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“Pero tú viste la luz incluso más que nosotros”, así se refiere Enmanuel Castillo al Apóstol en una décima que no tardó en hacerse viral por el alcance emocional y la fuerza de sus versos. En ella —como en tantas otras que ha compartido—, el joven actor logró condensar una sensibilidad que trasciende lo anecdótico para conectarse con un sentir colectivo, algo que él mismo reconoce como parte esencial de su proceso creativo.
“Creo que, de alguna manera, le puse voz a lo que pensaba mucha gente, a la inconformidad de muchas personas. Simplemente lo expresé en una décima”, recuerda. Para él, el arte no surge solo desde lo individual, sino desde la necesidad de representar también lo que otros sienten pero no siempre logran expresar.
Desde esa concepción, Castillo ha defendido al arte como vehículo de expresión social, pero también como construcción estética. “Siento que nace de la necesidad de decir no solo lo que siento yo, sino también lo que siente la gente, el sentir colectivo. Y creo que mi sello está en ponerle un toque artístico, no limitarme a hablar de forma directa, sino darle un enfoque desde un punto de vista creativo”, confiesa a OnCuba.
Su vínculo con la poesía, sin embargo, no es reciente ni circunstancial. “Desde pequeño escuchaba las décimas que hacía mi abuelo y, cuando estaba en la escuela, me incliné por un taller de repentismo con Nuris Quintero Cuellar, una poetisa mayabequense que me enseñó a hacer décimas en cuanto a estructura, cómo se construyen, cómo se riman y la forma que tienen”, rememora.
Con el tiempo, su obra ha evolucionado hacia otras formas poéticas, aunque reconoce la centralidad de la décima en su identidad creativa: “Con los años fui desarrollándome en otros tipos de poesía, no solamente en la décima; pero sí puedo decir es mi fuerte, es donde mejor me defiendo. Y, sin duda, fue mi primer vínculo con el arte”. Esta base le ha permitido transitar por distintos lenguajes sin perder la esencia de su formación inicial.
En sus declaraciones, Castillo también subraya la dimensión ética de su creación, entendiendo el arte como una responsabilidad con lo vivido y lo sentido. No es difícil entonces entender por qué su obra se sostiene sobre una mirada crítica y sensible de la realidad. Sus décimas son una respuesta a lo cotidiano, a lo que él percibe como una inconformidad compartida, pero transformada en discurso poético. En ese gesto, su trabajo se inscribe en una tradición de la poesía que no solo observa la realidad, sino que la interpela.
¿Hasta qué punto usas tu arte como una herramienta de comentario social?
Intento usar el arte como una herramienta y un mecanismo de expresión, hasta el punto de sentir que siempre digo lo que siento. Es decir, hasta lograr transmitir, ya sea a través de un personaje, de un texto o de un escrito propio, lo que siento yo, lo que siente alguien cercano a mí o simplemente mi opinión respecto a un tema.
¿Dónde crees que está el límite —si es que existe— entre el arte como expresión personal y el arte como postura crítica ante la realidad?
Creo que el límite está en el punto en que el artista solo encuentra inspiración en la crítica. Yo considero que está bien, e incluso es necesario, hablar de la propia realidad y dar una opinión sobre ella; pero eso no puede ser la base de toda la creación.
También hay muchas otras cosas a las que mirar: las relaciones personales, las relaciones humanas, lo que uno disfruta de su realidad, por más dura que sea. Y creo que es ahí donde nacen las verdaderas creaciones, las más hermosas que puede hacer un artista en cualquiera de las manifestaciones artísticas. Ahí, justamente, es donde está ese límite.
¿No has valorado la posibilidad de plasmar tu obra en un libro?
Sí, he valorado la posibilidad de plasmar mi obra en un libro. De hecho, ya tengo uno y estoy terminando de escribir otro. Al primero le hice algunas correcciones y actualmente estoy aplicando a varios concursos internacionales con editoriales extranjeras.
El segundo, que aún estoy finalizando, sí me gustaría publicarlo aquí. Pero, bueno, todo es cuestión de tiempo y de ver cómo se desarrollan las cosas.

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Más allá de su faceta como poeta y repentista, Enmanuel Castillo se ha consolidado como uno de los jóvenes actores más destacados de su generación. El público lo reconoce por sus papeles en la televisión, especialmente en El derecho de soñar y Calendario, así como por su trabajo en el teatro, donde ha ido construyendo una creciente madurez interpretativa.
Su viaje por el mundo de las tablas comenzó en su natal Quivicán, en Mayabeque, dentro de un proceso formativo marcado por la experiencia comunitaria. “Estuve en el grupo Nómada antes de entrar a la Escuela Nacional de Arte (ENA); era un grupo de aficionados. Esa etapa me dio la visión humilde que debe tener un artista, porque el hecho de contar con personas a tu alrededor que te inspiran a crear, simplemente por voluntad y por el deseo de hacer algo para un grupo reducido, marca mucho”, recuerda el actor.
