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Cada cierto tiempo mi disco duro se satura y tengo que hacer una purga. Es un ritual incómodo el de recorrer carpetas enteras de fotos preguntándome cuáles merecen quedarse y cuáles no. Hace poco, en uno de esos rituales, estuve a punto de borrar unas instantáneas que tomé hace años en El Vedado, en La Habana. No eran, aparentemente, más que unas ruinas. Y, sin embargo, no las borré.
Doy vueltas y vueltas antes de eliminar una foto; me cuesta incluso con las que salen fuera de foco, porque cada una es un pedacito de lo vivido, y algo dentro de mí —una especie de Pepe Grillo de la memoria— siempre me detiene antes de vaciar la papelera. Menos mal que le hice caso.
Las fotos en cuestión las tomé en la esquina de Calzada y 2, en un parque desolado. Lo que me llamó la atención entonces fue un contraste entre lo visual y lo conceptual: en primer plano, la fachada en ruinas de lo que alguna vez, quizás un siglo atrás, había sido una construcción importante; al fondo, asomando a un par de cuadras, las torres relucientes y modernas del hotel Meliá Cohiba; un edificio muerto y uno vivo compartiendo el mismo encuadre. Para mí no había más lectura que esa: La Habana de antaño conviviendo con la nueva, una dentro de la otra, sin necesidad de explicarlo.


Hace poco, de pura casualidad, vi una publicación en Facebook que le daba nombre a esas ruinas. Eran los últimos restos del Hotel Trotcha, el primer hotel de importancia que tuvo El Vedado. Escribo “eran” porque la misma publicación denunciaba que esos vestigios ya no existen. Lo que yo había fotografiado sin saberlo, sin buscarlo, era el final de una historia que llevaba más de un siglo desarrollándose en esa esquina.
El Trotcha nació por el catalán Ventura Trotcha, que llegó a Cuba en 1850 y se dedicó al comercio hasta que, allá por 1880, empezó a comprar terrenos en el Vedado para levantar residencias que luego vendía a familias adineradas.
En 1886 abrió un salón en Calzada y 2 que rápidamente se puso de moda entre las familias habaneras. El éxito lo llevó a ampliarlo en 1890, con dos pisos de madera, veinte habitaciones, una suite, jardines cuidados, vitrales de medio punto y balcones de hierro fundido. En 1902 sumó un nuevo bloque, El Edén, de arquitectura de madera poco común en la ciudad. Y en 1904 se hizo la ampliación final: el bloque Washington, ya en ladrillo, con habitaciones propias y una escalera central que repartía los pisos.



El conjunto funcionó como hotel hasta la crisis de los años treinta, cuando se convirtió en casa de huéspedes. En 1986, un incendio lo destruyó casi todo. Lo que yo fotografié, sin saberlo, era lo poco que ese fuego había dejado en pie: una fachada resistiendo casi cuarenta años más, hasta que desapareció por completo.
Pienso en esto y me queda una sensación extraña, algo entre el alivio y la melancolía. Alivio porque, sin proponérmelo, guardé un puñado de imágenes que ya no existen en ningún otro lugar, salvo en la memoria de quienes vivieron, estudiaron, trabajaron o transitaron por esa esquina.
Melancolía, porque una ciudad que borra sus ruinas sin dejar registro es una ciudad que también borra la posibilidad de que alguien, dentro de cien años, entienda por qué el Vedado tiene la forma que tiene.
Esta vez, el instinto de no borrar nada —esa terquedad que a veces parece solo acumulación de basura digital— terminó siendo, sin que yo lo planeara, una suerte. La fachada del Trotcha ya no está. Pero en un disco duro, en algún lugar, sigue en pie.
















