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Hay textos que parecen escritos para regresar. Décadas después de publicados, vuelven a encontrar sentido en contextos que sus autores jamás pudieron imaginar. Eso ocurre con “Últimos días de una casa”, el extenso poema que Dulce María Loynaz escribió en 1958. Leerlo hoy produce la sensación de un eco, algo en su atmósfera emocional dialoga de manera inquietante con el presente de la isla.
La voz que atraviesa el texto contempla cómo el tiempo transforma lentamente aquello que alguna vez estuvo lleno de vida. El deterioro aparece como una acumulación lenta, casi imperceptible al principio, hasta que un día resulta imposible no advertirlo:
Me siento sumergida en él, pegada
su baba a mis paredes;
y nada puedo hacer para arrancármelo,
para salir a flote y respirar
de nuevo el aire vivo,
lleno de sol, de polen, de zumbidos.
En la Cuba actual, la crisis económica, los apagones prolongados y la emigración masiva de los últimos años modificaron las condiciones materiales de existencia pero también, y quizás con mayor profundidad, el clima emocional del país. Cuba parece atravesada por una fatiga colectiva que ninguna estadística termina de capturar: una percepción extendida de desgaste, de espera interminable, de proyectos suspendidos. La imagen de un país que continúa en movimiento mientras algo esencial se erosiona por dentro.




Ese deterioro tampoco puede analizarse al margen del bloqueo económico impuesto por Estados Unidos desde hace más de seis décadas y endurecido, especialmente a partir de la era Trump, con sanciones y restricciones que golpearon a sectores estratégicos de la economía cubana.
Las dificultades para acceder a financiamiento, combustible e inversiones repercuten directamente en la vida cotidiana de millones de personas. Ignorar ese impacto simplificaría la realidad cubana tanto como ignorar las responsabilidades internas, los errores estructurales y el desgaste acumulado de un modelo que no ha logrado ofrecer respuestas suficientes a muchas de las urgencias actuales.

El poema de Loynaz también contiene esa otra dimensión, menos evidente, que es la persistencia. Incluso atravesada por el desgaste, la voz conserva sensibilidad, memoria y capacidad de observación. Sigue habitando aquello que se transforma delante de sus ojos; uno de los rasgos más complejos de la Cuba actual.
Aun en medio de la precariedad extrema, la vida cotidiana cubana conserva una intensidad humana que no se reduce a la crisis. Existe una forma de resistencia íntima en la manera en que la gente sigue habitando el país. Los apagones alteran la dinámica de las ciudades y desplazan la vida hacia afuera: las conversaciones migran a las veredas, las familias buscan aire en los portales, la oscuridad impone una cercanía involuntaria. Cuba parece reorganizarse una y otra vez alrededor de sus propias carencias. El poema conoce bien esa materia:
Y es que el hombre, aunque no lo sepa,
unido está a su casa poco menos
que el molusco a su concha.
No se quiebra esta unión sin que algo muera
en la casa, en el hombre… O en los dos.
En el poema hay un momento en que la voz afirma: “Yo era… Pero yo soy todavía”. El verso contiene una obstinación conmovedora. Habla desde la conciencia de lo perdido y, al mismo tiempo, desde aquello que continúa existiendo. Tal vez por eso resuena tanto leído desde la Cuba actual.

De todas las estrofas, quizá la que más permanece latiendo sea esta:
La Casa, soy la Casa.
Más que piedra y vallado,
más que sombra y que tierra,
más que techo y que muro,
porque soy todo eso, y soy con alma.
Aquí el poema se vuelve memoria, identidad, respiración humana atravesando el tiempo. Esa dimensión también recorre a Cuba. El país contemporáneo no puede entenderse únicamente desde sus ruinas materiales ni desde sus crisis económicas. Hay algo más profundo y difícil de nombrar que sostiene la experiencia colectiva: una sensibilidad compartida, una manera de resistir el desgaste sin perder del todo la capacidad de emocionarse, recordar y pertenecer.
Desde afuera, la isla suele ser observada a través de lecturas que la simplifican. Algunos la convierten en una postal romántica detenida en el tiempo; otros, en la representación acabada del fracaso. Pero la experiencia real se mueve en una zona mucho más ambigua y humana, donde conviven el cansancio, el afecto, el desencanto, la pertenencia y también cierta obstinación por seguir sosteniendo la vida. Loynaz ya había intuido esa complejidad cuando escribió:
Pero de todos modos,
he de decir en este alto que hago
en el camino de mi sangre,
que esto que estoy contando no es un cuento;
es una historia limpia, que es mi historia;
es una vida honrada que he vivido,
un estilo que el mundo va perdiendo.
“Últimos días de una casa” adquiere hoy una resonancia tan particular porque habla de algo más profundo que una casa: de aquello que permanece mientras el tiempo avanza sobre todas las cosas, de la memoria enfrentada al desgaste, de una sensibilidad que resiste incluso dentro de la erosión.

















