras, diría que el teatro cubano es profundamente osado y profundamente gozoso.

Héctor Medina en el Feratum film festival junto a Paddy Breathnach, director de Viva, al
cineasta, productor y escritor británico Danny Boyle y al actor cubano Luis Alberto García /
Foto: Cortesía del entrevistado.

Hablabas de Boleto al paraíso, que además fue un punto de inflexión en tu carrera. ¿Cuán complejo es hacer cine en Cuba? ¿Cuánto influyó en el actor que eres hoy?

Sí, Boleto al paraíso fue un punto de inflexión en mi carrera. Después de esa película me di a conocer un poco más, a pesar de que no interpretaba a uno de los personajes principales.

Aquella experiencia me permitió entender mejor la dinámica del cine cubano y del ICAIC. En Cuba existe mucho cine, sobre todo cine independiente, y yo aprendí muchísimo de aquel proceso. Empecé a apropiarme del oficio, porque en la escuela no nos enseñaban cómo actuar para el cine. Uno tenía que ir dándose golpes, escena tras escena, e ir descubriendo poco a poco el lenguaje cinematográfico.

También agradezco mucho aquella oportunidad porque me permitió conocer desde dentro cómo funcionaba el ICAIC, cómo cambian algunas cosas después de determinadas reuniones y cómo te tratan, en ocasiones, algunos productores, que después de la cuarta o quinta película siguen diciéndote: “Tú todavía estás empezando”, mientras intentan pagarte siempre lo mismo.

El cine cubano es también un espacio pequeño, donde no siempre entra todo el mundo. Y yo, que era un guajirito de Pinar del Río, fui logrando poco a poco abrirme paso y encontrar mi lugar dentro de ese grupo.

Sin embargo, creo que más que Boleto al paraíso, lo que realmente me impulsó en Cuba fue el cortometraje Camionero. Gracias a él me gané el respeto de muchas personas dentro del medio. Además, fue una experiencia muy especial porque lo hice junto a mi mejor amigo, Tony Alonso, actor y drag queen cubano que actualmente vive en España. Tony fue también quien, tiempo después, me ayudó a prepararme para Viva. Por eso considero que aquel cortometraje, Camionero, fue el verdadero punto de inflexión de mi carrera.

Hacer cine en Cuba es muy complicado, pero siempre hay gente valiente y con muchas ganas de contar historias. Yo tuve la oportunidad de trabajar con muchos jóvenes realizadores: algunos regresaban a Cuba desde Estados Unidos para filmar cortometrajes con el dinero que ganaban en trabajos completamente ajenos al arte; otros hacían películas independientes con muy pocos recursos, simplemente porque sentían la necesidad de crear.

Participé en muchos proyectos de ese tipo y, curiosamente, terminé dándome a conocer fuera de Cuba gracias a producciones internacionales sobre Cuba realizadas por directores no cubanos, como El rey de La Habana o Viva.

En ese tipo de proyectos me sentía especialmente cómodo porque los directores confiaban mucho en mí, existía menos censura y uno podía aprovechar mucho más las oportunidades creativas que aparecían. Además, esas películas me permitieron viajar, conocer el mundo y descubrir otras maneras de entender el cine y la profesión. Terminaron transformándome profundamente, tanto como actor como persona.

En ambos filmes interpretaste personajes complejos, atravesados por la marginalidad y la búsqueda de identidad. ¿Qué te atrae de esos universos humanos?

Filmes como El rey de La Habana, Viva y otros trabajos más recientes, sobre todo aquellos personajes transexuales o de identidades más femeninas, me marcaron profundamente. Yo suelo decir, medio en broma y medio en serio, que tengo una carrera como actor y otra como actriz, y que siempre me fue mejor en la de actriz.

Pero lo que realmente me atrapaba de esos proyectos era la posibilidad de expresar la realidad que yo veía a mi alrededor.

En aquella etapa, cuando hice esas películas, había personas que ya me reconocían por la calle como actor. Lo que no sabían era que muchas veces yo había caminado desde La Lisa hasta La Habana Vieja porque no tenía dinero para coger una guagua y me daba vergüenza pedir ayuda o que alguien me mirara con lástima. Entonces caminaba La Habana, y caminándola descubrí su realidad, sus calles y sus personajes.

