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Maylan Álvarez: “Busco poetizar todo lo ordinario”

Tiene el don de la ubicuidad. En la ciudad de Matanzas puede verse en varios lugares al mismo tiempo. Solo que en algunos lugares no se le ve, aunque está, por aquello de Vallejo de que basta pasar por un lugar para que este no vuelva a estar solo.

por
  • Alex Fleites
septiembre 25, 2026
en De otro costal
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El día que recibió la segunda edición de “La última molienda”. Foto: Cortesía de la
entrevistada.

El día que recibió la segunda edición de “La última molienda”. Foto: Cortesía de la entrevistada.

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Maylan Álvarez (Unión de Reyes, 1978) tiene el don de la ubicuidad. En la ciudad de Matanzas puede verse en varios lugares al mismo tiempo. A saber: La Casa de las Letras, la sede provincial de la Uneac, un parque —recogiendo florecitas—, el Hotel Velazco, asegurando el hospedaje de un visitante más o menos ilustre, y más. Solo que en algunos lugares no se le ve, aunque está, por aquello de Vallejo de que basta pasar por un lugar para que este no vuelva a estar solo.

Se licenció en Español y Literatura y se graduó en Técnicas Narrativas en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, en La Habana. En la actualidad se desempeña como editora de Ediciones Matanzas y en la revista homónima. Es miembro, además, del proyecto artístico y literario Concilio de las aguas. Junto a Alfredo Zaldívar, coordina Puentes Poéticos, Festival Internacional de Poesía de la Ciudad de Matanzas.

Es autora de numerosos volúmenes de poesía, y otros de testimonio y de narrativa para niños. Cabe citar, entre estos: Naufragios del San Andrés (Editorial Abril, 2011, poesía), La callada molienda (Editorial Pablo de la Torrente Brau, 2013, testimonio), Otras lecturas del cuerpo (Ediciones La Luz, 2016, poesía), This bag is not a toy (Ediciones Matanzas, 2018, poesía), Un patio para Fabio (Ediciones Aldabón, 2019, narrativa infantil), A mí también me olvidarán (Ediciones Matanzas, 2022, poesía) y Si me dan a escoger, regreso a aquella tarde (Editorial Entre Dos Aguas, Ecuador, 2025, poesía).

¿Quién es Maylan Álvarez?  

Maylan Álvarez es una mujer común: madre, esposa, hija única malcriada, amiga de seres maravillosos, acercándose a sus primeros 48 años con muchas ganas de vivir, llena de proyectos y que sabe que va a ir por ellos con tremendo talante, aunque muchos solo queden en la idea.

Maylan Álvarez. Un parque de la Ciudad de los Puentes. Foto: Cortesía de la entrevistada.

¿Hasta dónde crees que la conoces?

No, no llego a conocer a todas las Maylan que me habitan. A veces estoy enfurecida, frustrada por cosas que en la casa o en el trabajo me han salido mal, y puedo llegar a ponerme muy pesada. Contestona con todos. Si pienso en mi mamá, en mi infancia, en mis abuelos y en mi casa de verdad, me pongo muy triste. 

Ah, pero esa Maylan “florecita”, contadora de chistes, dulce en cada respuesta, efectiva y afectiva, esa gusta mucho y trato de mantenerla a flote el mayor tiempo posible. Una libriana plenipotenciaria, sin dudas.

¿Cómo has ido forjando tu identidad?

Siempre he creído que me ha signado mi nombre, flor de loto, en cantonés. Con ese detalle tengo muchas anécdotas desde la niñez. Nacer en Unión de Reyes es otro rasgo que ha forjado mi identidad. Lo que soy hoy es parte indisoluble de mis raíces guajiras. Soy saludadora, como mi mamá y mi papá, anecdótica, curo el empacho por el pie, creo en el mal de ojo, me encanta saber los números que salieron en “la bolita”, hablar con viejitos; y antes de la muerte de mi madre, iba siempre que podía al cementerio, a poner flores a mis muertos. 

