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Todavía hoy muchos artículos en internet y publicaciones científicas repiten, con visible convencimiento, que la primera cesárea exitosa en Cuba fue realizada a una joven embarazada por el doctor Gabriel Cubría Puig, en el Hospital General de Guanabacoa, el 13 de mayo de 1906. Esa declaración, aunque nace de una matriz verídica, está preñada de imprecisiones.
La primera es que no ocurrió en esa fecha, sino el 3 de julio. De lo acontecido aquel martes dio cuenta El Fígaro (15 de julio de 1906): “A las puertas de aquella benéfica institución había tocado pidiendo asistencia sanitaria una pobre mujer, en misérrimo estado físico. Era jorobada, y su paso tardo y hablar disneico acusaban una aguda tuberculosis pulmonar; y como agravante cruel del destino —que a veces se complace en hacer monstruosas las funciones normales de la vida—, su vientre abultado denunciaba que en su seno había fecundado el germen de la maternidad”.
El reloj circulaba en torno a las cuatro de la tarde, cuando se presentó la parturienta en el centro de salud. Se llamaba Ángela Rodríguez, era de baja estatura y extraña como un fenómeno medieval, con un semblante revelador de desnutrición severa y un rostro que no conocía la esperanza. Debido a la deformidad de su columna vertebral y estrechez de la pelvis por la joroba, se veía incapacitada para el natural alumbramiento. Su delicado cuadro clínico y grado de desesperación no daban margen a remitirla a otra institución o esperar por la convocatoria de otros especialistas. O la atendían de emergencia, o aquella desangelada mujer corría el riesgo de morir en las próximas horas, detonada por la insumisa rebelión de sus entrañas.
A pesar del peligro y las dificultades de espanto, el doctor Cubría, joven de acentuado talento y que desde el año anterior fungía como director del Hospital de Guanabacoa, no titubeó para cumplir su juramento hipocrático. Ungido de salvador, de inmediato afrontó con plausible valor y rigor profesional aquella encrucijada, poniendo sobre la mesa como única y necesaria salida lo que la humanidad apodó desde la era romana “operación cesárea”. Auxiliado por los colegas José Luis Darder, Valdés Dapena y Miguel de Castro, practicó la audaz intervención en poco más de media hora.

Pero una sorpresa se escondía bajo la piel. Cuando el doctor Cubría Puig dejó abierto el vientre con sucesivos cortes de precisión quirúrgica, no era una criatura, sino dos, las que debieron extraer sus asistentes. Así nacieron Ángela Virginia y Máximo Gabriel, hijos de Ángela Rodríguez y Ramón Riera, modestos vecinos de Guanabacoa. La niña murió a los cuatro años, mientras el varón llegó a la edad adulta.
“El doctor Cubría, al realizar esa operación brillantísima y difícil, se ha colocado a la altura de un operador hábil y competente, mereciendo que su nombre figure como una legítima esperanza en la cirugía en Cuba”, realzaba el Diario de la Marina (5 de julio de 1906). En efecto, el sabio y animoso médico había marcado un hito con su procedimiento, por cuanto se trataba de la primera cesárea de un embarazo gemelar; mas, no era la primera cesárea conseguida en Cuba.

Disecciones y costuras
El artículo “La operación cesárea en Cuba”, publicado por un colectivo de autores en la Revista Cubana de Obstetricia y Ginecología (2018), refiere que, según el bibliógrafo Carlos Trelles, la primera operación cesárea en madre muerta se intentó en La Habana en la lejana fecha de 1825; sin que Trelles citara mayores datos sobre sus protagonistas o la fuente de origen.
Pues, la aclaración de ese misterio apareció en El Curioso Americano, número correspondiente a enero-febrero de 1901. “El día 11 de octubre [1825], a las siete y media de la noche, falleció en esta ciudad la Excelentísima Señora Doña Casta Cires, esposa del Excelentísimo Señor Gobernador General Don Dionisio Vives, e inmediatamente después de morir se le hizo la operación cesárea, extrayendo un feto vivo que falleció a los pocos momentos de recibir las aguas del bautismo”, explicaba el semanario.
Resulta llamativo que no hayan trascendido más reportes sobre su ejercicio durante la segunda mitad del siglo XIX, aunque el vacío de información histórica no niega per se que entre tantos médicos denodados y capaces que hubo por esos tiempos algún otro se hubiera aventurado a practicar una cesárea. Lo que sí consta —agrega el citado texto de la Revista Cubana de Obstetricia y Ginecología— es que el primer trabajo cubano sobre el particular fue la tesis doctoral de 58 páginas defendida por el doctor Federico Gálvez en la Facultad de Medicina de París, en 1855, con el título “De la operación cesárea”.
Si bien la atención ginecoobstétrica en el país se remite a 1842, cuando se fundó la Real Casa de Maternidad y se abrió en la Facultad de Medicina la cátedra de Obstetricia y enfermedades de mujeres, solo figuraba in nómine, pues prácticamente no se enseñaba ni se le prestó debida atención. Hubo que esperar a diciembre de 1880, fecha en que se adaptó un local del Cuerpo de Ingenieros, conocido como Baluarte de Paula, para radicar allí la Clínica de Partos o Clínica de Obstetricia. No obstante, hasta 1888, o sea, ocho años después de creada, la clínica no tuvo alumbrado de gas ni agua corriente, recursos imprescindibles para un servicio de tal naturaleza. En esa década también empezó a tomarse en serio la enseñanza de la obstetricia, aunque básicamente consistía en lecciones teóricas, según testimonia el doctor Jorge Le Roy y Cassá en sus Apuntes para la historia de la obstetricia en Cuba.
Hacia 1890, la especialidad se consolidaba con la apertura de un servicio de ginecología por el doctor Claudio Delgado en la Quinta de Higiene del Cerro. Dos años más tarde, el doctor Fernando Méndez Capote inauguró en Cárdenas la primera clínica ginecológica en casa propia, iniciativa imitada por el doctor Gabriel Casuso al fundar otra clínica privada en la Calzada de Jesús del Monte. Aun así, faltaba tiempo para que la cirugía asociada a esa especialidad cobrara impulso.
A Eusebio Hernández, el notable doctor amigo de Maceo y hombre de la independencia, se atribuye la condición de padre de la obstetricia nacional, siendo considerado el primer cubano que efectuó una cesárea, nada más y nada menos que a su propia esposa. Pero el hecho tuvo lugar lejos de Cuba, en la Clínica Baudelocque de París, en agosto de 1890. Él mismo contaría, en carta a Máximo Gómez, pormenores de la manera en que nació su hijo.
A los cinco meses de la resonante cesárea gemelar del doctor Cubría, el Diario de la Marina del 18 de diciembre de 1906 se hizo eco de otra “Brillante operación quirúrgica”. En esta ocasión fue realizada el 19 de noviembre anterior por el galeno Nicolás Gómez de Rosas, en la Clínica San Rafael, con igual éxito de supervivencia para la madre y la cría. Eduviges Fernández se llamaba la paciente, era natural de España y residía en Príncipe n.º 28. El designio malévolo de un tumor le impedía dar a luz y, ya casi a término del embarazo, el doctor Gómez dispuso la cesárea mutilatis; es decir, la cesárea seguida de histerectomía.

