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Desde sus primeros pasos en el Teatro Olga Alonso, Orian Suárez descubrió “el maravilloso mundo de las artes escénicas”, un espacio que despertó en él la pasión por interpretar y explorar personajes. Tal como relata en entrevista con OnCuba: “Nunca había pensado en ser actor; son cosas de la vida que me fueron llevando a este mágico mundo”. Esa curiosidad y entrega se convirtieron en la base de su carrera, que ha sabido trasladar de Cuba a Colombia, al tiempo que se adapta a distintos ritmos de trabajo y contextos culturales sin perder la esencia de su formación.
A lo largo de su trayectoria, Suárez ha enfrentado desafíos que lo han marcado profesionalmente. Entre ellos, destaca su papel como Miguel en La esclava blanca, un personaje que le exigió adaptarse rápidamente a un país y a una cultura diferentes, sin haber leído todos los capítulos de la historia. “Fue algo bastante complejo, pero, a lo largo de las grabaciones, me fui empapando de todo y logrando sacar a la luz cada parte del personaje”, cuenta. Experiencias como esta le han permitido consolidar un estilo actoral sólido, combinar disciplina y curiosidad, y asumir cada proyecto como una oportunidad de crecimiento.
Más allá de los desafíos, Suárez valora profundamente la conexión con cada personaje y el disfrute del proceso creativo. Su carrera refleja la importancia de la formación continua y la constancia: herramientas que le han permitido no solo enfrentar papeles exigentes, sino también equilibrar la vida profesional con la personal y adaptarse a distintos contextos internacionales.
¿Cómo ha influido tu formación en Cuba en tu estilo actoral frente a producciones internacionales?
Siempre ha habido una gran influencia de la actuación en Cuba en mi formación actoral. Cuba, por supuesto, es cuna y formadora de muchos actores y actrices, y en el ámbito cultural en general me dio esa base, esas herramientas. Una vez llegado a otro país a trabajar, y sumando el aprendizaje que adquirí aquí en Colombia, más mi formación en Cuba, fui complementando y consolidando mi carrera. Por supuesto, siempre aprendiendo de todo, pero fue un gran paso: uno llega con un avance importante y con herramientas bastante sólidas.
Participaste en Desafiando el destino (María la Caprichosa en Netflix). ¿Qué te atrajo de tu personaje Cicerón y cómo te preparaste para él?
María la Caprichosa es una telenovela colombiana producida por Caracol Televisión. Cuenta la historia de María Roa Borja, líder sindical de las trabajadoras domésticas en Colombia.
Mi personaje se llama Cicerón, un congresista cuya intervención resulta clave en la aprobación de una ley que protege los derechos de las empleadas domésticas en el país. Es un puente que conecta a María con el Congreso para presentar la ley que en la actualidad regula los derechos de las trabajadoras domésticas colombianas.
Mi preparación fue principalmente investigativa. Me dediqué a estudiar todo el funcionamiento del Congreso y el Senado, los distintos filtros por los que pasan las propuestas de ley, desde su presentación hasta su aprobación en la Cámara, y finalmente su sanción por el Presidente. Fue un proceso de análisis detallado de cada paso que debe seguir un proyecto de ley antes de convertirse en norma vigente.
Entre tus papeles en cine, teatro y televisión, ¿con cuál sientes que conectaste más profundamente?
Creo que con cada personaje uno siempre tiene una conexión distinta; cada uno tiene su propia psicología, su forma de ser y de reaccionar. Eso forma parte del proceso creativo, de la experiencia de encarnar a un personaje. Por eso creo que sentí una conexión con todos; me sentí a gusto con cada uno y realizado con el trabajo que hicimos. Sería muy difícil señalar cuál fue el que más me gustó o con cuál sentí más afinidad, porque siento que todos me conectaron de manera profunda y me enseñaron algo diferente sobre mí mismo y sobre la actuación.

¿Hay algún proyecto reciente que haya marcado un antes y un después en tu carrera?
Sí, pero en realidad no fue un proyecto. Fue un taller que recibí de manera online durante la pandemia, en una escuela de cine española llamada Central de Cine. Siento que eso representó un verdadero “después” en mi carrera, porque me dio muchas más herramientas y me fortaleció a la hora de interpretar, de enfrentar un casting y de encarnar un personaje una vez que lo había conseguido.