Si me lo colaran, tomaría café como una jornalera, y me sé la vida y milagros de todos mis vecinos, que me adoran. Puedo vestir con cierta elegancia y, a la vez, disfrutar de un buen tabaco. Echar una cucharada sopera de manteca de puerco a mi plato de congrí. Claro que sé montar a caballo y en bicicleta. Eso es mi legado guajiro. Hija, nieta y bisnieta de mujeres y hombres que nunca salieron de Unión de Reyes y que me enseñaron que la fuerza y el amor son la misma cosa si se trata de criar a una familia. 

Quien soy ahora es resultado también de vivir en Matanzas. Hasta que no me conocen, he sabido de personas que pensaban que yo era una matancera “rellolla”. Y lo soy. He nacido entre las aguas del Pompón muchas veces, entre el Abra, en los puentes, en cada reparto donde he estado alquilada. Esta ciudad está hecha a mi medida. La amo con la desesperación de una hija huérfana y a ella me debo. Y Matanzas me ha pagado con creces tanto fervor. Ese “mezclicidio” entre el campo y la ciudad es parte de mi identidad, sin dudas, y disfruto el pastiche que es mi manera de andar por la vida. Una mujer común, definitivamente.

Tienes una obra bastante extensa en donde resaltan, por su número, los poemarios. ¿Cómo te iniciaste en la escritura de la poesía? ¿Cómo llegaste a ella y cómo ella llegó a ti?

Lo he dicho en otras ocasiones. Creo que he leído y amado la poesía desde siempre. Aunque lo primero que escribí fueron pequeños cuentos en los Camilitos y la universidad. 

Hice versos con la convicción de estar creando después que mi amigo Norge Céspedes me regalara Spoon River. Me di cuenta de que Unión de Reyes era digno de mi propia “espuníada”, y así empecé a escribir en las noches, en un cuaderno que aún conservo, los primeros poemas de mi vida. 

Mi pareja de entonces era poeta, y los envió a concursar sin yo saberlo. Obtuve el Premio Calendario en 2011 con Naufragios del San Andrés, y ya me he curado de sus males, pero ese libro me costó Dios y ayuda. Todavía tengo una examiga que no me habla. Ya no sé si se me fue la mano con las historias de Unión de Reyes, pero una cosa sí tengo clarísima: con la poesía, todo. ¿Debí quitar los nombres originales desde un primer momento? Sí, por supuesto. No lo hice y el pueblo me excomulgó en aquella época. Esa fue mi entrada profesional en la poesía. Por suerte, el tiempo todo lo cura.

¿Tienes una definición personal de poesía o tomas como propia alguna de otro autor que se acerque bastante a tu modo de percibirla?

Me sigue fascinando la de Lezama y no tengo ninguna definición propia de poesía. 

¿La del caracol nocturno en un rectángulo de agua?

Esa. Creo que es proporcional la cantidad de poetas y definiciones: todos tienen la suya, digo yo.

Lezama, que en cierta medida también fue un aforista, dejó dicho, ya sin sorna, que la poesía es la escritura de lo posible. Definición que me parece muy buena. 

Vamos a otro asunto. Si aceptamos que la poesía es, entre otras cosas, aquello indefinible que algunas veces va a dar a los poemas, es decir, que su existencia es anterior a los géneros literarios, ¿cuál sería el mayor hecho de trascendencia poética en tu vida?

No entiendo ni una sola esquina de esta pregunta. Por si acaso y hay que cumplir con obligatoriedad la norma de responderlas todas, diré que dar a luz a mis hijos es el hecho de mayor trascendencia poética de mi vida.

¿Puedes definir tu poesía? 

Mi poesía tiene un fortísimo enfoque en la perspectiva de género y en lo cotidiano. Me encanta explorar sobre lo femenino, la problematización de la existencia de la mujer, y siempre parto de la realidad mediata. Busco poetizar todo lo ordinario.

¿Te adscribes a algún movimiento estético o tendencia?

No, formalmente no pertenezco a ningún movimiento. Que yo sepa. Dios mío, si Jorge Fornet lee esa respuesta, me propone para la Academia de la Lengua… 

Dicen los poetas que alcanzar un buen verso —no digamos ya un poema— produce un placer singular. ¿Qué efecto tiene en tu caso?

