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Veleta: “La poesía me contiene como al tiburón el agua”

Su obra es directa, como él. Y honda y sentida, también como él. Aquí lo presento para quienes no lo conozcan.

por
  • Alex Fleites
junio 26, 2026
en De otro costal
0
México, 2025. Foto: Cortesía del entrevistado.

México, 2025. Foto: Cortesía del entrevistado.

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Sus padres lo nombraron Jorge Luis Mederos, pero al tiempo fue rebautizado por las circunstancias como Veleta. Y así lo llaman todos. Pero, más importante aún, Veleta es el nombre con que se asume a sí mismo.

Cuatro décadas intermitentes de trabajo literario le han valido para hacerse un espacio en la poesía cubana. Lugar merecido, por demás, pero que él valora con modesta reticencia. De un tiempo a esta parte, las redes sociales han ampliado muchísimo el alcance de su trabajo. Su muro de Facebook es una suerte de bitácora existencial y literaria. Poema que escribe, poema que va a dar allí. Y sus lectores los reciben y debaten con creciente entusiasmo.

La poesía de Veleta carece de afeites y elucubraciones. Es directa, como él. Y honda y sentida, también como él. Aquí lo presento para quienes no lo conozcan; y los que quieran calar la dimensión de su palabra brava, pueden ir al final de estas líneas, donde publicamos un puñado de versos que generosamente nos ha facilitado. Lo otro, su pedigree y opiniones sobre lo divino y lo humano, él se encarga de narrarlo a viva voz. 

Falta decir que tiene a Julio Antonio y a David, sus hijos, como su obra mayor. 

Jorge Luis Mederos “Veleta”. Santa Clara, 2026. Foto: Freddy Pérez Cabrera.

¿Cómo fue tu primer encuentro con la poesía?

No sabría decirte cuándo comencé a consumir poesía. Debe haber sido en los primeros días de la escuela primaria, la poesía de Martí. En casa nunca escuché hablar de poesía. Teníamos un familiar decimista, famoso en Santa Clara, que cantaba en la radio: Evelio Roano, ya fallecido; se le respetaba mucho. 

Si me preguntas por la primera vez que escribí un poema, tampoco podría fijar el momento exacto. Sí me recuerdo, a los doce años, en la Escuela Vocacional, ya escribiendo; posiblemente para enamorar muchachitas, como hacen todos a esa edad, sin intereses artísticos, una conducta más bien imitativa. 

No obstante, el primer poema con marcada intención literaria surgió cuando me fui a estudiar al Instituto Pedagógico Enrique José Varona, en La Habana. Fue una despedida a mi barrio de campo, con toda la retórica de aquel tiempo: “Voy a ser siempre hijo de este barrio con más calles de fango que de asfalto…” Un poema de gratitud.

Santa Clara, 2026. Foto: Cortesía del entrevistado.

Si aceptamos que la poesía antecede a la literatura y que es eso, inefable, en contadas ocasiones va a dar a los poemas, ¿cuál sería el hecho de mayor trascendencia poética de tu vida?

Es algo sobre lo que no he pensado. Otros aseguran un hecho inicial: cuando nacieron mis hijos, cuando me dieron tal título, o me gradué de tal carrera… En mi caso sucedió como todas las cosas muy buenas, malas y regulares que de alguna manera se mezclan en la poesía, que es como la vida misma también.

Soy alcohólico, tuve que desintoxicarme, por lo que pasé diez o doce años sin escribir, trabajando en mi casa como zapatero, entre otras cosas. Ya había publicado par de libros: El tonto de la chaqueta negra y Otro nombre del mar. 

Un día vino un amigo a decirme que habían inaugurado una casa de cultura en un barrio lejano. Me preguntó si quería trabajar allí. Decidí ir a apoyar, aunque fuera para romper el aislamiento voluntario, después de pasar diez años sin beber. 

En cierta ocasión llegó al trabajo un especialista de la Editorial Capiro. Fue a dar una conferencia. Me dijo: “Veleta, si tienes algún libro por ahí, te lo público”. Y tenía un poemario muy emparentado con la teoría, que comparto con Borges, de que el tigre es un animal que se fabrica con sangre de cordero degollado, y ningún escritor escribe por sí mismo, ni de sí mismo, si no que se monta sobre los cadáveres de otros escritores que le antecedieron. De eso trata en esencia. 

