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Padezco una hermosa y entrañable amistad (hermandad) con un capitán de barco catalán. Nos conocemos desde hace treinta años.
Ambos disfrutamos, también, de una fina admiración por la existencia y trascendencia de Silvio Rodríguez.
Francesc Oliveras Nolis —para mí, El Cata— es un hombre de una profundísima sensibilidad, privilegio que solo muestra a gente cercana, y no siempre.
En este último mes, El Cata compartió conmigo sus experiencias en los conciertos recientes de Silvio Rodríguez, desde Barcelona hasta Madrid.
El modo en que narraba sus vivencias me pareció de tal hondura y belleza que le pedí una suerte de “entrevista” para contarlo en esta columna.
Aquí queda la voz de sus historias, de sus sensaciones, de sus certezas en ese misterio que es elegir a Silvio.
Soy un fan bastante tardío de Silvio. En mi casa se escuchaban cantautores, preferentemente catalanes: Llach, Raimon, Maria del Mar Bonet… Así como en Cuba la dicotomía era entre los de Silvio y los de Pablito, en Cataluña era entre los de Llach y los de Serrat, y mis padres eran de los primeros.
Mi hermano me propuso ir a un concierto de Silvio a principios de los 90 en Barcelona, pero no lo acompañé porque lo conocía de refilón. De hecho, en 1996 estuve en la presentación en la Casa de las Américas del libro Canciones del mar, con los textos que escribió durante sus singladuras en el pesquero Playa Girón, y le pedí a Silvio que le dedicara el libro a mi hermano pequeño.
¡Y eso que yo soy marino mercante! ¡O sea, que lo escribió para la gente de mi gremio! El 96 y el 97 los pasé parasitando en Cuba, que es de las cosas más productivas que he hecho, y allí lo empecé a escuchar a fondo. Fue una época en que escuché a muchos trovadores, pero el paso y el poso del tiempo han hecho que mis gustos trovadictos se dividan en dos categorías: Silvio y los otros.
He ido a tres de los conciertos de esta gira. He repetido un poco por vicio y un poco por necesidad. En el primer concierto de Barcelona no sabía si podría llegar a tiempo: soy práctico de puerto y tenía la maniobra de un crucero en un pueblo (con mar) a 120 km de Barcelona, horas antes del concierto. Al final, la cosa fue rápida, llegué a tiempo y hasta me reubiqué sigilosamente en las primeras filas de platea, aprovechándome de las sobras del amor.
El 5 de septiembre fui a Zaragoza, que queda cerca de Barcelona; lo que me movió principalmente fue que, si se trataba de un adiós, fuera un adiós consciente. Al último, en Madrid, quise ir porque era la presunta despedida. Fue un poco caótico porque el día del viaje a Madrid, en Barcelona se anunció la posible entrada de un medicán (fenómeno meteorológico inédito aquí), o sea que la situación tenía evocaciones cubanas: se cancelaron muchos trenes. Pero al final se pudo llegar. Éramos bastantes los catalanes que fuimos a Madrid, ya que las entradas en Barcelona volaron en un santiamén.
El Liceu de Barcelona es acogedor e histórico. Silvio hubiera llenado más de cinco Liceus si hubiera querido. Es el teatro operístico de Barcelona, donde a finales del siglo XIX un anarquista lanzó una bomba a la platea, sabiendo que todos los que morirían eran burgueses… Y ahora Silvio nos cuenta allí mismo que la era está pariendo un corazón. Algo hemos ganado. En Madrid, la puesta en escena era de estrella de rock: pantallas gigantes, espacio inmenso. Y en Zaragoza, un intermedio y Zara gozando.
Más allá de las cuestiones anecdóticas y contables, estos conciertos de Silvio fueron espacios de tiempo que inducían a un estado meditativo: se mezclaba la introspección personal con un sentimiento que quiero creer que era colectivo. En la meditación, la repetición sutil de los mantras provoca que la mente se sumerja en un estado meditativo.