Eso de los buenos versos o poemas se lo dejamos a los lectores: que ellos decidan. Cuando logro abrir la computadora, ya es un placer tremendo. Hago todo lo que se hace en casa, hago lo que se hace en una editorial y encima siempre tengo la nariz metida en otros montones de proyectos con Alfredo Zaldívar. Así que cuando abro el Word, puedo ver hasta unicornios rosados. 

En ocasiones tengo muchas ganas de escribir poesía y sale de un tirón el texto. Otras veces, no tengo ganas de nada y vuelvo a cerrar, esperando la carroza para otra oportunidad. He pasado meses sin crear una línea, solo editando para los demás. Cuando llega la inspiración… una gallina sacá de patos, eso parezco. Y nadie me molesta en casa, porque dice mi esposo que pongo una cara de pocos amigos que se respeta sola.

¿Qué buscas en la poesía? ¿Qué encuentras?

Busco un discurso en común con el resto de la humanidad. Busco complacer desde la belleza incómoda que ofrece la poesía. Y encuentro mis palabras repartidas en los discursos de otros tantos autores. Como un uróboro poético.

¿De qué trata tu libro La callada molienda?

Mi libro más pretencioso y no es de poesía. Una investigación sobre el cierre de los centrales azucareros en Matanzas y, por ende, sus consecuencias. Con el proyecto obtuve el premio Memoria del Centro Pablo de la Torriente Brau en 2013.

Incluye documentos emitidos por el Minaz, entrevistas y testimonios, textos poéticos en torno al mundo azucarero y otros datos de interés. Se acaba de publicar la segunda edición, con nuevos documentos, nuevos testimoniantes, un prólogo de Juan Triana Cordoví que es para chuparse los dedos, entre otros agregados de interés, bajo el sello de Ediciones Matanzas.

Para este momento tuve la ayuda inestimable de mi editora, la doctora Alina Bárbara López. Trabajó a mi lado como otra autora. Una vida no me alcanza para agradecerle a ella, al propio [Alfredo] Zaldívar, director de la editorial, el diseño de Johann, Leonel, Amarilis Ribot.

Ni qué decir de mi amor por Norberto Codina, Víctor Casaus, María Santucho, la siempre bien recordada Cira Romero, Leonardo y Vivian, Reynaldo Castro, quienes me acompañaron en la primera edición junto a otras tantas personas que han hecho posible, desde cada lugar donde hubo un central, la realización de este libro, que es un texto plural. Una sinfonía del dolor compuesta por muchas manos. Y mi madre, mi padre, mis hijos, mi esposo, aguantándome cada ramalazo de locura cuerda durante todos los procesos. 

Sé el valor exacto de este libro. Vale su peso en azúcar. Nada de importada: crudo nacional.

La frase “sin azúcar no hay país” ¿está vigente aún? ¿Qué opinión tienes de la clausura de tantos centrales azucareros? ¿Además de lo que ello pueda significar en el plano económico, cómo ha afectado esa decisión la vida de los pobladores de los bateyes?

Salí con grabadora y mochila en mano por toda la provincia de Matanzas durante varios meses, hace más de una década, a buscar esas respuestas. Las encontré y las convertí en La callada molienda, para responderme y responder a todos los que tenían semejantes dudas. No tengo ganas de remover en este instante mi herida. 

Te graduaste del curso básico del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. ¿Cómo fue esa experiencia? 

De las experiencias más inolvidables del mundo fue conocer a Eduardo Heras León y a Ivonne Galeano. Ser alumna de Raúl Aguiar, de Sergio Cevedo, escucharle una mañana entera a Reynaldo González su algoritmo para escribir novelas, a Rubén Rodríguez, escuchar a Eduardo Galeano en la Casa de las Américas, que nos llevaran a ver Noche de reyes, de Carlos Díaz, Finca Vigía, el libro de técnicas narrativas, la revista El cuentero, la beca de tres semanas en la escuela de ballet de Zanja y Aramburo, ir a “maleconear”, mis amigos y amigas, narradores en ciernes de toda Cuba… 

Cuando leí el discursito final en la graduación, no me percaté de toda la intensidad de mi vehemencia por el Centro Onelio hasta que Heras fue la figura distinguida en una Feria Internacional del Libro. Vino a Matanzas y en el tremendo homenaje que se le dispensó, por poco no puedo terminar de leer lo que escribí. Llevo el Centro Onelio tatuado en una zona supernice de mi corazón.

