|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Daisy Quintana es, sin lugar a dudas, sinónimo de seducción. De esas personas que, apenas comienzan a hablar, consiguen despertar una cercanía inmediata. Hay en ella una mezcla singular de carisma, espontaneidad y dulzura que trasciende a la actriz y revela a una mujer de sensibilidad profunda, ojos marrones, rasgos arábigos y un amor entrañable por los animales, especialmente por los gatos, y por la vida en todas sus dimensiones.
Confieso que, con cada palabra suya, dejé de admirar solamente a la versátil intérprete para descubrir también a la mujer mística, juguetona y reflexiva que habita detrás de tantos personajes. Pitingo, Fabiana, María Efluvio, Laura y muchos otros nombres forman parte de esa galería de criaturas que Daisy ha defendido a lo largo de una carrera marcada por la entrega y la capacidad de transformarse sin perder nunca su esencia.
Quizás ahí se encuentre una de las claves de su oficio: Daisy no parece interpretar para dejar de ser ella, sino para descubrir nuevas maneras de ser. Ella misma lo resume con una frase que retrata su relación con el arte: “No ha habido un antes ni un después. Ha sido la extensión de un juego que no se acaba nunca”.

Su vínculo con la actuación comenzó mucho antes de graduarse del Instituto Superior de Arte (ISA). Nació, incluso, en la infancia, entre dibujos y personajes creados por su madre. “Cuando nací, mi mamá ya era una connotada ilustradora infantil, y yo estaba fascinada por su narrativa en el dibujo plano. Tuve la necesidad de darles vida a esos personajes y a sus historias. Ahí nació todo; ese fue el punto de partida de mi necesidad de interpretar”, recuerda.
La televisión la acogió muy joven, recién egresada del ISA, y lo hizo de la mano de uno de sus grandes maestros: Eduardo Moya. En julio de 1989 obtuvo su título y ese mismo mes recibió una propuesta que cambiaría el rumbo de su vida profesional.
“Llego a la televisión por un llamado del inolvidable director Eduardo Moya, un maestro. Me convocó a participar en un taller del que saldría su próximo elenco para la serie De tu sueño a mi sueño. Fue exactamente mi debut en televisión, mi primera experiencia”.
“Inmediatamente después de este trabajo con Moya, llegó algo muy importante en mi carrera: la telenovela Cuando el agua regresa a la tierra (1993), donde tuve el privilegio de trabajar junto a Broselianda Hernández en la Ciénaga de Zapata y que me lanzó a la popularidad con Pitingo, un personaje inolvidable y que me marcó para siempre”, agrega.
Desde entonces, Daisy ha transitado por el teatro, el cine, la radio y la televisión, construyendo personajes diferentes, complejos, a veces luminosos y otras veces incómodos, pero siempre humanos: “Lo que más disfruto de mi trabajo es poder hacer personajes bien diferentes entre sí, y eso precisamente es lo que me permite viajar de una psicología a otra, con historias que nada se parecen entre ellas, pero que están unidas por un denominador común: todas con excelente realización, en manos de excelentes directores”.
Hoy, mientras vuelve a encontrarse con el público cubano, ahora como Eunice en la telenovela Entre aguas, Daisy reafirma que nunca se ha marchado realmente de ese universo. “Es que no he regresado porque nunca me he ido. Una vez más, la confrontación entre la creatividad y la cruda realidad”, afirma.
Quizás por eso Daisy Quintana continúa siendo una presencia tan particular dentro de la escena cubana: porque no necesita parecerse a sus personajes para hacerlos creíbles, sino encontrar en cada uno ese pequeño territorio humano que también le pertenece. Su mirada sobre el oficio, despojada de solemnidades, revela a una artista que ha sabido convertir la curiosidad, la observación y la sensibilidad en herramientas para comprender a los otros y, de paso, comprenderse a sí misma.
Al final de la conversación queda la sensación de que para Daisy actuar no consiste únicamente en representar vidas ajenas, sino en ampliar la propia. Cada personaje parece dejarle una pregunta, una huella o una nueva forma de mirar. Y mientras existan historias capaces de despertar esa curiosidad, habrá también una razón para seguir jugando, descubriendo y encontrándose con el público, una vez más, desde la verdad de la escena.