Es una realidad muy dura, sobre todo la de la noche habanera. Es una Habana violenta, una Habana muchas veces desagradable, aunque siempre conserve su encanto y su magia. Yo pude conocer una ciudad muy distinta a esa imagen romántica con la que tantas veces hablamos de nuestra capital.

Incluso hubo momentos en que llegué a mirar La Habana con cierto resentimiento. Caminaba siempre con el miedo de que me pidieran el carné de identidad y me preguntaran qué hacía allí si era de Pinar del Río o de otra provincia, con el riesgo constante de que me montaran en un camión y me devolvieran a mi lugar de origen.

Hacer aquellas películas me permitió expresar muchas de esas experiencias que había vivido, visto o sufrido en carne propia en La Habana. Y eso me resultaba cómodo como actor, porque estaba trabajando sobre una realidad que conocía bien.

Cuando hice El rey de La Habana, ya había pasado por muchos bares gay de la ciudad, los conocidos, los menos conocidos y también los clandestinos. Ya conocía ese mundo. Con Viva ocurrió algo parecido y, más adelante, con Los frikis también encontré conexiones personales con la historia, porque desde pequeño, en Pinar del Río, tuve la oportunidad de conocer personas vinculadas al sanatorio y pacientes que vivían con VIH.

Disfruté muchísimo hacer esas películas porque me permitían acercarme a realidades complejas y humanas que forman parte de la historia reciente de Cuba. Además, eran producciones donde existía una libertad creativa distinta. Siempre he sentido que, de haber sido otros los contextos de producción, algunas de esas historias habrían terminado siendo diferentes.

Pero hay algo más que me atrae profundamente de este tipo de proyectos: como actor y como artista, todo lo que implique hablar de mi comunidad, de mi gente y de mi país siempre será mucho más interesante para mí. 

Creo firmemente que la mejor manera de ser universal es siendo profundamente local. Y yo soy cubano, empedernido y romántico, a pesar de todo. Estoy muy orgulloso de mi cultura y de mi gente. A pesar de tantos años difíciles, Cuba ha construido una cultura inmensamente poderosa en la literatura, el teatro, la música, la danza y el cine.

Por eso, hablar de esa realidad y llevarla a una pantalla siempre será, para mí, una de las razones más importantes para seguir haciendo arte.

Paco, su personaje en Los frikis, le ofreció “esa mezcla de vulnerabilidad y un lado más
salvaje, más valiente, que quizás me hacía falta”. Foto: Cortesía del entrevistado.

Has transitado del teatro más experimental al cine independiente. ¿Cómo dialogan en ti esos distintos lenguajes?

El teatro y el cine son dos lenguajes completamente diferentes, pero tienen el mismo fin: contar una historia o, a veces, ni siquiera contarla, sino transmitir una emoción o provocar preguntas en el público. Y no hay nada que me atraiga más que eso. Sobre todo en el teatro experimental y en las películas independientes, como quiera que se les llame. 

A mí siempre me ha gustado mucho la poesía. La leo y durante mucho tiempo también la escribí; de hecho, todavía escribo con frecuencia. Y es algo muy parecido a lo que ocurre con ciertos proyectos teatrales o cinematográficos de carácter experimental e independiente: a veces no te cuentan una historia de manera convencional. Es como un poema, que quizás entiendes y al mismo tiempo no entiendes del todo, pero sabes que te hace sentir algo, que provoca una emoción o una reacción en ti.

Yo creo que, si hay algo que intento mantener tanto en el teatro como en el cine, a pesar de ser lenguajes diferentes, es precisamente la emoción. Todo aquello que no me conmueva, que no me mueva por dentro o que no me ofrezca la posibilidad de provocar algo fuerte en el público, prefiero no hacerlo. No me interesan las cosas vacías.

Y eso no significa que no me guste el entretenimiento. Me encanta hacer comedia y creo que, además, a través del humor se pueden decir cosas muy profundas y muy duras. Pero incluso cuando hago comedia, siempre intento que detrás exista una emoción. Creo que la emoción es un factor imprescindible para conectar con las personas, con el público. Al final, más allá del lenguaje o del formato, eso es lo que permanece.

Los frikis, Killing Castro, Pedro Pan… son algunos de tus trabajos más recientes.  ¿Sientes que en estos proyectos se está narrando una Cuba distinta?

Todos estos proyectos son diferentes. Algunos son más fieles a la realidad y otros menos, pero lo importante es que están hablando de Cuba y de lo que ha sucedido y sigue sucediendo en el país.