¿Le aconsejarías a un escritor en formación integrarse a sus aulas?

Ahora le he perdido la pista. Pero siempre es valedero ir por nuevas experiencias, y estoy segura de que otros profes están haciendo muchísimo esfuerzo para que el legado de Eduardo e Ivonne permanezca. Claro que lo recomiendo.

Eres de Unión de Reyes, tierra de Malanga y de Abelardo Estorino. 

Bueno, tierra del rumbero mayor, de Estorino, pero también de Pablo Quevedo, Pedro Vera, Wilfredo Mesa, Regino Pedroso, de todos los decimistas que llevan el apellido García. Esos son solo algunos nombres destacados en el orden del arte y la literatura; si comienzo con Juan Gualberto Gómez en la historia y sigo en otras ramas, esta entrevista no tendrá para acabar nunca. Lo que quiero reafirmar es que soy unionense en plenitud de derechos por nacimiento, convicción y devoción. 

¿Aún resides allí? 

No vivo allí porque también fui una jovencita con ínfulas de grandeza. Nadar de orilla a orilla en el río San Andrés se me volvió un acto de estrechez personal, y salí a buscar el anchuroso mar de posibilidades que me ofrecía la ciudad de Matanzas. 

Estudiar en los Camilitos y en el Pedagógico, trabajar en la Vocacional, TV Yumurí, en Papiro Publicitaria y Ediciones Matanzas han sido mi día a día desde 1993 en esta ciudad de leyenda, y nada de ello hubiera sido posible en mi pueblo “del interior”. 

Y me fui enamorando de la ciudad y de hombres y me fui quedando, porque también el viajeteo era insostenible. Lo hice por años y el desgaste es terrible. Vives en la calle, en las paradas, duermes en las botellas. Aunque hice amigos de carretera de todos tipos y colores que todavía me hacen guiños y chistes en mi pensamiento. 

Mi pueblo ha perdido tanto en los últimos años que ya no deseo vivir allí. Poco trabajo, muy poco, y la situación actual arremete con una fuerza demoledora. Ya no existe ni la casa de Abelardo Estorino. Tiene otro valor de uso, pero de eso no voy a escribir ni una línea más. Punto y aparte.

Amo con pasión y prejuicio a Unión de Reyes y lloro porque están matando a Malanga todos los días.

¿Eres una persona de fe? ¿Sirve para algo la fe?

Es la primera vez que me hacen esa pregunta en una entrevista y creo que es de las más inquietantes del cuestionario. Sí, abiertamente creo en Dios. 

Mi abuelita Gertrudis Samper me llevaba, a escondidas de mis padres, a la iglesia Episcopal de Bermejas. Y mi abuela Alfonsina al babalao. Cantar los himnos era mi parte favorita. Cuando estudiaba la carrera, me convertí a la Asamblea de Dios, en mi pueblo. Una convencida total. Casadísima y todo por la iglesia, activo miembro. 

Esas aguas impetuosas se han calmado con el paso del tiempo, aunque he amado mucho mi paso por la Iglesia de Cristo en Versalles. Pero jamás se ha aquietado mi fe, ni mi certidumbre de que Dios obra por caminos de misterios. Reconozco que, aunque soy una gotica en el océano de la humanidad, Él es mi pastor y adereza su mesa delante de mí. 

Creo en Dios con reverencia, sin temerle; le amo lindo cantidad. Le agradezco la oportunidad de que yo sea una mujer acompañada por su fe y ojalá sea de verdad una buena persona guiada por sus obras. Jamás me he vuelto a sentir completamente sola, en ningún aspecto, que es, creo, el mayor temor de los seres humanos: la soledad hasta en compañía. A Dios gracias por ello.

Los cubanos transitamos hoy por una cotidianidad muy ardua, de muchas estrecheces. ¿Qué es lo que más te molesta de tu día a día? 