Feria del libro de Santa Clara, 2025. Foto: Cortesía del entrevistado.

Se lo di, y lo publicaron. Muchos amigos se alegraron de verme de nuevo. Algunos pensaron que estaba liquidado —yo también. Da la casualidad de que ese año el libro quedó como el más leído de un escritor villaclareño. Un premio que se llama “Ser en el tiempo”. 

Fue una alegría tremenda, me sentí vivo, incorporado a la vida de nuevo, una resurrección donde la autoestima y la confianza volvieron a visitarme. Me hizo mucho bien. Una de las pocas veces que he llorado. Me sentí muy arriba, con mucha emoción. 

Después he tenido otros reconocimientos; al final, vanidades todas a las que no hago caso, pero a aquel premio sí, porque tuvo que ver mucho más con lo íntimo, con con lo profundo. Sí, fue ese el momento de mayor trascendencia poética de mi vida: haber ganado el premio “Ser en el tiempo” con mi libro De otros. 

El currículo que me has facilitado es sumamente escueto. Háblanos de tu formación, algo así como “los trabajos y los días” iniciales.

Me considero autodidacta. Fui a estudiar a La Habana una carrera que nada tiene que ver con la literatura: Logopedia, Licenciatura en Enseñanza Especial. La abandoné en el segundo año, regresé, y después de pasar un par de meses en un hospital de día, porque vine absolutamente loco, tuve que empezar a trabajar en la construcción.

Ya escribía, sin intenciones de nada. Me encontré con un rotulista que trabajaba en la agrupación, una persona muy culta, y a la que agradezco muchísimo: Pablo Rafael Garí, El Pible que vemos a cada rato por el canal 41 de Miami. Leyó mis “cosas”, nos hicimos amigo y me dijo: coño, compadre, esto está bastante bien. Me llevó a un taller literario. Ahí empecé a foguearme con los talleristas, nos prestábamos libros, nos retroalimentábamos con lo que íbamos creando.

A pesar de la formación que uno va adquiriendo en la lectura, montándose con la guagua andando, como hemos tenido que hacer casi todos, el mayor estímulo para el crecimiento es el que recibimos de los propios compañeros. Al ser mi generación tan amplia, con tan buenos exponentes, pues venía la primera limpia de la obra de parte de esa gente.

Había entonces muchos festivales nacionales de poesía, excelente oportunidad de frecuentar a otros poetas de diferentes provincias. Conocí a los grupos de Cabaiguán, de Santiago de Cuba, poetas de Pinar del río, Matanzas; a la gente de la Habana ya la conocía. Fue bonito aquel transcurso. 

Por ese camino me fui haciendo. Luego escogía mis propias lecturas, no habría podido vivir sin ellas. Si algo le debo a mi formación, mi estatus de poeta —si alguno tengo—, no es tanto a lo que he adquirido artísticamente, que es muy poco también, si no a lo que he vivido.  Mi vida ha sido muy rica, he dado muchos tumbos. Recorrí el país entero trabajando. 

He pasado mucho trabajo, cosa que me ha enriquecido, me ha dado un arsenal inmenso. El poeta sin “la vida” no funciona. Esa ha sido mi principal formación. Agradezco mucho a Dios —o a quien sea— mi vida, la única que tengo.

Presa Minerva, Santa Clara, 2023. Foto: Cortesía del entrevistado.

Sabemos que Jorge Luis Mederos nació en 1963. ¿Cuándo vino al mundo Veleta? ¿Es un seudónimo escogido? 

Nací el 7 de Junio del 63, acabo de cumplir 63 años. Veleta no es un seudónimo que escogí, es un sobrenombre que me pusieron los compañeros cuando trabajaba en la construcción. Un oficio difícil el de técnico en protección e higiene del trabajo. Eran los tiempos de los llamados “técnicos empíricos”. Muy duro, porque requería estar al tanto de trabajadores en riesgos de accidentes. Con cinco objetos de obra distintos en diferentes puntos de Villa Clara, tenía que desplazarme corriendo de un lugar a otro, sin un transporte a disposición; de ahí surgió el Veleta. Se fue quedando y lo agradezco. 