Para Castillo, aquella etapa no solo significó un punto de partida artístico, sino también una lección de vida. “Ese grupo era mi pueblo, el lugar al que pertenecía, y todo se hacía sin ningún tipo de interés ni búsqueda de reconocimiento. Creo que esa humildad, esa nobleza y ese deseo de crear para tu gente —de sentir lo que necesita e intentar dárselo— fue lo que me dejó ese grupo de aficionados”.
Uno de los momentos más significativos en su carrera teatral fue la adaptación de Los carboneros, durante su segundo año en la ENA, bajo la dirección de Jorge Enrique Caballero. Esta obra no solo marcó el inicio en la actuación, sino que también resonó profundamente en él, debido a sus raíces rurales. La historia narrada le resultaba muy familiar y evocadora de su infancia.
Comenzaste en televisión mientras aún estabas en formación. ¿Cómo cambió tu percepción del medio cuando pasaste del aula al set?
Empezar mi carrera profesional mientras aún estaba en formación en la escuela fue una herramienta sumamente útil, porque te enfrentas a la realidad del trabajo profesional. Ahí aparece un factor de choque cuando pasas a lo práctico y no te quedas solo en la teoría.
En la ENA no hay un estudio directo de la actuación para televisión, por lo que ese paso fue un cambio brusco. Por suerte, tenía a mi lado a Yailin Coppola, quien era mi profesora de actuación en ese momento y, además, una excelentísima actriz. Supo guiarme y darme consejos sobre cómo ajustar las expresiones, las emociones y la intensidad de los textos para la cámara.
Creo que ese fue mi mayor apoyo y lo más importante en mi primera experiencia en la televisión. Aun así, considero que resulta muy útil para un actor en formación tener experiencias, ya sean grandes o pequeñas, dentro del mundo profesional.
El derecho de soñar y Calendario han sido plataformas importantes para tu visibilidad en la televisión. ¿Cómo dialogan estas dos experiencias dentro de tu evolución como actor?
Creo que tanto El derecho de soñar como Calendario fueron dos grandes escalones en mi carrera, y siento que uno condujo al otro en cuanto al nivel de exigencia que requerían los personajes.
El derecho de soñar fue mi primer impacto con la televisión; pero cuando llega Calendario, ya con esa base, te sientes un poco más libre a la hora de construir el personaje. Además, el personaje en Calendario lo exigía: resultaba más cómodo asumirlo con una pequeña experiencia previa que haber llegado completamente en frío, sin conocimiento de cómo afrontar el trabajo profesional.
Has participado en telefilmes como Músculos, Barcos de papel y Desde cero. Aunque son productos televisivos, ¿los sientes como un primer acercamiento a la manera de hacer cine? ¿Qué diferencias encontraste en el proceso actoral?
Siempre he visto los telefilmes como un acercamiento al cine. La diferencia está en aspectos más estéticos, a nivel de producción y de escala, pero específicamente en Desde cero sí sentí directamente que estaba haciendo cine.
Esto se debió al equipo: la mayoría de los realizadores que trabajaron venían de i4films, que se dedica a hacer producciones grandes y un poco más complejas. También estaba la directora Zenia Veigas Chkout , que tenía mucha experiencia en producciones cinematográficas.
Creo que eso me aportó mucho. Ya yo tenía la visión de que los telefilmes son una forma muy cercana de entender los procesos del cine, a pesar de que sean productos televisivos.
Formas parte del elenco de Ricky-Ricardo, el nuevo largometraje de Magda González Grau. ¿Qué puedes adelantarnos sobre tu personaje y qué ha significado para ti esta experiencia dentro del cine?
Del nuevo largometraje Ricky-Ricardo, de Magda, puedo adelantar que interpreto un personaje con un nivel increíble de relajación y sobriedad. Sin embargo, me resultó complejo por todo lo que hay debajo de esos niveles de calma y control.
Creo que es un filme que trabaja mucho la sensibilidad y el cómo me involucro con las situaciones de las personas que me rodean. Esta experiencia dentro del cine representa otro escalón, porque mi primera experiencia cinematográfica fue Sin amanecer, con Daniel Chile, que también era un guion de Amílcar Salatti, igual que este proyecto de Magda.
Considero que es un paso importante, primero porque es un trabajo más grande y complejo, y se me hizo realmente más complicado por todo lo que atraviesa y todo lo que no se ve a simple vista.
Las tablas han sido una base importante en tu formación. ¿Qué tiene el teatro que todavía no has encontrado ni en la televisión?
El teatro tiene la facilidad del cambio, de estar vivo frente a un grupo de personas que están pendientes de lo que intentas transmitir. Creo que esa adrenalina, ese sentir instantáneo de cada segundo de lo que estás haciendo delante del público, es una sensación que no se encuentra en todas partes. Y considero que el teatro tiene la posibilidad de brindarnos ese regalo.