No, no todos los cubanos hoy transitan por una cotidianidad muy ardua. Y nadie vaya a pensar que lo que pretendo es que los que estén mejor se fastidien. Quiero menos palabras y más hechos concretos, menos doble moral y más reconocimiento de los errores que ahora mismo estamos cometiendo y de las personas que los están cometiendo. Eso me pone muy mal. Sí se están cometiendo errores porque hay cosas que venimos arrastrando de años, hemos acumulado capas de errores y lo estamos pagando en nuestro día a día. Me incluyo, por supuesto.

¿Qué es lo que más te exalta positivamente?

Soy una batalladora nata. Cada mañana me levanto dando gracias a Dios por la familia que he creado y por mi trabajo, que para suerte reúne en él a mis amigos, y me doy cuenta de lo afortunada que es Maylan Álvarez; me reinvento una y otra vez en las colas, en las paradas, en cada actividad de la Casa de las Letras, de la Uneac, en la escuela primaria de mi hijo más pequeño, en el barrio, en mi casa, en mi cama. 

Trabajo para que sepan que la hija de Marta Carla y Juan Ramón quiere hacer las cosas bien, que este es el pedazo de vida que me ha tocado y lo voy a aprovechar al máximo. Y los demás se dan cuenta de ello. Unos me siguen en esta ardua cotidianidad. Otros no, pero yo sigo tratando de dar lo mejor de mí, hasta que pueda o se me borren las ganas. Si de mí dependieran algunas cosas… juro que otro gallo cantaría.

¿Qué relación tienes con la ciudad de Matanzas? ¿Es la matanceridad una condición especial? ¿Cómo definirla?

¿Yo, esta mujer común, definir algo en torno al concepto de matanceridad después de su majestad Cintio Vitier? Solo intentaría agregar que me sería absolutamente desconsolador despedirme de Matanzas, como lo he tenido que hacer con mi vida en Unión de Reyes, si me fuera a vivir a otro sitio de Cuba o del resto del mundo. Trasplantar las raíces siempre entraña un gran riesgo para las flores… aunque el loto se dé tan bien sobre el agua.

¿Qué escribes ahora? 

Hace unos meses que estoy escribiendo Con la humildad de los dedales, un poemario. Angustioso el viaje y lo que se cuenta en él. Como siempre intento, la sinceridad poética por delante. Pero me demoraré en este: el trabajo de edición me fascina cada día más. 

¿Tienes algún libro próximo a salir?

No tengo ningún libro en alguna editorial ahora mismo. La verdad es que, como me han dado calabazas, me da pena seguir insistiendo para que me publiquen; y por pereza y vergüenza al rechazo, no envío a ningún otro lugar. Qué mal ejemplo soy para los más jóvenes escritores cubanos.

Comparte algunos poemas con nuestros lectores.

Ahí van. 

 

Carnicería de los Gavilán

Rojísima carne que ya no estás,

venga a nosotros tu reino.

Hágase tu voluntad.

Colma la pesa de tu fibra.

Llena el refrigerador Leonard con los tocinos,

con el jamón Serrano,

las patas de puerco en salmuera.

Regresa entre los cartuchos

y 16 onzas de picadillo bien despachado.

Vuelve el tiempo atrás,

reina de la mesa.

Haz que limpien el mostrador de los Gavilán

y que huyan del infortunio

los buitres.

(De Naufragios del San Andrés)

 

Pude escoger pero no me dejaron

I

Yo bien pude escoger otro argumento para este poema.

Pude hablar de la aurora boreal.

Pude hablar de la música que vibra en un corazón enamorado.

Pude hablar de la guerra y la paz.

De sus héroes.

De tu familia.

De mi hijo.

Del sexo entre dos hombres.

Pero para este poema preferí hablar de mi vagina,

hermosísima en su estructura interna y externa.

A veces pulcra,

sometida a las más inverosímiles limpiezas que manos humanas

pudieran ofrecer.

A veces lánguida,

esperando un beso que no llega,

que se demora,

que no se da.

Porque mi vagina siente de modo diferente al resto de mi cuerpo.

Mi vagina puede suspirar como no lo hace mi riñón.