Y hablo no solo de Los frikis, Killing Castro, Pedro Pan, sino también de El rey de La Habana, Viva, Camionero… Algunas películas se acercan más a la realidad cubana y otras toman mayores licencias, pero todas tienen algo en común: ponen a Cuba en el centro de la conversación.

Ahora bien, uno como actor y, más recientemente, también con mentalidad de productor, tiene que entender que estas películas no se hacen únicamente para el público cubano. Se hacen para espectadores de todo el mundo, de todos los continentes. Y, desgraciadamente, cuando se cuenta una historia, siempre existen ciertos recursos narrativos, ciertas concesiones o “trampas” que permiten que personas de otros países puedan comprender mejor lo que ocurrió o lo que ocurre en Cuba.

También hay que pensar en que las películas sean comerciales porque, por muy profundo o artístico que sea el cine, no podemos olvidar que también es una industria y un negocio. Al final, lo más importante cuando uno hace una película es conseguir que se vea, que se distribuya y que el mensaje llegue a la mayor cantidad posible de personas. Ahí está el verdadero éxito de una película.

El éxito está en que la gente vaya al cine, la vea en festivales y, sobre todo, en que cinco o diez años después de haberse estrenado siga encontrando espectadores.

Uno no hace películas pensando únicamente en los Oscar o en los premios. Claro que ganar un reconocimiento siempre es positivo, pero el verdadero triunfo de una película está en su capacidad para permanecer en el tiempo y seguir siendo vista muchos años después.

Y cuando se habla de Cuba, además, hay que tener ese equilibrio y esa inteligencia artística y comercial que permitan que la historia llegue al público y continúe circulando.

Pero, para mí, lo más importante es que el tema siga vigente y que, a pesar del romanticismo que todavía existe en algunos lugares de Los Ángeles, Nueva York o Europa alrededor de la Cuba de Fidel y del Che Guevara, haya personas dispuestas a mirar más allá y a contar también otras historias y otras realidades. Eso ya tiene un enorme valor.

En Killing Castro, Hector Medina interpreta a Raúl Castro (joven). Foto: Cortesía del
entrevistado.

¿Qué peso tiene la preparación física y emocional en tu proceso de construcción de un personaje?

Durante mucho tiempo subestimé la preparación física para un personaje. Siempre me inclinaba más por lo intelectual y lo emocional, que también es mi fuerte a la hora de enfrentar un personaje. Pero la preparación física es muy importante cuando preparas uno.

Por ejemplo, lo que fue para mí una gran escuela fue cuando trabajé con Mike y Taylor Nilson, los directores de Los frikis. Lo primero que hicimos fue la preparación física: comer lo que comía el personaje, hacer lo que hacía el personaje. Incluso me dieron diferentes tipos de programas de ejercitación física que me ayudaban a construirlo. Siguiendo los pasos que ellos me iban dictando, fui descubriendo poco a poco cómo caminaba, cómo miraba, cómo se movía mi personaje, cómo corría, cómo gesticulaba.

La preparación física es muy importante y, a veces, se parte de ella o viceversa, pero siempre tiene que ir de la mano con lo emocional. Lo físico y lo emocional están profundamente conectados. Y, te soy honesto, lo descubrí hace unos años. Desde entonces, cada vez que enfrento un personaje, trato de aplicarlo, incluso cuando no se requiere una gran preparación física.

Por ejemplo, cuando uno hace teatro, físicamente tiene que estar bien, porque hay mucho sacrificio y esfuerzo en el escenario. Entonces, cada vez que tengo un proyecto, enseguida empiezo a ejercitarme. Corro mucho; me encanta correr, porque para mí es como un mantra. Es mi forma de meditar. Corro sin música, sin nada, y voy pensando en mi personaje, en mí mismo, en los diálogos o en la manera de enfrentar el personaje. Me clarifica mucho. Además, cuando uno hace ejercicio, mentalmente también está más preparado y saludable.

Creo que existe una preparación física, intelectual y psicológica para construir los personajes. Y también incluiría una preparación física y mental para despedirlos, que es algo que yo nunca había hecho. Lo descubrí haciendo Killing Castro, hablando con Diego Boneta, quien me mencionó ese proceso. Yo no me había dado cuenta de que no me había despedido de muchos personajes, y es algo necesario. Es todo un viaje: preparar, abrazar al personaje y luego dejarlo ir.