Aunque mi signo es Géminis, de doble personalidad y de aire, mi carácter no es tan voluble como para girar en la dirección que sople el viento.

Presa Minerva, Villa Clara, 2023. Foto: cortesía del entrevistado.

Naciste en Santa Clara. Vives en El Condado. ¿Cómo están tus relaciones con la ciudad natal? 

Nací en Santa Clara, en un pueblito de campo a las afueras de la ciudad llamado Las Minas. 

Existen para mí tres grandes amores: mis dos hijos y mi ciudad. No sé cuánto le he escrito, cantado, cuánto he vivido, cuánto he amado en ella, cuánto me he emborrachado, sufrido… He vivido en la Habana, en Moa, en Cienfuegos, donde trabajé en la construcción de la termonuclear: que en paz descanse. También en Pinar del río, en Matanzas, un tiempo corto, por una novia que tuve allá; he viajado a México…En cada uno de esos lugares sólo pensaba en cuándo regresaría a mi ciudad; pararme en el parque Vidal, entrar al Menjunje, cuándo… 

Es para mí tan importante todo lo que tiene que ver con Santa Clara, que no resistiría vivir fuera de aquí. A mi edad es imposible “dessantaclarizarme”. 

¿Es Condado, como lo cuentan, un lugar tan difícil para vivir?

El Condado se llama en realidad “México Chiquito”. Sí, es una zona dura la mía, El Condado de El Condado; puedes imaginarte… Pero en 30 años de vivir en el barrio, me he acostumbrado. A veces lo odio; otras, lo amo. Es el único lugar que tengo localizado en este mundo donde puedo llegar sin un centavo, sin nada de comer; llegar a mi casa vacía, y a la hora y pico estar comiendo, porque los pocos vecinos que he seleccionado y me han seleccionado, más el mecanismo ilegal de tráfico que se mueve por sus calles, garantizan que si eres un hombre decente no pasas hambre. Aquí trabajo, puedo resolverlo todo, estar tranquilo, vivir como yo quiero. Molestan la música alta, las broncas que se arman, pero soy de mi casa, de mis amigos y no tengo problemas. No es el lugar que amo; es en el que vivo, que es más importante.

Con una claria gigantesca pescada por él. Santa Clara, 2026. Foto: Cortesía del entrevistado.

Santa Clara ha sido una plaza importante dentro de la literatura nacional. ¿Todavía lo es? 

No me atrevería a decir que Santa Clara siga siendo, como lo fue alguna vez, una plaza cultural importante dentro del país; tampoco Sancti Spíritus, ni Santiago de Cuba, ni Matanzas, que lo fue, ni siquiera la propia Habana. Creo que el desgaste que hemos tenido los escritores, físico, mental, espiritual… ha erosionado ese corpus cultural de las grandes ciudades, sumado a la sangría de la inmigración. 

El 70 % de la gente de mi generación o ha emigrado o ha muerto. Poetas puntuales de la generación de los 80, Frank Abel Dopico, Heriberto Hernández, Pedro Yanes, Maylen Domínguez. 

Definitivamente, no sé si Cuba en estos momentos sea una plaza fuerte dentro de la literatura latinoamericana. No me atrevería a asegurarlo. 

¿Tienes una definición personal de poesía? 

No sabría decirte si para mí la poesía representa un premio, una compañía, una fe de vida o un desgarramiento. Posiblemente ninguna de esas cosas y todas a la vez. La poesía me contiene, como al tiburón el agua. Eso, porque me muevo, navego, soy parte de ella. Como el tiburón sin el agua, yo no podría vivir sin la poesía, más allá de la belleza, amores, afinidades, ella está ahí, me guste o no. Esa es la cosa.

¿El poeta es un ser peculiar? ¿Acaso padece de cierta hiperestesia? 

El poeta hace su trabajo como cualquier persona: de la mejor manera que puede. Más que un trabajo, porque pocos pueden vivir de la poesía, es una vocación. Como la del que hace barcos de velas en miniatura, o el pescador, el deportista, el que gusta de los gallos finos… Es algo inaplazable.

No creo que el poeta sea un ser peculiar. Nos hemos creado ese mito para sentirnos por encima de los demás. 

¿Qué opinión tienes de la amistad entre poetas?