Puede acariciar como no lo hace el cuello.

Incluso puede hasta llorar como nunca lo ha hecho mi ombligo.

Mi vagina es un ser independiente,

con leyes independientes,

con unas ganas que a veces y no pocas,

le permiten ir por esos mundos buscando miedo,

ambicionando imponerse entre próstatas,

vasos y apéndices estranguladas.

Mi vagina es un ser feliz.

Pleno.

Enrojecida chica de voraz aspecto pero tierna.

Firme en su musculatura pero dulce.

Deseada pero agredida.

Rasgada,

aparentemente adormecida pero siempre al acecho.

Yo bien pude escoger otro argumento para este poema

pero aquí ya saben quién manda.

 

II

El año tiene 12 meses

pero a mí me da la menstruación trece veces por año.

Como las fases lunares. Cada 27 días.

En la Biblia que si impuras,

los egipcios que si baños especiales después de cada regla,

los chinos antiguos que si la sangre menstrual

no debía tocar el suelo por temor a ofender

al espíritu de la Tierra.

Las mujeres como yo en la historia de la humanidad

han sangrado dos veces:

por el truco de la sonrisa vertical,

el orificio de entradas y salidas,

el túnel excavado en el cuerpo para dar y recibir

y por el pecho,

también se menstrúa por el pecho

con más fuerza,

con más peste,

con más regularidad,

quizás más de cien veces por año.

Sangra,

sangra el pecho,

mana,

mana la sangre,

y no hay almohadas,

toallitas,

íntimas,

pacas de algodón

que contengan un torrente tan doloroso.

(De Otras lecturas del cuerpo)

 

 

Aquellos tenis amarillos, 

cosidos de etiquetas 

(que no parches) 

fueron lo mejor de mi infancia. 

Los presumía 

con la distinción de una reina. 

Los disfrutaba desde la mirada 

de otras niñas 

de zapatos con betún, 

de sandalias manufacturadas, 

de botas ortopédicas. 

Aquellos tenis amarillos, 

cosidos de etiquetas, 

fueron lo mejor de mi infancia. 

Ligeritos, 

transgresores, 

color de sol, 

amarillo envidia. 

Aquellos tenis amarillos, 

que mi prima jamás me prestó, 

fueron lo mejor de mi infancia.

 

Nefelibata: donde una mujer poeta testamenta que morirá intranquila

 

Yo,

que he delirado con la gloria 

desde un mullido sillón de mi hogar en Versalles,

voy a morir de inquietud en cualquier ciudad del mundo.

Pero antes debo nadar como pez entre las aguas del Sena, 

mordisqueando las piernas agónicas de Camille Raquin.

O quizás yaceré como guijarro o cuervo, 

a la espera de un tren en Moscú junto a Anna Karenina 

y viajaremos en su llanto consolándola desde el mío. 

A seguidas, 

humanamente desnuda pasearé por París,

envejecida,

invulnerable, 

con una taza de café y un croissant entre pecho y espalda,

mientras otros seres sin luz enceguecerán 

con el destello blancuzco de mis senos

y extenderán una alfombra roja, 

rojísima,

a lo largo y ancho de los Campos Elíseos

y por un rato mis pies habrán encontrado 

el descanso que alguna vez pretendieron.

Yo, 

que tanto he deseado ser,

que tanto he buscado la inconsistencia del agua en Chichén Itzá,

los turbantes con flores en Venecia,

los geoglifos de Zurita en el desierto de Atacama,

la paciencia en el entrecejo impenetrable 

de Magdalena Frida Kahlo Calderón en la Casa Azul,

las cartas póstumas de Sylvia Plath en Primrose Hill

o los ancestros de Georgina Herrera en Jovellanos,

voy a morir de inquietud,

sudorosa,

palpitante,

comiéndome las uñas de la mano izquierda,

la del árbol,

la del libro,

con ese desasosiego harto reconocido en mí.

Voy a morir meridiana,

incomprendida,

contestataria,

afiebrada,

cerca de los bancos crediticios de Wall Street,

sin enmendarme ante los malos poemas escritos en Matanzas

y ante los buenos también.

