|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Reinventarse suele ser una palabra gastada por el exceso de uso. Sin embargo, pocas carreras la ilustran con tanta naturalidad como la de William Valdés. Cada etapa de su vida parece haber comenzado con una despedida: dejar La Habana siendo adolescente, emigrar más de una vez, convertirse en actor, probar suerte en la música, asumir la conducción televisiva y, cuando el panorama volvió a cambiar, conquistar también el espacio digital.
Pero antes de todos esos capítulos hubo un niño fascinado por el espectáculo, formado en la Escuela Nacional de Circo y convencido de que el escenario era el lugar donde quería pasar su vida. “Me enseñó disciplina, constancia y, sobre todo, a perderle el miedo al público. Desde muy pequeño aprendí que cuando subes a un escenario tienes que entregarte por completo y ser auténtico. Esa sigue siendo una de mis mayores herramientas”, recuerda.
El público comenzó a conocerlo con la serie Grachi, producción de Nickelodeon que marcó a toda una generación de adolescentes. Después llegarían otros proyectos como El rostro de la venganza, su paso por la banda mexicana CD9, su carrera como solista y, sobre todo, una consolidación como presentador en espacios de gran audiencia de la televisión hispana, desde ¡Despierta América! hasta Venga la Alegría. Tras su salida de TV Azteca en 2022, encontró en las plataformas digitales un nuevo escenario para conectar con millones de seguidores y demostrar que su carrera no dependía exclusivamente de una pantalla de televisión.
En conversación con OnCuba, William Valdés vuelve la mirada hacia el lugar donde empezó todo. “Cuba fue donde crecí y donde nacieron todos mis sueños. Ahí empezó la historia que hoy sigo escribiendo. Mi recuerdo más bonito es estar en la sala de mi casa cantándoles y actuándoles a mis abuelos. Ellos eran mi primer público y, sin saberlo, también fueron quienes alimentaron mi pasión por el entretenimiento. Creo que todo lo que hago hoy empezó en esos momentos tan simples y tan llenos de amor”.
Emigrar siendo tan joven implica reconstruirse casi desde cero. ¿Cuál fue el mayor desafío de ese proceso y qué descubriste sobre ti mismo en el camino?
Lo más difícil fue dejar atrás a mis abuelos, a mis amigos, mi cultura y el país donde crecí. Emigrar nunca es fácil, pero entendí que era necesario si quería construir la vida que soñaba. Siento que muchas de las oportunidades que he tenido difícilmente habrían sido posibles si me hubiera quedado en Cuba.
Curiosamente, mi vida ha sido una constante migración. He tenido que mudarme varias veces para seguir creciendo profesionalmente y para apoyar a mi mamá. Hoy vivo en México, un país que me abrió las puertas y al que siempre voy a estar profundamente agradecido.
Muchos te recuerdan por Grachi, tu debut en la televisión hispana. ¿Qué significó ese personaje para el William que apenas comenzaba y qué representa hoy en tu trayectoria?
Grachi fue mi primer gran proyecto en televisión y cambió mi vida. Lo curioso es que mi personaje originalmente solo iba a existir como una voz en off dentro del anillo. Gustó tanto que decidieron convertirlo en un personaje físico y terminé quedándome hasta el final de la primera temporada.
Más allá del éxito de la serie, lo que más atesoro son los recuerdos con el elenco. Éramos un grupo de amigos viviendo una aventura increíble, y eso se reflejaba en la pantalla.
Has transitado por la actuación, la música y la conducción televisiva. ¿En qué momento entendiste que tu carrera no debía limitarse a una sola faceta?
Siempre he pensado que, si tienes la capacidad de hacer varias cosas, no debes limitarte. Mientras sigas preparándote y aprendiendo, no hay razón para encerrarte en una sola etiqueta.
También hubo una realidad muy práctica: la necesidad económica y las ganas de seguir creciendo me enseñaron que esta carrera exige adaptarte constantemente. Nunca he querido dejar pasar una oportunidad por miedo a salir de mi zona de confort.

La televisión ha cambiado radicalmente en la última década. ¿Cómo ha sido adaptarte a esa transformación sin perder tu esencia?
Cuando salí de TV Azteca en 2022, tuve que reinventarme. Fue un momento que me obligó a salir de mi zona de confort y entender que existía un mundo mucho más allá de la televisión tradicional. Descubrí que las plataformas digitales también permiten construir una carrera y conectar con una audiencia enorme.
Hoy ya no necesitas pertenecer a una televisora para tener una voz o una comunidad. Lo importante es ser constante, auténtico y ofrecer contenido que realmente conecte con la gente.
¿Crees que el éxito en esta industria depende más del talento o de la capacidad para evolucionar constantemente?
El talento es indispensable, pero por sí solo no basta. He conocido personas increíblemente talentosas que llevan décadas haciendo exactamente lo mismo. Eso no está mal, pero yo soy de otra generación y siento la necesidad de evolucionar constantemente.