Tengo muchos y muy grandes amigos poetas, me precio de ellos. También grandes amistades que nada tienen que ver con la literatura. Todas funcionan sobre los mismos códigos: Lázaro, el barbero; Eduardo, mi hermano, el camarógrafo de Villa Clara; Clara Beltrán, mi primera asesora literaria; Chirino, el técnico de audio… Poetas o no, ninguno tiene, entre mis amistades, un estatus superior o tratamiento distinto. Entre ellos cuento a mis hermanos, mis padres, mis hijos. La amistad siempre funciona así. 

Con Naproxeno. Santa Clara, 2025. Foto: Cortesía del entrevistado.

Entre 1992 y 2024 has publicado seis libros. ¿En cuál de ellos crees que has alcanzado mayor estatura literaria?

Quizás mi libro más conocido sea El tonto de la chaqueta negra, el segundo de los seis que he publicado en cuarenta años, contando los diez o doce años que estuve inactivo desintoxicándome del alcohol. Fue considerado en Villa Clara un poemario muy atendible.

Mi primer libro fue un premio en la Universidad Central, La romanza del malo, un cuaderno feo, mal hecho pero que quiero mucho. El tercero, Otro nombre del mar, el primer libro en décimas; un libro muy criticado y elogiado en igual medida en su momento. Hoy moneda de uso para jóvenes que se inician en la poesía. 

Portada del poemario “El tonto de la chaqueta negra”. Editorial Capiro, 1993.

Luego publiqué el libro que obtuvo el premio “Ser en el tiempo”, El libro de otros, en el cual sostengo que los poemas son más el producto de las circunstancias, que de mi talento en sí. En él convino narrativa y poesía; cuentos, o crónicas que cierran con un poema que les da sustancia. Un libro que quiero mucho. 

Le siguió Descartes, que también mezcla narrativa y poesía, desde una temática policíaca. Más adelante, Crónicas del barrio; Premio de la Ciudad de Santa Clara, 2024.

Todos y cada uno de ellos tienen su valía, sin preferencias de mi parte, puesto que son muy distintos. Creo que mi libro más completo ha sido El libro de los otros, que escribí rápido. Si tuviera que escoger uno sería ése, en el que mayor alcance artístico logré.

Vas de pesquería frecuentemente. Supongo que es una actividad que alivia las tantas carencias alimenticias de los tuyos en estos tiempos de crisis profunda. 

Soy un pescador profesional. Entiéndase por profesional aquella actividad que nos permite solventar nuestras necesidades básicas. La pesca me da el dinero y gran parte de la comida que consumimos los míos y yo. 

Voy de pesquería dos días seguidos, y al tercero descanso. Es el tiempo que dedico a mis actividades como instructor de literatura, y que realizo a distancia desde WhatsApp, ya que casi todos los escritores que atiendo viven fuera del país. Son mis niños; no importa donde estén. 

Con un salario de seis mil pesos al mes (8.69 dólares al cambio de hoy), no se puede afirmar que seas un profesional de la literatura, un hombre de letras o escritor. También soy zapatero. Alguna vez me sostuvieron la artesanía, la cerámica y la albañilería. He tenido muchos oficios, por ello me precio de lo que he vivido. 

Río Arroyo Grande, 2026. Foto: Cortesía del entrevistado.

El pescador, por definición, es un creyente. ¿Reconoces un dios? ¿Tienes algún trato cercano con él? ¿Si te fuera dado hacerle tres preguntas, cuáles serían? 

Los pescadores no somos creyentes, somos supersticiosos. Es una vida accidentada y dependemos de la suerte. Ocurre que en la medida en que vas envejeciendo, aprendes las mañas de los peces y de las aguas, y vas supliendo ese matiz de superstición. Aunque el día que estés fatal, no tiene remedio. 

Soy católico. Devoto de la Virgen de la Caridad. Y cada día, antes de salir de casa, me arrodillo ante ese Cristo que ha de estar en algún lugar, y que no creo que sea un viejo con barba velándome con una escopeta allá arriba, por si cometo algún pecado. Le pido que cuide de mí, y de los míos, regresar vivo, a ese dios que me ampara y ha amparado siempre. 

La superstición propia de la pesca es algo distinto. Una cosa es la tradición popular y otra el “yo profundo”, como dice José Luis Serrano, ese ser místico que somos todos.

