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Hay momentos de la vida que podemos recordar con una precisión aterradora, sin importar cuánto tiempo haya pasado. Dónde estábamos sentados, a quién teníamos al lado, qué ropa llevábamos puesta, cuáles fueron nuestras reacciones… todo queda grabado en la retina cuando un suceso nos estremece. Eso lo tiene muy claro René Navarro, uno de los estelares de la narración deportiva cubana, quien medio siglo después no ha borrado los episodios que vivió durante los Juegos Olímpicos de Montreal.
En el verano de 1976, fue testigo directo del despliegue de la comitiva antillana, que conquistó 13 medallas en suelo canadiense, incluidos el primer cetro olímpico del judo cubano con Héctor Rodríguez, la segunda corona consecutiva de Teófilo Stevenson, el espectacular subtítulo de Alejandro Casañas en los 110 con vallas o el histórico bronce del voleibol masculino, primera presea en el deporte de la malla alta en citas bajo los cinco aros.
Pero nada tuvo tanto impacto como las victorias de Alberto Juantorena en los 400 y los 800 metros, un suceso jamás visto en la historia del atletismo estival. Navarro estaba en las tribunas del imponente Estadio Olímpico, desde donde narró aquellos triunfos para Radio Rebelde.
“Allí no había cabinas de transmisión, sino un espacio que abren en las gradas para la prensa electrónica. Recuerdo que mi narración fue tan alta que las transmisiones más próximas me miraban un poco feo porque mi voz invadía sus micrófonos”, relata a OnCuba el experimentado comentarista, para quien no todo fue color de rosa en aquellos días.
“Por poco me meten preso en Montreal cuando ganó Juantorena. Fue después de la carrera de los 800 metros, el primero de sus títulos el 25 de julio. Tan pronto cerré mi transmisión desde mi puesto en el Estadio Olímpico, bajé a la zona de atletas y, sin la letra o color en mi credencial para tener acceso allí, me acorralaron los agentes de seguridad y me esposaron”, recuenta Navarro, que se vio entre la espada y la pared en cuestión de segundos.
Sin saber muy bien cómo salir de aquella situación, apareció justamente Juantorena en plan de salvador. “Cuando él se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, se dirigió hacia el lugar y, luego de varios minutos y consultas de los guardias con sus superiores, me liberaron. Entonces logré entrevistarlo de manera grabada y desde el centro de prensa de la instalación pude enviar el material hacia La Habana”, asegura.
Navarro fue de los pocos profesionales de la prensa cubana que pudo ver en primera fila los triunfos de Juantorena, pues en aquella edición de los Juegos no hubo labor reporteril de la televisión nacional. Ese detalle le permitió ser el primero en llegar a la zona VIP de los atletas y conversar con “El elegante de las pistas”.
“La entrevista la tengo en un casete de audio que guardo muy celosamente con otros materiales de los mejores momentos que transmití en Montreal”, confiesa Navarro, cuya narración de aquellas carreras de Juantorena no está pública en las redes, aunque sí las conserva en su casa: “Yo las tengo en audio, pero sin equipo para reproducir. Son casetes que tienen 50 años”.
Los materiales más difundidos de aquellas carreras en Montreal llevan el relato y la voz de Héctor Rodríguez, otro inmortal del periodismo deportivo en la isla. El “¡Viene Juantorena con el corazón!” de Héctor es uno de los clásicos de la narración cubana y, contrario a los relatos de Navarro, sí están disponibles en múltiples videos de YouTube.
Los siete días que cambiaron la historia
Antes de julio de 1976, nadie lo había hecho. Medio siglo después de aquel verano, nadie lo ha logrado repetir, y no precisamente por falta de intentos. En la larguísima historia olímpica, un total de 125 corredores han probado suerte en los 400 y 800 metros durante una misma edición estival, pero solo Alberto Juantorena ha logrado coronarse en ambas pruebas.
“El Caballo”, como lo bautizó la prensa internacional por su zancada endemoniada, consiguió los dos triunfos en un plazo de siete días, en los que completó siete carreras. Fue un ejercicio desgastante, poniendo al límite su cuerpo en modalidades totalmente distintas, casi incompatibles para un mismo ser humano en el atletismo de primer nivel.
“Llevó el caos al orden”, dijo una vez sobre este doblete histórico el polaco Zygmunt Zabierzowski, el entrenador que había llegado a Cuba en los años 60 con el objetivo de pulir a los diamantes del atletismo en la isla, entre ellos Juantorena.