La parte emocional siempre tiene que estar presente. Hay que encontrar puntos de coherencia entre uno mismo y el personaje.

Y bueno, eso sí: me encanta que hayas mencionado la preparación física, porque es muy importante. También la parte sensible. Yo siempre trato, por ejemplo, si el personaje es de determinada época, de investigar mucho: ver películas, escuchar música, leer libros de esa época, para sumergirme completamente en ese universo.

Eso también me ha ayudado mucho, porque cuando uno se prepara intensamente, va acumulando información en ese “almacén” mental. A veces me gusta conversar con personas mayores. Por ejemplo, Rubén Rabasa, uno de los actores con los que trabajo actualmente en Muerto de risa…, tiene 89 años, y a veces me cuenta cosas fascinantes.

Eso es lo lindo de ser actor: uno aprende muchísimo y se lleva muchas cosas consigo. Los personajes, a veces, te quitan… pero también te regalan mucho. Muchísimo.

Has desarrollado parte de tu carrera en Miami. ¿Cómo ha influido ese contexto cultural en tus elecciones artísticas?

Mira, cuando llegué a Miami empecé como empiezan muchos: buscando un sueño y trabajando duro para alcanzarlo.

He hecho de todo y, gracias a Dios, a la vida y también a la suerte de haber llegado a una ciudad hecha, en muchos sentidos, para nosotros, los cubanos y los emigrantes, he podido salir adelante.

Siempre voy a estar agradecido con los cubanos que llegaron primero y con los que siguen llegando, porque cuando uno se va de Cuba, siente, muchas veces, que lo ha perdido todo. Pero después de un tiempo viviendo aquí descubres que no es así. Descubres que, de alguna manera, ganaste otra provincia. Miami es como otra provincia cubana que existe de este lado del mar.

Aquí uno aprende muchas cosas que no aprendió en Cuba. Aprendes cómo funciona una tarjeta de crédito, aprendes a trabajar para otros públicos y descubres nuevas maneras de relacionarte con el mundo.

Yo he trabajado mucho más aquí de lo que había trabajado en Cuba y, curiosamente, desde Miami también me he reencontrado con mi propia comunidad. Incluso personas que no hablan español, que hablan inglés y pertenecen a otros contextos, me han demostrado cariño, respeto y me han ayudado a encontrar oportunidades o a impulsar mi carrera.

Y no hablo solamente del ámbito profesional. También hablo de la gente común. Tengo, por ejemplo, un amigo llamado Juanito que trabaja en un CVS y que muchas veces me llama para darme cosas que recibe como empleado y que yo puedo enviarle a mi mamá en Cuba o utilizar para mis hijos. Tener ese contacto con tu gente y con tu comunidad llena muchísimo.

Yo adoro Miami. Miami es mi nueva casa, como lo fue Cuba durante tantos años. Desde aquí he podido trabajar mucho y desarrollar proyectos importantes, y por eso me siento profundamente agradecido con esta comunidad.

Ahora mismo, por ejemplo, llevamos varias semanas presentando Muerto de risa… y todas las funciones han estado llenas. La respuesta del público ha sido extraordinaria y uno tiene que ser agradecido con eso.

Miami ha influido muchísimo en mí. Siento que aquí existe una cultura verdaderamente poderosa porque no solo están los cubanos, sino también esa enorme mezcla entre lo estadounidense, lo cubano, lo haitiano y tantas otras comunidades latinoamericanas que conviven en la ciudad.

Basta entrar en un restaurante y descubrir platos, acentos y tradiciones de tantos lugares distintos para entender la riqueza cultural que existe aquí. Y creo que debemos empezar a defender más esa diversidad.

Muchas veces me encuentro con personas fuera de Miami que hablan mal de la ciudad o utilizan expresiones despectivas sobre el “cubaneo”. Confieso que esas cosas me molestan. A veces me las dicen directamente y yo les respondo: “No te das cuenta de que yo soy parte de ese Miami del que hablas”. Yo vivo Miami, camino Miami y me siento orgulloso de mi comunidad. La voy a defender siempre.

Todo lo que hago hoy como artista nace tanto de lo que traigo de Cuba como de todo lo que he descubierto aquí: las personas que he conocido, las conversaciones que he tenido y las historias que me han compartido.