Santa Clara, 2023. Foto: Cortesía del entrevistado.

¿Estableces alguna analogía entre pescar y escribir un poema?

No había pensado en ello. Lo cierto es que cuando estoy en medio de una presa, encima de una cámara, experimentando mucha paz, rodeado de un paisaje bonito, me olvido de las carencias, de los apagones, y me sumerjo en pensamientos más importantes. 

Escogí esta profesión, precisamente, por la serenidad que me proporciona. Llego a casa con la mente despejada, después de un día sumido en esa atmósfera positiva y creativa, distante del agobio diario que asfixia al ser humano.

Como cubano, mi poesía refleja las circunstancias en que vivimos, y de la que no puedo abstraerme. Eso sí, sin odio. Escribo sobre el sufrimiento tal cual lo veo, pero sin odio. El odio y yo no tenemos nada que ver.

¿Imaginas tu vida sin la presencia de la poesía?

Sería imaginar una no vida. Sería imaginar al tiburón fuera del agua. Escribo desde hace más de 40 años. Cuando paso días sin escribir, siento que no lo necesito, porque la poesía está siempre ahí. Vivo dentro de ella. Forma parte de mi epidermis. Sin poesía sería un hombre sin piel.

En su casa de El Condado, 2025. Foto: Cortesía del entrevistado.

¿Cómo te sientes formando parte del corpus de la poesía cubana?

No creo formar parte del corpus de la poesía cubana. Prefiero ser conservador en ello. La poesía cubana perfectamente puede existir sin mí. 

Escribo porque no tengo otra cosa que me llene igual. No puedo hacer otra cosa que escribir. Si estoy o no dentro de ese corpus lo decidirán los críticos dentro de veinte o veinticinco años. 

Hoy es fácil estar dentro del boom de las redes sociales, pero la historia del arte ha demostrado que los que se han puesto de moda en un momento determinado, con el tiempo desaparecen. Otros que no estuvieron, trascendieron en el tiempo. Ahí están Francois Villon, Bernard Show, Shakespeare, para recordarnos qué poco vale estar o no bien servido en el presente. Por ello no pienso en el corpus, pienso en las tilapias.

Las redes sociales han amplificado tu trabajo literario. Para mí eres uno de los poetas cubanos más notables de esta hora. 

El poeta tiene necesidad de ser leído, y el único medio que nos queda hoy son las redes sociales, y que han sido una bendición. Observo en otros autores mucho miedo en publicar, quizás por temor a la confrontación después de haber sido colocado por las instituciones en cierto estatus de poeta reconocido. Pienso que temen a entrar en contacto directo con un público que no tiene compromisos con ellos, que puede que no los sigan; y ahí la autoestima se tambalea. 

He aprendido un tanto de algoritmos de Meta y cómo hacer para lograr mayor aceptación. No me quejo. Mis lectores en las redes sociales no me han hecho mejor escritor. Tampoco me han cambiado notablemente las opiniones de lectores que, al leerme por primera vez, me creen un poeta notable.

¿Qué ha impedido que tu trabajo literario sea más conocido dentro y fuera de nuestro país?

Recuerda que estuve muchos años sin escribir. Después, demoro mucho en dar un libro por terminado, pues me gusta que vaya a los editores tan elaborado y limpio como esté a mi alcance.

También he concursado poco, y soy un poco vago, tímido quizás.

Pienso que la suma de todo eso ha conducido  a que las instituciones no sientan responsabilidad conmigo ni yo con ellas. Una desconexión de ambas partes que asumo con naturalidad.

Estoy agradecido por mis pocas publicaciones. 

Feria del libro de Santa Clara, 2025. Foto: Cortesía del entrevistado.

Se ha hablado mucho de la inutilidad práctica de la poesía. A no pocos, al menos, nos ha servido para enamorar muchachas. ¿Es tu caso?

Los que aseguran que la poesía es inútil no son poetas, aquellos que han fracasado al no encontrar su profesión ni su espíritu. A mí me ha servido para enamorar y más, mucho más.

Casi todo lo bueno que me ha sucedido, incluyendo réditos materiales, tiene que ver con ella. Ser poeta es tener una actitud ante la vida. Me ha llevado a no quedarme en la superficialidad, a ser 

confiable conmigo mismo y con los que me han conocido. 