Acontecimiento médico
Ahora bien, la gloria de pionero indiscutible recayó en el doctor Enrique Fortún André. Bajo el título “Acontecimiento médico”, la revista El Fígaro del 24 de febrero de 1901 reseñaba “[…] la más afortunada de las operaciones quirúrgicas efectuadas en Cuba: nos referimos a la realizada con el más brillante éxito por el distinguido doctor Enrique Fortún, en la persona de la señora Julia Rodríguez. Ya la prensa diaria ha dado a conocer los pormenores de la atrevida labor del Dr. Fortún, encomiando su talento y habilidad como se merecen, pues es la primera vez que la operación cesárea (llamada también de Porro) se practica en Cuba salvando la vida de la madre y la hija”.

De acuerdo con los Anales de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales, del año 1948, la cesárea había acontecido en el Hospital Municipal No. 1 de La Habana, que dirigía el doctor Enrique Diago, el 27 de diciembre de 1900 (aunque la mayoría de las menciones y efemérides ubican el suceso en febrero de 1901). Al frente de la llamada Clínica de Partos de la institución sanitaria estaba Teresa Mederos, precursora de las comadronas facultativas y también participante en esa operación donde se extrajo por el vientre una niña viva y sana.
Henchidos por la felicidad del momento, José Fernández y su esposa Julia, los padres de la recién nacida, quisieron inmortalizar el modo providencial en que había venido al mundo y, sobre todo, agradecer a quien había obrado el milagro. Así que nombraron a la niña Fortuna Cesárea Enriqueta. Su bautismo, oficiado por el obispo de La Habana, monseñor Sbarretti, se celebró el domingo 17 de febrero de 1901 en el salón de actos del propio hospital y constituyó un acontecimiento social, con amplia asistencia de personal sanitario y damas distinguidas. La señora María Madrazo de Diago y el mismo doctor Fortún fueron los padrinos.


Como apunte curioso, la nota divulgada por el Diario de la Marina para anunciar el bautizo refutaba que fuera esa la primera vez en que madre y feto hubieran sobrevivido una cesárea. “Esa operación es la segunda que se hace en la isla. Lo que hay es que, de la primera, la madre quedó un poquito débil y con convulsiones poco tranquilizadoras. Y el niño se cría encanijado y, según todas las señales, no podrá caminar sin aparato ortopédico”, punzaba el escrito. A este servidor le ha sido imposible dilucidar fecha, nombres ni otro registro de ese presunto hecho, desconcertante.
Vale detenerse por un minuto a pensar en el alcance de semejante proeza, partiendo de analizar que se trata de una cirugía de alta precisión y máximo riesgo; máxime si hablamos de una época en que no se contaba con los instrumentos indispensables y complementos disponibles en la actualidad para prescribir la terapéutica exacta.
Entonces carecían de diagnósticos preoperatorios, las pruebas de laboratorio estaban en ciernes, no existía la transfusión sanguínea ni exámenes radiográficos para determinar la posición del feto o verificar posibles anomalías en la gestación. Además, la anestesia era imperfecta y riesgosa, pues el cloroformo resultaba perjudicial para el hígado y el corazón, como el éter a los pulmones.
Esta técnica operatoria practicada por audaces y prestigiosos cirujanos representó un salto en la atención médica y un auxilio para las angustiadas matronas, antes asistidas por parteras y sometidas a toda clase de maniobras con fórceps que las exponía a perder los bebés o su propia existencia en el arduo trance del parto. Asimismo, demostró de modo fehaciente la experticia que fue alcanzando esa especialidad en Cuba, a la altura de las principales capitales del mundo.
Así, entre la incertidumbre de los primeros quirófanos, el pulso firme de galenos de vanguardia que se atrevieron a abrir el camino y el llanto vital de niños sacados a la luz por manos solidarias, la cesárea fue delineando las costuras de su tradición. Cada mediación quirúrgica o cada incisión dejó algo más que una cicatriz. Dejó una lección, una esperanza y la marca de una ciencia que aprendió, con recursos limitados y voluntad inquebrantable, a disputarle vidas a la muerte.