El trabajo teatral exige una disciplina distinta, más sostenida en el tiempo. ¿Cómo ha moldeado eso tu ética como actor?
Creo que mi ética como actor se ha visto moldeada por la disciplina del teatro en muchos aspectos, sobre todo cuando tienes que salir de una función para hacer otra el mismo día.
Sí, creo que los actores cubanos nos vemos en la necesidad de pertenecer a varios grupos de teatro, no solo por un factor económico, sino también por el entrenamiento que eso implica. Hay momentos en los que nos encontramos con dos o tres proyectos a la vez, y tener esa capacidad de estar en varios procesos creativos nos permite desarrollarnos mejor en cada uno de ellos.
Considero que eso es lo que más aporta en cuanto al nivel de tiempo, dedicación y disciplina que conlleva el trabajo teatral.
¿Crees que la televisión y otras expresiones artísticas están reflejando de manera fiel la realidad y los desafíos de los jóvenes de hoy?
Sí pienso que la televisión y otras expresiones artísticas no están reflejando completamente la realidad y los desafíos que presentan los jóvenes hoy en día. Quizás hay algunos proyectos que lo reflejan de forma más clara, pero, a modo general, hay muchas cosas que los jóvenes sienten, afrontan y viven que no se ven reflejadas en los medios ni en los proyectos televisivos.
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En una generación marcada por la incertidumbre y la migración, Enmanuel Castillo reflexiona sobre el papel del arte —y en particular la actuación— en la construcción de sentido. Para el joven creador, el arte se convierte en un espacio esencial de expresión y resistencia frente a las complejidades del presente.
“Esta generación tiene el arte como un lienzo en blanco para transmitir todo, absolutamente todo lo que nos ha tocado vivir. El arte, desde antaño, siempre ha simbolizado un escenario para ser nosotros mismos, aunque desgraciadamente muchas personas no lo vean así”, afirma.
Desde su experiencia como actor, añade una mirada más íntima sobre el oficio: “Específicamente, la actuación, en la construcción de sentido para nosotros, representa una especie de ‘espina’ que siempre nos sirve como subtexto cuando tenemos que enfrentarnos a un personaje o a una escena”. Además, insiste en la necesidad expresiva que atraviesa a su generación: “Vuelvo a la idea de que en todo momento tenemos algo que decir, porque considero que todos los artistas, e incluso todas las personas de esta generación, tienen algo que expresar”.
“Actúo por vocación y escribo por necesidad”. ¿Hablas de un impulso íntimo, de un compromiso con tu arte, o de ambos?
Actúo por vocación y escribo por necesidad. Sí, cuando digo esto me refiero a un impulso íntimo, pero también a un compromiso con ambas manifestaciones artísticas.
Lo que creo es que en la actuación —en el teatro o en los proyectos televisivos— no siempre tienes la posibilidad de hablar plenamente desde tu punto de vista, tus creencias o lo que quieres decir como persona, dentro de las circunstancias que te ha tocado vivir. Por eso digo que escribo por necesidad, porque considero que la escritura es el espacio donde no tengo que seguir un guion, sino que yo misma lo creo.
Yo construyo mis palabras, mi forma de decirlas y mi manera de entender la realidad a través de ellas. En ese sentido, he encontrado en la escritura una liberación de todo aquello que no siempre se puede expresar. Es muy satisfactorio encontrarte con un personaje que tenga puntos en común con lo que piensas, pero escribir es, en cambio, la libertad total de plasmar tu idea en una obra de arte.
Si pudieras hablar con ese niño que empezó entre décimas, música y curiosidad artística, ¿qué le dirías hoy?
Si pudiera hablar con ese niño que empezó con la décima, la música y esa curiosidad ante el arte, le diría que siempre luche por lo que quiere. No importa qué tan oscuro vea el camino, siempre debe luchar por lo que desea.
Le diría también que siga arraigado a lo suyo, a lo que le gusta y a lo que, de alguna forma, lo hace libre.
¿Qué sueña hoy Enmanuel Castillo que todavía no ha logrado, pero sabe que va a alcanzar?
Creo que el Emanuel Castillo de hoy sueña con expandir su arte a nivel internacional, o al menos con que algunas personas logren identificarse con lo que escribo. Y siento que lo voy a conseguir; siento que tengo esa meta clara y que sí lo voy a lograr.
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Enmanuel Castillo pertenece a esa estirpe de artistas que no conciben la creación como un acto aislado, sino como un diálogo constante con su tiempo, con su gente y consigo mismo. Entre la escena y la palabra, su obra revela una búsqueda honesta que no renuncia ni a la belleza ni a la verdad, y que encuentra en la sensibilidad un punto de encuentro con lo colectivo.
Si algo queda claro tras recorrer su trayectoria y sus ideas, es que su voz —ya sea encarnada en un personaje o escrita en una décima— no responde únicamente a una vocación, sino a una necesidad profunda de decir, de cuestionar y de permanecer.