Para mí, reinventarse no significa cambiar por cambiar; significa crecer, aprender cosas nuevas y desafiarte. Si siento que llevo demasiado tiempo en el mismo lugar, algo dentro de mí me dice que es momento de moverme.
Trabajar en programas en vivo exige improvisación, rapidez y mucha preparación. ¿Qué te ha enseñado ese formato que quizá la actuación no podía ofrecerte?
Antes de hacer televisión, hice mucho teatro, y el teatro me dio herramientas muy importantes para improvisar y resolver cualquier situación sobre el escenario. Pero la televisión en vivo es otro universo. Ahí aprendí a pensar rápido, a reaccionar en segundos y a entender que no todo sale como está planeado. Me enseñó a confiar mucho más en mi intuición.
Las redes sociales acercan al público, pero también exponen a los artistas a un escrutinio permanente. ¿Cómo aprendiste a convivir con esa otra cara de la fama?
Las redes sociales son una herramienta increíble, pero también pueden ser un lugar muy tóxico. Han democratizado la opinión, y eso tiene cosas muy buenas y otras muy duras. Hoy cualquiera puede decir lo que quiera sobre ti sin pensar que del otro lado hay un ser humano.
Al principio me afectaba muchísimo, pero con los años entendí que no puedes vivir intentando convencer a todo el mundo. Hoy leo muchas cosas, sonrío y sigo adelante. Es parte del trabajo, aunque nunca termine de acostumbrarme.

Si un joven cubano que sueña con abrirse camino en el entretenimiento internacional te pidiera un consejo, ¿qué le dirías desde tu propia experiencia?
Le diría que estudie, que se prepare y que nunca deje de aprender. Soñar es importante, pero los sueños necesitan disciplina para convertirse en realidad. También le diría que tenga paciencia. Las oportunidades llegan, pero casi nunca llegan cuando uno quiere. Lo importante es estar listo cuando aparezcan.
Después de todo lo que has vivido, ¿qué proyectos o retos profesionales sientes que aún te faltan por conquistar?
Siento que todavía no he logrado ni el diez por ciento de lo que sueño hacer. Tengo muchísimas metas, desde proyectos en televisión hasta cine, teatro y plataformas digitales. No sé si la vida me permitirá cumplirlas todas, pero sí sé que voy a trabajar todos los días para intentarlo.
Si pudieras sentarte a conversar con aquel William que salió de Cuba siendo adolescente, ¿qué le dirías hoy?
Le diría que se prepare, porque esta industria puede ser maravillosa, pero también muy dura. Que no todos los aplausos son sinceros y que no todas las sonrisas significan amistad. Le diría que se cuide de la envidia y de la gente que intenta apagar los sueños de los demás.
También le diría algo muy importante: todo el dolor, las decepciones y los sacrificios van a valer la pena. Y que nunca deje de ser buena persona, incluso cuando otros no lo sean con él.
Finalmente, ¿cómo te gustaría que el público cubano reconociera a William Valdés: como actor, conductor, comunicador o, simplemente, como alguien que nunca dejó de reinventarse?
Me gustaría que me vieran como un cubano que nunca dejó de soñar. Como alguien que trabajó incansablemente por sus metas, que nunca se rindió, que supo levantarse después de cada caída y que demostró que, con disciplina, perseverancia y mucho trabajo, los sueños sí pueden hacerse realidad.
***
En medio de una industria en constante cambio, la figura de William Valdés sigue encontrando nuevas formas de conexión con el público. No deja de resultar significativo que, incluso desde la distancia, muchos cubanos —burlando la desconexión y los apagones— hayan podido seguirlo recientemente mientras lleva las riendas de la conducción del pódcast oficial de La casa de los famosos de Telemundo.
A la par, su presencia sobre las tablas con La obscenidad de la carne y El deseo de lo prohibido confirma que su vocación artística no reconoce límites de formato ni de escenario. “Estoy feliz y agradecido con el público mexicano”, ha dicho, en una declaración en sus redes sociales que resume también el momento de plenitud profesional que atraviesa.
Pero más allá de los proyectos y los aplausos, hay una raíz que permanece intacta y que atraviesa toda su trayectoria. “Cuba siempre será mi casa. Es el país donde nací, donde están mis raíces y donde todavía vive parte de mi familia: mi papá, mis tíos, mis primos y mi nana, que sigue siendo una persona muy importante para mí. Siempre soñé con poder desarrollar una carrera allí, pero las circunstancias fueron otras. Eso no cambia el amor inmenso que siento por mi país”. En esa afirmación se condensa no solo una biografía, sino también una identidad que se rehace sin perder su centro.
Quizá por eso, al mirar su camino, no se trata únicamente de reinventarse, sino de mantenerse fiel a un origen que late en cada paso. William Valdés ha construido una carrera atravesada por cambios, desafíos y nuevas oportunidades, pero también por una memoria afectiva que lo sostiene. Porque, al final, como él mismo resume con claridad: “Uno puede irse de Cuba, pero Cuba nunca se va de uno”.