Miami me ayudó a quitarme muchas vendas de los ojos, muchas ideas preconcebidas con las que llegué desde Cuba. Le debo muchísimo. Este es mi pueblo, mi ciudad, mi casa…

Además, aquí encontré un grupo maravilloso llamado Casa Cultura Media House, una especie de pandilla de locos maravillosos formada por cubanoamericanos, estadounidenses y cubanos como yo, todos dedicados a crear y a encontrar a otros locos parecidos para sumarlos al proyecto.

Cosas como esas son las que me hacen sentir profundamente orgulloso de Miami. Porque, de alguna manera, este también es ya mi pueblo.

Héctor Medina junto al actor estadounidense Danny Pino, a Richie Adams, director de
Pedro Pan, y Steve Shapiro, uno de los productores del filme. Foto: Cortesía del entrevistado.

¿Cómo ha sido tu experiencia trabajando en el teatro fuera de Cuba y qué diferencias encuentras en el público y la escena artística en Miami? 

Mira, mi experiencia teatral aquí, en Miami, ha sido hermosa.

He hecho de todo: teatro experimental, dramas, tragedias y también comedias. Y eso me llena de orgullo porque, aunque en Miami está el Adrienne Arsht Center, donde llegan grandes producciones y giras de Broadway, yo creo que la verdadera bandera del teatro en esta ciudad la llevamos los latinoamericanos: cubanos, argentinos, colombianos, venezolanos…

Nosotros traemos una larga tradición teatral y la hemos sembrado también aquí, en Miami. Yo he aprendido muchísimo de esta experiencia. Ha sido una escuela para mí.

Trabajar para públicos diferentes y compartir escenario con actores de otras nacionalidades me ha enriquecido enormemente, tanto desde el punto de vista intelectual como desde el físico y el artístico.

Además, Miami tiene un público muy diverso y eso también enseña mucho. Te obliga a mirar el teatro desde otras perspectivas y a entender que, además de arte, también es una actividad que necesita sostenerse económicamente. Uno tiene que lograr llegar al público, pero también tiene que conseguir que el proyecto sea viable, porque los artistas también tenemos que vivir y comer.

Toda la experiencia acumulada entre Cuba y Miami me ha dado herramientas y confianza para lanzarme a hacer muchas de las cosas que estoy haciendo hoy.

Yo creo que el teatro en Miami está viviendo un buen momento y sigue creciendo. Incluso siento que poco a poco está adquiriendo una personalidad propia.

Hay algo muy hermoso cuando uno se aleja de la imagen más turística de Miami, de las playas, las palmeras y los edificios de Miami Beach, y descubre la cantidad de teatros, espacios culturales y proyectos artísticos que existen en esta ciudad.

Entonces te das cuenta de la enorme fortaleza cultural que hay aquí y, sobre todo, de algo fundamental: la gente va al teatro. Y va todo el mundo. Van intelectuales, plomeros, trabajadores, estudiantes… va todo tipo de público.

Eso hay que agradecérselo a todos los que hicieron teatro antes y a quienes siguen haciéndolo hoy, creadores que continúan apostando por la escena. Y eso demuestra algo importante: aquí los artistas no desaparecen. Una prueba de ello somos todos nosotros.

Yo creo que el artista nunca muere. El artista siempre está ahí, incluso cuando trabaja en algo que aparentemente no tiene relación con el arte. Está cuando llegas a casa y lees un libro, cuando ves una buena película, cuando vas al teatro o cuando escuchas un gran concierto. El arte permanece.

Y yo tampoco creo que el arte deba abandonarse simplemente porque en algún momento no te esté devolviendo nada material. Al arte hay que entregarse por completo, darlo todo y sacrificarse si es necesario. Después, muchas veces sin darte cuenta, ese esfuerzo regresa de alguna manera. Llámalo destino, llámalo suerte o llámalo karma artístico. Pero vuelve.

Por eso pienso que uno no puede abandonar el teatro solamente porque atraviese momentos difíciles. A veces se habla de ciertos lugares o ciertas circunstancias como “máquinas de matar artistas”, pero yo no creo en eso.

Creo más bien que el peligro aparece cuando uno deja de soñar, cuando pierde la inquietud y la curiosidad que tenía cuando estudiaba en la escuela de arte o cuando soñaba con convertirse en un gran actor, un gran director o un gran músico. 

Uno no puede dejar de soñar. No puede perder esa candidez, esa inconformidad y esa hambre de crear que traía desde joven. Yo creo que, al final, se trata precisamente de eso.