Voy a morir intranquila, 

pues creo en la trascendentalidad de la mujer poeta

como si de una sopa de pollo se tratara,

de las que me hacen sonreír entre lagrimeo

y regresar en andas a la infancia guajira,

allá por el parque de Malanga en Unión de Reyes.

He de morir con los labios pintados de un naranja lustroso,

enceguecedor,

que contraste con la plata asentada

en las cúpulas finiseculares de una catedral de Estambul.

Y no sé por qué, pero sospecho que moriré solita,

alejada de esas multitudes que deseé una tarde 

me aplaudieran dos

tres, 

quince millones de segundos en cualquier teatro de Broadway,

como si en eso les fuera la vida:

como si en eso me fuera la vida.

Yo, 

que he sido bella,

arropada,

traslúcida,

léase casi virginal,

mesalínicamente demandada por unas y otros,

voy a morir como Dios manda,

lanzando frutos secos a los cormoranes en el puerto de Vancouver,

a las palomas gordas de Madrid 

que ya no recuerdan para qué nacieron con alas,

si comer en esta vida ya es más que suficiente.

Aún así imagino que moriré temerosa ante la textura de los globos,

admiradora de Saramago,

de la noche estrellada de Van Gogh, 

de las décimas del Indio Naborí,

descartando, definitivamente, que alguien me besara alguna vez

como en el cuadro de Gustav Klimt,

mientras María Cala ensayaba a mi diestra.

Yo, 

que reinventé la gloria mientras pujaba dos hijos,

he comenzado a morir hoy,

delante de todos ustedes,

bajo la certeza del olvido,

de la lentejuela pisoteada,

de una pared con manchas de moho 

sobre pintura azul abisal.

Yo,

que he cortejado a la gloria 

desde un mullido sillón de mi hogar en Versalles,

admito que la mujer que soy,

la poeta que seré,

debería testamentar su muerte intranquila

con versos mucho más humildes.

(De un libro en proceso)

 

Los poetas 

 

Descargando el baño

una no piensa en el paraíso de Milton,

o en las estrategias comunicacionales 

para conectar con los públicos

mientras se lee un poema.

Una piensa en otro poema,

en palabras que suenen por fuera de la boca

como resonaron por dentro de la cabeza 

llena de otras tantas palabras

que quieren viajar con el viento.

 

Despejando la taza se mira hacia abajo, 

mientras todo se aleja

y es un despido voluntario,

demasiado agresivo 

para los ojos que solo quieren

leer poemas 

y aplaudir poemas.

 

Los poetas 

no deberían llenar los cubos de agua 

para ver alejar su propia existencia.

Eso lastima.

Las despedidas personales siempre enfurian.

Los hijos se van.

Las madres,

los padres,

los amigos y otros hijos mueren

y eso lastima

y todo sale de ti,

de esa embriagadora circunstancia 

que dice llamarse tu cuerpo.

Como tu mierda metafórica,

los excesos,

los antidominios morales, 

las dudas ante el amor del hombre,

de nuevo los excesos.

Los poetas no deberían descargar tanta miseria 

desde sí,

culpando a la sensibilidad que Dios regaló 

a manos llenas.

No deberíamos justificarnos 

bajo la sombra del lector que espera

el poema recitado a viva voz.

 

Los poetas ni siquiera deberíamos 

pujar en los baños,

instalar una cara sufriente

cuando el atasco de las cañerías personales

se vuelve una llaga,

una rajadura en el bajo vientre para dar paso

al olvido.

Pujamos al olvido que nos vuelve inmunes 

ante todas las pestes.

 

Los poetas no deberíamos tener agujeros

por donde se escape algo,

si acaso la soberbia,

la ignominia de sentirnos inflamables

ante la visión de conquistar la propia mierda

cuando escribimos sobre el renunciamiento.

 

(elcubodelaguasedesborda)

 

         Debo cerrar mis ojos

y condenar la llave  

de otros tantos deseos.

 

(De Con la humildad de los dedales). 

Etiquetas: Literatura cubanapoesía cubanaPortada
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Alex Fleites

Poeta, curador de arte y editor afincado en La Habana.

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