Te vimos por primera vez en De tu sueño a mi sueño, y después como Pitingo en Cuando el agua regresa a la tierra. ¿Cómo recuerdas esos primeros tiempos de rodaje, esos primeros personajes?
Recuerdo la maestría de aquellos grandes directores: Eduardo Moya y Mirta González Perera. Y me acompaña la gratitud de que hayan sido los padres de mis primeros personajes. Fueron experiencias que marcaron mis comienzos y que aún viven en mi memoria.
Has dado vida a mujeres muy distintas entre sí: autoritarias, dulces, complejas. ¿Cuál ha sido el personaje que más te ha retado como actriz?
En la medida en que se me parecen. Nada me acomoda más que la complejidad de lo diferente. Es justamente en esos personajes que se alejan de mí donde encuentro mayores posibilidades para explorar, descubrir y crecer como actriz.
¿Cómo eliges tus personajes? ¿Qué tiene que tener un guion para que digas “sí”?
Definitivamente, ellos son quienes te eligen. Hay personajes que llegan en el momento preciso y, de alguna manera, encuentran su lugar en ti. No siempre se trata de escoger; a veces es el personaje el que decide encontrarte.

¿Qué representa hoy para ti la actuación? ¿Tu forma de entender el arte ha cambiado con los años?
No ha habido un antes ni un después. Ha sido la extensión de un juego que no se acaba nunca. La actuación sigue siendo para mí ese espacio de descubrimiento, de imaginación y de encuentro con otras vidas.
¿Eres una actriz de método, de intuición, de corazón… o una mezcla?
Soy una actriz. Solo eso.

¿Te parece que la televisión cubana ha evolucionado en la forma de construir personajes femeninos? ¿Qué crees que aún falta por contar?
Considero que lo mejor está por decir. Todavía quedan muchas historias, muchas mujeres y muchas miradas por explorar. Siempre habrá algo nuevo que contar mientras existan seres humanos con conflictos, sueños y contradicciones.
Tu papel en Casa vieja dejó una huella profunda. ¿Crees que, más de una década después, esa casa sigue teniendo algo que decirnos?
Casa vieja es de esas obras que crecen con el tiempo. Su conflicto entre lo viejo y lo nuevo la hace universal, contado desde esa voz irrepetible, ese binomio Hamlet-Estorino, que es el cruce de legados que la hace única.
Es como un árbol que, mientras más crece, más profundiza en sus raíces. Por eso creo que esa casa todavía tiene mucho que decirnos.

¿Crees que Casa vieja continúa siendo “nueva”?
Absolutamente. Mientras no exista el respeto a la diferencia, mientras no seamos capaces de entender el misterio humano y lo universal de que todos somos diferentes, que nada nunca es igual, que el mundo gira y gira y nada impedirá el movimiento de las cosas, Casa vieja sigue y seguirá siendo nueva.
Y nuevo también es el ingenioso acto creativo de traer a la luz la obra de Estorino, escrita en la década de los 60, y tener la constante sensación de que fue escrita ayer.
Has pasado por todos los medios: teatro, cine, televisión y radio. ¿Cuál te devuelve más? ¿Y cuál te reta más?
Lo que más me devuelve es el estado natural fuera de los medios: el placer de la observación, justamente ese espacio preliminar antes de acceder a cada uno de ellos. Ahí está también una parte esencial de mi trabajo: observar la vida, a las personas, sus gestos y sus historias.
Háblame de Entre aguas. ¿Cómo has vivido este regreso al género?
Es que no he regresado, porque nunca me he ido. Una vez más, es la confrontación entre la creatividad y la cruda realidad. Cada nuevo proyecto vuelve a poner frente a mí ese diálogo entre lo que imaginamos y aquello que la vida nos impone.
¿Cómo cuidas a Daisy Quintana cuando no estás actuando?
Cuidando a los demás, mientras Dios cuida de mí.
Se dice que los actores también tienen que aprender a desconectarse. ¿Tú sabes apagar el personaje al final del día?
Mientras hay un personaje, hay una doble vida, por suerte o por… Quizás nunca se apaga completamente; de alguna manera, algo de cada personaje permanece contigo.
Has hablado de tu amor por los animales, especialmente por los gatos…
Soy muy animalera. Pero estar frente a un gato me produce una plenitud y un reconocimiento indescriptibles. Mi corazón tiene orejas de gato.

Termina esta frase: “Yo no sería la actriz que soy si no hubiera…”
Yo no sería la actriz que soy si no hubiera nacido.
¿Cuál es la verdad más profunda que has descubierto sobre ti misma a través de tus personajes?
Coincidir con la frase de Terencio: “Nada humano me es ajeno”. Creo que esa es una de las mayores verdades que me han revelado los personajes: en cada ser humano hay algo que podemos reconocer de nosotros mismos.