El hecho de repetir concierto y canciones tiene un efecto no idéntico, pero sí semejante al de la meditación. La experiencia se repite, pero no es igual y no sabes en qué momento la música te va a colmar o la emoción te va a desbordar. En un concierto puede ser una estrofa la que te mate y en otro concierto otros versos los que te rindan. He estado en otras giras de Silvio y no las viví de esta manera.
Diría más bien que Silvio era para mí un amigo íntimo que te hablaba al calor del hogar. Estos conciertos los he sentido de forma muy viva; puede que tenga algo que ver el momento personal de uno, pero por los comentarios que he oído tengo la percepción de que muchos lo sentimos igual.
Soy muy fan de Bruce Springsteen, lo sigo desde los 12 años y he ido a casi 60 conciertos suyos. Es un músico que se cuida mucho y da en cada concierto todo lo que puede dar un rockero de casi 80 años y un poco más. No deja decepcionado a ninguno de sus seguidores.
Sus giras también tienen una razón de ser: la última es una denuncia del trumpismo. La diferencia es que en un concierto de Bruce quiero que me toque los himnos que me marcaron y quiero recordar que de alguna manera todavía soy el niño que un día fui. Con Silvio la experiencia es más catártica; me convida a creerle cuando dice futuro.
Lo que más me impresionó de la gira de Silvio fue la calidad de los conciertos. Normalmente, los músicos decaen con el paso del tiempo. Los Rolling Stones tocan hoy el mismo repertorio que a finales de los 60. Los cantautores normalmente envejecen mejor que los rockeros, pero Silvio es un caso excepcional (objetivamente, seas o no seas fan): mantiene la voz, es exquisito en el tratamiento musical de sus canciones; cada canción que forma parte del repertorio está allí por algo (sea nueva, vieja o rejuvenecida).
La mayoría de los músicos de larga trayectoria dan a su público lo que quiere (los himnos) e intentan introducir alguno de sus nuevos temas para sentirse todavía creadores. Silvio va más allá, teje las nuevas canciones con las viejas, para que el todo tenga un sentido que trascienda las partes.
Y el resultado es el que es: el público experimentaba un espacio de comunión en una era de salvajismo; vi gente que salía llorando de los conciertos y otros muchos (entre los que me incluyo) que ya veníamos llorados de dentro. Toda regla tiene su excepción, pero mi impresión (no es que sea la persona más empática del mundo) es que tocó la fibra del público de forma general y apabullante.
Todo lo que dice y canta Silvio tiene una relevancia política. Pero, a excepción de la denuncia explícita del genocidio contra el pueblo palestino con la recitación del poema Halt! de Luis Rogelio Nogueras, los conciertos de Silvio son espacios donde cualquier persona con un mínimo de sensibilidad se puede sentir cómoda e interpelada. Lo que él defiende por encima de todo es una forma de ver el mundo.
Por supuesto que en todos los conciertos hubo gritos de apoyo a la revolución cubana y a Fidel, y en contra del bloqueo y el imperialismo yanqui, e incluso alguno gritó que también quería su AKM. Pero la experiencia vivida quedó muy lejos de ser un acto de propaganda; fue un acto de poesía que impregnó a los dichosos que anduvimos por allí.
Yo fui al último concierto de Serrat (que estuvo muy bien, al punto) y le dije adiós. Fui al último concierto de Sabina (a quien le pusieron el atrezo suficiente para que se pudiera despedir como Dios manda, aunque le faltara voz, físico y hasta algo de entendimiento) y le dije adiós.
Al de Silvio también iba principalmente para decirle adiós. Pero la impresión fue que Silvio nos vino a decir hola. Y si realmente nos dijo adiós, no hay mejor manera de decirlo; lo dijo a la manera en que lo hacen los grandes, como Allende en su último discurso radial desde La Moneda o el Martin Luther King de “I have a dream”.