La poesía me ha servido para abrir mis horizontes, viajar el país entero, viajar al extranjero,

conocer personas —cultores o no de la poesía— en un intercambio recíproco, que de otro modo no hubiera logrado. Soy un viejo que no se lo cree, y qué mayor utilidad que poder decir cuando me muera, cosa que no ha de estar muy lejos: no me arrepiento de nada.

Lo que he vivido es el resultado de sentirme satisfecho. Soy un tipo feliz, pleno, y eso me lo ha dado la poesía, no otra cosa.

En la filial de la Uneac de Santa Clara, 2023; con el perro de la teatrista Roxana Pineda. Foto: Cortesía del entrevistado.

Cinco poemas de Veleta

La Patria para mí

La patria, para mí, se fabricó de pájaros, 

de incesantes mordidas en el pecho y de carísimas fiebres.

La patria me buscó desde que supe mi nombre

y pronuncié mi nombre como patria, 

como mujer anclada en las lloviznas olorosas del trópico.

Y fui diciendo patria cada día y fui diciendo costumbre,

y fui diciendo casa y fui diciendo amigos.

 

La patria me fabricó dos hijos tan hermosos 

que hasta duele mirarlos,

fabricó manantiales y luciérnagas y fabricó esperanzas.

 Luego me regaló una virgen amarilla, 

una ceiba y un son para bailar.

 

Por eso llevo a mi patria hundida 

en los riñones como si fuera piedra

y hace frío sin ella en las ciudades donde nunca he vivido;

porque la patria se fabrica de vivir el insomnio,

pero también de muerte y nacimiento. 

Patria es una guitarra bienoliente, 

una  frente muy alta y algún decir adiós;

por eso es que mis amigos huyen  con la patria en el hombro.

Y vuelven. Y beben patria con café. 

Y no quieren volver a las ciudades donde nunca he vivido.

 

La patria para mí,  la verdadera patria, 

tiene los pechos grandes para todos,

nos ofrece la paz y el huracán, 

las invaluables tardes de diciembre y el olor a sofritos.

La verdadera patria es fiel al tacto y tangible;  

yo no tuviera patria si escogiera donde me duele menos,

mis hijos no tendrían patria ni dolor canciones.

Y ya no tendría  ni un son para bailar.

 

Porque la patria, la verdadera patria para mí,

es la muchacha loca de Gibara que se llama Karina,

o una cita de amor con Celia Cruz,

o un saxofón abierto en la penumbra del Benny.

 

La patria para mí, la verdadera patria es el recuerdo enorme 

de que habito en el cielo dondequiera que voy.

 

La epopeya del no

No robarás 

dijo mi padre y sentenció mi infancia.

No robarás dijo mi madre, 

con los ojos llenitos de barquillas de fresa.

Mi abuela no dijo nada 

—tenía 70 años—.

 

De modo que fui creciendo 

más o menos sin engordar muchísimo, 

y me tragué las ganas de robarle los mangos a Felicia Morales. 

Prosperé en el negocio de joderme la vida. 

No robarás y fui un inadaptado. 

No robarás 

y comenzaron a robarme. 

 

A mis hijos les doy estos mis ojos que han visto robar mucho. 

Y éstas mis manos que se quedaron limpias

sin nadita que darles, 

ni consejos

ni ejemplos

ni experiencia.

 

Dije no robarás y los dejé sin cumpleaños. 

No robarás 

y vi cuando la patria le robaba los mangos a Felicia Morales. 

No robarás y se murió mi abuela. 

No robarás y envejeció mi madre. 

Mi padre, 

que al final ha crecido poco a poco, 

ya me ofreció disculpas. 

 

Dije no robarás como quien dice vivo en otro suelo, 

y el sudor de mi frente, si alguna cosa da, 

será un camión de lástima. 

Aun así 

me estafaron cada minuto de paz con la conciencia, 

cada pronunciación de la palabra futuro. 

 

Soy un viejo con los bolsillos rotos que se come las uñas

en un país donde los jefes de la patria 

le roban todos los mangos a Felicia Morales. 

 

Pero lo siento mucho:

estas palomas me crecieron salvajes

y ya es demasiado tarde para volverme imprescindible.