Me aportó seguridad, más bagaje y recursos para desarrollar mi trabajo, y, por supuesto, también me otorgó una madurez que quizás me faltaba, incluso después de haber protagonizado una novela y de haber interpretado varios personajes tanto en cine como en televisión en Cuba. Sin dudas, eso marcó un antes y un después en mi camino profesional.
Tras tu participación en La esclava blanca, tu carrera dio un salto internacional. ¿Cómo fue adaptarte a trabajar en otros países y culturas?
Miguel en La esclava blanca fue, y hasta hoy sigue siendo, un proyecto icónico en mi carrera, porque fue el que me dio ese salto internacional, además del reconocimiento público, por decirlo de alguna manera. Manejar todo el tema cultural en otro país siempre es un reto: no es que la otra cultura deba adaptarse a ti, sino que tú tienes que aprender a adaptarte a ella.
Saber cuáles son los códigos, cómo funcionan las dinámicas, qué caminos seguir y qué decisiones tomar, especialmente en el aspecto cultural. Por ejemplo, hay palabras que en Cuba se dicen de cierta manera, y en otro país se expresan de otra forma; la forma de hablar en el día a día también cambia. Creo que uno va aprendiendo todo eso poco a poco, y es parte fundamental de adaptarse a otra cultura.
¿Qué diferencias notas en la industria audiovisual latinoamericana respecto a la cubana?
Sí, hay mucha diferencia entre el audiovisual que se realiza en Cuba y cómo se hace no solo aquí en Colombia, sino a nivel internacional. Creo que, especialmente en Colombia, se maneja de manera muy distinta: el trabajo audiovisual puede ser mucho más dinámico y exigente, porque hay muchas más escenas y el ritmo de trabajo tiene que fluir mucho más rápido por tiempo y otras cuestiones de producción.
Además, esto te enseña cierta “picardía” a la hora de trabajar día a día, porque tienes que aprenderte cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez escenas, e incluso hasta dieciséis en un solo día. Eso te da una idea clara del ritmo intenso de trabajo que se maneja aquí.
¿Qué es lo que más disfrutas fuera del set de grabación?
Todo lo disfruto. Estar en un set de grabación ya forma parte del disfrute, porque es lo que uno ama, lo que uno quiere y lo que uno desea. Nosotros, los actores, tenemos la dicha de trabajar en lo que nos apasiona. Así que, desde el momento en que entras al set, es un disfrute pleno.
¿Cómo equilibras la vida personal y profesional en una carrera tan exigente?
Pues el equilibrio está en los tiempos libres. Se trata de saber llenar esos espacios que quedan vacíos por las grabaciones: compartir con la familia, disfrutar de esos momentos y tratar de relajarte, sin dejar que el trabajo te consuma. Al ser un oficio exigente, uno va absorbiendo muchas demandas, por eso es importante no asfixiarse con tantas cosas. Por supuesto, salir, hacer deporte y dedicarse a uno mismo son elementos fundamentales; eso es lo que te permite mantener la balanza entre la vida personal y la profesional.
El recorrido de Orian Suárez confirma que la actuación, más que un destino prefijado, es una construcción diaria hecha de aprendizaje, riesgo y adaptación. Desde la formación recibida en Cuba hasta los desafíos asumidos en escenarios internacionales, su historia habla de un actor que entiende cada proyecto como un espacio de crecimiento y cada personaje como una oportunidad para profundizar en lo humano. En su discurso no hay estridencias ni atajos: hay método, curiosidad y respeto por el oficio, incluso en los contextos más exigentes.
Quizás por eso su filosofía se resume en dos palabras que funcionan también como brújula vital: paciencia y perseverancia. En un medio marcado por la velocidad y la exposición, Suárez apuesta por el trabajo sostenido, el equilibrio personal y la fidelidad a una vocación que sigue disfrutando dentro y fuera del set.
Más que cerrar una etapa, su presente parece anunciar un camino en expansión, donde la experiencia acumulada dialoga con nuevos retos y donde el aprendizaje continúa siendo el motor principal.












