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Mi hija despertó en la madrugada y se quedó inventando historias con su mamá hasta la hora de vestir el uniforme. En ese sentido, parece que no ha pasado el tiempo. Ellos, como fuimos nosotros, llevan el paso en el camino a la escuela, hablan a gritos y llegan con los ojos muy abiertos. Saludan a sus amiguitos, se cuentan las grandes aventuras de sus vacaciones. En lo que a ellos respecta, la emoción del primer día de clases no ha cambiado mucho.
Entran al patio con ese rostro de expectativa y sorpresa, y allí sigue Martí pintado de blanco mirando de frente a los estudiantes.
El himno se canta atropellado, como siempre; y los niños más pequeños han olvidado con qué mano se saluda a la bandera, pero saludan igual, y se ríen unos de los otros mientras, poco a poco, se acostumbran de nuevo a los rituales que dejaron atrás hace más de dos meses.

No es una bienvenida como antes. El discurso de la directora es directo y práctico. Habla de la lucha por mantener la casa en pie, de responsabilidad, de seguir adelante. No hay aplausos. Nadie afirma o niega con la cabeza. ¿Qué podemos contarnos entre adultos sobre la crisis? Que el curso escolar comience ya parece un milagro. Ver en las calles a los niños y adolescentes con su ropa limpia y planchada es un acto de rebeldía y amor.
Respecto a los maestros, la escuela en Cuba ha cambiado sus prioridades. Ellos advierten: no habrá regaños si un niño llega tarde; lo importante es que lleguen. Si no hubo agua para lavar uniformes ni electricidad para plancharlos, igual serán bienvenidos. “Póngale la pañoleta, mamá. ¿Dónde mejor va a estar su hijo que aquí? Resuelva sus problemas de la casa y de la vida mientras él aprende. Las urgencias no nos pueden robar lo importante.”
Hay libros para todos, aunque gastados por el uso. Algunas maestras prefieren conservarlos en las aulas; así no se deterioran más o se extravían. Las libretas no alcanzan, pero llegarán en el futuro. El arroz del almuerzo está garantizado hasta octubre. No hay luces en las aulas, pero tampoco importa: no hay luces en ninguna parte.
Todavía nadie nos ha secuestrado la escuela como derecho. Todavía es un refugio para los hijos que aprenden allí algo útil y nuevo, lo que sea. También lo es para los padres, que tienen un lugar seguro donde dejarlos un rato, y luego someterse solos al desaliento: días sin agua, horas sin electricidad, neveras vacías, y ese vicio de caminar sin parecer derrotado, aunque te asalten las ganas de gritar o de perderte en una montaña a vivir de la naturaleza.
Respecto a sus ojos, los niños que iniciaron el curso escolar vieron un escenario lujoso. Tenían su aula, su silla, todos los adultos en función de ellos. A sus padres, abrazándolos y gritando “te amo” desde las puertas. Tenían una maestra o un maestro, un baño más o menos limpio para sus necesidades. Estaban rodeados de otros que comprenden su lenguaje, que comparten los juegos.

Ellos no pueden comparar su escuela con la escuela de hace diez, veinte o cuarenta años. Son hijos de esta circunstancia y esto que ven les parece suficiente. No conocen más alegría que esta, más bienvenida que esta.
El último fin de semana de sus vacaciones, mientras leía con mis hijos un cuento antes de dormir, uno de ellos me preguntó: “Papá, ¿todos los niños del mundo tienen libros?”. “Deberían”, les dije. “¿Y juguetes, y películas para ver en la laptop?”. “Deberían”, respondí otra vez.
Ayer pensaba en esas preguntas al verlos entrar entusiasmados al nuevo curso. En Cuba, al menos por ahora, a pesar de todo, los niños tienen escuela.