 

Poema de amor No. 3 para una ciudad inocente

Lejana, como en papeles

que le gruñen al olvido, 

regresas con un zumbido

pertinaz de cascabeles. 

Santa Clara en los pinceles 

de la tarde que presencio, 

ata recuerdos que agencio

a un viejo parque testigo, 

donde por soñar contigo

no necesito silencio.

 

Soy el hombre de ojos muertos 

que ve la tarde y las flores

ajedrezar los colores

de un banco y otros desiertos. 

Soy todos los desaciertos

a punto de carenar.

Otros sabrán masticar

el hueso gris de la tarde, 

pero yo, que soy cobarde,

yo no tengo en quién pensar.

 

Un travesti anaranjado

pasa contoneando el alma

y la tarde hace una calma

que raya en el desenfado. 

Soy el hombre enamorado

que sueña, loco, a destiempo. 

Soy el viejo pasatiempo

de un parque soñando el mar:

¡tenía tanto que soñar!… 

(tenía, pero hace tiempo).

 

Así me perdí en las runas

de esta ciudad embrujada,

donde fui el todo y el  nada

de sucesivas fortunas.

Tanto he vivido en ayunas

de ti, mujer que no está. 

Y tanto esperé el maná 

que tuve el inmerecido

ir de la tarde al olvido.

 

Ahora ya no tengo ná.

 

Esos tipos de Miami

No soporto a la gente de Miami:

tienen la costumbre de cargar mi horizonte

de fotos que preferiría no recordar jamás,

la manía de ocuparse

de todo lo que me falta en este lado del odio

y para colmo me recargan el teléfono. 

 

No soporto a estos tipos de Miami

 —al menos los que conozco—

que me hablan con ojos limpios

y abrazan con la boca llena de sol sin cicatrices,

tan sin pedirme nada

que a veces quisiera asesinarlos. 

Debe ser que son malos, 

que nacieron así, 

malos profundos y de entraña enfermiza. 

 

No soporto a esos tipos de Miami

que me matan el hambre sin poner condiciones

excepto un par de abrazos, 

las trescientas cervezas que pagan sonriendo

y un cielo y la madrugada en Santa Clara. 

 

Por eso los detesto, 

porque en su propio espejo

veo todo lo que pude haber sido

y no tuve el valor

de ser cuando tenía mis veinte años. 

 

Y es que, definitivamente, 

no los necesitamos porque son el enemigo:

nuestros tíos, abuelos, 

las antiguas amantes, los maestros, 

nuestros hermanos, hijos,..

en fin, gente muy mala

que ningún sitio debieran existir.

 

Los consejos de papá XXV

Hijos míos, 

encarar la Verdad

es la única manera que conozco 

para vivir en paz conmigo mismo:

sé que no moriré junto a mis nietos, 

que seré su grandfather a distancia 

o, con buena suerte, 

el extraño viejito gilipollas que decidió quedarse

en un cierto país llamado Cuba

que agoniza de escombros y de aplausos. 

 

Ustedes sólo cuéntenles

que una vez tuve un gato dormilón y amarillo, 

que fui pobre y solemne como un espantapájaros. 

Que me gustaba el mar, los senos grandes y las mujeres libres. 

 

Por favor, no mientan a mis nietos:

digan que tuve miedo a rajatabla,

y no levanté la voz cuando el Caribe se devoró a los míos. 

Y aguante y aguanté todas las hambres, 

todas las miserias

cuando el cierto país llamado Cuba se quedó sin honor. 

 

Encarar la Verdad suele ser triste

cuando grandfather o viejo gilipollas, te vas a quedar solo

y no puedes morir correctamente al lado de los tuyos. 

 

No hay honor en ninguna soledad. 

Envejecer acariciando un perro

es estar muerto más veces de la cuenta. 

No se pueden malcriar los nietos por teléfono. 

No se inculca a Martí en videollamadas. 

 

Díganle a los muchachos que el abuelo fue un penco:

escribió poesía y murió solo

junto a un perro y un gato dormilón y amarillo. 

Y nada más.

Etiquetas: poesía cubanapoetas cubanosPortada
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Alex Fleites

Alex Fleites

Poeta, curador de arte y editor afincado en La Habana.

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