El vértigo y la potencia de la vuelta al óvalo frente a la estrategia calculadora y la resistencia de los 800. La velocidad contra el medio fondo. Era como correr en dos mundos opuestos y Juantorena no solo lo hizo, también salió airoso en ambos ejercicios.
El reto empezó pasadas las tres de la tarde del 23 de julio de 1976 con las eliminatorias de los 800 metros, en las que el antillano dominó su heat con el séptimo mejor tiempo (1:47.15 minutos) de los 42 atletas que tomaron la largada en el Olímpico de Montreal. Y al día siguiente, justo a las 4:35 de la tarde, fue el único de las semifinales en bajar de 1:46.
Su crono de 1:45.88 lo colocó enseguida como el principal candidato al cetro en la doble vuelta al óvalo, pronóstico que confirmó con creces en la final del 25 de julio, en la que impuso récord mundial (1:43.50) para desbancar al belga Ivo Van Damme y al estadounidense Rick Wolhuter.
Juantorena casi no tuvo tiempo para celebrar. Con solo 18 horas de descanso, se enfrentó a la eliminatoria de los 400 metros planos en la mañana del 26 de julio y se notó el agotamiento por correr tres veces los 800 en las jornadas anteriores, algo que ninguno de sus rivales había hecho. En su heat terminó tercero y su crono no estuvo ni entre los 25 mejores de la ronda.
Sin embargo, ese mismo día regresó a la pista después de las cinco de la tarde y dejó una declaración de intenciones al conseguir el cuarto mejor tiempo de los cuartos de final. Y tras descansar el 27 de julio, mantuvo la línea ascendente y fue un tren al dominar su carrera de semifinales por delante del belga Fons Brijdenbach, el estadounidense Maxie Parks y el australiano Rick Mitchell, todos con candidaturas sólidas al podio olímpico.
“Yo tenía confianza en los 800, pero no era lo mismo en 400”, me contó René Navarro, quien también pudo ver (y narrar) desde la primera fila la definición de la vuelta al óvalo el 29 de julio de 1976.
“Su ambición desde el momento en que fueron llamados a los bloques de arrancada reflejaba seguridad. Los rivales lo respetaban mucho más después de su sonado oro y récord mundial en 800. Su figura y porte inspiraba confianza y todo el público en las gradas lo aplaudió y reconoció como si fuera un atleta de casa”, recordó Navarro sobre la decisiva carrera de 400, que terminó con un triunfo inobjetable del “Caballo”.
Su paso en esa final fue indomable; cualquiera diría que no había corrido en un mes. Fresco como una lechuga, devoró metros a ritmo de crucero hasta entrar en la última curva. No es lo mismo llamar al diablo que verlo llegar, debe haber pensado el norteamericano Fred Newhouse, quien salió delante y confiado para los 100 metros finales, pero vio cómo de pronto aparecía Juantorena por el segundo carril y lo adelantaba en la recta decisiva.
El doblete imposible
Así completó “El elegante de las pistas” una hazaña irrepetible, más en los tiempos que vivimos. En la actualidad, doblar en 400 y 800 metros es casi utópico, como un episodio de historia antigua. En las últimas ocho ediciones olímpicas (desde Atlanta 1996 hasta París 2024), solo un corredor incursionó en las dos pruebas en una misma cita estival, el keniano Emmanuel Korir, quien ganó los 800 y quedó eliminado —por una salida en falso— en la primera ronda de los 400 durante la lid de Tokio 2020.
Antes de 1976 era una práctica mucho más común; de hecho, el sudafricano Bevil Rudd (oro en 400 y bronce en 800 en 1920), el jamaicano Arthur Wint (oro en 400 y plata en 800 en 1948) y el estadounidense Mal Whitfield (bronce en 400 y oro en 800) también lograron medallas en ambas pruebas en una misma edición de los Juegos Olímpicos, pero ninguno pudo quedarse con las dos coronas.
Por la exclusividad del hecho, el doblete de Juantorena lo pondría al nivel de los cinco títulos seguidos de Mijaín López en la lucha o del tricampeonato de las Morenas del Caribe en el voleibol femenino, quizás los sucesos más impresionantes de Cuba en la historia olímpica.













