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Me enteré hace poco de que hay un Día del Zapatero. Para decirlo correctamente: el 25 de octubre se conmemora a los santos patronos del oficio, los hermanos Crispín y Crispiniano, zapateros que padecieron la terrible persecución de Diocleciano —emperador romano entre el 284 y el 305 d. C.— y que, tras huir, acabaron martirizados en la Galia, actual Francia.
Me siento cercano a ese gremio, y parte de esta celebración, porque alguna vez ¡fui zapatero! Fue durante mi servicio militar, en la unidad a la que estaba asignado en Holguín, la 1640, una de las más grandes del Ejército Oriental. Llevaba un mes vestido de verde y haciendo guardia con un fusil en ristre cuando hizo falta un ayudante para el zapatero veterano de la unidad. El sargento preguntó entre los recién llegados quién sabía del oficio. Imaginé que no iba a ser difícil martillar puntillas y pegar suelas, y que además era una oportunidad para esquivar aquellas guardias calurosas. Así que di un paso al frente.
Me presenté en el taller de zapatería ante el viejo Jaime, una especie de jerarca del oficio. Pero la cosa no era tan sencilla como pensaba. Para empezar, había puntillas de todos los tamaños. Y una retahíla de herramientas, y yo que pensaba que solo era un martillo y una chaveta. Había hormas y hasta máquinas de coser. A las pocas horas, el viejo me sacó la ficha y me dijo que yo sabía de zapatería lo mismo que de cosmonauta. Pero que, si me interesaba el oficio, él me enseñaría, porque aunque yo iba a seguir estudios universitarios y algún día llegaría a ser licenciado, “un oficio como la zapatería siempre te salva la vida, y más que un título colgado en una pared”. Recuerdo sus palabras exactas.



Con el correr de las semanas aprendí los secretos de ese antiguo y noble oficio. Hasta llegué a tomarle cariño, y entre suelas y puntillas se me esfumó el año diferido del servicio militar obligatorio.
Ahora me encuentro con la historia de aquellos dos hermanos. Según la tradición cristiana, fabricaban y reparaban calzado en la ciudad de Soissons mientras predicaban el cristianismo. Su trabajo tenía también una dimensión solidaria: cobraban a quienes podían pagar y ayudaban gratis a los pobres. Durante las persecuciones fueron detenidos y martirizados, hacia el año 286, bajo el gobierno del emperador Maximiano. La Iglesia católica fijó su festividad el 25 de octubre. Con los siglos, los gremios medievales de zapateros los adoptaron como protectores, y la fiesta se extendió por Europa y después por América.
Conviene aclarar que muchos detalles de sus vidas pertenecen a relatos religiosos posteriores y no están históricamente comprobados. Lo que sí está documentado es la antigüedad de su culto y su asociación con los trabajadores del calzado.
Hay algo particularmente hermoso en que los patronos de los zapateros se recuerden por su oficio humilde, ejercido con las manos y puesto al servicio de los demás.
Tan antiguo oficio ha ido desapareciendo, pero quedan en el habla popular con refranes. La más famosa es “zapatero a tus zapatos”, que se dice para pedirle a alguien que no se inmiscuya en lo que desconoce.
El curioso origen de la expresión está en una anécdota que recoge Plinio el Viejo en su Historia natural. Apeles, famoso pintor griego del siglo IV a. C., solía exponer sus cuadros en la plaza pública para escuchar lo que la gente opinaba de ellos. Un zapatero le señaló un error en una de las sandalias pintadas, y Apeles lo corrigió enseguida. Pero el zapatero siguió opinando, ahora sobre otros detalles del cuadro, y el pintor le sugirió que se limitara a juzgar aquello que conocía. De ahí viene, nada menos que de la Grecia clásica, este dicho tan conocido.
El refranero guarda otros: “Bueno y barato no caben en un zapato”. Y aquel de “Cada uno sabe dónde le aprieta el zapato”.
Con esta evocación pienso ahora en Jaime, mi maestro zapatero, de quien hace tantos años no sé nada y con quien aprendí mucho sobre este oficio.


