Mirando atrás, ¿cuál ha sido el que más te ha transformado como ser humano?

No me gusta mirar atrás… Yo siempre suelo decir que tengo poco espacio en la memoria, y por eso puedo borrar muchas cosas y seguir adelante.

Creo que hay muchos personajes por venir, y cada personaje que he hecho me ha transformado. Desde los más conocidos hasta los menos visibles, todos han dejado algo en mí. He hecho muchos, y la vida de un artista es eso: éxito, pero también fracaso tras fracaso. Sin embargo, todo te enseña, todo suma.

Si tuviera que escoger alguno, a nivel emocional, como ser humano, diría que hay personajes que me han sanado. El personaje de Viva, por ejemplo, movió muchas cosas en mí. Sobre todo, me enseñó a sanar con amor. No importa lo duro que te den, si respondes con amor, siempre será una mejor solución. Así como el personaje resolvía sus conflictos con amor, yo me llevé esa enseñanza conmigo. Eso es algo muy lindo que me regaló.

Y luego, en Los frikis, Paco me dio algo distinto: esa mezcla de vulnerabilidad y un lado más salvaje, más valiente, que quizás me hacía falta. Me enseñó que a veces no está mal sacar ese carácter, defender tus principios, decir “no, esto no es así”. Me dio cierta valentía que aún conservo.

Creo que uno se queda con esas cosas lindas de los personajes. A veces hay que ser un poco Paco, a veces hay que plantarse.

Como ser humano, todos estos personajes me han transformado bastante. No sé si para bien o para mal, pero sé que vendrán muchos más que me seguirán transformando.

Lo lindo de hacer teatro y cine es que uno puede desbordarse. Es como vivir veinte terapias psicológicas en un solo show o en una sola película. Por eso no me gusta dejar de actuar. Lo siento necesario. No solo por estar frente al público, sino por mí, como persona.

En su último viaje a La Habana, abraza la imagen de Adolfo Llauradó, a quien profesa un profundo cariño y admiración. Foto: Cortesía del entrevistado.

Si tuvieras que definir el momento actual de tu carrera, en una palabra, ¿cuál sería y por qué?

Yo creo que la palabra que define mi carrera —y no solo ahora, sino desde antes, y creo que seguirá siendo así— es Cuba.

Cuba es la palabra. Yo me siento bendecido por las raíces que tengo: por mi familia, por los libros que me recomendaron mis amigos, por las películas, por las canciones. Me siento bendecido de venir de un lugar del que salieron figuras como Rita Montaner, Bola de Nieve, Reynaldo Arenas…, y tantos poetas y músicos extraordinarios. Hay tantos nombres detrás de Cuba…

Y, en definitiva, Cuba es eso. Cuba no es solo un pedazo de tierra, ni una bandera o un escudo. Para mí, Cuba son todas esas personas que admiro, sean artistas o no. Eso es lo que expreso en mi arte: lo que he vivido, lo que he visto, lo que me ha nutrido.

La sangre que corre por mis venas es Cuba, es la de todos los cubanos. Puede sonar romántico o político, pero es así. Es Cuba.

***

Y quizá todo termine de cerrarse ahí, en esa palabra que repite sin titubeos cuando se le pide definirse: Cuba. No como geografía, ni como símbolo abstracto, sino como una suma viva de voces, memorias, heridas, belleza y resistencia que atraviesan su obra y su manera de estar en el mundo.

Porque detrás del intérprete premiado y del creador inquieto sigue habitando aquel niño del que hablaba al inicio de esta entrevista, ese que se lanzaba desde un segundo piso para recorrer Sandino por su cuenta y riesgo. “Fue una infancia con altos y bajos, pero que hoy agradezco muchísimo”. Y en esa memoria, lejos de la nostalgia complaciente, aparece una clave más profunda: “Fue una infancia llena de preguntas. Me preguntaba muchas cosas”.

Tal vez ahí resida el verdadero hilo que conecta todo: Cuba, los personajes, el dolor, la belleza, el exilio y el regreso constante a sí mismo. En esa necesidad de entender, de incomodarse, de mirar de frente. Porque, al final, el oficio del actor —y acaso también el de vivir— consiste precisamente en eso: seguir preguntándose, incluso cuando el mundo parece haber encontrado ya las respuestas.

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