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El Colegio Mayor Rector Peset de la Universitat de València inauguró este viernes la exposición “Documentos extraviados: niños de Chernóbil en Cuba”, una muestra que recuerda el aniversario 40 del accidente nuclear y rescata la memoria del programa sanitario que durante 21 años consecutivos permitió a Cuba atender gratuitamente a más de 26 mil menores afectados por la radiación.
Comisariada por la periodista cubana Maribel Acosta, la muestra reconstruye esa historia poco conocida al reunir documentos textuales, fotográficos, sonoros y audiovisuales que narran la experiencia de médicos, pacientes y traductores.
“Nos pone a sentir la responsabilidad del hecho humano”, explica Acosta a la agencia Europa Press, al subrayar que la investigación se ancla en los conceptos de memoria y olvido, y rescata voces que aún piden auxilio para que no prevalezcan el silencio y el abandono.
La exposición también incorpora la música como eje narrativo. El compositor cubano Jorge Antonio Fernández Acosta creó “El lamento de Liusia”, inspirado en el testimonio recogido por la Nobel Svetlana Aleksiévitx en Voces de Chernóbil.
El sonido atraviesa la muestra como columna vertebral, evocando lágrimas, gestos de arraigo y recuerdos que se niegan a desaparecer.

Perfil de la artista peruana
Sonia Cunliffe, escritora y creadora visual nacida en Perú, descubrió la historia de Tarará en 2011, cuando visitó la playa y observó a los niños que aún se bañaban allí. Su encuentro posterior con Maribel Acosta en 2015 dio inicio a un proyecto conjunto de investigación.
Cunliffe trabaja con el “arte del archivo”, la deconstrucción y reconstrucción de capas narrativas que emergen en nuevos relatos al ser activados por públicos y contextos distintos. Su obra invita a que cada espectador construya su propia narrativa a partir de documentos dispersos, casi olvidados, que vuelven a cobrar vida.
“Cada cual hará su propia historia”, señala la artista, convencida de que las fotografías y objetos rescatados cuentan muchas historias de aquellos años y de estos.
Las imágenes expuestas muestran rostros, gestos y nombres que se convierten en símbolos de arraigo y resistencia. “Aun hoy siguen pidiendo auxilio, ruegan más vida para que no prevalezcan el silencio y el abandono”, remarcan las responsables del proyecto. La exposición se convierte así en un puente entre pasado y presente, entre la memoria de Chernóbil y la solidaridad cubana.

Inauguración y vigencia
El acto inaugural contó con la participación de autoridades universitarias, representantes de la Asociación Valenciana de Amistad con Cuba “José Martí” y los propios creadores del proyecto. La muestra permanecerá abierta hasta el 28 de junio de 2026 en la Sala de la Muralla del Colegio Mayor Rector Peset, con entrada libre para el público.
La iniciativa recuerda que, más allá de las tensiones políticas y los bloqueos, Cuba sostuvo durante dos décadas, con el protagonismo personal del líder Fidel Castro, un programa humanitario que salvó vidas y dejó una huella de solidaridad internacional.

La tragedia nuclear que sacudió Europa y Tarará, un balneario convertido en hospital
La madrugada del 26 de abril de 1986, el cuarto reactor de la central Vladimir Lenin estalló y provocó el mayor accidente nuclear de la historia.
La nube radiactiva alcanzó gran parte de Europa, obligó a evacuar centenares de poblados y expuso a millones de personas a enfermedades que aún hoy persisten. Miles de casos de cáncer y afecciones de la piel se multiplicaron en las décadas siguientes, dejando una huella imborrable en la memoria colectiva.
El 29 de marzo de 1990 aterrizó en Cuba el primer vuelo con niños afectados por la radiación. El balneario de Tarará, al este de La Habana, se transformó en un centro de atención médica integral. Durante más de dos décadas, médicos cubanos ofrecieron tratamientos gratuitos, rehabilitación y acompañamiento psicológico a miles de menores.
El programa se mantuvo hasta 2011 y se convirtió en un símbolo de solidaridad internacional. Para muchos de esos niños, Cuba fue el lugar donde encontraron alivio y esperanza frente a las secuelas de la catástrofe.
El complejo de Tarará contó con residencias para los niños y sus acompañantes, dos hospitales, una clínica, un parque de ambulancias, cocina, un teatro, escuelas, parques y áreas recreativas. Sin olvidar los dos kilómetros de playa a unos 15 minutos de distancia, resaltó el portal británico BBC Mundo a tenor de los cuarenta años de la tragedia.
A la isla llegaron pacientes con dolencias de distinta gravedad, desde cáncer, parálisis cerebral y problemas dermatológicos hasta malformaciones, enfermedades digestivas y trastornos psicológicos.
El programa estuvo bajo la dirección de los doctores cubanos Julio Medina y Omar García, que clasificaron a los pacientes en cuatro grupos dependiendo de su estado.











